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Entrevista
Premio Nacional de Literatura Dramática

Joan Yago: “Haciendo teatro no cambiaremos el mundo, pero no tenemos más remedio que seguir intentándolo”

Joan Yago, en una imagen de archivo.

Juanjo Villalba

Barcelona —
15 de septiembre de 2026 22:00 h

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Por “la potencia de un texto sorprendente, arriesgado y deliberadamente delirante que dialoga con nuestro presente desde una profunda crisis existencial y política”, entre otras razones de peso, el Ministerio de Cultura ha concedido el Premio Nacional de Literatura Dramática al dramaturgo Joan Yago (Barcelona, 1987) por su obra La brama del cérvol (La berrea del ciervo).

El premio es también, por extensión, un aplauso al trabajo que su compañía La Calòrica lleva realizando en los últimos 16 años. Formada junto a un grupo de amigos y compañeros del Institut del Teatre, la formación no ha parado de sorprender y aumentar su fama con obras como Feísima enfermedad y muy triste muerte de la reina Isabel I (2010/2020), Sobre el fenomen de les feines de merda (2015), El profeta (2016), Fairfly (2017), Els ocells/Las aves (2018) o De què parlem mentre no parlem de tota aquesta merda (2021), entre otras.

Podríamos decir que Yago es, sin temor a equivocarnos, uno de los dramaturgos más interesantes de su generación. Sin duda, uno de los responsables de volver a llenar las salas de un sector que hasta hace algunos años se declaraba permanentemente en crisis. 

Enhorabuena por el premio. ¿Cómo se siente después de haberlo ganado?

No me lo termino de creer. Me enteré hace algo más de 24 horas y tengo la sensación de que han pasado muchas cosas. Al principio estaba eufórico, luego por la tarde me puse como enfermo, y esta mañana pues tenía reuniones, trabajo, todo sigue exactamente igual. Pero varias veces a lo largo del día he pensado: “¿ha pasado de verdad?”.

Ha contado alguna vez que de adolescente en Palma le dijeron que era un actor terrible y le invitaron a dejarlo y ponerse a escribir. Mirando atrás, ¿cómo ve ahora aquel “fracaso”?

La profesora me dijo algo así como “¿no te das cuenta de que te lo pasas mejor imaginando las escenas y los personajes, que luego interpretándolos?” He pensado mucho en ella en estas 24 horas. Me dijo que por qué no escribía la obra del año siguiente, que tenía buenas ideas, que eran divertidas y cuando tienes 13 años está muy bien que alguien te diga “prueba a hacer esto”. Enseguida conecté con el teatro cuando vi que podíamos juntarnos cinco, traer unos disfraces de casa, poner cuatro sillas, decir que eran un coche y ponerlo delante de la gente. 

¿Cómo fueron sus años de formación en el Institut del Teatre?

Fueron absolutamente maravillosos. Primero porque éramos jóvenes y segundo porque realmente yo tuve una experiencia muy buena. Allí conocí a las personas que ahora son las más importantes de mi vida: amigos y compañeros de trabajo. Además pasábamos el día escribiendo, haciendo, pensando y analizando teatro. Para mí fue una experiencia muy feliz. También fueron unos años duros económicamente debido a la crisis económica del 2008 y vi a muchos compañeros quedarse por el camino porque tenían que hacerse cargo de un familiar, de un negocio o luchar contra un desahucio. Los compañeros con los que acabé formando La Calòrica también compartíamos esos problemas y una perspectiva de futuro muy desoladora. Todo el mundo nos decía que el sector estaba muy difícil. Daba mucho miedo. 

¿Cómo empezaron a trabajar juntos?

Al acabar los estudios teníamos una obra terminada. En aquel momento, verano de 2010, los teatros no tenían dinero para programar y era fácil que te invitaran a exhibir tu obra, aunque sin cobrar. Nosotros nos moríamos por hacerlo aun sin cobrar y sin Seguridad Social. Así fueron de precarios los inicios de la compañía. Nunca recomendamos a otras compañías más jóvenes que hagan lo que hicimos nosotros.

Volviendo a usted, ¿cuáles diría que son sus influencias? He leído que son muy variadas y engloban cosas como Los Simpson.

Ayer cuando me encontré mal sentí un imperioso deseo de ver un capítulo de Los Simpson. Me han inspirado mucho. Me encanta su forma de hacer una comedia fuertemente política, pero a la vez fuertemente imaginativa, que combina humor intelectual con elementos de alta comedia pero los mezcla con el caca, culo, pedo, pis. Tiene un pie en lo cotidiano y otro pie en la fantasía pura y dura.

Aparte de eso, siempre he conectado mucho con el teatro de Chéjov, porque también se coloca en un espacio entre lo cómico y lo trágico, lo existencial y lo político. En cómo el dinero afecta a las relaciones entre las personas. La mezcla del amor con los intereses me interesa mucho. Y estructuralmente pues me gustan mucho las obras de Caryl Churchill o de Roland Schimmelpfennig, que tienen una escritura teatral de la que he copiado mucho a nivel estructural, de uso de las formas, etc.

Soy muy fan también de la comedia de Aristófanes. Hay algo en la libertad absoluta de su comedia que está en el origen de la sátira política que más me interesa. Él pone a un dios al lado de un hombre, de un animal o de un campesino. En realidad, está en el origen de Los Simpson, donde ponen a Richard Nixon junto a un perro y a un niño de diez años. 

El galardón le llega por La brama del cérvol, una obra en la que se reflexiona sobre si el teatro político puede cambiar el mundo. Tras 16 años de trayectoria con La Calòrica, ¿cuál es su respuesta a esa pregunta? 

Precisamente necesitábamos hacer esta obra para reflexionar sobre la posibilidad de que lo que llamamos teatro político solo sea una excusa para mirarnos a los ojos y celebrar lo progres que somos. La obra plantea la tesis, un pelín conformista, de que a pesar de que haciendo teatro no cambiaremos el mundo, no tenemos más remedio que seguir intentándolo y señalando las cosas que nos parecen inaceptables. Provocar conversaciones, recuperar conversaciones silenciadas y crear momentos de reunión que quizá algún día puedan provocar algo.

Ha dicho en alguna ocasión que el objetivo de su escritura es que las personas se rían de sus miedos o sus fantasmas, pero también ir más allá: “inventar una emoción nueva” que enfade, duela, calme y haga reír a la vez. ¿Cree que esa mezcla es la clave del éxito de La Calòrica?

Yo creo que sí. Pienso que la gente viene a ver nuestras obras porque siente cosas que no hemos inventado nosotros, pero que echa en falta. Quieren reírse pero también salir un poco enfadados, reconfortados, sentirse dolorosamente identificados. Desde La Calòrica intentamos poner al espectador en una situación donde no sabe lo que le va a pasar. Este es el poder que tiene el teatro, hacernos sentir sensaciones físicas, que hagamos un viaje emocional que nosotros queremos que sea lo más insospechado posible.

¿Cree que este premio va a cambiar algo en usted o en La Calórica?

En 2018 ganamos dos premios Max. Fue una alegría pero la vida no nos cambió. Me estoy preparando para que con este pase lo mismo. Muchos compañeros me han escrito para felicitarme y estoy feliz, pero creo que todo seguirá más o menos igual. Si pudiera pedir algo, me encantaría que el premio sirviera para que La brama del cérvol pudiera girar por todo el estado español. Sería una gran alegría. 

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