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Treinta años de ‘Las cenizas de Ángela’, las memorias de una infancia en la miseria que conmovieron al mundo

'Las cenizas de Ángela' (1999) de Alan Parker

Cristina Ros

10 de agosto de 2026 21:25 h

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Corría el año 1996 cuando un profesor jubilado llamado Frank McCourt (1930-2009) se situó entre los escritores más vendidos con su primer libro, Las cenizas de Ángela, unas memorias noveladas de su infancia en la Irlanda suburbial de los años treinta y cuarenta. Nacido en Nueva York, era el hijo mayor de un matrimonio de inmigrantes irlandeses que regresó pronto a su país de origen. La familia se instaló en la ciudad de Limerick, donde el autor creció junto a sus hermanos. El padre, alcohólico, tenía serios problemas para conservar un empleo, por lo que la madre, Ángela, se erige en la figura nuclear que los sostiene. El propósito de novelar su niñez nace, de hecho, como un homenaje a ella.

Si nos limitáramos a comentar el contenido de estas memorias, no pasarían de ser una de una infancia en la miseria, pero por desgracia bastante común en la época, que sirve de radiografía social de los colectivos más desfavorecidos: un padre malgastador y con adicción a la bebida, incapaz de ocuparse de su familia, pero al que su hijo escucha con embeleso cuando le cuenta historias legendarias; la madre que se sacrifica por los hijos, que llega hasta a pedir limosna para darles de comer, abnegada, trabajadora y familiar, tal como se espera de las mujeres en la sociedad irlandesa; una larga sucesión de hijos, con la imposibilidad de mantenerlos y el trauma de la elevada mortalidad infantil.

En esas condiciones de pobreza extrema, que implican mucho más que no poder llevar un trozo de pan a la mesa –enfermedades, suciedad, desarraigo, dependencia (tanto las redes familiares, clave en una sociedad católica, como las instituciones de caridad o las de tipo gubernamental), abandono escolar temprano, trabajos precarios y peligrosos–, el narrador comienza a alimentar un propósito: el sueño americano, emigrar a los Estados Unidos, donde por aquel entonces todavía se confiaba en hacer fortuna. Mientras crece, logra sacar fuerza de la desdicha pensando en el futuro, en la posibilidad de algo mejor.

En apariencia, Las cenizas de Ángela puede parecer un libro de memorias más, como ha habido y hay tantos. Sin embargo, además de convertirse en un éxito de ventas, recibió el Premio Pulitzer de Memorias y el National Book Critics Circle Award, se adaptó al cine en el filme homónimo de 1999, dirigida por Alan Parker, y ha sido la elección de muchos clubes de lectura alrededor del mundo. ¿Qué tiene de particular, qué lo hace, no solo sobresalir, sino conectar con la sensibilidad de tantos y tan diferentes lectores, por qué provoca tantas lecturas, y tantas ganas de compartir impresiones?

La respuesta está, como siempre, en la forma de contar: la voz en primera persona de un Frank McCourt que recuerda aquellos años con la viveza del muchacho que fue, un niño que, con ese don que tienen de asombrarse, de observar la maravilla hasta en la realidad más cruel, se hizo un fortín a través de la imaginación. Su percepción de los personajes, como ese padre para él encantador, es muy diferente de la que tiene un adulto; es en esa mirada infantil que sus recuerdos se convierten en algo más que una crónica aséptica.

Y el humor: cuán importante es el sentido del humor en Las cenizas de Ángela. En lugar de lamentarse por su infortunio, relata sus peripecias con la naturalidad del chiquillo que no ha conocido otra existencia y, por lo tanto, se ha acostumbrado a vivir en un estado al que nadie tendría que acostumbrarse. Porque Frank no es un niño llorón ni pasivo; al contrario, pronto aprovecha su intelecto despierto para aportar dinero con sus trabajillos. Sus vivencias tienen algo de picaresca, también, como un Lazarillo contemporáneo en la Irlanda depauperada por las crisis económicas, reprimida por la moral del catolicismo y con tensiones latentes por la todavía reciente división, que suscita recelos hacia la gente del norte, como el padre de Frank.

A propósito de Irlanda, esta es una de las obras en las que se evocan con mayor eficacia las costumbres de las clases bajas, con una gran viveza para reproducir las expresiones coloquiales y el argot de los maleantes, así como la cultura popular y las creencias más arraigadas, con particular hincapié en la música, las canciones que se dejan oír por los pubs y que los hombres borrachos entonan al volver a casa. Son esas pequeñas cosas que, lejos de resultar triviales, conforman la verdadera “textura” de la vida y del relato. El autor brilla gracias a una recreación que traslada al lector a los callejones grises de Limerick y deja escenas memorables grabadas para siempre.

Al final, el protagonista hizo realidad su sueño de hacer las Américas, aunque esa parte no la narra hasta la continuación, Lo es (1999), que tuvo mucho menos recorrido, quizá porque, al centrarse en las experiencias de juventud, se pierde el encanto de la voz de un niño. Después de muchos esfuerzos, el joven Frank pudo embarcarse rumbo a Estados Unidos, donde tampoco lo tuvo fácil –la etiqueta de “superviviente” no le queda grande en absoluto–, aunque, con el tiempo, consiguió dedicarse a la enseñanza, una profesión que parecía impensable para ese niño sucio y hambriento de los suburbios irlandeses. El profesor (2005), con sus recuerdos de más de treinta años de carrera, culmina la trilogía. En España, las tres han sido publicadas por Maeva (trad. Alejandro Pareja Rodríguez).

Esta historia de superación del niño criado en la indigencia que logra abrirse camino y estudiar en la universidad gracias a su tesón y su amor por los libros –asegura ser un gran lector para que le den la oportunidad de acceder a los estudios– resulta, sin duda, inspiradora; pero no ha estado exenta de polémica: tras su éxito, se le acusó de haber exagerado algunas vivencias, algo que él negó. Por otro lado, una parte de la sociedad irlandesa expresó su malestar por lo que consideraron una falta de pudor al compartir unas circunstancias familiares tan íntimas –la eterna “vergüenza” del pobre, que calla y sufre en silencio–, además de por mostrar al mundo una imagen del país nada halagüeña.

Sea como sea, de lo que no cabe duda es de la destreza de Frank McCourt para hacer de sus memorias un material literario rebosante de vida, con un espíritu similar al de otras novelas emblemática sobre infancias en la penuria, como Un árbol crece en Brooklyn (1943), de Betty Smith, o El castillo de cristal (2005), de Jeanette Walls. Leída ahora, Las cenizas de Ángela no solo se distingue por su historia de resiliencia y superación, sino, y ante todo, por una actitud, ante la vida y ante el hecho narrativo. No elegimos qué tipo de existencia nos espera al nacer, pero sí podemos escoger con qué ánimo la encaramos, y, al cabo del tiempo, desde qué prisma decidimos recordarla. Y es que, como escribió Gabriel García Márquez en sus memorias, “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”.

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