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La debacle de Trump en las 'midterms' evidencia el desgaste de las guerras culturales impulsadas por la ultraderecha

El presidente de EEUU, Donald Trump, llega para pronunciar un discurso en la Casa Blanca el 1 de abril de 2026 en Washington, DC.

Andrés Gil

Corresponsal en Washington —
6 de noviembre de 2026 22:22 h

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Guerras culturales. Donald Trump llegó a la Casa Blanca abanderando cada día la lucha contra el wokismo. Y ha seguido haciéndolo todo este tiempo. Uno de sus ejes políticos ha tenido que ver con desmontar todas las políticas de igualdad y diversidad (DEI, Diversity, Equity, and Inclusion), hasta el punto de enmarcar el cambio de nombre del Departamento de Defensa por Departamento de Guerra en esa guerra cultural contra lo woke.

“Ya no somos el Departamento Woke ni el Departamento Débil [weak]. Traducción sencilla de eso: Nada de gordos. Nada de trans. Nada de barbudos. Nada de bichos raros. Nada de cobardes. Nada de radicales. Solo guerreros. Solo tropas duras, preparadas y comprometidas”, dijo Pete Hegseth, secretario del Departamento de Guerra, a finales de septiembre: “Los payasos ideológicos están fuera. Los vaqueros patriotas están dentro, y con pruebas de testosterona, además. La diversidad no es nuestra fuerza, la unidad es nuestra fuerza”.

En el otro lado, el demócrata, también se ha visto una priorización de los ejes relacionados con la economía y los costes de la vida (affordability) frente a otros asuntos relacionados con derechos civiles vinculados a las batallas culturales que hace unos años estaban más presentes en la agenda política.

“Los nueve candidatos al Senado que han cambiado (o se prevé que cambien) el color político de sus escaños se han centrado sin descanso en aliviar la presión económica de los votantes, frenar la corrupción, poner freno a los centros de datos de IA y apoyar a los trabajadores, los agricultores, los veteranos y las pequeñas empresas. Con la excepción de Troy Jackson [Maine] y [Annie] Andrews [Carolina del Sur], resultaría muy difícil encontrar más que una breve mención a cualquier tema relacionado con la guerra cultural en cualquier página web de campaña. Lo mismo ocurre con los cinco demócratas que han conseguido ganar el gobierno de los estados. [Lina] Hinojosa, gobernadora electa de Texas, declaró al New York Times: 'No me interesa librar guerras culturales. Solo hay una lucha [contra los gigantes tecnológicos], y estamos tan enzarzados en pelearnos entre nosotros… por nuestras diferencias en cuestiones sociales… que no voy a seguir perpetuando eso”.

Hegseth no ha hecho más que seguir la agenda ultra marcada por su jefe. El presidente de EEUU, Donald Trump, decía en marzo de 2025 en el Congreso de EEUU: “Acabamos con la tiranía de las llamadas políticas de diversidad, equidad e inclusión en todo el Gobierno federal y, de hecho, también en el sector privado y en nuestras Fuerzas Armadas. ¡Nuestro país YA NO SERÁ WOKE!”.

Las guerras culturales no sólo centran en combatir la diversidad, el feminismo y los derechos civiles, también tienen que ver con el negacionismo climático, los organismos multilaterales y la llamada en EEUU Critical Race Theory (CRT), lo que le ha llevado a una campaña de acoso y derribo, por ejemplo, contra el Museo de Historia Afroamericana de Washington DC, que denuncia el esclavismo, el racismo y la segregación a lo largo de los siglos en EEUU.

“El esfuerzo generalizado por reescribir la historia agrava las divisiones sociales y fomenta un sentimiento de vergüenza nacional, omitiendo los avances que ha logrado Estados Unidos y de los ideales que siguen inspirando a millones de personas en todo el mundo”, decía Trump en un decreto firmado en marzo de 2025 en el que mencionaba expresamente el museo afroamericano de la Smithsonian Institution.

Este discurso de Trump, referente mundial de la Internacional Reaccionaria, ha tenido eco fuera de las fronteras estadounidenses, entre líderes como el presidente argentino, Javier Milei, y dirigentes de las derechas europeas como el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán; el partido ultra (PiS) que apoya al presidente polaco aliado de Trump, Karol Nawrocki; y, en España, Vox y dirigentes del PP español como Cayetana Álvarez de Toledo e Isabel Díaz Ayuso, entre otras.

“El cambio climático es considerado la mayor estafa jamás perpetrada contra el mundo”, dijo Trump en Naciones Unidas en septiembre de 2025, pocas semanas antes de la DANA en España y dos meses después de una riada en Texas que mató a 25 escolares. El pasado septiembre redobló la apuesta, esta vez colando la IA: “Los mismos que dijeron que íbamos a morir por el cambio climático son los mismos que dicen que vamos a morir por la inteligencia artificial”.

Joseph C. Sternberg, columnista económico del neoliberal Wall Street Journal, escribía esta semana: “Cabe sospechar que estas elecciones marcan el principio del fin de varias guerras culturales importantes que beneficiaron a los republicanos. [...] Por primera vez en décadas, el aborto no tuvo una gran presencia en este ciclo electoral”. Y añadía: “El anuncio de campaña más impactante de 2024 fue 'Kamala está a favor de ellos/ellas; el presidente Trump está favor de ti'. Dos años después, Texas, antes un estado profundamente conservador que prohíbe las cirugías de reasignación de género en menores, acaba de elegir como senador a un hombre que en su día afirmó que hay seis sexos y que Dios es 'no binario'. A medida que se acercaban las elecciones, los republicanos esperaban que su coalición de la 'guerra cultural' les impulsara hasta la meta, de ahí su obsesión con Talarico, Abdul El-Sayed y otros”.

De hecho, uno de los temas principales de estas elecciones en el país fue que los ataques republicanos, centrados en el miedo, la guerra cultural y la intimidación –en el caso de Talarico, su masculinidad fue objeto de ataques implacables– no parecieron servir de nada.

El análisis de Sternberg concluye: “Al quedar descartado el aborto como tema motivador y al empezar a perder importancia el sexo y el género, nada pudo salvar a los republicanos de su propia falta de mensaje económico. Los temas culturales van y vienen, pero la economía es para siempre. Los republicanos tienen dos años para construir una coalición viable en torno a una agenda económica”.

El gobernador saliente de Florida, Ron DeSantis, calificó los resultados de las elecciones de mitad de legislatura como “un evento de nivel de extinción para los republicanos” y comparó el triunfo demócrata con “el impacto de un meteorito que se sintió por todo Estados Unidos: estados azules, estados rojos y todo lo que hay en medio”.

Además, criticó los cientos de millones de dólares gastados en anuncios centrados en cuestiones transgénero: “Ese no era el tema que motivaba a los votantes, y fue más bien un intento de asustar a los republicanos para que votaran”.

A finales de octubre, se habían gastado más de 180 millones de dólares en anuncios que se centraban en ataques relacionados con las personas transgénero contra los demócratas, según AP, lo que recuerda a los anuncios “Kamala está a favor de elle/elles, Trump está a favor de ti” que inundaron las ondas en las elecciones presidenciales de 2024. Pero entonces sí tuvieron éxito para la campaña del ahora presidente de EEUU.

DeSantis señala: “Hace cuatro años, estábamos en el apogeo de la era woke en su apogeo. Pero ahora los temas son diferentes. Parecía que los republicanos realmente estaban librando las batallas de otra época”.

“Una amplia coalición de estadounidenses, entre los que se incluyen republicanos, independientes y personas que nunca antes habían votado, decidió elegir el Congreso más diverso y antisistema de la historia”, escribe la analista Ankita Rao en The Guardian: “La gente se vio reflejada en los candidatos, algunos de los cuales fueron rechazados en un primer momento por los líderes de sus partidos. En Maine, Troy Jackson, que se presentó a las elecciones en el último momento tras el espectacular colapso de la campaña de Graham Platner, cuenta con auténticas credenciales de clase trabajadora. El-Sayed es un hijo de Míchigan, que representa a comunidades que llevan mucho tiempo residiendo en el estado, pero que nunca han estado representadas en el Senado. Annie Andrews, en Carolina del Sur, surgió de un auténtico esfuerzo de base para elegir a candidatos a favor de la ciencia en un momento en el que los niños están muriendo de sarampión”.

Rao añade: “Junto con ello se produjo un rechazo aparte de la retórica racista, xenófoba, transfóbica y de otro tipo que se ha intensificado en los últimos años. Bo French, el político de Texas que había publicado una diatriba racista sobre los estudiantes del sur de Asia en un partido de fútbol americano, perdió las elecciones, junto con Vivek Ramaswamy y su abominable anuncio; Ken Paxton con sus anuncios transfóbicos generados por IA; y Mike Collins y sus múltiples vínculos con neonazis. En un momento en el que la propia Administración Trump difunde tópicos racistas en su cuenta de X y en sus mítines, hubo lágrimas de alivio y una cautelosa esperanza de una era de decencia”.

Y concluye señalando que estas elecciones han logrado “lo que hasta hace poco parecía imposible: convertir Texas en un estado demócrata, descartar a los candidatos elegidos a dedo por Trump y rechazar abiertamente la intolerancia”.

En este contexto, la debacle sufrida por el trumpismo en las midterms no sólo marca el principio del fin de la era de Trump, sino que evidencia el desgaste de las guerras culturales impulsadas por la ultraderecha como catalizador electoral.

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