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Patricia Manrique

Filósofa por vocación y periodista por compromiso con lo común. Me interesan la inteligencia colectiva, la creatividad política, la potencia de la sociedad civil, los feminismos, la comprensión de las migraciones como realidad y no como problema y todo aquello que nos ayude a salir del abismo en que nos colocan las ideologías inhumanas. Creo que en el clima 15M se respiraba mejor.

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Derecho a algo más que techo

Hay días funestos en que el único consuelo es llegar a casa. Uno de esos días, por ejemplo, en los que acabas agotada o hastiado de ese trabajo precario que anega tu existencia por una retribución a menudo insuficiente, y que son un poco como el viejo chiste de Woody Allen sobre un restaurante con comida muy mala en el que lo peor es el escaso tamaño de las raciones. O esos otros días, cotidianidad de buena parte de los tres millones largos de paradas que hay en este país, que discurren en un ir y venir de empresas de trabajo temporal a entrevistas en negocios que, sospechas, pronto van a cerrar por la presión de las grandes cadenas que los rodean. Pero, al menos, al final del día, llegas a casa. A casa.

Algo puede amortiguar una primera visita al bar —si hay dinero para ello—, la plaza del barrio, la asociación, la parroquia, la casa del vecino, o la de ese amigo o amiga que te escucha. Pero somos una sociedad en descomposición, asesina de lo común —versión en diferido de la liquidación de lo singular— en la que cada vez hay más gente sola, más sola aun cuando vienen mal dadas: la pobreza te convierte en apestado, en anómico, en culpable de algo-habrá-hecho. Por mucho que los  Steven Pinker del mundo se empeñen en mostrar el progreso material de la especie, no pueden obviar un retroceso moral que explica tanto malestar con tan abundantes medios en el mundo desarrollado o depredador, como se prefiera.

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Porque fueron, somos

Es una tarea política imprescindible hacer justicia al trabajo de nuestros mayores en las luchas, con respeto y agradecimiento.

Se nos fue un 8 de noviembre y ya el 9 una multitud abarrotó la parroquia de San Pío X, la iglesia obrera y comprometida con la que se sentía vinculada su familia… Diez días después, un domingo a mediodía, gentes de todos los movimientos sociales, de todas las luchas de ayer y de hoy, en toda su diversidad, llenamos L’Asubiu, un centro social y cultural del que, por supuesto, Paco formaba parte. 91 años de compromiso con lo común reúnen mucho afecto, respeto y agradecimiento.

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Economías del bien común: activar la democracia

Caminamos por tiempos difíciles: cuesta entender cómo es posible, tras el desastre de los años 30 y 40 del siglo XX, que el fascismo vuelva a ocupar un espacio, aunque sea marginal, en el espectro político — e inexplicable que sus actos sean albergados por instituciones públicas como la Universidad de Cantabria—. Son muchos los motivos que explican que partidos abiertamente (neo)fascistas consigan sacar réditos de lo peor de nuestra sociedad, y no hay que dejar de analizarlos, pero ante todo  se impone en buscar soluciones colectivas. Y ante el fascismo, la única respuesta global factible, creo, es una: democracia.

La democracia no es una mera forma electiva —la democracia representativa liberal—, y entenderla así es uno de los motivos que nos ha llevado, sin duda, hasta aquí. Reducir sus potencias a sistema de elección de gobernantes implica perderla. Es más bien una actitud, un espíritu, el fundamento antidogmático que nos vacuna contra el fundamentalismo y el fascismo lo que la convierte no en una figura política concreta, sino en la condición de posibilidad de toda figura política. Sólo aquello que desee acabar con la pluralidad —el fascismo— queda fuera, por lo que las opciones son muchas y la responsabilidad muy grande. Deberíamos, creo, defender la democracia sabiendo que eso no nos liga, ni mucho menos, al frustrante ritual del sufragio.

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Contra el exceso de distopía

¿Qué significa el ambiente apocalíptico que presentan tantas series y películas? ¿Qué nos dice sobre nosotros y nosotras y el momento histórico que vivimos?

Distopías futuristas monocolores que muestran un mal uso de la biotecnología, la energía, la robótica, las redes sociales, la política, se amontonan con otra tantas series y películas sobre poseídos, muertos vivientes, vampiros, renacidos. Vale que a todas nos gustó la crítica social de Black Mirror, y que las emulaciones de 1984 al estilo siglo XXI en las cadenas de series contienen un cuestionamiento más que pertinente a la creciente incivilización, pero ¿de verdad que la imaginación o los presupuestos sólo dan para esto? No sé si es sólo cosa mía, pero siento que las plataformas audiovisuales más extendidas rezuman un apocalipsis asfixiante.

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El Babel existencial y las trincheras ideológicas

Dice Silvia Rivera Cusicanqui que vivimos en un planeta tan diverso que ninguna lengua podría nombrarlo del todo e invita a "reptar" el planeta desde la diversidad abandonando esa penosa concepción bíblica acerca de la Torre de Babel que condena la diversidad lingüística, la diversidad en general. En el mito bíblico, Dios, soberbio como el que más, quiso impedir la edificación de la alta torre, para lo cual hizo que quienes la construían hablasen multitud de lenguas y no pudieran entenderse. En resumen, es la idea, que choca de plano con la realidad, de que hablando diferentes lenguas no podemos comunicarnos, y que, en definitiva, la diversidad es un castigo: monoteísmo y/o dogmatismo del Uno.

La visión monoteísta del mundo, que secularizada, transferida desde el ámbito teológico al terrenal, conlleva la creencia en verdades únicas, se lleva mal con la diversidad. Igual le ocurre al dogmatismo, no en vano son primos hermanos. Y cada vez somos más presas intelectuales de estos afanes doctrinales en casi todos los ámbitos, parece que se extiende el miedo a la diversidad y la obsesión por reducirla, sea o no necesario. Cada vez más súbditos, más o menos voluntarios, del criterio único y la receta fácil, exhibimos en todo tipo de debates un ansia desaforada por encontrar —y predicar— una Verdad única, casi de trinchera, que en buena parte de los casos no explica la realidad, que es tan polimorfa.

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Ocho posibles motivos del populismo xenófobo del PP

Hay que ser un desaprensivo inhumano para tachar despectivamente de "buenismo" el respeto por la búsqueda de una vida digna y hay que ser un ignorante para despreciar la hospitalidad, un imperativo ético que Kant consideraba requisito para la "paz perpetua".

Sin embargo, parece más que claro que el PP ha decidido unirse a las fuerzas de la ultraderecha europea —compitiendo en esto con Ciudadanos— y apostar por la demagogia xenófoba —y aporófoba—: "No es posible que haya papeles para todos, no es posible que España pueda absorber millones de africanos que quieren venir a Europa y tenemos que decirlo, aunque sea políticamente incorrecto", ha sentenciado el populismo de Pablo Casado, a la par que su equipo le alaba el "hablar claro".

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No hay vacaciones para los parados

Desgraciadamente, con el verano llegan algunos titulares sobre niños y niñas que no pueden «salir de vacaciones». Es la infancia que la ONG Educo denomina «niños llave», unos 580.000, de entre seis y 13 años, que se quedan solos en verano y llevan sus llaves de casa encima porque son ellos mismos los que tienen que abrir y cerrar ya que sus padres trabajan con contratos precarios y no pueden pasar tiempo con ellos ni pagar un cuidador, colonias o actividades de ocio o «los otros niños de la llave», los que viven en pisos compartidos, encerrados en una habitación porque sus padres no tienen acceso a una vivienda para ellos solos. En España hay 2,1 millones de niños en riesgo de pobreza –un 28,1% de los menores de 16 años—. El 20,72% de las familias con niños y niñas a cargo se encuentra en situación de pobreza, y la cifra no deja de crecer. Y, si hablamos de hijos e hijas con al menos un progenitor extranjero, la cifra de riesgo de pobreza se eleva hasta un 57,5% según Eurostat.

Estos niños y niñas forman la parte más débil de esa masa creciente de familias que no puede comer carne o pescado al menos cada dos días, comprar una lavadora si la vieja carraca se rompe o mantener la casa a una temperatura razonable. La situación es terrible, pues a un paro insostenible se han ido uniendo los recortes a la protección. El PSOE puso en marcha en junio el  Plan Veca, dirigido especialmente a los 375.000 niñas y niños que no tienen garantizada una alimentación sana ni pueden acceder a actividades como campamentos o colonias en el verano.

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La dolorosa belleza de la insurrección

En Nicaragua están masacrando a un 15M desde hace cien días, y pocos parecen darse cuenta. Están golpeando, deteniendo, secuestrando, violando y asesinando a personas que, como yo y usted, o seguro alguna de sus conocidas o conocidos, estuvimos en las calles en aquellos días de mayo en los que nos dijimos que ya no aguantábamos más, en que decidimos dotar de pleno sentido la actitud democrática y la dignidad social. Y lástima que nos volvimos a casa, pues dejamos la tarea a medio hacer. Continuará, estoy segura, y no por mis dotes adivinatorias, sino porque sigue sin quedar otro remedio. 

Como en la Primavera árabe, como en Occupy Wall Street, como en la Nuit Debout francesa… en Nicaragua nos encontramos con uno de esos movimientos, promesas cargadas de futuro, que van floreciendo en cada lugar del planeta en que la gente, más allá de ideologías concretas o conocidas, a menudo por fuera de sindicatos y partidos tradicionales, pillando a traspiés a la izquierda y la derecha tradicional, y harta de unas estructuras políticas que acaban con sus condiciones de vida, se levanta, se pone en pie y exige y ejerce la democracia: democracia como actitud radical a la mano de cualquiera, no como mera herramienta representativa, a la postre patrimonio de unos pocos. Y, por hacerlo, fuerzas de seguridad y bandas paramilitares les están masacrando: ya son más de 350 personas asesinadas, de 2.000 heridas, de 300 secuestradas, más la multitud de familias desplazadas por el terror.

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Cuidar es revolucionario

Lo "común sensible" es lo común que se siente. Está más acá y va más allá de la comunidad con que te identificas o te identifican. Es ese grupo cotidiano, la tribu, el círculo, el colectivo, incluso el barrio, más que las comunidades normadas, puramente intelectuales, regidas por el interés. El común sensible no prioriza el rendimiento, está más cerca del gasto que se vive como lujo… como el amor. Y es ese común del cuerpo a cuerpo el que está llamado a protegernos del capitalismo, el patriarcado, el racismo, el capacitismo, el edadismo… y la insatisfacción general que el desorden mundial provoca en nuestras vidas. Por contagio y cuidados más que por estatutos e imposiciones.

Tengo una amiga que esta semana tuvo que renunciar a una gesta solidaria, una acción internacional contra el racismo, para quedarse con sus padres enfermos que afrontan, probablemente, los últimos tramos de su vida. Nada menos. Mi amiga se ha visto obligada a posponer su plan porque ha decidido apostar por el momento singular, doloroso y prosaico, esencial, que le toca vivir junto a ellos. Su acto es revolucionario en un mundo cruel, poco dispuesto al contacto y la vulnerabilidad, y edadista, discriminador con las personas mayores, obsesionado por la belleza y la juventud e incapaz de poner en valor la edad y la sabiduría. Me pregunto cuántas personas habrá conscientes del valor único de su gesto, ese gesto tan invisible como admirable, y tantas veces repetido en la vida de tantas mujeres y algunos hombres: repetido y singular, frecuente y, a la vez, único.

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Esperando a las bárbaras

Europa, este continente maltrecho que habitamos, tiene, por supuesto, sus mitos milenarios, aunque hayan quedado escondidos en libros llenos de polvo. Su nombre viene, como teónimo, y sólo en este parece haber consenso, de la princesa y heroína de Fenicia raptada por Zeus: así, desde su propia base mitológica, fue no europea sino asiática —Fenicia comprendía las actuales Siria y Palestina—, la madre mitológica Europa: extranjera y mujer.

Pero quietas ahí, amantes de la ilusión histórica conveniente —se me puede objetar, con razón, ¿qué otra cosa es retrospectivamente la historia? —, esta es toda la buena noticia. La historia cuenta el rapto de Europa por Zeus, ese mítico y habitual violador a la base de la cultura europea, y la explicación mítica es, entonces, tan sangrantemente patriarcal como racista. Sirvió, además, para afirmar la identidad griega frente a la de los bárbaros —los extranjeros, los persas—, operación de hegemonía —dichosa palabra, desdichada realidad— que definirá toda la historia colonial de Europa, también la colonialidad —conozcan el pensamiento decolonial de, entre otros, Aníbal Quijano, merece la pena— de nuestros días.

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