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Javier Fernández Rubio

Nacido en Santander, en 1966, ha dedicado 26 años al ejercicio del periodismo en Cantabria, veneno que todavía tiene dentro, y lleva camino de cumplir siete como responsable de El Desvelo Ediciones. Sabe un poco de muchas cosas y bastante de casi ninguna. Conoce a mucha gente, pero no practica dinámicas de grupo. De vez en cuando escribe algún poema y hojea libros de diseño para entretener la espera de las buenas noticias. Quien le aprecia, le considera un atrevido; quien no, un impostor.

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Kant en el Puerto de Santander

Estos días los comisionistas de cuatro estrellas, esos que también formaron parte de la lista secreta de Montoro para la amnistía fiscal, han estado nerviosos ante la posibilidad de que el nuevo Gobierno, el mismo que estrena ministros todas las semanas, echara abajo la venta de armas de precisión con que los saudíes bombardean el Yemen. Finalmente pueden respirar tranquilos. Con los aliados insospechados de los trabajadores navales de Cádiz, el Gobierno se está pensando seriamente desbloquear el contrato de venta y de paso quitarse de encima el chantaje de los 'hermanos' saudíes de no comprar buques de guerra.

Muchas cosas se han dicho estos días sobre este asunto que es de vital importancia ya que retrata un país ante el poder del dinero y la factura en sangre que ello comporta. La cuestión es de tal envergadura que tiene un calado filosófico que no es nuevo. La Filosofía está en el día a día de nuestros días, pese a los intentos de los adoradores del becerro de oro del emprendimiento por quitarla del sistema educativo.

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Como si no hubiera un mañana

La web hotelscan.com acaba de hacer pública una encuesta entre los turistas españoles que se han alojado en un hotel y concluye que un 90% ha hecho algo prohibido. El 70% se ha llevado comida del buffet del desayuno para comer después (70%), ha fumado en la ventana o en la terraza cuando no se podía (53%), ha robado toallas o albornoces (42%), ha bebido de los botellines del mueble bar y después los ha rellenado con agua o zumo (53), ha dejado las toallas en las hamacas de la piscina todo el día, impidiendo que otros la ocupen (28%), ha metido a otra persona en la habitación (10%) y se ha bañado en la piscina de marras cuando estaba cerrada y por lo tanto sin vigilancia (8%).

Estoy seguro de que si a todos ellos se les preguntara qué opinan de los políticos españoles la mayoría diría que son corruptos y sinvergüenzas, unos aprovechados sin oficio ni beneficio, una lacra, en definitiva, sin que les falte razón en algunos casos, aunque no en otros muchos. Curioso.

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Fracasar mejor

Una de las frases más enigmáticas, y por lo tanto más interpretadas, la pronunció Samuel Beckett bastante después de haber recibido el Premio Nobel. "Fracasa mejor" escribió en alguna parte de 'Rumbo a peor', título de una obra que es enigmático de por sí y no menos interpretable.

Los chicos del emprendimiento se han hecho con ella, sin embargo. Es tan buena que hasta hay camisetas, tatuajes, tazas de desayuno y pósteres con el "Fracasa mejor" de marras. Obviamente, quien esperó a Godot tanto tiempo para nada no destacó por su optimismo (mucho menos empresarial), ni hubiera visto entre tanta taza decorada un canto a la resilencia del emprendedor que, como el toro, se crece ante el fracaso y resetea.

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El cascabel de Zuckerberg

Enfrentarse a un millonario es algo poco recomendable. Y lo es por dos razones: el rico tiene mucho dinero (es obvio) y también tiene mucho tiempo. Ambas cosas hacen que sea prácticamente imposible enfrentársele individualmente. El atrevido, tarde o temprano, pierde.

Mark Zuckerberg, creador y propietario de Facebook es multimillonario y ya piensa en términos de poder, no de añadirle más ceros a su extracto bancario. Valga la redundancia, quiere ahora hacerse con los datos bancarios de todos. La banca nacional está preocupada pero es la preocupación farisea de las élites nacionales que no saben cómo pararles los pies a las élites globalizadas, que, sin territorio y con un poder omnívoro, practican con los primeros lo que estos no han dejado de hacer toda la vida con los ciudadanos/clientes: exprimirlos y/o echarlos del mercado.

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Gestos, gestas y gesticulaciones

Nada como este verano escocés de nuestras entretelas para pasar los días entretenidos con los gestos, gestas y gesticulaciones de nuestros próceres. Entre días de agua evaporada por el calor y días de lluvia torrencial por la condensación, que es como se paga la factura de la holganza al sol, líderes y lideresas dan respuesta a todo y barajan múltiples propuestas que al entrar el otoño quedarán en pura filfa. Mucha gesticulación, por lo tanto, y ninguna gesta.

El campeón en la materia es el no tan nuevo presidente de la nación, Pedro Sánchez, que tras una salida por chiqueros como un mihura, va agotando los 100 días de tregua política con una ristra de amagos que encienden los tendidos aunque el diestro se resista a entrar a matar. Vaya por delante un Consejo de Ministros montado en dos tardes, con tropezón ministerial de por medio, y una suerte de decretos derogatorios que no llegan mientras se mantienen vigentes leyes y prácticas de un Gobierno Rajoy que es historia pero que le ocurre como a las estrellas: su resplandor sigue viajando por el espacio después de haberse extinguido.

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The Balconing Connection

Pablo Casado se ha hecho con las riendas del PP español sin necesidad de ningún Miguelín que allanara el camino de compromisarios y con la convicción de que una cosa es lo que voten los militantes y otra el resultado final. Gran legado el dejado por Mariano Rajoy a su propias huestes. Él, que ya había asistido espantado a los resultados de estas primarias en dos tiempos en taifas regionales como la de Cantabria, que no gana para sustos después de apostar por el caballo perdedor, se fue a Santa Pola dejando esta bomba de relojería en marcha. Tictac.

El resultado es Pablo Casado, que ha pasado de tener que buscar en los cajones de casa o de la Juan Carlos I, que tanto da, las pruebas para acreditar sus títulos académicos a prometer un país conectado con los balcones.

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Fred

Manuel Bustamante ha muerto y ahora ya sabe más cosas que nosotros, que todavía estamos vivos. Va por delante, lo que en cierto modo concuerda con la profesión a la que dedicó su vida: el periodismo.

Aunque todos le conocían como Manuel Bustamante, a mí me dijo que de joven se le conocía como Fred. Y eso me gustaba. Porque a uno le dan un nombre al nacer sin preguntar y ponerse otro tiene algo de rebeldía. Así que Manolo era Fred y hasta una vez, por si no lo creía, me enseñó una de esas fotos de estudio al estilo de Gyenes en la que aparecía Fred bajo una cascada de claroscuros y tan maqueado como un galán de cine.

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La falta de respeto

Hay personas que se ufanan de infundir miedo aunque se engañen creyendo que infunden respeto, pero, a diferencia de aquel, el respeto se gana mientras que el miedo se impone. Esto lo vi muy claro cuando yo iba al colegio. Eran tiempos en donde la escuela se daba todavía en blanco y negro y entre la variada colección de curiosidades zoológicas que impartía clase había una doblemente curiosa. Le llamábamos don Cheche de manera nada afectuosa. Don Cheche se paseaba muy ufano por lo que él creía que era el respeto que nos merecía. La verdad es que lo detestábamos hasta decir basta por ser rencoroso, miserable y cruel. Otro sociópata en una institución de poder, como luego descubriría. Pero era de esos mostrencos que hasta después de muertos infunden pavor. Y aquí lo dejo, que contar historias escolares o de la mili sin que nadie las pida debiera estar penado por la ley.

Decía que el respeto es una virtud, algo digno de encomio. En eso estamos todos de acuerdo. Pero el miedo es más fácil de imponer y aprovecha más que el respeto, el cual casi siempre está en desventaja pues llega al final de una larga vida de privaciones y apaleamientos. En la relación coste/beneficio, el miedo no tiene rival: es, de lejos, el más productivo (y si se practica en España queda impune y hasta te entierran con todos los honores). El problema de este país es que siempre ha confundido el respeto con el miedo, tal vez porque sea bastante bruto y en consecuencia respete la brutalidad.

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Canibalismo inverso

El Dicrocoelium dendriticum es uno de los parásitos más despiadados que existen. Para viajar de huésped en huésped, de inquilino en inquilino, es capaz de alterar la mente de su portador y llevarle a provocar el suicidio con el fin de que sea devorado y así pasar a otro organismo. Esta manera de control mental se da en las hormigas, en los ratones y, parece ser, que en el hombre, quien en los primeros estadios de la evolución era poco menos que un buen bocado para los grandes felinos que poblaban el planeta.

Científicos de la Universidad Ben Gurión acaban de publicar en la revista Frontiers in Psychology un artículo en el que narran ejemplos de manipulación mental en el reino animal, cuya realidad no tiene nada que ver con la de Disney. Es especialmente truculento lo que el Dicrocoelium hace con la hormiga. Antes de llegar a ella ha iniciado su periplo en el hígado de un animal, pongamos una oveja, en donde deposita a su progenie. A través de las heces del huésped, el parásito viaja al exterior, en donde se encuentra con un caracol en busca de alimentos. La mucosidad del caracol atrae a las hormigas a su vez por lo que el huevo del parásito es incorporado a su organismo. A partir de ese momento, el parásito tiene que convencer de algún modo a la hormiga de que se deje comer (como tema de conversación entre humanos no es muy recomendable a la hora del té) y así aquel pasar a otro organismo en cuyo hígado poder reiniciar el proceso.

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La mejor profesión del mundo

La mejor profesión del mundo es la de árbitro de fútbol... porque te pagan por ir al VAR en horario de trabajo.

De acuerdo, el chiste es discutible pero hay una cosa segura: gane quien gane, este Mundial de Fútbol será recordado por este invento que permite revisitar el pasado para tomar decisiones sobre el presente y casi, casi, leer el futuro. No sé quien inventó la aplicación, pero de que leía a Philip K. Dick no me cabe duda.

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