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Cincuenta años sin Agatha Christie: diez cosas que los escritores (y la industria editorial) deberían aprender de ella

Agatha Christie firma ediciones en francés de sus libros, en una imagen en torno a 1950

Cristina Ros

2 de agosto de 2026 23:18 h

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Quizá no tiene la popularidad de Asesinato en el Orient Express (1934) o Diez negritos (1939) –ahora traducido como Y no quedó ninguno, más fiel al original And Then There Were None (y menos racista)–, pero El asesinato de Roger Ackroyd (1926) es para muchos la obra maestra de Agatha Christie (1890-1976); de hecho, en 2013, la Crime Writers’ Association (CWA), de seiscientos miembros, la eligió como la mejor novela del género jamás escrita. Tal vez lo que le ha faltado es una (buena) adaptación al cine que la diera más a conocer, pero es que precisamente la gracia de la novela hace difícil trasladarla a la pantalla.

Cuando se cumple un siglo de la edición del libro, que en sus primeras ediciones en castellano se publicó, siguiendo esa vieja costumbre por fortuna extinta de traducir los nombres propios, como El asesinato de Rogelio Ackroyd, además de cincuenta años de la desaparición (la de verdad, es decir, la definitiva) de su autora, revisamos algunas de sus claves que se echan de menos en la ficción popular de hoy. Escritores, tomen nota, porque si algo no ha dejado de tener nunca la gran maestra del crimen son lectores, esa especie en peligro de extinción.

1. La importancia del punto de vista. Sí, incluso en un género en el que el argumento (y, para ser exactos, la identidad del culpable) es fundamental, no se puede descuidar la forma, la perspectiva desde la que se van a narrar los hechos. Según sea un narrador en tercera persona omnisciente o uno en primera persona (investigador, víctima, testigo o personaje no confiable), se añaden variables que aumentan la intriga y le sacan jugo.

2. Sin mancharse las manos. Hoy abundan más la novela negra y el thriller psicológico que la tradicional novela policíaca o de detectives, que se recrea más de lo necesario en escenas de violencia y descripciones escabrosas, bajo el pretexto de mostrar la cara más turbia de la sociedad. Sin embargo, Agatha Christie –y la escuela inglesa en general– es un ejemplo de que se pueden crear misterios apasionantes solo con el juego intelectual.

3. El arte (¿olvidado?) del whodunit. El método whodunit (literalmente, “¿quién lo ha hecho?”) describe el tipo de narración que se construye en torno a averiguar la identidad del culpable, por lo general ligada al concepto de “crimen de la habitación cerrada”, por cuanto los sospechosos se encuentran encerrados en el mismo espacio. Esta estructura ha perdido fuelle en la narrativa contemporánea frente a la novela negra más expansiva; pero no es imprescindible aumentar el espacio ni el tiempo para narrar un buen misterio.

4. Sentido del humor. ¿Quién dijo que la literatura criminal tiene que ser seria? Puede que en sus variantes más oscuras cueste más introducir una broma, de acuerdo, pero si algo bueno tiene la localización el caso en la (fina) aristocracia británica es un ambiente de ligereza que se presta al humor, con frecuencia en boca de los siempre agudos Poirot y Miss Marple. Este género busca la evasión; que sea, pues, una evasión para sonreír.

5. Giros sorprendentes (y no solo al final). Es importante guardar un as en la manga para sorprender al lector al revelar la identidad del culpable en el desenlace, pero no lo es menos hacer dudar a lo largo del relato: es básico que los sospechosos tengan todos un buen motivo para matar, además de una personalidad que permita explorar qué tipo de reacción tiene cada uno ante el suceso y al saberse investigado. Hacer dudar al lector, a veces de una página a otra, es una de las claves de su éxito.

6. El cambio en la continuidad. Agatha Christie fue, para alegría de sus lectores, una escritora muy prolífica (publicó más de sesenta novelas, además de numerosos relatos, obras de teatro, poesía y su monumental autobiografía). Sin embargo, escribir mucho suele llevar aparejada, y más en el género, la repetición de ciertas fórmulas. La autora demuestra que se puede sobrellevar introduciendo pequeños cambios cosméticos que le dan otro aire, como los títulos que, fruto de sus viajes y su pasión por la arqueología, sitúa en Egipto o Mesopotamia, e incluso en un marco histórico, como La venganza de Nofret (1944).

7. Lo bueno, si breve… En la industria editorial, cuando se trata de publicar ficción del tipo más comercial, parece prevalecer la máxima del engorde: cuanto más largo, más dinero se puede cobrar por un libro, aunque se tenga que “engordarlo” con tipografía grande, muchos blancos, papel grueso… y cero trabajo de edición del manuscrito. Aún existe, además, cierto prestigio en torno a la obra extensa, como si fuera mejor, o más profunda, más interesante, por el mero hecho de alargarse más. No obstante, el éxito de Agatha Christie demuestra que el lector agradece la novela que puede leer en dos o tres sentadas. Quizá convendría retomar el concepto del formato de consumo: no huir de la concisión y apostar por editar en ediciones asequibles; mejor eso que condenar las de tapa dura y brilli-brilli a venderse a precio de saldo dos años después.

8. La persistencia es la clave del triunfo. Aunque ahora no lo parezca, los comienzos de Agatha Christie no fueron fáciles: no debutó hasta los treinta años, después de bregar mucho con la página en blanco. Como en todo, la práctica hace al maestro, y ella tuvo que trabajar duro, primero aprendiendo de los grandes (Gaston Leroux, Arthur Conan Doyle, C. K. Chesterton, entre otros) y luego con un trabajo de planificación minuciosa antes de sentarse a escribir. Y no una sola vez, sino tantas como ficciones escribió.

9. El lector es un ser inteligente, y se le debe tratar como tal. Nada de meter paja que le haga perder el tiempo, nada de concesiones en forma de frases baratas o subrayados, nada de trampas narrativas para prolongar la acción, nada de escenas trágicas sin venir a cuento para darle dramatismo. El lector ha venido a divertirse: hay que hacerle disfrutar.

10. Literatura popular sin complejos. A diferencia de lo que ocurre con el cine, donde es habitual que se dediquen amplios análisis a los estrenos más comerciales, los medios apenas se ocupan de la narrativa de consumo; o, si acaso, lo hacen con condescendencia (las críticas a las novelas ganadoras del Premio Planeta). En aras de buscar la evasión y carecer de mimbres literarios, además, se les “perdona” todo, porque han conseguido “atrapar al lector” y eso parece ser lo único que importa. Agatha Christie, en cambio, demuestra que puede existir una literatura popular de calidad, bien hecha, que también interesa al lector que se fija en cuestiones como el modo en el que está escrita la novela. No permitamos que baje (más) el listón: escribir una (buena) novela comercial no es fácil; hay que tomársela en serio, por parte de los lectores y por parte de los críticos.

Bonus track: Agatha Christie no estuvo sola. Ella es el mayor exponente de la escuela inglesa, pero hubo más novelistas que sobresalieron en la ficción policíaca y, por suerte, cada vez se apuesta más por ellas: Dorothy L. Sayers, Ngaio Marsh, Christianna Brand, Josephine Tey, Margery Allingham, Elizabeth Daly, Anna Katharine Green y Annie Hayne son algunas de ellas. Y, sin necesidad de irse lejos, La gota de sangre (1911), de Emilia Pardo Bazán, considerada la primera novela de detectives española escrita por una mujer.

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