‘Fantasía’ es la novela sobre dos amigas que se adelantó a Elena Ferrante 120 años
Elena Ferrante, con La amiga estupenda (2011), situó el tema de la amistad femenina en la literatura en un primer plano. No era, sin embargo, la primera en hacerlo; y si el lector no tiene un hilo del que tirar para adentrarse en esta genealogía se debe, como de costumbre, al hecho de que sus autoras suelen ser mujeres, y muchas de ellas han permanecido durante años en el olvido, ignoradas, cuando no despreciadas por considerar que trataban asuntos “menores”; ¡cómo si en la historia de dos amigas no cupiera un universo entero!
La propia Ferrante se reconoce deudora de escritoras como Elsa Morante, Alba de Céspedes y Anna Maria Ortese, además de identificarse con la corriente literaria del realismo decimonónico, con ese gusto por la novela extensa, total, que abarca la vida entera del protagonista y tiene una trama con giros argumentales que mantienen la atención del lector, sin renunciar al revestimiento literario. Y en el siglo XIX hay que situar, a propósito, a otra napolitana ilustre de la que también podría haber aprendido mucho: la periodista y narradora Matilde Serao (Patras, 1857-Nápoles, 1927).
Matilde Serao, una escritora todoterreno
Quién más, quién menos ha leído a las Brontë, a Mary Shelley, a Elizabeth Gaskell y a George Eliot; ahora bien, en cuanto salimos del territorio inglés, el conocimiento de las escritoras del siglo XIX se difumina (quizá con la excepción de George Sand y, por la cuenta que nos trae, Emilia Pardo Bazán). En Italia, hay dos nombres imprescindibles, que también en su momento disfrutaron del reconocimiento, hasta el punto de ser propuestas al Premio Nobel en varias ocasiones. Una de ellas lo ganó hace justo un siglo, en 1926: la sarda Grazia Deledda (Nuoro, 1871-Roma, 1936), hoy también poco leída.

Es posible que aquel galardón a su compatriota influyera en las posibilidades de Matilde Serao, puesto que no llegó a recibirlo a pesar de haber sido nominada en seis ocasiones; aunque es posible que su firme oposición al fascismo también tuviera bastante que ver. En cualquier caso, con o sin premio, sigue siendo una figura crucial de las letras, y se podría decir que también de la vida en general, porque su labor más allá de la literatura revela una naturaleza audaz, inteligente, inquieta y tenaz, que se comprometió con los más desfavorecidos e hizo suya la misión de comunicar con rigor aquellas injusticias.
Y es que Matilde Serao, además de cultivar la ficción, fue una periodista extraordinaria, una figura clave de la Italia de la época. Junto a su marido, Edoardo Scarfoglio, también periodista, fundó varios periódicos, entre ellos Il Mattino, en 1892, que se convirtió en el más leído del sur del país. Escribió crónicas tan brillantes como El vientre de Nápoles (1884), una radiografía de la sociedad napolitana, sin temor a señalar sus carcomas (la pobreza, el hambre, la corrupción, la fiebre por la lotería, la usura), un retrato vívido que todavía resuena en el Nápoles contemporáneo (y en otros lugares del mundo).
Tenía olfato para detectar la raíz de los conflictos enquistados, arrojo para denunciarlos y estilo para contarlos sin perder el nervio literario; de ahí que sus reportajes todavía se lean hoy como el gran despliegue de periodismo literario que son. Había tenido un referente en casa: su padre, un periodista italiano que se exilió por discrepancias políticas. Por ese motivo, Matilde nació en Grecia, de donde era su madre, aunque la familia no tardó en volver a Italia, donde creció en medio de estrecheces económicas –el periodismo no era un oficio bien remunerado–, en un Nápoles donde los trabajadores malvivían y las mujeres, limitadas en sus opciones profesionales, se desgañitaban para sacar los hogares adelante.

Antes de volcarse en la escritura, trabajó como maestra y telegrafista. Con veinte años, comenzó a colaborar con la prensa: sus artículos llamaron la atención porque se fijaba en aquello que otros preferían no ver, a saber, la miseria, las condiciones laborales indignas, la violencia, la desnutrición, el machismo.
En particular, era una observadora atenta del comportamiento humano: le interesaban las personas, ir de lo personal a lo colectivo: mujeres, niños, obreros, desarraigados, pobres, delincuentes; su lupa estaba puesta en los marginados por la sociedad dominante. Tenía el don de dotar sus escritos de una emoción bien medida, una hondura íntima nada habitual en un género que por lo general tiende a adoptar un tono aséptico. Esta calidad la acercó más a los lectores.
Sus coetáneos vieron que tenía talento. Además, poseía algo aún más importante si cabe: una disciplina de trabajo implacable, fruto de los años de escasez en su niñez y juventud. Se casó, tuvo cuatro hijos, se convirtió en una madre trabajadora a tiempo completo, se divorció. Prosperó, y, sin dejar el periodismo –llegó a cubrir la guerra desde la posición de las mujeres–, desarrolló una prolífica carrera literaria, con más de treinta novelas y numerosos relatos, en los que, en consonancia con sus artículos, se ocupaba sobre todo de los “invisibles” de la sociedad. Escribió incluso unos tempranos guiones cinematográficos, que por desgracia fueron destruidos por el régimen fascista.

De esa extensa producción, apenas disponemos de un puñado de títulos traducidos, por eso es de agradecer que la editorial Libros de Seda, dentro de su espléndido catálogo de clásicos –donde comparte colección con Selma Lagerlöf, Elizabeth Gaskell y María de Zayas, entre otras–, sume ya tres libros suyos: La tierra de la abundancia (1891), La bailarina (1899), y, desde este año, Fantasía (1883), su segunda novela.
Dos amigas y el amor
En las primeras páginas de Fantasía, dos colegiadas, a punto de terminar la educación secundaria, leen en voz alta sus redacciones. Ambas han escrito sobre una mujer histórica, pero con enfoques distintos: mientras que Caterina Spaccapietra ha reproducido poco más que la crónica oficial de su vida, la soñadora Lucía Altimare ha ahondado en el lado íntimo e incluso le ha dado un enfoque protofeminista. Al profesor, sin embargo, no termina de convencerle ninguna: mientras que a Caterina le reprocha su falta de imaginación, de Lucía considera que es demasiado fantasiosa.
Esta anécdota simboliza las diferencias entre las dos chicas, dos mujeres muy distintas pero unidas por la amistad. Ya entonces tienen claro qué camino van a tomar: Caterina espera casarse y llevar la existencia monótona pero estable de una madre ama de casa, como era habitual en las mujeres de la época; Lucía, por el contrario, no quiere saber nada del matrimonio y desea consagrarse a una actividad que le permita hacer el bien por la humanidad, siempre dentro de las posibilidades de las mujeres, quizá trabajando en el ámbito de la beneficencia o como maestra.
Pasa el tiempo, y reencontramos a ambas convertidas en aquello que querían, más o menos. Caterina está casada, tiene hijos y se dedica en cuerpo y alma a complacer los caprichos de su esposo, un hombre que no aprueba su amistad con Lucía. Esta, por su parte, no se ha casado, pero no se puede decir que haya encontrado el solaz; su rumbo está a punto de cambiar. La narración sigue a ambas amigas a lo largo de los años, una obediente y pasiva, la otra díscola e imprevisible. Solo que –y esto lo enseñó muy bien Elena Ferrante– a veces los roles hipotéticos se intercambian, y ahí es donde reside la prueba de la verdadera amistad.
Bajo este argumento centrado en la relación de ambas mujeres con el amor –al fin y al cabo, en el siglo XIX no podían concebir grandes futuros que no pasaran por el altar–, late una crítica social que, más allá de señalar la opresión de las mujeres y las carencias de su educación –las escenas en la escuela las muestran entre clases de religión, labores y redacción, con profesores más pendientes de su dimensión moral que del aprendizaje–, indaga en el poder de las decisiones para forjar nuestro camino, esa búsqueda personal entre las normas que impone la sociedad y la (en este caso escasa) libertad de elección individual. También, aunque desde la perspectiva actual resulte instintivo conectar de inmediato con la amiga irreverente, invita a valorar las cualidades del carácter de cada una, porque, como en toda buena novela, no son personajes maniqueos y evolucionan.
Fantasía, en la tradición de la mejor narrativa social del siglo XIX, narra una historia más rica de lo que puede parecer de entrada. Para Matilde Serao, el conflicto amoroso es un pretexto para cuestionar los imperativos sociales; y las protagonistas femeninas, una manera de penetrar en la psique de las mujeres y demostrar que su mundo es más amplio de lo que se pretende hacer creer. Todo ello, con una prosa elegante, llena de pasajes de un lirismo evocador, y con ciertos toques de humor. Una lectura de las que hacen leer como antes: con pasión, con ganas de seguir pasando páginas; una lectura que tiene crítica, pero no olvida las emociones ni el carisma.
Matilde Serao murió de un infarto el 25 de julio de 1927, a los setenta y un años. Hasta cierto punto, puede decirse que falleció tal como quería: trabajando, porque se hallaba sentada a su escritorio, bolígrafo en mano. Su funeral fue todo un acontecimiento: la sociedad napolitana, esa que tan bien comprendió en sus crónicas, y por la que tanto se implicó, le dio una despedida de honor. No recibió el Premio Nobel, pero ganó algo más valioso: el respeto y el cariño de los lectores. Y hoy, gracias a novelas como Fantasía, podemos recordar por qué, y volver a caer en el encanto y la fuerza de sus palabras.
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