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Patricia Manrique

Filósofa por vocación y periodista por compromiso con lo común. Me interesan la inteligencia colectiva, la creatividad política, la potencia de la sociedad civil, los feminismos, la comprensión de las migraciones como realidad y no como problema y todo aquello que nos ayude a salir del abismo en que nos colocan las ideologías inhumanas. Creo que en el clima 15M se respiraba mejor.

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No hay vacaciones para los parados

Desgraciadamente, con el verano llegan algunos titulares sobre niños y niñas que no pueden «salir de vacaciones». Es la infancia que la ONG Educo denomina «niños llave», unos 580.000, de entre seis y 13 años, que se quedan solos en verano y llevan sus llaves de casa encima porque son ellos mismos los que tienen que abrir y cerrar ya que sus padres trabajan con contratos precarios y no pueden pasar tiempo con ellos ni pagar un cuidador, colonias o actividades de ocio o «los otros niños de la llave», los que viven en pisos compartidos, encerrados en una habitación porque sus padres no tienen acceso a una vivienda para ellos solos. En España hay 2,1 millones de niños en riesgo de pobreza –un 28,1% de los menores de 16 años—. El 20,72% de las familias con niños y niñas a cargo se encuentra en situación de pobreza, y la cifra no deja de crecer. Y, si hablamos de hijos e hijas con al menos un progenitor extranjero, la cifra de riesgo de pobreza se eleva hasta un 57,5% según Eurostat.

Estos niños y niñas forman la parte más débil de esa masa creciente de familias que no puede comer carne o pescado al menos cada dos días, comprar una lavadora si la vieja carraca se rompe o mantener la casa a una temperatura razonable. La situación es terrible, pues a un paro insostenible se han ido uniendo los recortes a la protección. El PSOE puso en marcha en junio el  Plan Veca, dirigido especialmente a los 375.000 niñas y niños que no tienen garantizada una alimentación sana ni pueden acceder a actividades como campamentos o colonias en el verano.

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La dolorosa belleza de la insurrección

En Nicaragua están masacrando a un 15M desde hace cien días, y pocos parecen darse cuenta. Están golpeando, deteniendo, secuestrando, violando y asesinando a personas que, como yo y usted, o seguro alguna de sus conocidas o conocidos, estuvimos en las calles en aquellos días de mayo en los que nos dijimos que ya no aguantábamos más, en que decidimos dotar de pleno sentido la actitud democrática y la dignidad social. Y lástima que nos volvimos a casa, pues dejamos la tarea a medio hacer. Continuará, estoy segura, y no por mis dotes adivinatorias, sino porque sigue sin quedar otro remedio. 

Como en la Primavera árabe, como en Occupy Wall Street, como en la Nuit Debout francesa… en Nicaragua nos encontramos con uno de esos movimientos, promesas cargadas de futuro, que van floreciendo en cada lugar del planeta en que la gente, más allá de ideologías concretas o conocidas, a menudo por fuera de sindicatos y partidos tradicionales, pillando a traspiés a la izquierda y la derecha tradicional, y harta de unas estructuras políticas que acaban con sus condiciones de vida, se levanta, se pone en pie y exige y ejerce la democracia: democracia como actitud radical a la mano de cualquiera, no como mera herramienta representativa, a la postre patrimonio de unos pocos. Y, por hacerlo, fuerzas de seguridad y bandas paramilitares les están masacrando: ya son más de 350 personas asesinadas, de 2.000 heridas, de 300 secuestradas, más la multitud de familias desplazadas por el terror.

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Cuidar es revolucionario

Lo "común sensible" es lo común que se siente. Está más acá y va más allá de la comunidad con que te identificas o te identifican. Es ese grupo cotidiano, la tribu, el círculo, el colectivo, incluso el barrio, más que las comunidades normadas, puramente intelectuales, regidas por el interés. El común sensible no prioriza el rendimiento, está más cerca del gasto que se vive como lujo… como el amor. Y es ese común del cuerpo a cuerpo el que está llamado a protegernos del capitalismo, el patriarcado, el racismo, el capacitismo, el edadismo… y la insatisfacción general que el desorden mundial provoca en nuestras vidas. Por contagio y cuidados más que por estatutos e imposiciones.

Tengo una amiga que esta semana tuvo que renunciar a una gesta solidaria, una acción internacional contra el racismo, para quedarse con sus padres enfermos que afrontan, probablemente, los últimos tramos de su vida. Nada menos. Mi amiga se ha visto obligada a posponer su plan porque ha decidido apostar por el momento singular, doloroso y prosaico, esencial, que le toca vivir junto a ellos. Su acto es revolucionario en un mundo cruel, poco dispuesto al contacto y la vulnerabilidad, y edadista, discriminador con las personas mayores, obsesionado por la belleza y la juventud e incapaz de poner en valor la edad y la sabiduría. Me pregunto cuántas personas habrá conscientes del valor único de su gesto, ese gesto tan invisible como admirable, y tantas veces repetido en la vida de tantas mujeres y algunos hombres: repetido y singular, frecuente y, a la vez, único.

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Esperando a las bárbaras

Europa, este continente maltrecho que habitamos, tiene, por supuesto, sus mitos milenarios, aunque hayan quedado escondidos en libros llenos de polvo. Su nombre viene, como teónimo, y sólo en este parece haber consenso, de la princesa y heroína de Fenicia raptada por Zeus: así, desde su propia base mitológica, fue no europea sino asiática —Fenicia comprendía las actuales Siria y Palestina—, la madre mitológica Europa: extranjera y mujer.

Pero quietas ahí, amantes de la ilusión histórica conveniente —se me puede objetar, con razón, ¿qué otra cosa es retrospectivamente la historia? —, esta es toda la buena noticia. La historia cuenta el rapto de Europa por Zeus, ese mítico y habitual violador a la base de la cultura europea, y la explicación mítica es, entonces, tan sangrantemente patriarcal como racista. Sirvió, además, para afirmar la identidad griega frente a la de los bárbaros —los extranjeros, los persas—, operación de hegemonía —dichosa palabra, desdichada realidad— que definirá toda la historia colonial de Europa, también la colonialidad —conozcan el pensamiento decolonial de, entre otros, Aníbal Quijano, merece la pena— de nuestros días.

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629 seres humanos, el Aquarius y las mafias

“-¿Te trajo una mafia?. —Compramos un bote entre todos. —Y ¿cuánto le pagasteis a la mafia? —No, no, no hubo mafia, nos organizamos entre todos para poder cruzar. —¿Cuánto os pedía la mafia? —Llevábamos meses esperando e intentándolo y, finalmente, nos tiramos al mar”. Entrevista de periodista biempensante a migrante que ha cruzado el Estrecho. Las mafias, las mafias, siempre las mafias. Nada como encontrar a alguien peor que nosotros para distraer la atención de la descomposición moral y el reiterado incumplimiento de la legislación internacional que son hoy la Marca Europa.

629 personas varadas en la nada de la vergüenza europea y empieza el cacareo: las mafias, las mafias, otra vez las mafias. No ayudemos a las mafias. Las ONGs son mafias —vicetraficantes, según el fascista Salvini—. Los migrantes son víctimas de las mafias. No acabemos el trabajo de las mafias… Las mafias son los padres.

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(Con)Moción patriotera

Lo de estos días, pese al nada desdeñable hecho de que el Congreso ha manifestado, por fin, un claro rechazo a la corrupción, huele demasiado a recambio en las élites y vuelta de tuerca en el circo de la partitocracia, esa versión maquillada de la oligarquía. Y a más cosas. Porque el sistema que enferma de desesperanza nuestras vidas, un día tras otro, es una aleación de capitalismo neoliberal con algo que no es propiamente democracia, sino esa democracia representativa que un día, allá por el siglo XIX o algo antes, borró del mapa la posibilidad de democracia real, directa. Es esa democracia representativa que Montesquieu o Rousseau ya tachaban de aristocracia y que, una vez tras otra, ha vampirizado los esfuerzos de real cambio del pueblo, al que tan poco se han parecido siempre los representantes (Nota: los chaletes en Galapagar no ayudan).

La profundidad de los discursos del jueves, día en el que hasta Celia Villalobos tuvo que ir a trabajar, osciló de poca a ninguna. Apenas hubo menciones a la realidad de quienes las élites representan, casi nada sobre el paro, la precariedad, el problema de la vivienda, la dependencia, las libertades… y sobró, en cambio, el patrioterismo rancio, en diversas formulaciones, en la burbuja de las Cortes.

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Marx, Mayo del 68, el 15M

En el 200 aniversario de su nacimiento, es necesario reconocer que la demanda que impulsara toda la obra de Marx, continúa hoy vigente, por no decir que clama dramáticamente por ser atendida: la exigencia de justicia para lo común, para los comunes y corrientes que somos casi todos. Y lo mismo ocurre con Mayo del 68 o el 15M, también conmemorados ahora, y que, antes que hechos históricos, fueron balbuceos de nuevas disposiciones, aperturas aún vigentes, "espíritus que no han dejado de soplar" —Jean-Luc Nancy sobre Mayo del 68 y la verdad de la democracia—. Ese espíritu es el aliento de lo común, el comun-ismo o lo común sin ismo, como se prefiera.  

La vigencia de tal demanda de justicia para lo común es un hecho difícilmente discutible, independientemente de los juicios que se tengan acerca de las realizaciones más o menos acertadas, a veces dolorosamente fallidas, de las tres aperturas del problema, y esto, a pesar de los cantos de cisne de los apresurados y las desencantadas y de la propaganda, siempre interesada, del individualismo. Comun-ismo, la ontología, como realidad interna del mundo, no comun-ismo, como ideología que, hoy por hoy, aparece en el imaginario colectivo copada por el socialismo científico o marxismo en sus numerosas —no tanto diversas— interpretaciones. Me perdonarán los y las marxistas que les niegue el derecho a arrogarse el "comunismo", la palabra.

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Más inversión, no populismo punitivo

Las movilizaciones feministas de los últimos días han sido, además de la muestra de un clamor popular, de un cambio necesario propiciado desde abajo, un río de saberes polifónicos que aconsejan ser cautas con varias cuestiones relacionadas con la sentencia de La Manada.

De un lado, la cuestión de los jueces y juezas. Las primeras pesquisas de la Comisión General de Codificación que revisa el Código Penal apuntan a que, como se está señalando reiteradamente desde el movimiento feminista, en el caso de La Manada ha habido un problema de interpretación, de sesgo judicial patriarcal. Y considerar que se trata de una cuestión puntual de falibilidad de unos jueces concretos sería un nuevo error, pues se puede y debe, echando un vistazo a múltiples sentencias sobre abuso, violación y violencias de género, considerar que el Poder Judicial necesita una puesta a punto acompañada, tal vez, de amonestaciones y sanciones si estas se hacen necesarias. Para ello, claro está, sería necesario crear una Comisión de Vigilancia con perspectiva de género que probablemente no esté en los planes del Consejo General del Poder Judicial.

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Desde el amor y la rabia, pero con racional determinación

Estábamos avisadas, tristemente, por la experiencia compartida tantas veces, en tantas generaciones diferentes: no en vano, nos unió en diferentes puntos del Estado una alerta feminista para escuchar juntas la sentencia. Al menos recibimos acuerpadas unas junto a otras el golpe para poder transformar el dolor en rabia y la rabia en acción.

Con todo, escuchar el fallo fue duro. A algunas se nos saltaban las lágrimas de rabia; otras, incrédulas, tratábamos de clarificar la calificación jurídica que, comprobamos bien rápido, legitimaba la cultura de la violación con un mensaje nítido: si no arriesgas tu vida para demostrar que te han agredido, mejor no denuncies. Pero, o hay un cambio sustancial o empezaremos a tomar medidas extremas de autodefensa, porque con nuestra vida no se juega más.

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La democracia real, amenazada, está fuera del Parlamento

Hace aproximadamente quince días  intenté subrayar, en este mismo espacio, que el auto del juez Llarena sobre el 1-O mostraba una tendencia: el desprecio al trabajo reivindicativo de la sociedad civil, hasta el punto de considerar violenta su expresión en las calles. Nada de extrañar, en tiempos de criminalización de la protesta, de las ONG que salvan vidas, de cualquiera que obre u opine por encima de las posibilidades de quienes tan mal nos gobiernan. Al día siguiente, 2 de abril,  un editorial de El País, viga madre del agonizante —y por ello tremendamente peligroso—Régimen del 78, intitulaba “En el Parlamento”.  Sin disimulos, entonaba una canción cuyo estribillo es “La política se debe hacer en las instituciones, no en la calle”. Pero no, de eso nada.

En el Parlamento se encuentra la re-presentación, bien, pero lo que presenta, el original de esa copia por delegación, está en las calles, en las casas, en los trabajos, en las redes, en las comunidades de vecinos, en los bares… en la sociedad. Está en Proactiva Open Arms y en los CDR, está en el voluntariado y en las quejas que son el pan nuestro de cada día, está en las opiniones, propuestas, anhelos y exigencias que todos y cada uno de nosotros y nosotras, fuentes de legitimidad. Nosotras y nosotros somos el origen de la política, no ellos y ellas: “la calle”, según su léxico veladamente clasista, y no el Parlamento.

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