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Javier Fernández Rubio

Nacido en Santander, en 1966, ha dedicado 26 años al ejercicio del periodismo en Cantabria, veneno que todavía tiene dentro, y lleva camino de cumplir siete como responsable de El Desvelo Ediciones. Sabe un poco de muchas cosas y bastante de casi ninguna. Conoce a mucha gente, pero no practica dinámicas de grupo. De vez en cuando escribe algún poema y hojea libros de diseño para entretener la espera de las buenas noticias. Quien le aprecia, le considera un atrevido; quien no, un impostor.

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Fred

Manuel Bustamante ha muerto y ahora ya sabe más cosas que nosotros, que todavía estamos vivos. Va por delante, lo que en cierto modo concuerda con la profesión a la que dedicó su vida: el periodismo.

Aunque todos le conocían como Manuel Bustamante, a mí me dijo que de joven se le conocía como Fred. Y eso me gustaba. Porque a uno le dan un nombre al nacer sin preguntar y ponerse otro tiene algo de rebeldía. Así que Manolo era Fred y hasta una vez, por si no lo creía, me enseñó una de esas fotos de estudio al estilo de Gyenes en la que aparecía Fred bajo una cascada de claroscuros y tan maqueado como un galán de cine.

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La falta de respeto

Hay personas que se ufanan de infundir miedo aunque se engañen creyendo que infunden respeto, pero, a diferencia de aquel, el respeto se gana mientras que el miedo se impone. Esto lo vi muy claro cuando yo iba al colegio. Eran tiempos en donde la escuela se daba todavía en blanco y negro y entre la variada colección de curiosidades zoológicas que impartía clase había una doblemente curiosa. Le llamábamos don Cheche de manera nada afectuosa. Don Cheche se paseaba muy ufano por lo que él creía que era el respeto que nos merecía. La verdad es que lo detestábamos hasta decir basta por ser rencoroso, miserable y cruel. Otro sociópata en una institución de poder, como luego descubriría. Pero era de esos mostrencos que hasta después de muertos infunden pavor. Y aquí lo dejo, que contar historias escolares o de la mili sin que nadie las pida debiera estar penado por la ley.

Decía que el respeto es una virtud, algo digno de encomio. En eso estamos todos de acuerdo. Pero el miedo es más fácil de imponer y aprovecha más que el respeto, el cual casi siempre está en desventaja pues llega al final de una larga vida de privaciones y apaleamientos. En la relación coste/beneficio, el miedo no tiene rival: es, de lejos, el más productivo (y si se practica en España queda impune y hasta te entierran con todos los honores). El problema de este país es que siempre ha confundido el respeto con el miedo, tal vez porque sea bastante bruto y en consecuencia respete la brutalidad.

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Canibalismo inverso

El Dicrocoelium dendriticum es uno de los parásitos más despiadados que existen. Para viajar de huésped en huésped, de inquilino en inquilino, es capaz de alterar la mente de su portador y llevarle a provocar el suicidio con el fin de que sea devorado y así pasar a otro organismo. Esta manera de control mental se da en las hormigas, en los ratones y, parece ser, que en el hombre, quien en los primeros estadios de la evolución era poco menos que un buen bocado para los grandes felinos que poblaban el planeta.

Científicos de la Universidad Ben Gurión acaban de publicar en la revista Frontiers in Psychology un artículo en el que narran ejemplos de manipulación mental en el reino animal, cuya realidad no tiene nada que ver con la de Disney. Es especialmente truculento lo que el Dicrocoelium hace con la hormiga. Antes de llegar a ella ha iniciado su periplo en el hígado de un animal, pongamos una oveja, en donde deposita a su progenie. A través de las heces del huésped, el parásito viaja al exterior, en donde se encuentra con un caracol en busca de alimentos. La mucosidad del caracol atrae a las hormigas a su vez por lo que el huevo del parásito es incorporado a su organismo. A partir de ese momento, el parásito tiene que convencer de algún modo a la hormiga de que se deje comer (como tema de conversación entre humanos no es muy recomendable a la hora del té) y así aquel pasar a otro organismo en cuyo hígado poder reiniciar el proceso.

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La mejor profesión del mundo

La mejor profesión del mundo es la de árbitro de fútbol... porque te pagan por ir al VAR en horario de trabajo.

De acuerdo, el chiste es discutible pero hay una cosa segura: gane quien gane, este Mundial de Fútbol será recordado por este invento que permite revisitar el pasado para tomar decisiones sobre el presente y casi, casi, leer el futuro. No sé quien inventó la aplicación, pero de que leía a Philip K. Dick no me cabe duda.

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La Carrera al Mar

La llamaron la Carrera al Mar y fue realmente una carrera en la que participaron centenares de miles de hombres. Ocurrió en 1914 y la carrera no fue nada deportiva. Aquel fue un año de guerra. Fue un año importante para la historia de los conflictos bélicos porque la Primera Guerra Mundial empezó como una guerra napoleónica y acabó como una guerra mecanizada e industrial. 1914 fue un año importante porque nada, y no solo la cuestión bélica, fue igual después que antes.

La primera batalla entre franceses y alemanes se saldó con un campo de amapolas azul. 60.000 franceses acabaron tendidos con sus preciosas casacas azul celeste, sus chacós acharolados y sus guantes blancos. Habían comparecido en el campo de batalla como para un desfile sin ser conscientes de lo que una ametralladora puede hacer antes de quedar inservible por el sobrecalentamiento.

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Voto y responsabilidad

El voto secreto tiene sus ventajas pero también un inconveniente: no se puede responsabilizar a nadie en concreto de los desaguisados. Por ejemplo un Gobierno, el cual no surge por generación espontánea, sino que es producto de pactos y del voto de millones, miles o cientos de personas. Pero cuando llega el momento de pagar la factura por los platos rotos, quien paga es el conjunto de la sociedad y no solo aquellos que lo auparon con entusiasmo agitando banderitas. En mis delirios seudodemocráticos se le pone nombres y apellidos a la masa y luego se le pasa la factura de forma alícuota y sin privilegio alguno.

Si los votantes se responsabilizaran de sus líderes otro gallo cantaría. Pero la responsabilidad se convierte en irresponsabilidad cuando estamos ante una masa. Cuando llega la factura, resulta que nadie votó a nadie y todos miran hacia atrás, como en el cine, sabiendo que el de la última fila no tiene escapatoria. Y cuando vuelve a presentarse el saqueador, cuya condición es pública y notoria independientemente del parecer de la Justicia, que ni está ni se la espera, el susodicho vuelve a ser votado masivamente.

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Starman

En España es más fácil ser astronauta que viajar en el Metro de Madrid.

Hace unas semanas al astronauta Pedro Duque se le fundieron los plomos cuando quiso llegar al Aeropuerto de Barajas. No entendía cómo, habiendo saldo suficiente en su tarjeta, debía realizar un nuevo recargo para pagar el suplemento. Ahora que el 'starman' es ministro de Ciencia tendrá una oportunidad magnífica para entender por qué el Metro de Madrid es un sacaperras de principio a fin o, ya de paso, por qué es más difícil llegar a Monte en MetroTus que a la constelación de Orión en un cohete con propulsión a plasma.

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Sobre un barril de pólvora

A la hora de escribir estas líneas Mariano Rajoy es presidente y cuando se lean puede seguir siéndolo o no. La tormenta perfecta que se está fraguando para descabalgar a un especialista en seguir pegado a la grupa con uñas, dientes o lo que sea menester puede finalmente prosperar y poner fin a un gobierno cuyo mayor hito en el progreso social ha sido desgravar los premios de lotería. O no. Depende de Ciudadanos, que cada media hora tiene una opinión, y de los nacionalistas, que como buenos 'marxistas' (facción grouchista) tienen convicciones intercambiables según el postor.

No es la primera vez, sin embargo, que se da por amortizado a Mariano Rajoy y que, como el fantasma del padre de Hamlet, sigue apareciendo sobre las almenas del castillo de Elsinor cada noche. Es un superviviente que conoce la fontanería del Estado como nadie. Pero si finalmente cae, es probable que arrastre consigo a todo el partido.

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El chalet

¿Puede el presidente de Renault comprarse un Seat? Por supuesto que sí. ¿Puede el CEO de Seat comprarse un Renault? Nada ni nadie se lo impide. ¿Pueden consultar ambos a los consejos de administración de sus respectivos grupos si respaldan que aparquen todas las mañanas en el reservado el vehículo privado de otra firma? Sin problema. En caso de duda, y para que nadie cuestione su sensibilidad, ¿pueden realizar una consulta entre los trabajadores de sus factorías al respecto? Claro.

Entonces, ¿por qué no lo hacen si les apetece?

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El Ku Klux Cat

Puede que la política esté sobrevalorada, pero tampoco ha de minusvalorarse. Ya pocos creen que la política sea el mejor medio de asegurar la felicidad del ciudadano (y el político que lo prometa automáticamente es merecedor de desconfianza), y nos conformamos con que defienda los derechos maltrechos que quedan. Ni tan mal. La política hoy en día ha de encerrarse en el área y ponerse como el autobús de Maguregui delante de la portería. La erosión continua, con zarpazos incluidos. La precarización del sistema de protección social, el ataque a las libertades y derechos, la desregulación laboral y el saqueo de lo público obligan a un estrategia defensiva. Los sinvergüenzas no cesan de tirar a puerta. Ya no se trata tanto de ganar el partido como de no perder por goleada. Es lo que hay.

Quim Torra es el nuevo presidente de Cataluña y supone un nuevo paso en la estrategia de enmarañar más el conflicto territorial español sin otra pretensión que mantener la presión de la caldera y buscar unos nuevos comicios paralelos a los procesos judiciales en ciernes de los dirigentes del independentismo. Es burdo, pero efectivo, y el Gobierno central se lo pondrá fácil, estoy seguro.

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