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Entrevista

La tiranía del cuerpo seco: “El sudor de las mujeres se percibe como un defecto de personalidad”

Mariela Sancari, autora de 'Sudor'.

Juanjo Villalba

30 de julio de 2026 22:27 h

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Una joven frente al espejo de su baño se aplica una capa de maquillaje impecable. En las redes sociales, miles de creadoras de contenido comparten este ritual bajo la etiqueta de la estética clean girl, un canon que exige piel de porcelana y cabellos perfectamente colocados.

Sin embargo, fuera de cámara, el fenómeno ha provocado que miles de personas, especialmente mujeres, hayan sentido la imperiosa necesidad de recurrir a la intervención médica: el uso de microinyecciones de toxina botulínica en el labio superior, conocido popularmente como bótox del bigote, se ha viralizado como el último truco para evitar que las gotas de sudor cuarteen la base de maquillaje durante los meses de verano.

La tendencia actual pasa por anular por completo una función fisiológica vital para encajar en el modelo de un cuerpo impermeable y plastificado.

Frente a esta tiranía de la asepsia y la sequedad absoluta, la Editorial Comisura acaba de publicar Sudor, un libro híbrido de la artista Mariela Sancari (Buenos Aires, 1976), afincada entre Barcelona y Ciudad de México, que a través de una propuesta que mezcla el ensayo crítico, el fragmento autobiográfico, la poesía y el archivo visual, desplaza el sudor del terreno de lo desagradable hacia una dimensión política, afectiva y común.

La autora, que confiesa sudar desde que tiene uso de razón, transforma la hiperhidrosis severa que siempre ha padecido en una herramienta de resistencia contra las normas sociales de discreción, limpieza, productividad y control.

El cuerpo impermeable y productivo

El deseo contemporáneo de bloquear los poros para mantener una apariencia inalterable responde a dinámicas profundas de control sobre la fisionomía humana (y especialmente femenina) que, aunque hay ejemplos desde la antigüedad, se han intensificado en los últimos años.

“Las inyecciones de bótox en el bigote me parecen un ejemplo más de cómo ciertas modas se presentan como hábitos de cuidado cuando en realidad representan formas de disciplinamiento hacia nuestros cuerpos”, explica Mariela Sancari. “Estas inyecciones y otros procedimientos similares son parte de las 'narrativas del bienestar' que patologizan funciones vitales de los cuerpos”.

“Creo que el deseo de convertir el cuerpo en una superficie impermeable”, continúa, “responde a la lógica de producción de subjetividades normativas y tiene una continuidad histórica. Como menciono en el libro, las industrias de cosméticos y productos de higiene no solo venden mercancías para agradar, como desodorantes, duchas vaginales o cremas, sino que prescriben modos de ser y construyen modelos de cuerpos homogéneos, discretos y aceptables”.

Esta búsqueda de la asepsia se traduce en un mercado que comercializa soluciones para cualquier rastro de humedad biológica, desde parches absorbentes para las axilas hasta tejidos sintéticos de alta tecnología diseñados para repeler el agua. El imperativo es claro: transpirar equivale a perder el control sobre uno mismo, un fallo estético que debe enmendarse de inmediato para no romper la ilusión de perfección digital y eficiencia laboral.

Las inyecciones de bótox en el bigote me parecen un ejemplo más de cómo ciertas modas se presentan como hábitos de cuidado cuando en realidad representan formas de disciplinamiento hacia nuestros cuerpos

El sesgo de género en las políticas de la limpieza

La forma en que la sociedad mira nuestras funciones biológicas, y en particular el sudor, cambia por completo según el género. Existe una doble vara de medir muy clara: mientras que en los hombres el sudor se tolera y se asocia con la virilidad, el éxito deportivo o el trabajo duro, en las mujeres se vigila con lupa. Para ellas, transpirar se etiqueta rápidamente como una falta de higiene, un descuido o una pérdida de la compostura.

“En el imaginario visual colectivo y desde la primera mención en la Biblia: ‘Te ganarás el pan con el sudor de tu frente', el sudor de los hombres se ha asociado con el trabajo esforzado y no solo es bien visto, sino también valorado”, señala Sancari. “Al de las mujeres, sin embargo, se le ha negado esa lectura y se le vincula con una falta que necesita repararse. El sudor del cuerpo de las mujeres se sigue percibiendo como un defecto de personalidad, una forma de desidia y hasta una falta de respeto hacia las demás. El rigor al que continúa sometido el cuerpo de las mujeres es sistemático y la presión social no para de encontrar nuevas maneras de aparecer y presentar nuevas fallas que corregir”.

El bombardeo publicitario de las marcas de cosméticos y los vídeos de las influencers en las redes sociales refuerzan esta división todos los días. Los anuncios dirigidos a las mujeres plantean la transpiración como una amenaza vergonzosa, mostrando esa mancha oscura en la ropa como algo que destruye el atractivo físico y la seguridad en una misma. Es una exigencia estética que presiona para tener cuerpos secos.

Del castigo divino a la máquina productiva

Pero para entender cómo el sudor se convirtió en un tabú, hay que mirar atrás, hacia las normas de higiene que transformaron las ciudades en el siglo XIX. En ese momento, dejar ver las humedades del cuerpo pasó de ser algo normal a considerarse un síntoma de mala educación o de pereza.

“El mensaje de las campañas publicitarias de desodorantes y productos de 'higiene personal' vinculados al sudor lo contraponen al progreso laboral con frases lapidarias como 'éxito sí, sudor no'”, analiza la autora. “Un cuerpo con hiperhidrosis o con sudoración excesiva se lee como un cuerpo que no sabe regularse y del que es necesario desconfiar”.

En varios de los ensayos del libro la autora expone la relación entre sudor, trabajo y productividad. “En el siglo XIX, en el contexto del surgimiento del higienismo en Europa, el sudor pasó de ser una función fisiológica común a todos a un signo de desorden moral y enfermedad”, explica. “Aunque se presentó como un proyecto filantrópico y médico, el higienismo también respondía a lógicas de control y biopoder. Cambió también la percepción del olor corporal y desde entonces la corrección social exige que controlemos nuestras emanaciones, sobre todo en los espacios y las actividades relacionadas con el trabajo”.

Esa mentalidad sigue muy viva en las empresas actuales. En las oficinas modernas, pasar del calor de la calle o del metro a una reunión implica mantener una temperatura impecable. Si alguien muestra gotas de sudor en una entrevista de trabajo o al exponer un proyecto, se suele interpretar de forma negativa, como si estuviera desbordado por los nervios o fuera incapaz de aguantar la presión profesional.

El sudor de los hombres se ha asociado con el trabajo esforzado y no solo es bien visto, sino también valorado. Al de las mujeres, sin embargo, se le ha negado esa lectura y se le vincula con una falta que necesita repararse

La fantasía de la autonomía individual

El empeño por no sudar ha influido también decisivamente en la forma en que construimos las casas, las ciudades y las oficinas, donde comenzamos a depender casi por completo del aire acondicionado. Vivimos metidos en burbujas climáticas artificiales que nos aíslan del tiempo que hace fuera y de los ritmos de nuestra propia biología.

“Vivimos evitando el calor, el frío, la lluvia, el propio clima de nuestro cuerpo. No sudar se ha convertido en sinónimo de estar 'bien', equilibrado. Uno de los ensayos del libro parte de la expresión 'aguar la fiesta' para explorar cómo el lenguaje asocia lo líquido con lo negativo: diluir, desbordar, arruinar”.

A través de sus equivalentes en inglés, especialmente killjoy, con su carga violenta del verbo matar, la autora introduce el concepto de Sara Ahmed sobre la “feminista aguafiestas”: “La que se niega a sumarse al consenso social de la felicidad y que, por eso, es vista como quien echa a perder el ambiente”, explica Sancari. “A partir de ahí, reflexiono sobre cómo la felicidad se ha convertido en un mandato social, una vara con la que se miden las decisiones de vida como correctas o equivocadas. Como menciono en el libro, ser felices supondría permanecer secos. Cuestionar ese mandato y la constante exigencia de no incomodar se lee entonces como un acto líquido: algo que salpica, empapa o desborda el orden esperado de las cosas”.

Ese rechazo a los fluidos se nota también en las relaciones personales y de pareja, donde mostrar ciertas humedades naturales todavía da reparo. En su obra, Sancari cuenta que conoció a una mujer que tenía el problema contrario, una incapacidad absoluta para transpirar, y que esta le preguntó con mucha curiosidad cómo lograba gestionar la hiperhidrosis durante los encuentros íntimos. El miedo a que nos rechacen viene de lo mucho que nos cuesta aceptar que los cuerpos no son herméticos.

En lugar de esconder las marcas de la transpiración, el libro funciona como un objeto de arte en el que la autora ha utilizado su propio sudor para crearlo.

“Lo líquido y lo fluido representan lo que no se puede controlar ni contener, al menos no del todo”, reflexiona Sancari. “Pero lo vivo gotea, huele, tiembla, suda. Asumirnos como 'cuerpos de agua' implicaría aceptar que estamos formados del mismo material que nuestro entorno y que nuestras humedades se encuentran en constante proceso de intercambio y renovación. Así se diluye la fantasía de que somos individuos autónomos y autocontenidos: si somos agua, entonces también somos porosos, permeables, capaces de mezclarnos con otros cuerpos de formas que no siempre podemos anticipar ni dominar. Hablar de humedecer las relaciones, el título de uno de mis ensayos, es en definitiva una manera de politizar los fluidos”.

El sudor convertido en huella física

En lugar de esconder las marcas de la transpiración, el libro funciona como un objeto de arte en el que la autora ha utilizado su propio sudor para crearlo. Sancari entró en el cuarto oscuro para crear fotogramas tocando directamente el papel fotográfico con su sudor, consiguiendo unas imágenes que dejan constancia real de su experiencia. El libro propone mirar esta función corporal sin asco y sin tratarla como una enfermedad, sino entendiéndola como una forma de reconciliarnos con nuestra naturaleza.

“Lo que me interesaba con esto es pensar críticamente el imaginario vinculado al sudor y reflexionar por qué algunas formas de representación visual tienen más peso o aceptación que otras”, explica la artista. “Tiene poco tiempo que retomé mi práctica analógica, revelando e imprimiendo en el cuarto oscuro. En una de esas ocasiones, decidí intentar crear un fotograma de mi sudor (fotografías hechas sin cámara, generadas a partir del contacto directo del sudor con el papel fotosensible y los químicos) y, para mi sorpresa, sí resultó en una imagen, fascinante, una mancha amorfa que me abrió un campo de exploración muy grande”.

El mensaje de las campañas publicitarias de desodorantes y productos de 'higiene personal' vinculados al sudor lo contraponen al progreso laboral con frases lapidarias como 'éxito sí, sudor no'

Estos fotogramas la condujeron a una de las preguntas que propone en el libro: ¿por qué se maravillaba ante la imagen de su sudor en el papel fotográfico y no ante la que aparece en su ropa, en su cara, en el rastro de lo que tocaba? “Producir una imagen a partir del encuentro del sudor con el papel fotográfico me ha llevado a pensar en la piel como una superficie sensible, que nos envuelve y comunica con el mundo a la vez que nos muestra. Estos fotogramas buscan ampliar el espectro de lo que puede ser fotografiado y ofrecer una imagen distinta o nueva al repertorio visual del sudor que nos impone el orden social”.

Narrar desde lo que no encaja

Sudor es también un viaje hacia los recuerdos familiares. En un apartado del libro titulado “Mi álbum y yo”, Sancari revisa las fotos de cuando era pequeña para entender cómo los rasgos que heredamos y la memoria del cuerpo marcan nuestra autoestima, la forma de vestir, el trabajo y las relaciones con los demás. Su propuesta consiste en aprovechar la sensación de no encajar en las modas actuales para escribir y pensar con libertad.

“Las personas que sudamos mucho o tenemos hiperhidrosis sabemos que la asociación obligada del sudor con el esfuerzo reduce el espectro de la experiencia de sudar”, sostiene Sancari. “Sabemos que se puede sudar, y lo hacemos, en un rango de circunstancias y situaciones mucho más amplio que no necesariamente supone algún tipo de esfuerzo. Cuando uno está incómodo, es consciente de los límites del cuerpo con el entorno, tiene mayor claridad de la manera en que no encaja en el ambiente o situación. La incomodidad de sudar tanto me ha hecho agudamente consciente”.

“En consecuencia”, continúa, “diría que es preciso narrar esa incomodidad, hablar de lo que no se ajusta, de lo que no cuadra completamente. Es lo que intenté hacer en este libro. Más allá de la serie de ensayos que analizan desde diferentes perspectivas el sudor, también comparto muchos recuerdos de mi infancia y adolescencia en relatos con fotografías de mi archivo fotográfico familiar. Me he dejado producir por el sudor. Soy una mujer chorreante, líquida, inestable, salada, pegajosa, que se desborda”, concluye.

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