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RUIDO Y SILENCIO

Este corazón que sangra

William Burroughs y Kurt Cobain

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Me gustan las ciudades que invitan al fracaso. Sobre todo si se trata de un fracaso prestigioso como el que envuelve a Humphrey Bogart en Casablanca, o como el que arrastró Paul Bowles en Tánger, la ciudad humeante que tantas veces pisé buscando indicios; señales y huellas de todos aquellos que un día llegaron buscando el aguijón carnal. Aparte de Bowles estaban Joe Orton, Truman Capote, Tennessee Williams y, cómo no, William Burroughs. De este último toca hablar ahora, pues acabo de leer un libro apasionante que nos cuenta sus andanzas por la ciudad maldita, cuando Tánger era refugio y correría, riesgo y compromiso, cura y veneno. Se titula Este corazón que sangra (Alianza) y viene firmado por Servando Rocha.  

Entre sus páginas nos encontramos con Burroughs perdido de amor por un joven de la calle, un tal Kiki, cuyo romance marcará para siempre al hombre invisible. Otra cicatriz más en su memoria de arcilla; otra cicatriz cruzada con esa otra que a veces se abre y a la que Burroughs se asoma igual que al abismo. Suele ocurrir después de fijarse un pinchazo, mientras el veneno recorre el macarrón de sus venas y aparece la imagen: la copa sobre la cabeza de su mujer, Joan Vollmer, con la que jugaba a Guillermo Tell y el disparo inexacto que acabó con su vida. En Tánger la cicatriz quiere cerrarse, pero otra herida terminará abriéndola: Kiki desaparece de la ciudad y se convierte en un fantasma.  

Servando Rocha nos va contando la historia, arrastrándonos por los laberintos tangerinos como si fuera una investigación policial, una novela de detectives envuelta en el misterio de un hombre marcado por la fatalidad; un hombre invisible que mata a su mujer, primero, por un error de mala puntería, y que luego pierde a su amante, poco después, en un carnaval de sangre frente al paisaje rural de la España posguérrica. Porque, según nos descubre Servando Rocha, Kiki muere asesinado en Los Molinos, un pequeño pueblo a las afueras de Madrid cuyas fiestas patronales se celebran a mediados de septiembre, coincidiendo con el día del Cristo de la Buena Muerte. 

Estamos a 14 de septiembre de 1957 y Kiki ha llegado hasta el citado pueblo con una orquesta latina de las de entonces, un combo liderado por un pianista cubano que responde al nombre de Abdías de la Caridad; muy significativo, por cierto. Kiki se encarga de las percusiones y también de llevar y traer los cafés a las chicas. Su magnetismo racial provoca los celos del pianista cubano, pues Kiki se convierte en el juguetito de las coristas.  

Estando en la habitación de la pensión con una de ellas, una tal Manuela Otero, la puerta se abre y en el marco aparece el tal Abdías. Va armado con un cuchillo de cocina. La orgía de sangre salpica al pueblo de Los Molinos y su vibración llega a Tánger, donde William Burroughs la capta con un nudo en su brazo, a punto para el primer pinchazo después de la cura.  

Lo bueno es que, para llegar hasta aquí, Servando Rocha ha trazado un paseo psicogeográfico, convirtiendo en un campo de juegos la línea que une Tánger con el resto del mundo; escribiendo uno de esos libros que se quedan en nuestro imaginario para siempre, junto al revólver que disparó Burrougshs y el cuchillo que atravesó el corazón de su amante.

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