Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
El Gobierno negocia ventajas fiscales a Junts para aprobar el decreto de vivienda
Los mensajes entre Plus Ultra y la SEPI: un proceso para el rescate ajeno a 'vía Zapatero'
Opinión - 'La desnutrición moral que el PP aplaude', por Esther Palomera

Un tiempo sin moral

Hospital Santa Clotilde en Santander.

Antonio Jiménez Gómez, médico

0

En “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal”, Hannah Arendt sostuvo que el mal no necesita multitudes fanáticas. Su tesis era más incómoda: puede ejecutarse a través de personas normales que han renunciado a pensar por su cuenta y no se permiten cuestionar lo que se les ordena. Eichmann, el funcionario que organizaba deportaciones alegando cumplir órdenes superiores, fue juzgado en Jerusalén y ejecutado en Ramla en 1962. Desde Núremberg el asunto está zanjado: nadie puede escudarse en una orden para hacer algo ilegal. Y conviene recordar lo que suele olvidarse al citarla: alguien ideó esas órdenes y alguien las firmó. El eslabón intermedio quizá no vea el final de la cadena; quien la diseña sí lo ve.

La banalidad del mal admite grados muy distintos, con consecuencias incomparables. Decirlo no es equiparar situaciones, sino advertir de un mecanismo que reaparece en escalas modestas. Si entonces fueron los judíos, hoy son los inmigrantes las cabezas de turco: en Ceuta, la avalancha de julio dejó 141 muertos según Caminando Fronteras. El ICE de Trump está provocando tragedias humanas a diario, niños sin sus padres, deportaciones a países africanos de nativos sudamericanos.

Cuando las reglas de convivencia entre países ceden ante el interés del más fuerte, la inmoralidad se contagia de lo grande a lo pequeño: Trump secuestra a Maduro y dice que gobernará Venezuela hasta nueva orden. Netanyahu, con una orden de detención de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra en Gaza, sigue protegido mientras se sanciona a los jueces de ese tribunal. El mensaje es que el poderoso hace lo que le conviene y a los demás nos toca obedecer.

En Cantabria hemos sabido que los Servicios de Admisión de los hospitales públicos de la comunidad recibieron en abril una instrucción interna con el guion a seguir para derivar por teléfono a pacientes en lista de espera al Hospital Santa Clotilde. 

Si el paciente se niega, debe informársele de que los recursos de ese centro “están considerados como propios del Servicio Cántabro de Salud por el convenio singular existente”; y si mantiene su negativa, “entendemos que renuncia a la misma y procederemos a su anulación”. No se le mantiene en lista para lo que necesitara en un hospital público: se le cancela la solicitud que un médico había indicado.

Santa Clotilde es un hospital privado que conserva estructura, organización y personal con independencia del SCS, y atiende a pacientes públicos al amparo de un convenio singular cuyo coste es de unos 16 millones de euros al año durante los próximos 16-20 años. 

Que ese convenio permita computar sus recursos como de utilización pública no lo convierte en un centro propio, ni convierte en obligatoria una derivación que la Consejería, por otra parte, presenta como voluntaria. 

Ahí está lo insostenible: la instrucción fabrica una renuncia que el paciente nunca declaró y hace que Admisión anule una indicación clínica que no le corresponde revocar.

¿Quién firmó la orden? ¿A quién beneficia? Caben muchas respuestas, pero a mí me interesa otra pregunta: ¿alguien se planteó el daño que provoca? 

Quien lleva meses esperando enfermo para ser atendido recibe una llamada de su hospital de siempre y escucha que, si no acepta ir a un centro privado que no conoce, se le niega esa atención. 

El daño llega en el momento de máxima vulnerabilidad, cuando del sistema en el que uno confió toda la vida se espera amparo y no un ultimátum. Una lista de espera no es una lista de la compra de la que se tacha lo que estorba. Presionar a un enfermo para que acepte lo que no quiere es vergonzoso, ilegal y, según cómo se ejecute, puede llegar a ser delictivo.

No verlo así al escribir esa orden, ni al cumplirla obedientemente, sólo se explica por el clima del todo vale, en el que el ser humano común -el que sólo pide comer, tener techo y ser atendido cuando enferma- cuenta como un cero a la izquierda. Hubo una época en que una instrucción así habría provocado un rechazo unánime. Que hoy haya que explicarla es la medida de lo que hemos perdido.

Etiquetas
stats