Shakira tiene muchos hits, pero los baila mejor que los canta
Una mariposa amarilla se posa en su hombro en un gesto de amor verdadero. No es la primera. Allí donde se encuentra el joven empiezan a revolotear otras, convirtiéndose en la señal de que algo mágico está a punto de ocurrir. Macondo, el pueblo de García Márquez, hace de las mariposas una especie de presagio: cuando aparecen en la novela Cien años de soledad, anuncian el amor de Mauricio Babilonia por Meme Buendía. En el Macondo Park de Shakira no hay mariposas, pero una canción consigue el mismo efecto. Como si la artista apenas importara, una mujer permanece sentada en la grada junto a su pareja y apoya la cabeza en su hombro. La música que los une hace el resto.
Las canciones de Shakira han aprendido a hacer eso solas. No necesitan presentación, ni siquiera necesitan que ella misma termine una frase para que el público sepa cuál viene después. Simplemente aparecen, sirviendo como señal de que los primeros segundos de melodía bastarán para desatar la pasión. La cantante colombiana ha construido en Madrid un estadio con espacio para 55.000 personas. No obstante, todas ellas desaparecen para el joven que se mantiene quieto mientras la chica que lo acompaña se reclina en él. La canción llega antes que Shakira hasta la pareja y, cuando la artista acerca el micrófono a las gradas, ya no queda claro quién está cantando para quién.
Shakira corre, gira, baila, baja por la pasarela, se cambia de vestuario y vuelve a subir. Cada tema es una escena distinta y, sin embargo, hay algo que queda patente antes siquiera de que la cantante coja el micrófono: no es capaz de defender sus canciones como lo hace su público. A veces parece que Shakira les entrega una y ellos se la devuelven entera. El resultado tiene algo de emocionante y extraño a la vez: la intérprete consigue que un estadio entero se rinda ante sus temas, pero parecen menos suyos que nunca. Si los apoyos vocales pregrabados han sido muchos o pocos quedará en una incógnita, pero puede que el quid del asunto esté en la respuesta.
Hay momentos en los que Shakira canta y se escucha que es ella quien está ahí, con sus pequeñas imperfecciones, esas que nos hacen ser más humanos. En tiempos de dominación de la inteligencia artificial, sobre la que ella misma ha advertido en la presentación de su Macondo Park, quizás el abrazo a nuestros errores sea más importante que buscar la excelencia con una máquina. Y Shakira sabe exactamente qué hacer en un concierto de este calibre: sabe cuándo levantar los brazos, cuándo mirar a la audiencia, cuándo acercar el micrófono a las gradas y cuándo dejar que la coreografía haga el resto. Esto último, sin embargo, tiene casi más autoridad que la propia voz durante el espectáculo.
La cantante se decide por una actuación rockera para aupar sus temas Don't Bother y Can't Remember to Forget You. Alguno pensaría que la puesta en escena es exageradamente superficial, sobre todo al ver a Shakira sosteniendo una guitarra eléctrica que parece fingir tocar. Pero, como la propia artista asegura, “no hay nada como cuando una loba se encuentra con su manada”, y es la efervescencia de la gente la que motiva a pensar que algo hay, que aquello no se limita a lo trivial, que la propuesta de la cantante no puede ser tan vacía como llenar el escenario de instrumentos que no vayan a sonar realmente en directo.
De hecho, la reacción del público pide más de aquello que Shakira les está dando. Una devoción propiciada, muy probablemente, por el poder de la nostalgia. El recinto se vuelve loco cuando suenan los primeros acordes de Las de la intuición, que por desgracia merma al mezclarla con Estoy aquí. Mucho más espectacular es cuando se escuchan La bicicleta, La tortura, Hips Don't Lie y Chantaje. Una detrás de otra y a cada cual recibida con más gritos. Primero se pone a pedalear sobre un bailarín, luego hace un baile sensual en honor a sus caderas y después sigue cantando tras bambalinas en un acto más propio de un videoclip. “Parece todo un sueño”, dice la artista sobre su residencia. Normal.
Es tan irreal la propuesta de la artista y tan poderoso el frenesí que provocan las canciones que da la sensación de que si a Shakira la hubiese sustituido un holograma, habría ocurrido lo mismo. Esto no es ninguna tontería: hay artistas muertos que siguen de gira gracias a la tecnología porque hay suficientes personas dispuestas a pagar por ver cantar a su recreación holográfica. No importa que la voz no sea en directo, lo que la gente quiere es escuchar los temas acompañados de otros fans. Tal vez por ello se muestran encantados cuando, prácticamente durante la interpretación de todos los temas, son ellos quienes cantan alguna estrofa o parte del estribillo. Así lo busca Shakira al enseñarles el micrófono a cada rato.
Mucha más diversión hay cuando la cantante se detiene a hablar sobre las historias detrás de sus canciones. Dice que algunas le han servido para sanarse y otras para cambiar estigmas. De hecho, se enfoca en la ansiedad por encontrar pareja y en la presión de sentirse perdida cuando toca sacar adelante una vida y unos hijos. “La soltería es una oportunidad que se nos da para aprender de uno mismo y disfrutar de la propia compañía”, declara antes de sorprender con Soltera. “Todo lo que uno necesita para ser feliz está dentro de uno mismo”, agrega, rematando al preguntar cuántas solteras, solteros y madres solteras hay entre el público. Todo el mundo está deseando alzar la mano.
Aunque Shakira se siente más cómoda refugiada entre fuegos, plataformas y un sinfín de bailarines, hay un momento durante su interpretación de Antología que se percibe como un oasis. La artista se sienta al final de la pasarela junto a otros tres músicos y se muestra más vulnerable y honesta. En las pantallas enfocan a varios fans, y una mujer a la que sorprenden llorando reacciona rápidamente poniéndose las gafas. De nuevo, las mariposas amarillas. Sucede algo parecido cuando la cantante se atreve con Acróstico, una tierna balada que, pese a que también canta junto al público, en esta ocasión sí era algo que la actuación pedía a gritos. La última estrofa la cantan sus hijos en una toma grabada.
La cantante ha contado “el cuento de la chica de 19 años que llegó a Madrid y se enamoró de un madrileño”. Se ríe al recordar al “verdadero ejemplar ibérico” que le rompió el corazón y reconoce que aquello no fue “ni la primera vez ni la última”. Todo el mundo entiende por quién va la indirecta. “Con la cara que te fuiste y con la cara que volviste”, bromea. Justo entonces suena Te dejo Madrid, que llevaba sin cantar en la capital desde 2011. En ese tiempo se ha visto envuelta en la denuncia de Hacienda por fraude fiscal por la que la cantante terminó alcanzando un acuerdo con la Fiscalía. Reconoció que había defraudado 14,5 millones de euros y consiguió librarse de la cárcel. El pasado mayo, la Audiencia Nacional obligaba a Hacienda a devolver 55 millones a la colombiana porque durante el ejercicio 2011 no fue residente en España.
El espectáculo, que alcanza su apogeo con Suerte (Whenever, Wherever), también tiene un guiño al fútbol con Dai Dai, una canción bastante simplona que se ha viralizado durante este Mundial y que se corea mucho más de lo que cualquiera podría esperar. A continuación llega la felicitación de Shakira: “¡Campeones del mundo!”. Y, acto seguido, se funde en un Waka Waka que demuestra tener la vigencia de los himnos. Esta secuencia es uno de los grandes logros de la cantante, pues dos temas separados por más de una década de distancia se gritan y disfrutan con el mismo ímpetu. “Gracias por recorrer conmigo casi 30 años”, clama ante el triunfo generacional de su discografía.
En Macondo, las mariposas amarillas simbolizan la presencia ineludible del destino y la magia que desafía la realidad cotidiana. Shakira puede seguir bailando durante muchos años sus canciones y puede llenar con ellas muchos estadios, pero sus temas demuestran ser más grandes que ella. Al menos, tal y como los ensalzan aquellos que se rinden ante ellos. Hacia el final del concierto, una loba de varios metros de altura que aguardaba tras las pantallas aparece en el escenario. Es una figura imponente que la ayuda a despedirse con su Loba y su icónica colaboración con Bizarrap. “¿Dónde están las lobas esta noche?”, pregunta entonces Shakira. Todo el mundo aúlla, pero lo que hay en realidad son mariposas.
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