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Javier Fernández Rubio

Nacido en Santander, en 1966, ha dedicado 26 años al ejercicio del periodismo en Cantabria, veneno que todavía tiene dentro, y lleva camino de cumplir siete como responsable de El Desvelo Ediciones. Sabe un poco de muchas cosas y bastante de casi ninguna. Conoce a mucha gente, pero no practica dinámicas de grupo. De vez en cuando escribe algún poema y hojea libros de diseño para entretener la espera de las buenas noticias. Quien le aprecia, le considera un atrevido; quien no, un impostor.

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¿Quién tiene el balón en Podemos?

A principios de noviembre, en la ciudad china de Chongqing, un autobús cargado de viajeros giró bruscamente al cruzar un puente sobre el río Yangtsé, rompió las barreras de contención y se precipitó sobre el agua. En apariencia, y así lo atestiguan las cámaras de televisión del puente, nada interfirió la trayectoria del autobús, cuyo viraje repentino fue sorpresivo. El resultado fueron 15 muertos.

Sin embargo, una cámara en el interior del autobús mostró lo que había ocurrido. Una pasajera, contrariada porque el conductor había pasado de su parada, al parecer, comenzó a discutir con éste y no solo discutió sino que comenzó a agredirlo.  Puede apreciarse en las imágenes cómo el conductor abandona el control del vehículo y se enzarza a golpes con la pasajera. ¿Quién conducía el autobús en ese intervalo de segundos? Nadie. Pero el autobús seguía circulando y conductor, pasajera y los estupefactos testigos en el interior del vehículo iniciaron un corto trayecto hacia el Más Allá, su inminente e imprevista nueva parada que no estaba incluida en el precio del ticket. Fundido en negro.

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La jaula

El Puerto ha levantado una jaula al lado del sanctasanctórum del Centro Botín y uno no sabe muy bien para qué. Si, como con los leones del zoo, para que no se coman al público o para que el público no abolle a los leones con latas de cerveza, zapatillas y otras gentilezas con que el respetable gratifica cuando se siente impune. Así que tenemos una valla de cuatro metros de altura para que los extranjeros pobres no se suban al ferry sin ticket ni pasaporte o más bien para que otros extranjeros, estos ricos y a los que el pasaporte les trae al pairo, que viajan por mar con las luces apagadas para llenar la panza del barco de bombas-láser, no entren en la beatífica Santander y apliquen sus códigos medievales.

Curioso sitio el Puerto. Le ocurre como a todos lo entes e instituciones públicas que se configuran como un pequeño Estado dentro del Estado. Son como esos agujeros negros que ejercen un potente influjo a su alrededor sin que nadie sepa a ciencia a cierta qué pasa dentro. Del Puerto sabemos, sin embargo, varias cosas: que ya no sabe dónde apilar tanto coche, que busca gestores culturales para ejercer de periodistas como buscaría a licenciados en Teología para hacer de gruístas, que vive demediado entre los puertos de Bilbao y Gijón, socios y rivales la vez, y que la ética, ese incordio que alguien inventó para torturar a los bachilleres, hace que sus directivos deambulen hamletianamente por sus almenas.

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Visita al chamán

Mandy, un transportista alemán que conducía un tráiler de 17 metros, configuró su asistente GPS para que le condujera a Hamburgo. Bastantes horas después se encontró encajonado y sin posibilidad de maniobrar cerca del faro que hay en Punta Candieira, en Cedeira, La Coruña. Me imagino que al conductor le pasó igual que a mí. Tiene una confianza absoluta en esa voz femenina de la guía virtual que le va indicando el camino y que cuando termina dice cosas que a uno le hacen dar un respingo en el asiento como 'Su destino está a la izquierda'. Y por más que uno mire a la izquierda, no se encuentra con la terminal de contenedores del puerto de Hamburgo, sino con un faro gallego. O en mitad de un puente o en el agua de un lago, como les ha pasado a otros a los que los algoritmos les han llevado a su pesar a darse un chapuzón.

Puede que el destino 'esté a su izquierda' pero la geografía política del país lleva a la derecha o, para más exactos, a un territorio fuera del mapa que linda con la Tierra Media o con el pasado. El coche autónomo que Google prepara es realmente la máquina del tiempo de H. G. Wells. Sin moverse del tiempo, el usuario puede situarse en todo tiempo y lugar, en el Franquismo y el siglo XXI a la vez, por ejemplo, que es un viaje corto en el espacio pero cognitivamente sideral.

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Por si acaso

Visitar un cementerio es una de las situaciones más surrealistas que puedan darse. Visitar en el sentido de dar homenaje a los que ya no están. Y es surrealista porque ya no queda nada, más que los restos de la vanidad de prohombres y grandes fortunas, que, como cáscaras erguidas, rinden el último spot publicitario de un producto inexistente. Pero tal vez del mismo modo en que uno vive pensando en la gloria futura, como un Aquiles con castellanos, tal vez uno haya de rendir visita los que ya no están por si acaso. Visita por si resulta que están, por si escuchan y se alegran del sahumerio y del despliegue floral. Tal vez porque los muertos reciban visita como los marquesitos, una vez por semana o por mes o por año, los días señalados, por la puerta de servicio si hay viento sur. Por si acaso, vamos.

Por si acaso también se acude a misa y se comulga, aunque a la salida se conculquen todos y cada uno de los mandamientos. Que no hay nada más placentero que dar por el saco con todas las bendiciones del santoral. Y aunque no tenga código de barras, ni advertencia de las autoridades sanitarias, la hostia va al coleto. Por si acaso. Y por si acaso también la extremaunción, no sea que todo sea cierto y se nos dé pasaporte sin la última contraseña que todo lo valida.

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La agenda oculta

John Carpenter, uno de los malditos reverenciados de la historia del cine, tiene una película apenas recordada, un poco más vista, que se puede considerar el precedente de Matrix. Se titula 'They Live' y cuenta la historia de un hombre y unas gafas de sol que permiten ver la realidad 'real' que  se esconde debajo de la realidad 'evidente'. Es una película de terror que, años después de su estreno, despierta la hilaridad de un adolescente. Vista ahora es un poco naif, es cierto, pero tiene precisamente ese encanto de décadas pasadas y una vigencia política asombrosa, cosa que demuestra que esto de la preocupación por ser manipulados, más allá de los casos clínicos de paranoia, preocupa de antiguo a la especie.

Una de las maneras más antiguas de manipular consiste en seleccionar lo que se transmite o, mejor dicho, como se decía antaño: centrar el debate. ¿De qué hablamos? ¿De qué no hablamos? Controlando la agenda (porque la agenda no se establece sola, ni baja esculpida en piedra del monte Sinaí), no hace falta mentir, pero sí, como toma de decisión que es implica una manipulación y por lo tanto un engaño. De hecho la manipulación es previa a la escritura y la emisión de imágenes. Se elige qué mostrar y, en consecuencia, se elige qué ocultar. Se manipula arrinconando.

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El forzudo Ledruille arroja los útiles de escribir

El forzudo Ledruille se apartó un rato de la jornada y dejó ir su pluma: "Te haré bosques que no existen, letras que no se podrían leer, imágenes cuyos modelos jamás existieron, siempre en el aire como los pájaros". Lo cuenta Jacques Rancière en 'La noche de los proletarios' en donde relata, describe y filosofa sobre las decenas de obreros que robaban horas de sueño allá por 1830 para hacer algo que nadie les había dicho que no podían hacer: escribir.

Después de 14 horas diarias de trabajo aquellos veinteañeros que retrata Rancière se resistían a entregar una parte de sí a las fuerzas de la dominación que los esclavizaban cada día. Ese interludio nocturno, esa actividad secreta y muchas veces abandonada con el paso del tiempo, era un gesto de rebeldía que arrumbaba con la ley no escrita que reservaba la actividad cultural a las clases elevadas, una ley forjada no solo por las élites culturales, sino también por los adalides de la pureza del proletariado.

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Nexus 6 en el hemiciclo

Cuando los dioses crearon al hombre, le concedieron el don de conocer el momento exacto de su muerte. Esta dádiva de las alturas devino enseguida en un problema. Los agricultores, por ejemplo, que sabían que al año siguiente iban a morir, se negaban a sembrar los campos. ¿Para qué si no iban a recoger la cosecha? En esto no había reparado la divina providencia, así que en un ejercicio de la muy humana improvisación, decidió ponerle remedio por el sencillo método de retirarle el conocimiento del luctuoso acontecimiento. El campesino trabajaría desde entonces como un campeón aunque su cosecha la recogiera otro. Hasta el momento actual, los hombres saben cuándo nacen (obviamente) pero no cuándo dejarán este mundo. Es mejor así para los negocios.

Los dioses cuando se ponen a maquinar no reparan en que existen los políticos. Ellos sí saben cuándo van a morir profesionalmente. Son como los Nexus 6 de K. Dick/Ridley Scott, prodigios de la arquitectura laboral pero con fecha de obsolescencia: cuatro años. Aquí no hay Tyrell Corporation ni asalto de naves en llamas ni nada de romanticismos. El político es como el campesino de los antiguos mitos: se niega a trabajar si la cosecha la va a recoger otro.

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Aquejados de TIR

En la antigua Unión Soviética se detectó una enfermedad invisible. Era una enfermedad de tipo psiquiátrico, una variante de esquizofrenia caracterizada por no manifestarse a la vista o de forma clínica. Proliferaba entre un grupo de población al que se denominaba disidentes. Era una enfermedad como la radioactividad, que ni olía ni se veía, pero mucho más astuta, porque, a diferencia del radio, tampoco se manifestaba con dolencia alguna. Bastaba, no obstante, con que dos psiquiatras coincidieran en el diagnóstico para que este fuera irrefutable y el interfecto diera con sus huesos en el manicomio. Se denominaba Trastorno de Ideas Reformistas (TIR).

Pensar o decir que algo iba mal en la Unión Soviética era el síntoma inequívoco de padecer TIR. Pero no solo en la Unión Soviética. Realmente, pensar que el poder, en cualquier latitud, hace las cosas mal es universal síntoma de locura y acarrea siniestras consecuencias. Es lo que les pasa a los que se empecinan en llevar la contraria: están locos sin sospecharlo, no saben lo que les conviene, por más que llevar la contraria pueda parecer un ejercicio muy sano.

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Kant en el Puerto de Santander

Estos días los comisionistas de cuatro estrellas, esos que también formaron parte de la lista secreta de Montoro para la amnistía fiscal, han estado nerviosos ante la posibilidad de que el nuevo Gobierno, el mismo que estrena ministros todas las semanas, echara abajo la venta de armas de precisión con que los saudíes bombardean el Yemen. Finalmente pueden respirar tranquilos. Con los aliados insospechados de los trabajadores navales de Cádiz, el Gobierno se está pensando seriamente desbloquear el contrato de venta y de paso quitarse de encima el chantaje de los 'hermanos' saudíes de no comprar buques de guerra.

Muchas cosas se han dicho estos días sobre este asunto que es de vital importancia ya que retrata un país ante el poder del dinero y la factura en sangre que ello comporta. La cuestión es de tal envergadura que tiene un calado filosófico que no es nuevo. La Filosofía está en el día a día de nuestros días, pese a los intentos de los adoradores del becerro de oro del emprendimiento por quitarla del sistema educativo.

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Como si no hubiera un mañana

La web hotelscan.com acaba de hacer pública una encuesta entre los turistas españoles que se han alojado en un hotel y concluye que un 90% ha hecho algo prohibido. El 70% se ha llevado comida del buffet del desayuno para comer después (70%), ha fumado en la ventana o en la terraza cuando no se podía (53%), ha robado toallas o albornoces (42%), ha bebido de los botellines del mueble bar y después los ha rellenado con agua o zumo (53), ha dejado las toallas en las hamacas de la piscina todo el día, impidiendo que otros la ocupen (28%), ha metido a otra persona en la habitación (10%) y se ha bañado en la piscina de marras cuando estaba cerrada y por lo tanto sin vigilancia (8%).

Estoy seguro de que si a todos ellos se les preguntara qué opinan de los políticos españoles la mayoría diría que son corruptos y sinvergüenzas, unos aprovechados sin oficio ni beneficio, una lacra, en definitiva, sin que les falte razón en algunos casos, aunque no en otros muchos. Curioso.

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