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La ganadora más joven del Booker que pasó 20 años sin querer publicar está de regreso

La escritora india Kiran Desai

Cristina Ros

6 de agosto de 2026 21:18 h

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Kiran Desai (Nueva Delhi, 1971) creció viendo cómo su madre, la novelista Anita Desai (Mussoorie, 1937), se convertía en una de las primeras mujeres de su generación en dar a su carrera literaria toda la atención que requería, sin descuidar por ello la crianza ni las tareas domésticas. Para su hija, la menor de cuatro hermanos, se volvió normal ver a su madre dedicar horas y horas a la escritura, una rutina obstinada de silencio y creatividad que contrastaba con el ajetreo de las calles de la India. En un momento dado, le hicieron una oferta para impartir clase en el extranjero, primero en el Reino Unido y luego en los Estados Unidos, para lo que no dudó en hacer las maletas y llevarse a su hija pequeña, la única que aún vivía en la casa familiar, que comenzó a estudiar en dichos países.

Hoy, Kiran Desai lleva veinticinco años establecida en Nueva York, donde también vive su madre, con la que sigue muy unida. Su progenitora no solo es un apoyo indispensable para su propia carrera, sino que, con su ejemplo vital, le mostró un camino de libertad e independencia absolutas. La separación de su marido, un empresario, poco después del traslado, fue determinante: la sociedad solo esperaba de ella que se comportara como la esposa convencional, pero no se resignó a ese papel. El cambio de país, por otra parte, le abrió horizontes a su hija, aunque también le provocó esa disociación de identidades que experimentan quienes crecen entre dos culturas, sin encajar del todo en ninguna de ellas.

Esa tensión entre la educación occidental y los valores tradicionales que persisten en la India contemporánea constituyen el núcleo de su propia obra, no tan vasta como la de su madre, pero exquisita y cuidada al milímetro. Se dio a conocer en 1998 con Alboroto en el guayabal, una alegoría mordaz sobre las costumbres indias, pero fue con El legado de la pérdida (2006) que se consolidó como una de las voces más importantes de su época, al convertirse en la ganadora más joven del prestigioso Premio Booker, un galardón que su madre no había logrado nunca, pese a haber sido nominada en tres ocasiones.

Son muchas las expectativas que se ponen en un autor cuando recibe un premio de esta relevancia, que conlleva el lanzamiento de su obra en todo mundo acompañado de una promoción intensa. La autora reconoce que al principio le pesó, pero después se limitó a seguir su camino, sin ceder a las presiones habituales de la industria editorial. Prueba de ello es que tardó cerca de veinte años en publicar su siguiente novela, La soledad de Sonia y Bunny (Salamandra, 2026), un libro de más de setecientas páginas que aspira a convertirse en su obra magna. Fue nominada de nuevo al Booker –que esta vez ganó David Szalay con Flesh– y los medios anglosajones la destacaron como uno de los títulos del año. En España llega de la mano de la editorial Salamandra, traducida por Aurora Echeverría.

La mirada occidental hacia Oriente

Kiran Desai es una autora de personajes e ideas: primero concibe el tipo de conflictos que quiere plantear y el perfil de los protagonistas que mejor pueden encarnarlos, y solo mucho más tarde les da forma de trama. Más que mecanismos de relojería, sus novelas –y La soledad de Sonia y Bunny en particular– son historias expansivas, que adquieren nuevas capas en cada episodio. A través de la psique del personaje, se entrevé la tensión social de toda una comunidad, con lo que realiza un retrato pormenorizado e incisivo de las tribulaciones y las contradicciones internas del mundo contemporáneo.

Como en las novelas de Zadie Smith o en Americanah (2013), de Chimamanda Ngozi Adichie, el conflicto racial, el encaje complejo de los inmigrantes, es un asunto crucial; narra la relación a lo largo del tiempo de Sonia y Bunny, dos jóvenes indios de su quinta que rechazan las convenciones indias y se marchan al extranjero, donde, sin embargo, se enfrentan a la discriminación en su día a día, un racismo sutil que a menudo se camufla en prácticas de apariencia bienintencionada, como la recomendación a Sonia, que quiere ser escritora, de que evite los temas genuinamente orientales y el realismo mágico.

A través de Sonia, que tiene mucho de la propia autora, se introduce una reflexión sobre los prejuicios occidentales, sobre lo que esperan, en este caso los lectores, de las novelas de un escritor indio (algo que remite al clásico de Edward Said, Orientalismo, 1978, que advirtió las estructuras de poder detrás de las representaciones que Occidente ha hecho de Oriente en su narrativa). Es interesante subrayar aquí la deuda que Kiran Desai dice sentir hacia narradores hispanos como Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez o Juan Rulfo: ir más allá del canon inglés la provee no solo de otras tácticas estilísticas, sino que ensancha su mirada, su comprensión del entorno.

Esa amplitud de miras también se aplica a las diferentes generaciones: en su ambición de novela total, La soledad de Sonia y Sunny recorre décadas y continentes siguiendo los azares de las familias de los protagonistas, con sus consiguientes confrontaciones generacionales. Es llamativo el hecho de que, en principio, Sonia y Sunny iban a estar unidos por una propuesta de matrimonio concertado, pero ellos se oponen a ese tipo de unión, si bien por sí mismos experimentarán idas y venidas en su relación. Esta decisión los aleja de sus raíces, algo así como renunciar a su pasado, con el inconveniente de que tampoco su presente, junto a sus pares occidentales, les resulta propio.

Anatomía de la(s) soledad(es) contemporánea(s)

Esa ruptura entre culturas, entre el mundo de la infancia y el de su vida como adultos, es solo una de las soledades que la autora quiso reflejar en La soledad de Sonia y Sunny. El título no engaña: más que esbozar un fresco social, la radiografía de la sociedad actual en diferentes escenarios le sirve para inducir una profunda meditación sobre la soledad, ese sentimiento omnipresente en nuestra era, que aquí se entiende más allá de la falta de compañía afectiva o de las consecuencias del uso excesivo de dispositivos digitales: está la soledad como falta de entendimiento con la generación precedente, la soledad de no reconocerse del todo en una identidad étnica, la soledad de un inmigrante en el territorio extranjero, la soledad del oficio del escritor, la soledad de los vínculos sin compromiso.

Para la autora, que vive sola y dice sentirse a gusto con su soledad buscada, la novela ofrece una suerte de consuelo cuando propicia una introspección de la que uno emerge renovado, más fuerte, más dueño de su rutina

Pese a ello, para la autora –que vive sola y dice sentirse a gusto con su soledad buscada–, la novela ofrece una suerte de consuelo cuando propicia una introspección de la que uno emerge renovado, más fuerte, más dueño de su rutina. La soledad, las soledades, pueden doler, pero también pueden ser una palanca para aprender a estar con nosotros mismos, como la fase de crisálida imprescindible antes de que el insecto pueda echar a volar. Y todo ello, aderezado con esos suaves toques de humor que amenizan el día a día; no es, pese a su extensión y complejidad, una novela ardua, sino que se lee con placer, sin que el interés decaiga, como un Dickens de hoy.

Si se le puede hacer alguna objeción, es precisamente que, al pretender abarcar tanto, al aspirar de forma tan consciente a hacer una “gran novela”, una “novela total”, se pierde el control de la narración, que se dispersa por momentos en sus múltiples ramificaciones sin terminar de encauzar la dirección. Es inteligente, es elegante, tiene unos personajes complejos memorables y más hondura que muchas novedades que llegan a las librerías; pero es también excesiva, desbordante en su querer ser demasiado a la vez. La novela se resiente por estos detalles, que le restan fuerza. De todos modos, la riqueza de su retrato multicultural e intergeneracional, junto con el espléndido ejercicio de introspección en los dos protagonistas, son un aliciente más que suficiente para alentar su lectura.

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