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Javier Fernández Rubio

Nacido en Santander, en 1966, ha dedicado 26 años al ejercicio del periodismo en Cantabria, veneno que todavía tiene dentro, y lleva camino de cumplir siete como responsable de El Desvelo Ediciones. Sabe un poco de muchas cosas y bastante de casi ninguna. Conoce a mucha gente, pero no practica dinámicas de grupo. De vez en cuando escribe algún poema y hojea libros de diseño para entretener la espera de las buenas noticias. Quien le aprecia, le considera un atrevido; quien no, un impostor.

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La agenda oculta

John Carpenter, uno de los malditos reverenciados de la historia del cine, tiene una película apenas recordada, un poco más vista, que se puede considerar el precedente de Matrix. Se titula 'They Live' y cuenta la historia de un hombre y unas gafas de sol que permiten ver la realidad 'real' que  se esconde debajo de la realidad 'evidente'. Es una película de terror que, años después de su estreno, despierta la hilaridad de un adolescente. Vista ahora es un poco naif, es cierto, pero tiene precisamente ese encanto de décadas pasadas y una vigencia política asombrosa, cosa que demuestra que esto de la preocupación por ser manipulados, más allá de los casos clínicos de paranoia, preocupa de antiguo a la especie.

Una de las maneras más antiguas de manipular consiste en seleccionar lo que se transmite o, mejor dicho, como se decía antaño: centrar el debate. ¿De qué hablamos? ¿De qué no hablamos? Controlando la agenda (porque la agenda no se establece sola, ni baja esculpida en piedra del monte Sinaí), no hace falta mentir, pero sí, como toma de decisión que es implica una manipulación y por lo tanto un engaño. De hecho la manipulación es previa a la escritura y la emisión de imágenes. Se elige qué mostrar y, en consecuencia, se elige qué ocultar. Se manipula arrinconando.

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El forzudo Ledruille arroja los útiles de escribir

El forzudo Ledruille se apartó un rato de la jornada y dejó ir su pluma: "Te haré bosques que no existen, letras que no se podrían leer, imágenes cuyos modelos jamás existieron, siempre en el aire como los pájaros". Lo cuenta Jacques Rancière en 'La noche de los proletarios' en donde relata, describe y filosofa sobre las decenas de obreros que robaban horas de sueño allá por 1830 para hacer algo que nadie les había dicho que no podían hacer: escribir.

Después de 14 horas diarias de trabajo aquellos veinteañeros que retrata Rancière se resistían a entregar una parte de sí a las fuerzas de la dominación que los esclavizaban cada día. Ese interludio nocturno, esa actividad secreta y muchas veces abandonada con el paso del tiempo, era un gesto de rebeldía que arrumbaba con la ley no escrita que reservaba la actividad cultural a las clases elevadas, una ley forjada no solo por las élites culturales, sino también por los adalides de la pureza del proletariado.

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Nexus 6 en el hemiciclo

Cuando los dioses crearon al hombre, le concedieron el don de conocer el momento exacto de su muerte. Esta dádiva de las alturas devino enseguida en un problema. Los agricultores, por ejemplo, que sabían que al año siguiente iban a morir, se negaban a sembrar los campos. ¿Para qué si no iban a recoger la cosecha? En esto no había reparado la divina providencia, así que en un ejercicio de la muy humana improvisación, decidió ponerle remedio por el sencillo método de retirarle el conocimiento del luctuoso acontecimiento. El campesino trabajaría desde entonces como un campeón aunque su cosecha la recogiera otro. Hasta el momento actual, los hombres saben cuándo nacen (obviamente) pero no cuándo dejarán este mundo. Es mejor así para los negocios.

Los dioses cuando se ponen a maquinar no reparan en que existen los políticos. Ellos sí saben cuándo van a morir profesionalmente. Son como los Nexus 6 de K. Dick/Ridley Scott, prodigios de la arquitectura laboral pero con fecha de obsolescencia: cuatro años. Aquí no hay Tyrell Corporation ni asalto de naves en llamas ni nada de romanticismos. El político es como el campesino de los antiguos mitos: se niega a trabajar si la cosecha la va a recoger otro.

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Aquejados de TIR

En la antigua Unión Soviética se detectó una enfermedad invisible. Era una enfermedad de tipo psiquiátrico, una variante de esquizofrenia caracterizada por no manifestarse a la vista o de forma clínica. Proliferaba entre un grupo de población al que se denominaba disidentes. Era una enfermedad como la radioactividad, que ni olía ni se veía, pero mucho más astuta, porque, a diferencia del radio, tampoco se manifestaba con dolencia alguna. Bastaba, no obstante, con que dos psiquiatras coincidieran en el diagnóstico para que este fuera irrefutable y el interfecto diera con sus huesos en el manicomio. Se denominaba Trastorno de Ideas Reformistas (TIR).

Pensar o decir que algo iba mal en la Unión Soviética era el síntoma inequívoco de padecer TIR. Pero no solo en la Unión Soviética. Realmente, pensar que el poder, en cualquier latitud, hace las cosas mal es universal síntoma de locura y acarrea siniestras consecuencias. Es lo que les pasa a los que se empecinan en llevar la contraria: están locos sin sospecharlo, no saben lo que les conviene, por más que llevar la contraria pueda parecer un ejercicio muy sano.

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Kant en el Puerto de Santander

Estos días los comisionistas de cuatro estrellas, esos que también formaron parte de la lista secreta de Montoro para la amnistía fiscal, han estado nerviosos ante la posibilidad de que el nuevo Gobierno, el mismo que estrena ministros todas las semanas, echara abajo la venta de armas de precisión con que los saudíes bombardean el Yemen. Finalmente pueden respirar tranquilos. Con los aliados insospechados de los trabajadores navales de Cádiz, el Gobierno se está pensando seriamente desbloquear el contrato de venta y de paso quitarse de encima el chantaje de los 'hermanos' saudíes de no comprar buques de guerra.

Muchas cosas se han dicho estos días sobre este asunto que es de vital importancia ya que retrata un país ante el poder del dinero y la factura en sangre que ello comporta. La cuestión es de tal envergadura que tiene un calado filosófico que no es nuevo. La Filosofía está en el día a día de nuestros días, pese a los intentos de los adoradores del becerro de oro del emprendimiento por quitarla del sistema educativo.

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Como si no hubiera un mañana

La web hotelscan.com acaba de hacer pública una encuesta entre los turistas españoles que se han alojado en un hotel y concluye que un 90% ha hecho algo prohibido. El 70% se ha llevado comida del buffet del desayuno para comer después (70%), ha fumado en la ventana o en la terraza cuando no se podía (53%), ha robado toallas o albornoces (42%), ha bebido de los botellines del mueble bar y después los ha rellenado con agua o zumo (53), ha dejado las toallas en las hamacas de la piscina todo el día, impidiendo que otros la ocupen (28%), ha metido a otra persona en la habitación (10%) y se ha bañado en la piscina de marras cuando estaba cerrada y por lo tanto sin vigilancia (8%).

Estoy seguro de que si a todos ellos se les preguntara qué opinan de los políticos españoles la mayoría diría que son corruptos y sinvergüenzas, unos aprovechados sin oficio ni beneficio, una lacra, en definitiva, sin que les falte razón en algunos casos, aunque no en otros muchos. Curioso.

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Fracasar mejor

Una de las frases más enigmáticas, y por lo tanto más interpretadas, la pronunció Samuel Beckett bastante después de haber recibido el Premio Nobel. "Fracasa mejor" escribió en alguna parte de 'Rumbo a peor', título de una obra que es enigmático de por sí y no menos interpretable.

Los chicos del emprendimiento se han hecho con ella, sin embargo. Es tan buena que hasta hay camisetas, tatuajes, tazas de desayuno y pósteres con el "Fracasa mejor" de marras. Obviamente, quien esperó a Godot tanto tiempo para nada no destacó por su optimismo (mucho menos empresarial), ni hubiera visto entre tanta taza decorada un canto a la resilencia del emprendedor que, como el toro, se crece ante el fracaso y resetea.

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El cascabel de Zuckerberg

Enfrentarse a un millonario es algo poco recomendable. Y lo es por dos razones: el rico tiene mucho dinero (es obvio) y también tiene mucho tiempo. Ambas cosas hacen que sea prácticamente imposible enfrentársele individualmente. El atrevido, tarde o temprano, pierde.

Mark Zuckerberg, creador y propietario de Facebook es multimillonario y ya piensa en términos de poder, no de añadirle más ceros a su extracto bancario. Valga la redundancia, quiere ahora hacerse con los datos bancarios de todos. La banca nacional está preocupada pero es la preocupación farisea de las élites nacionales que no saben cómo pararles los pies a las élites globalizadas, que, sin territorio y con un poder omnívoro, practican con los primeros lo que estos no han dejado de hacer toda la vida con los ciudadanos/clientes: exprimirlos y/o echarlos del mercado.

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Gestos, gestas y gesticulaciones

Nada como este verano escocés de nuestras entretelas para pasar los días entretenidos con los gestos, gestas y gesticulaciones de nuestros próceres. Entre días de agua evaporada por el calor y días de lluvia torrencial por la condensación, que es como se paga la factura de la holganza al sol, líderes y lideresas dan respuesta a todo y barajan múltiples propuestas que al entrar el otoño quedarán en pura filfa. Mucha gesticulación, por lo tanto, y ninguna gesta.

El campeón en la materia es el no tan nuevo presidente de la nación, Pedro Sánchez, que tras una salida por chiqueros como un mihura, va agotando los 100 días de tregua política con una ristra de amagos que encienden los tendidos aunque el diestro se resista a entrar a matar. Vaya por delante un Consejo de Ministros montado en dos tardes, con tropezón ministerial de por medio, y una suerte de decretos derogatorios que no llegan mientras se mantienen vigentes leyes y prácticas de un Gobierno Rajoy que es historia pero que le ocurre como a las estrellas: su resplandor sigue viajando por el espacio después de haberse extinguido.

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The Balconing Connection

Pablo Casado se ha hecho con las riendas del PP español sin necesidad de ningún Miguelín que allanara el camino de compromisarios y con la convicción de que una cosa es lo que voten los militantes y otra el resultado final. Gran legado el dejado por Mariano Rajoy a su propias huestes. Él, que ya había asistido espantado a los resultados de estas primarias en dos tiempos en taifas regionales como la de Cantabria, que no gana para sustos después de apostar por el caballo perdedor, se fue a Santa Pola dejando esta bomba de relojería en marcha. Tictac.

El resultado es Pablo Casado, que ha pasado de tener que buscar en los cajones de casa o de la Juan Carlos I, que tanto da, las pruebas para acreditar sus títulos académicos a prometer un país conectado con los balcones.

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