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Patricia Manrique

Filósofa por vocación y periodista por compromiso con lo común. Me interesan la inteligencia colectiva, la creatividad política, la potencia de la sociedad civil, los feminismos, la comprensión de las migraciones como realidad y no como problema y todo aquello que nos ayude a salir del abismo en que nos colocan las ideologías inhumanas. Creo que en el clima 15M se respiraba mejor.

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629 seres humanos, el Aquarius y las mafias

“-¿Te trajo una mafia?. —Compramos un bote entre todos. —Y ¿cuánto le pagasteis a la mafia? —No, no, no hubo mafia, nos organizamos entre todos para poder cruzar. —¿Cuánto os pedía la mafia? —Llevábamos meses esperando e intentándolo y, finalmente, nos tiramos al mar”. Entrevista de periodista biempensante a migrante que ha cruzado el Estrecho. Las mafias, las mafias, siempre las mafias. Nada como encontrar a alguien peor que nosotros para distraer la atención de la descomposición moral y el reiterado incumplimiento de la legislación internacional que son hoy la Marca Europa.

629 personas varadas en la nada de la vergüenza europea y empieza el cacareo: las mafias, las mafias, otra vez las mafias. No ayudemos a las mafias. Las ONGs son mafias —vicetraficantes, según el fascista Salvini—. Los migrantes son víctimas de las mafias. No acabemos el trabajo de las mafias… Las mafias son los padres.

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(Con)Moción patriotera

Lo de estos días, pese al nada desdeñable hecho de que el Congreso ha manifestado, por fin, un claro rechazo a la corrupción, huele demasiado a recambio en las élites y vuelta de tuerca en el circo de la partitocracia, esa versión maquillada de la oligarquía. Y a más cosas. Porque el sistema que enferma de desesperanza nuestras vidas, un día tras otro, es una aleación de capitalismo neoliberal con algo que no es propiamente democracia, sino esa democracia representativa que un día, allá por el siglo XIX o algo antes, borró del mapa la posibilidad de democracia real, directa. Es esa democracia representativa que Montesquieu o Rousseau ya tachaban de aristocracia y que, una vez tras otra, ha vampirizado los esfuerzos de real cambio del pueblo, al que tan poco se han parecido siempre los representantes (Nota: los chaletes en Galapagar no ayudan).

La profundidad de los discursos del jueves, día en el que hasta Celia Villalobos tuvo que ir a trabajar, osciló de poca a ninguna. Apenas hubo menciones a la realidad de quienes las élites representan, casi nada sobre el paro, la precariedad, el problema de la vivienda, la dependencia, las libertades… y sobró, en cambio, el patrioterismo rancio, en diversas formulaciones, en la burbuja de las Cortes.

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Marx, Mayo del 68, el 15M

En el 200 aniversario de su nacimiento, es necesario reconocer que la demanda que impulsara toda la obra de Marx, continúa hoy vigente, por no decir que clama dramáticamente por ser atendida: la exigencia de justicia para lo común, para los comunes y corrientes que somos casi todos. Y lo mismo ocurre con Mayo del 68 o el 15M, también conmemorados ahora, y que, antes que hechos históricos, fueron balbuceos de nuevas disposiciones, aperturas aún vigentes, "espíritus que no han dejado de soplar" —Jean-Luc Nancy sobre Mayo del 68 y la verdad de la democracia—. Ese espíritu es el aliento de lo común, el comun-ismo o lo común sin ismo, como se prefiera.  

La vigencia de tal demanda de justicia para lo común es un hecho difícilmente discutible, independientemente de los juicios que se tengan acerca de las realizaciones más o menos acertadas, a veces dolorosamente fallidas, de las tres aperturas del problema, y esto, a pesar de los cantos de cisne de los apresurados y las desencantadas y de la propaganda, siempre interesada, del individualismo. Comun-ismo, la ontología, como realidad interna del mundo, no comun-ismo, como ideología que, hoy por hoy, aparece en el imaginario colectivo copada por el socialismo científico o marxismo en sus numerosas —no tanto diversas— interpretaciones. Me perdonarán los y las marxistas que les niegue el derecho a arrogarse el "comunismo", la palabra.

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Más inversión, no populismo punitivo

Las movilizaciones feministas de los últimos días han sido, además de la muestra de un clamor popular, de un cambio necesario propiciado desde abajo, un río de saberes polifónicos que aconsejan ser cautas con varias cuestiones relacionadas con la sentencia de La Manada.

De un lado, la cuestión de los jueces y juezas. Las primeras pesquisas de la Comisión General de Codificación que revisa el Código Penal apuntan a que, como se está señalando reiteradamente desde el movimiento feminista, en el caso de La Manada ha habido un problema de interpretación, de sesgo judicial patriarcal. Y considerar que se trata de una cuestión puntual de falibilidad de unos jueces concretos sería un nuevo error, pues se puede y debe, echando un vistazo a múltiples sentencias sobre abuso, violación y violencias de género, considerar que el Poder Judicial necesita una puesta a punto acompañada, tal vez, de amonestaciones y sanciones si estas se hacen necesarias. Para ello, claro está, sería necesario crear una Comisión de Vigilancia con perspectiva de género que probablemente no esté en los planes del Consejo General del Poder Judicial.

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Desde el amor y la rabia, pero con racional determinación

Estábamos avisadas, tristemente, por la experiencia compartida tantas veces, en tantas generaciones diferentes: no en vano, nos unió en diferentes puntos del Estado una alerta feminista para escuchar juntas la sentencia. Al menos recibimos acuerpadas unas junto a otras el golpe para poder transformar el dolor en rabia y la rabia en acción.

Con todo, escuchar el fallo fue duro. A algunas se nos saltaban las lágrimas de rabia; otras, incrédulas, tratábamos de clarificar la calificación jurídica que, comprobamos bien rápido, legitimaba la cultura de la violación con un mensaje nítido: si no arriesgas tu vida para demostrar que te han agredido, mejor no denuncies. Pero, o hay un cambio sustancial o empezaremos a tomar medidas extremas de autodefensa, porque con nuestra vida no se juega más.

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La democracia real, amenazada, está fuera del Parlamento

Hace aproximadamente quince días  intenté subrayar, en este mismo espacio, que el auto del juez Llarena sobre el 1-O mostraba una tendencia: el desprecio al trabajo reivindicativo de la sociedad civil, hasta el punto de considerar violenta su expresión en las calles. Nada de extrañar, en tiempos de criminalización de la protesta, de las ONG que salvan vidas, de cualquiera que obre u opine por encima de las posibilidades de quienes tan mal nos gobiernan. Al día siguiente, 2 de abril,  un editorial de El País, viga madre del agonizante —y por ello tremendamente peligroso—Régimen del 78, intitulaba “En el Parlamento”.  Sin disimulos, entonaba una canción cuyo estribillo es “La política se debe hacer en las instituciones, no en la calle”. Pero no, de eso nada.

En el Parlamento se encuentra la re-presentación, bien, pero lo que presenta, el original de esa copia por delegación, está en las calles, en las casas, en los trabajos, en las redes, en las comunidades de vecinos, en los bares… en la sociedad. Está en Proactiva Open Arms y en los CDR, está en el voluntariado y en las quejas que son el pan nuestro de cada día, está en las opiniones, propuestas, anhelos y exigencias que todos y cada uno de nosotros y nosotras, fuentes de legitimidad. Nosotras y nosotros somos el origen de la política, no ellos y ellas: “la calle”, según su léxico veladamente clasista, y no el Parlamento.

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Auschwitz en el mar

El pasado agosto, cuando la fosa común del Mediterráneo estaba a pleno rendimiento, el filósofo y artista Franco Berardi, Bifo, presentaba para el 14 Documenta de Kassel una pieza titulada 'Auschwitz en la playa', basada en un poema suyo con el mismo título. Sospechosamente, grupos judíos y autoridades como Boris Rhein, ministro de Cultura del estado alemán de Hesse, donde se encuentra Kassel, consideraron que comparar el Holocausto con el trato inhumano que se está dispensando a los refugiados podría suponer una relativización de la "Solución Final" nazi.  Este "cuidado con lo mío", amén de ser una falta de conocimiento de las reflexiones acerca del totalitarismo y su carácter de resultado histórico y no de hecho inédito, me escalofría ligeramente.

"No se puede permitir ninguna comparación con el Holocausto, ya que los crímenes de los nazis fueron únicos", escribió Rhein en The  New York Times, y a la tesis se abonaron diversos grupos, como el Centro Simón Wiesenthal, lobby judío que realiza una loable tarea contra el antisemitismo pero  emplea sospechosas argucias para silenciar las denuncias de los crímenes del Estado de Israel como la campaña 'Boicot, desinversiones y sanciones (BDS)'. Resultado: en lugar de presentar su obra como instalación y actuación dentro de la exposición principal, tal y como se había planeado originalmente, el 24 de agosto, Berardi realizó un debate público de la crisis de refugiados como parte de la serie de programas públicos del Documenta, en la que leyó el poema que daba título a la pieza.

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Fake democracy: entre jueces literatos y políticos leguleyos

Recomiendo vivamente a los amantes de la ficción la lectura del auto del Juez Llarena, disponible en descarga gratuita en diversos medios de comunicación: no por su estilo, que es más bien pobre y ramplón, ni por la calidad de la trama diseñada que, pese a  la fabulación que contiene, no deja de ser una hiperbólica presentación de los hechos acaecidos el 20-S y el 1-O en Catalunya, sino porque es la elevación de la literatura a antedecente de hecho y fundamento de Derecho de una sentencia judicial. Casi nada.

Llarena presenta en sus 70 páginas un thriller protagonizado por una Catalunya golpista en una España del siglo XXI que, bajo su mirada de juez literato y narrador omnisciente, debiera ser, ante todo, imperio de la ley… y ya, si eso, democracia. Por ello, el meollo de su fantasía consiste en que unos protagonistas políticos intrépidos manipulan a su antojo a una sociedad civil menor de edad: de ahí que la audacia procesista sea calificada penalmente mediante el artículo 472 referido a la rebelión, que implica nada menos que 30 años de prisión.

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Transversalidad ‘del bien’, transversalidad ‘del mal’

Creo, desde hace tiempo, que transversalidad es uno de los conceptos que, bien entendido y bien materializado, puede conducirnos a un escenario político y social menos desesperanzador, más democrático. Por ello, justamente, requiere un cuidado y una atención que, de no ser procuradas, podrían hacer que nos quedáramos con la copia y no con el original, con la cáscara vacía de un mero simulacro.

Por ejemplo —ejemplo a ejemplo tenemos más oportunidades de un buen análisis que si pretendemos crear una teoría sumarísima—:  no es igual la transversalidad que es virtud del movimiento feminista que la que, viciosa, practican los denominados partidos atrapalotodo (catch-all parties) como Ciudadanos. Nada que ver, de hecho. Tampoco es idéntica la transversalidad en esto o aquello que el transversal-ismo, es decir, la conversión del concepto en mantra hasta el punto de que sea más relevante su apuntalamiento que el éxito de su aplicación… Un poco lo que pasa con “transparencia”: que, forzada en todo contexto, acaba siendo indeseable.

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La huelga de todas

Este 8 de marzo paramos todas, y con “todas” quiero decir que ya no se trata sólo, ni especialmente, de las trabajadoras asalariadas, sino también, y con la misma relevancia, de un paro en el consumo, los estudios, los cuidados, en resumen, en todos los sectores de actividad productiva y reproductiva en los que las mujeres jugamos un papel, esto es, todos. Lo haremos en todo el mundo, mujeres de más de 150 países, porque allá donde estemos sufrimos discriminación y explotación, cosificación, violencia y exclusión.  

Pararemos de norte a sur y de este a oeste; pararemos para forzar un paso adelante, para dar un golpe en la mesa, para cuestionar un tablero que no se puede perpetuar más; para que ese día, a lo largo y ancho del planeta entero, en cada rincón, se cuestione la vergüenza que supone el hecho objetivo de que la mitad de la población vive aún en condiciones de inferioridad, un desequilibrio que afecta a lo público y a lo privado, a lo común y a lo íntimo.

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