Que no pare la música aunque mueran los cantantes: el dilema ético de salir de gira con hologramas
Gustavo Cerati falleció en 2014. El artista perdió la vida con 55 años a causa de un paro respiratorio que lo mantuvo en coma durante cinco años. En aquel entonces, Cerati ya era reconocido como el líder de una de las bandas de rock argentinas más influyentes de la música en español: Soda Stereo. El grupo, fundado en 1982, acabó logrando un éxito masivo hasta su disolución en el 97, cuando los integrantes se separaron debido a diferencias personales y artísticas. Diez años después, la banda regresó a los escenarios para una gira de despedida, pero la muerte posterior de Gustavo Cerati terminó con la esperanza de que volviera a producirse otra reunión... hasta ahora.
Pese a que este 2026 se cumplen 12 años desde su fallecimiento, el líder de Soda Stereo volverá a cantar y a tocar la guitarra ante miles de personas en el Movistar Arena de Madrid. Lo hará el próximo 24 de septiembre en un concierto que, junto al bajista Zeta Bosio y el baterista Charly Alberti, permitirá disfrutar de nuevo del grupo al completo. Se trata de un espectáculo que forma parte de la gira Ecos y cuya promotora presenta como un “evento histórico” que reúne a los tres componentes de la banda “gracias a la tecnología”. La presencia de Cerati se logra a través de filmaciones y audios tomados de la gira de 2007, la que está grabada en mejor calidad, creado un efecto realista que hace que parezca que es él quien está actuando en directo.
Esta propuesta responde a un reclamo del público por su grupo favorito. Marcelo Fernández Bitar, periodista, historiador y autor de Soda Stereo: La biografía total, explica a elDiario.es que esta gira “es algo que vienen pidiendo los fans no solo de Argentina, sino de toda Hispanoamérica”. Según detalla, la banda ha alcanzado “esa categoría tan difícil en la que generaciones nuevas que nunca los vieron en vivo quieren verlos en vivo aunque ya no esté presente alguno de los integrantes”. Sin embargo, la propuesta también pone sobre la mesa una realidad que hasta hace poco parecía impensable: la muerte de un cantante ya no significa el final de sus conciertos.
En las últimas décadas, hay numerosos grupos que decidieron seguir su trayectoria tras perder a miembros clave: AC/DC fichó a Brian Johnson tras la muerte de Bon Scott, The Doors recurrió a Ian Astbury para interpretar las canciones de Jim Morrison y formaciones míticas como Nitzer Ebb o The Beach Boys se han mantenido tras el fallecimiento de alguno de sus componentes. La diferencia radica en que el archivo audiovisual y las nuevas herramientas digitales han provocado que las bandas ya no necesiten buscar a un sustituto. Así ocurrió, por ejemplo, en la gira Dio Returns, donde los antiguos compañeros de grupo de Ronnie James Dio salieron a tocar junto a una recreación holográfica del mítico cantante de heavy metal. Incluso Whitney Houston actuará en Madrid el próximo 22 de noviembre en su Hologram Tour.
Los artistas quedan atrapados en una versión de quienes fueron en su día. La tecnología puede recrearlos, pero no les permite evolucionar
Uno de los problemas fundamentales en cuanto a esta posibilidad es la de si realmente es ético emplearla. Angelique Nairn, subdirectora de la Facultad de Estudios de la Comunicación de la Universidad Tecnológica de Auckland (AUT), advierte de su peligro: “Cuando hablamos de atrapar a artistas fallecidos en una especie de purgatorio tecnológico, lo que queremos decir es que quedan atrapados en una versión de quienes fueron en su día. La tecnología puede recrearlos, pero no les permite evolucionar”. Esto se percibe en los conciertos de ABBA Voyage, que presentan proyecciones digitales hiperrealistas de los integrantes del grupo con la apariencia que tenían cuando eran jóvenes.
Tony Rigg, asesor de la industria musical, académico afiliado a la Universidad de Lancashire en Reino Unido y coeditor del libro The Future of Live Music, señala que de esta forma se pierde la “incertidumbre de la actuación”. “Un músico humano cambia con el tiempo. Envejece, reinterpreta su obra, comete errores, los resuelve, asume riesgos, improvisa, responde al público y, a veces, produce hermosos accidentes”, cuenta. Aunque los nuevos montajes ofrecen un espectáculo inmersivo de gran impacto visual, la figura recreada digitalmente carece de autonomía para reaccionar al ambiente de la sala, haciendo que la vitalidad del evento esté en manos de la actitud del público.
Esto es lo que sucede en el concierto que ofrece Soda Stereo, pues su fuerza reside en el ímpetu y devoción de la audiencia. Fernández Bitar, que asistió a dos de los conciertos del tour en Buenos Aires, explica que lo realmente esencial se vive en la pista: “El eje es cantar las canciones y estar ahí en vivo. Es toda la magia que genera un espectáculo así, más allá de si están todos o no están todos ahí”. Aunque el biógrafo admite que “por definición es un show frío porque no hay interacción del cantante con el público”, ya que se recrea a Gustavo Cerati con una pantalla, lo emocionante es la “posibilidad de estar cantando con los demás los temas de Soda Stereo”.
Queen, por ejemplo, optó por un camino diferente tras la muerte de Freddie Mercury, un caso que Rigg ha analizado en profundidad. En lugar de crear una réplica digital de su líder, Brian May y Roger Taylor prefirieron compartir escenario con cantantes reales como Paul Rodgers y más tarde Adam Lambert. “Ninguno de ellos fingió que Freddie siguiera allí. En cambio, crearon una actuación en torno al repertorio de Queen, permitiendo que la música viva en el presente”, indica el experto. Recurrir a un cantante vivo les ha posibilitado hacer un concierto más honesto, limitando el archivo audiovisual de Mercury a instantes puntuales que lo homenajean sin sustituirlo por un holograma.
De hecho, la ausencia del artista real importa menos de lo que se cree. WoongJo Chang, profesor del Departamento de Gestión Artística y Cultural de la Universidad Hongik en Corea del Sur, ha comprobado de primera mano el comportamiento de los asistentes ante espectáculos basados íntegramente en proyecciones holográficas. Los seguidores que llenaban la sala sabían perfectamente que todo era un montaje tecnológico, pero decidían dejarse llevar por la ilusión y disfrutar de la experiencia. “El artista puede ser virtual, pero el público no lo es. Sus emociones, sus recuerdos y sus relaciones con otros fans son reales”, dice Chang a este periódico.
Los herederos pueden autorizar algo legalmente, pero la autorización legal no es necesariamente lo mismo que saber qué habría elegido el artista desde el punto de vista artístico
Por otro lado, el conflicto ético se agrava si el creador nunca dejó por escrito si deseaba ser recreado tras su muerte, pues, una vez que alguien fallece, pierde toda capacidad de decisión sobre cómo se le representa. “Un músico vivo puede decidir cuándo dejar de actuar, qué canciones ya no quiere cantar, cómo quiere cambiar su imagen o si desea desaparecer por completo de la vida pública. Un avatar digital no puede hacer nada de eso”, subraya Angelique Nairn. “Incluso si las decisiones las toman familiares o herederos, cabe preguntarse: ¿cómo sabemos con certeza que esto es lo que la persona hubiera querido?”, inquiere la experta.
Chang indica que el respaldo de la familia o de las empresas dueñas del catálogo no resuelve el dilema moral de fondo, ya que “el artista ya no puede dar su consentimiento a nuevas interpretaciones de su imagen, su voz o su identidad artística”. “Los herederos pueden autorizar algo legalmente, pero la autorización legal no es necesariamente lo mismo que saber qué habría elegido el artista desde el punto de vista artístico”, relata. Este insiste en que las promotoras deben actuar con total transparencia hacia el público y remarca que “debemos tener cuidado de no confundir la conservación o la reconstrucción con la continuación de la propia voluntad del artista”.
Asimismo, este tipo de eventos deberían considerarse nuevos productos culturales en vez de reanudaciones del legado del artista. Rigg destaca que “existe una distinción importante entre concebir arte y recrearlo”. “Podemos quedarnos impresionados por un homenaje, una reconstrucción o una simulación muy realista, pero normalmente se parte de algo que ya existe. El reto artístico más difícil consiste en crear algo que tenga su propia necesidad, riesgo y fuerza imaginativa, en lugar de limitarse a reproducir los signos del original”, detalla el experto.
Por su parte, WoongJo Chang plantea una forma distinta de mirar estas citas multitudinarias, entendiéndolas como “nuevos encuentros con el legado cultural de un músico, más que como el 'regreso' del músico”. El experto ha observado que las nuevas generaciones son capaces de desarrollar fuertes vínculos nostálgicos incluso con épocas musicales que no vivieron, un fenómeno que describe como una “nostalgia heredada o colectiva”. Desde este punto de vista, el uso de pantallas y archivos sonoros cobra sentido no porque la tecnología devuelva la vida a nadie, sino porque abre una vía para que el público reciente construya sus propios recuerdos en torno a una obra histórica.
Espectáculos con intereses financieros
Aunque se espera que los herederos traten de proteger el legado de un cantante, a veces priman los intereses financieros. “Si la motivación es principalmente económica, en lugar de la conservación, la conmemoración o permitir que el público interactúe con la obra de un artista, entonces las cuestiones éticas se vuelven mucho más complejas. La clave es el consentimiento”, sostiene Angelique Nairn, que apunta que recuperar a figuras consagradas responde al miedo al riesgo de una industria que prefiere apostar sobre seguro con nombres conocidos. Al apoyarse en la nostalgia compartida entre padres e hijos, los promotores aseguran la venta de entradas a costa de reducir el presupuesto que necesitarían los nuevos artistas para abrirse camino.
Puesto que los catálogos clásicos aún pueden generar ingresos a través del streaming, el cine o la publicidad, a las discográficas les interesa que estos temas continúen vigentes, ya que el auge de estos espectáculos coincide con la compra masiva de catálogos clásicos por parte de fondos de inversión internacionales. Tony Rigg sostiene que la tecnología ofrece una forma de prolongar la vida comercial de ese catálogo: “Las canciones no se mantienen presentes culturalmente por sí solas; se conservan vivas mediante su uso, circulación y recontextualización y encuentros repetidos con el público. La IA, los avatares y los hologramas pueden ayudar a crear esos encuentros, transformando un catálogo en un evento casi en directo”.
Aun así, el principal desafío económico de estas giras radica en la rapidez con la que se desvanece la novedad. Mientras que los espectadores de más edad son los que se muestran más sorprendidos por la tecnología holográfica, el público más joven tiende a perder antes el interés. Chang alerta de que “el público, en última instancia, evalúa el contenido cultural como tal, no simplemente como una demostración de tecnología”. Es por ello que la cuestión a largo plazo no es “¿hasta qué punto es convincente el holograma?”, sino “¿qué nueva experiencia cultural ofrece esta actuación en concreto?”. El experto concluye con una advertencia: “La tecnología puede vender la primera entrada. Estoy mucho menos seguro de que la tecnología por sí sola pueda vender la segunda”.
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