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Javier Fernández Rubio

Nacido en Santander, en 1966, ha dedicado 26 años al ejercicio del periodismo en Cantabria, veneno que todavía tiene dentro, y lleva camino de cumplir siete como responsable de El Desvelo Ediciones. Sabe un poco de muchas cosas y bastante de casi ninguna. Conoce a mucha gente, pero no practica dinámicas de grupo. De vez en cuando escribe algún poema y hojea libros de diseño para entretener la espera de las buenas noticias. Quien le aprecia, le considera un atrevido; quien no, un impostor.

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Cambiar los muebles de sitio

Un día, el fotógrafo de un periódico recibió el encargo de hacer unas fotos a una monja para un reportaje. Llegado al lugar en donde vivía recluida, fue dirigido a una estancia donde esperarla. Como la monja se retrasaba, el fotógrafo cambió una mesita de sitio. Quedaba mejor para la foto. Unos minutos después, la monja seguía sin aparecer y lo que cambió de sitio fue una butaquita. Un cuarto de hora después, el tresillo, un aparador con estampitas y dos cuadros mudaron de lugar. Ya puestos en faena, y visto que la monja no aparecía, no quedó nada de la habitación en su sitio. Cuando la monja abrió la puerta, se encontró a un joven sin resuello y un cambio total de decorado. La monja quedó en suspenso unos segundos y finalmente, con la mano aún en el pomo de la puerta, dijo:

-Usted disculpe, me he equivocado.

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El hijo del cristalero

El hijo del cristalero es una parábola del genial Frederic Bastiat, quien escribió sobre la falacia del coste de oportunidad y los presuntos beneficios que para la comunidad implica la destrucción. Pero el hijo del cristalero no es solo una parábola, la del chaval que recorre la ciudad de noche rompiendo cristales para acrecentar el negocio del padre; sino una realidad que se ve por doquier, sobre todo estos días cuando tantos otros 'hijos de' deambulan por el monte calcinando los bosques, con un simple mechero y la gasolina que proporcionan las subvenciones. 

Ocurre sobre todo en marzo y octubre, cuando a la sequedad propia de la estación se une el viento, ocurrió hace unos días y volverá a ocurrir. Los bosques llevan miles de años quemándose y seguirán quemándose otros miles ante el consentimiento tácito de los que rodean al incendiario. Por más que todo el mundo sepa quién quema el bosque (lo saben los vecinos, lo saben los alcaldes, lo saben las fuerzas de seguridad) el rescoldo humeante solo recibe una diatriba encendida de palabras altisonantes y nulos resultados.

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El odio te sienta tan bien

Del mismo modo que el fútbol es el tema de conversación de los que no tienen tema de conversación y la climatología es el ruido sonoro con el que se entabla un simulacro de diálogo cuando no apetece hablar, la patria es el discurso político de los que no tienen discurso.

La patria es como la madre, una madre colectiva, y mentar a la madre cierra todos los debates. La patria exige adhesiones inquebrantables pues no acepta rechazos ni críticas, ni siquiera indiferencia, como la madre de cada cual, que es venerada por sus vástagos pero que no tiene por qué levantar pasiones en los demás, aunque todos por educación se cuiden de no sugerirlo.

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Ponerle puertas a internet

No hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera una guerra del taxi como la que se vive estos días en las grandes ciudades españolas. Ya en los albores del siglo XX, el mundo del taxi o, mejor dicho, de los coches de punto, vivió su primer conflicto. Ya nadie se acuerda, pero en aquellos momentos, en todo el mundo, el motor de explosión liquidó el aprovechamiento que del 'motor de sangre' de los equinos y otros cuadrúpedos se hacía en múltiples escenarios, desde la mina hasta las calles de una ciudad. Los excedentes bélicos de la I Guerra Mundial dieron la puntilla a la presencia de caballos de tiro en el transporte y miles de equinos tuvieron por único destino el matadero. Y fue un cambio traumático. Los taxis, ahora, que tan airadamente intentan frenar la implantación por empresas cuya base es internet son los mismos que destruyeron el coche de punto, de línea, y tantas otras variantes.

La misma oposición que ahora los taxistas tienen con la introducción de servicios derivados del nuevo paradigma tecnológico fue con la que se recibió a los taxis a motor. Pero ni se le puede poner puertas al campo ni frenar la evolución tecnológica ni decirle al ciudadano dónde tiene que subirse y de qué forma. Del mismo modo que entonces se hizo lo posible para que el taxi a motor no circulara, nada podrá impedir, aunque sí demorar, que servicios que se apoyan en las nuevas tecnologías sean de dominio público en los desplazamientos públicos, valga la redundancia. Es cuestión de tiempo.

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Ha llegado la Política-Experiencia

Este año que acaba de nacer se ha estrenado con dos hechos históricos, bien para el conjunto de la humanidad, bien para el conjunto de los humanoides llamados España.

El primero se produjo en la Luna. El pasado 3 de enero alunizó en la cara oculta la sonda china Chang'e 4, la cual portaba un cilindro en el cual una semilla de algodón ha brotado. Es la primera vez que un cultivo se desarrolla en una bola extraterrestre. Es cierto que previamente, en la Estación Espacial, un astronauta había cultivado una lechuga (y se la había comido), pero nunca antes se había producido este fenómeno en una masa espacial como la Luna, con la sexta parte de la gravedad terrestre y en donde las temperaturas extremas oscilan entre los 100 grados por encima de cero y los 100 grados por debajo de cero.

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¿Quién tiene el balón en Podemos?

A principios de noviembre, en la ciudad china de Chongqing, un autobús cargado de viajeros giró bruscamente al cruzar un puente sobre el río Yangtsé, rompió las barreras de contención y se precipitó sobre el agua. En apariencia, y así lo atestiguan las cámaras de televisión del puente, nada interfirió la trayectoria del autobús, cuyo viraje repentino fue sorpresivo. El resultado fueron 15 muertos.

Sin embargo, una cámara en el interior del autobús mostró lo que había ocurrido. Una pasajera, contrariada porque el conductor había pasado de su parada, al parecer, comenzó a discutir con éste y no solo discutió sino que comenzó a agredirlo. Puede apreciarse en las imágenes cómo el conductor abandona el control del vehículo y se enzarza a golpes con la pasajera. ¿Quién conducía el autobús en ese intervalo de segundos? Nadie. Pero el autobús seguía circulando y conductor, pasajera y los estupefactos testigos en el interior del vehículo iniciaron un corto trayecto hacia el Más Allá, su inminente e imprevista nueva parada que no estaba incluida en el precio del ticket. Fundido en negro.

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La jaula

El Puerto ha levantado una jaula al lado del sanctasanctórum del Centro Botín y uno no sabe muy bien para qué. Si, como con los leones del zoo, para que no se coman al público o para que el público no abolle a los leones con latas de cerveza, zapatillas y otras gentilezas con que el respetable gratifica cuando se siente impune. Así que tenemos una valla de cuatro metros de altura para que los extranjeros pobres no se suban al ferry sin ticket ni pasaporte o más bien para que otros extranjeros, estos ricos y a los que el pasaporte les trae al pairo, que viajan por mar con las luces apagadas para llenar la panza del barco de bombas-láser, no entren en la beatífica Santander y apliquen sus códigos medievales.

Curioso sitio el Puerto. Le ocurre como a todos lo entes e instituciones públicas que se configuran como un pequeño Estado dentro del Estado. Son como esos agujeros negros que ejercen un potente influjo a su alrededor sin que nadie sepa a ciencia a cierta qué pasa dentro. Del Puerto sabemos, sin embargo, varias cosas: que ya no sabe dónde apilar tanto coche, que busca gestores culturales para ejercer de periodistas como buscaría a licenciados en Teología para hacer de gruístas, que vive demediado entre los puertos de Bilbao y Gijón, socios y rivales la vez, y que la ética, ese incordio que alguien inventó para torturar a los bachilleres, hace que sus directivos deambulen hamletianamente por sus almenas.

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Visita al chamán

Mandy, un transportista alemán que conducía un tráiler de 17 metros, configuró su asistente GPS para que le condujera a Hamburgo. Bastantes horas después se encontró encajonado y sin posibilidad de maniobrar cerca del faro que hay en Punta Candieira, en Cedeira, La Coruña. Me imagino que al conductor le pasó igual que a mí. Tiene una confianza absoluta en esa voz femenina de la guía virtual que le va indicando el camino y que cuando termina dice cosas que a uno le hacen dar un respingo en el asiento como 'Su destino está a la izquierda'. Y por más que uno mire a la izquierda, no se encuentra con la terminal de contenedores del puerto de Hamburgo, sino con un faro gallego. O en mitad de un puente o en el agua de un lago, como les ha pasado a otros a los que los algoritmos les han llevado a su pesar a darse un chapuzón.

Puede que el destino 'esté a su izquierda' pero la geografía política del país lleva a la derecha o, para más exactos, a un territorio fuera del mapa que linda con la Tierra Media o con el pasado. El coche autónomo que Google prepara es realmente la máquina del tiempo de H. G. Wells. Sin moverse del tiempo, el usuario puede situarse en todo tiempo y lugar, en el Franquismo y el siglo XXI a la vez, por ejemplo, que es un viaje corto en el espacio pero cognitivamente sideral.

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Por si acaso

Visitar un cementerio es una de las situaciones más surrealistas que puedan darse. Visitar en el sentido de dar homenaje a los que ya no están. Y es surrealista porque ya no queda nada, más que los restos de la vanidad de prohombres y grandes fortunas, que, como cáscaras erguidas, rinden el último spot publicitario de un producto inexistente. Pero tal vez del mismo modo en que uno vive pensando en la gloria futura, como un Aquiles con castellanos, tal vez uno haya de rendir visita los que ya no están por si acaso. Visita por si resulta que están, por si escuchan y se alegran del sahumerio y del despliegue floral. Tal vez porque los muertos reciban visita como los marquesitos, una vez por semana o por mes o por año, los días señalados, por la puerta de servicio si hay viento sur. Por si acaso, vamos.

Por si acaso también se acude a misa y se comulga, aunque a la salida se conculquen todos y cada uno de los mandamientos. Que no hay nada más placentero que dar por el saco con todas las bendiciones del santoral. Y aunque no tenga código de barras, ni advertencia de las autoridades sanitarias, la hostia va al coleto. Por si acaso. Y por si acaso también la extremaunción, no sea que todo sea cierto y se nos dé pasaporte sin la última contraseña que todo lo valida.

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La agenda oculta

John Carpenter, uno de los malditos reverenciados de la historia del cine, tiene una película apenas recordada, un poco más vista, que se puede considerar el precedente de Matrix. Se titula 'They Live' y cuenta la historia de un hombre y unas gafas de sol que permiten ver la realidad 'real' que se esconde debajo de la realidad 'evidente'. Es una película de terror que, años después de su estreno, despierta la hilaridad de un adolescente. Vista ahora es un poco naif, es cierto, pero tiene precisamente ese encanto de décadas pasadas y una vigencia política asombrosa, cosa que demuestra que esto de la preocupación por ser manipulados, más allá de los casos clínicos de paranoia, preocupa de antiguo a la especie.

Una de las maneras más antiguas de manipular consiste en seleccionar lo que se transmite o, mejor dicho, como se decía antaño: centrar el debate. ¿De qué hablamos? ¿De qué no hablamos? Controlando la agenda (porque la agenda no se establece sola, ni baja esculpida en piedra del monte Sinaí), no hace falta mentir, pero sí, como toma de decisión que es implica una manipulación y por lo tanto un engaño. De hecho la manipulación es previa a la escritura y la emisión de imágenes. Se elige qué mostrar y, en consecuencia, se elige qué ocultar. Se manipula arrinconando.

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