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La guerra de los mitos: Bollywood responde con ‘Ramayana’ a ‘La Odisea’ de Nolan y a los nacionalismos globales

Otro fotograma de 'Ramayana' (Sony Pictures)

Alberto Corona

6 de noviembre de 2026 22:22 h

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Namit Malhotra es un todopoderoso productor indio, cuya empresa de efectos digitales ha tenido desempeño en Hollywood, que dio unas curiosas declaraciones durante la promoción de su último film. Le preguntaron si, ya que estaba desarrollando esta ambiciosísima adaptación de Ramayana, tendría interés en adaptar más tarde el otro gran poema indio, el Mahabharata, junto a quien a día de hoy sigue siendo el cineasta más taquillero de la historia de India, S.S. Rajamouli. “Lo importante es que ha llegado el momento de que todo el cine indio triunfe”, dijo saliéndose por la tangente.

Rajamouli no está detrás de Ramayana y ni siquiera trabaja en Bollywood —el nodo de la industria india radicado en Mumbai y hablado en hindi— sino en Tollywood, cuyo epicentro es Hyderabad y donde se habla en telugu. Pese a esta separación geográfica Malhotra parece convencido de que sus esfuerzos y los del director de Ramayana Nitesh Tiwari están coordinados con los de Rajamouli, pues es un mismo y común “cine indio” el beneficiado. Y además, con las mismas fuentes. Dejando de lado cómo el Mahabharata viene influyendo la carrera de Rajamouli —por ejemplo en el film que prepara para 2027, Varanasi— resulta que este ya ha adaptado antes el Ramayana.

En la película, además, que a muchos nos descubrió las particularidades de la superproducción india hace cuatro años: RRR. Esta película tuvo en 2022 un éxito aplastante, llegando a ganar un Oscar a Mejor canción original por Naatu Naatu. Y ofreciendo, por lo demás, una serie de claves estéticas que acaso pasaron desapercibidas, sobre todo por cómo Rajamouli habría fabulado sobre la vida de dos revolucionarios indios reales (enfrentados al colonialismo británico a principios del siglo pasado) siguiendo el esquema narrativo de, sí, el Ramayana. Este poema épico, atribuido a Valmiki durante el siglo III a.C., es una piedra troncal de la cultura india y el motor narrativo secreto de RRR. Con sus dos protagonistas transmutados en el rey Rama y Hanuman, el hombre-mono.

Raju (Ram Charan) sería Rama y Komaram Bheem (Jr. NTR), Hanuman. Mientras, Sita (Alia Bhatt) sería la princesa que tratan de rescatar del malvado Ravana (aquí el Imperio británico). Que el triunfo de RRR tuviera esta envergadura siendo una adaptación velada del Ramayana habría motivado directamente, por tanto, el asombroso despliegue de medios de la película que ahora estrenan Malhotra y Tiwari: un hito para el cine indio gracias a su presupuesto (4.000 millones de rupias —unos 38 millones de euros—, la película más cara jamás salida de este país) y a una distribución masiva coincidiendo con las fiestas del Diwali en noviembre (inspiradas, justamente, en la victoria de Rama sobre Ravana).

La distribución se extiende además a nuestro país a través de Sony, toda una major. Algo excepcional —en España suelen encargarse de estos proyectos distribuidoras independientes— que remite a cuando hace 25 años la misma Sony distribuyera Lagaan, érase una vez en India (nominada al Oscar a Mejor película internacional), y blinda el aura de gran evento de Ramayana. Que es, no obstante, una película mucho peor que RRR. Pero por razones muy interesantes.

El Ramayana contra la Odisea

La clave se encuentra en ese texto fundacional. El Ramayana ha sido llevado al cine en múltiples ocasiones previas, ya sea de forma indirecta como hacía RRR o directamente, con las licencias esperables, en el caso de un título de dibujos animados de cierto culto estrenado en los 90 (El príncipe guerrero) o la más reciente Adipurush. Este film de 2023 fue destrozado por la crítica a causa del guion y sus pobres efectos digitales —reproches plenamente extrapolables a Ramayana—, pero lo relevante es que utilizaba las mismas estrategias que el posterior título de Tiwari, aplanando toda la posible complejidad del texto de Valmiki para convertirlo en un espectáculo escapista.

Suscribía, al mismo tiempo, una curiosa tendencia global. Puestos a pensar en el Ramayana como código fuente cultural —un texto que es más que un texto al haber vertebrado religiones y nacionalismos—, cuesta no ver un equivalente en La investidura de los dioses con respecto a otra potencia asiática, China. Esta novela desarrollada durante la dinastía Ming (siglo XVI) ha sido objeto de la misma insistencia por llevarla al cine, finalmente con un éxito que Ramayana sueña con emular. Nos referimos a la película animada Ne Zha y especialmente a su secuela, Ne Zha 2, que en 2025 no se limitó a ser el film más taquillero de la historia de China, sino que logró ser la producción animada con mayor recaudación de todos los tiempos superando a Del revés 2.

A Ne Zha 2 y Ramayana les une un ímpetu similar: el de dos potencias que reclaman poder geopolítico. En el caso de China con un liderazgo consolidado que Ne Zha 2 celebraría, y en el de India de forma más emergente pero igualmente intimidante. El nacionalismo baña ambos films y se cifra en la actualización de referentes sobradamente conocidos por la ciudadanía, ahora reactivados con modelos de producción de inequívoco sabor occidental: “Un ejercicio de autoestima mediante la reproducción de moldes parecidos a aquellas películas que dibujaban un mundo monopolar donde Estados Unidos ejercía de sheriff (o bully) con arrogancia imperial”, escribía Ignasi Franch. 

'RRR' ya adaptaba en su día el Ramayana

“Quienes eran subalternos repiten modelos como si no hubiese otra forma de situarse en el mundo. Como si la queja no fuese que un país se imponía a los demás, sino que no era tu país el que se imponía”. Lo divertido, entonces, llega cuando nos percatamos de que Occidente ya ha “respondido” a esta rebelión en 2026 y a pocos meses de Ramayana, pues justo eso podría ser La Odisea de Christopher Nolan. La Odisea de Homero comparte el carácter embrionario del Ramayana y La investidura de los dioses. Pero a diferencia de estas, su recuperación en el presente no está marcada por el orgullo sino por la contrición y el remordimiento.

La Odisea de Nolan se actualiza a la medida de su época y nos habla de un Occidente cabizbajo, consciente de los abusos cometidos y de haber generado una espiral de violencia global que justo vendrían a engrosar Ne Zha 2 y Ramayana, con su elogio acrítico del guerrero y el apego militante al potencial patriótico de sus fuentes. El caso de Ramayana sería particularmente violento, por emanar de un régimen que ha hecho del racismo y el fundamentalismo religioso su brújula principal.

La verdadera lucha de Rama

En Ramayana la figura del director sería lo de menos. Es decir, no hay que obviar que Tiwari firmó la que sigue siendo la película más taquillera de la historia de India: Dangal, estrenada en 2016. El modo en que recreaba una historia real —de acusado parecido a lo que vimos más tarde en EEUU con El método Williams, cambiando el tenis por la lucha libre de cara a la abusiva educación de un padre a sus hijas deportistas— subrayando con ella un desbocado patriotismo entroncaría con Ramayana… y sin embargo Tiwari solo es un gestor providencial. Es más relevante que la producción de Ramayana haya sido respaldada directamente por el gobierno de Narendra Modi, y que el guion corra a cuenta del productor Namit Malhotra junto a un tal Sridhar Raghavan.

Raghavan es el principal artífice de lo que podríamos considerar el Universo de Marvel indio: una saga de películas de acción que responde al nombre de YRF Spy Universe (el “Universo de Espías” del estudio Yash Raj Films). El YRF Spy Universe, del mismo modo que Ramayana o la obra de S.S. Rajamouli, redunda en un nacionalismo exacerbado capaz de definir blockbusters donde la relectura mitológica se alinee con las enseñanzas de Hollywood. Fue por ejemplo muy ilustrativo el caso de Kalki 2898 en 2024, otra producción que fue en su día la más costosa alumbrada por la industria india. Se trataba de un plagio descarado de marcas occidentales como Dune y Mad Max, pero el truco era que además actualizaba con ello el imaginario mitológico del Mahabarhata. 

Kalki 2898, como Ramayana, es el inicio de una saga. El subtítulo de Ramayana en España es El nacimiento de una leyenda porque en efecto solo adapta una parte del poema —básicamente hasta que Sita es secuestrada; Hanuman ni siquiera aparece y el film se autocondena, durando más de tres horas, a ser de lo más anticlimático—, y porque en efecto esta adaptación del gran relato nacional nace en un entramado industrial donde las fuerzas productivas son inseparables de los dictados del gobierno. El Partido Popular Indio de Modi (reelegido en 2024) promulga una ideología llamada Hindutva, y es la que respaldan de un modo u otro todas las producciones enumeradas.

Ranbir Kapoor interpreta a Rama

El Hindutva respalda el sistema de castas y rechaza una India multicultural, marginando el credo musulmán en pos de un hinduismo excluyente. Es, en fin, una retórica ultraderechista que ha venido hallando una herramienta muy adecuada para extenderse y perpetuarse en el cine de gran espectáculo: tanto aquel que erige a India como gran potencia de la geopolítica actual —caso del YRF Spy Universe— como el que adapta una y otra vez los textos primordiales. El Ramayana, según Modi y sus acólitos, sería el gran legitimador del Hindutva, con Rama como héroe monolítico que representa las virtudes nacionales. La película de Tiwari se limita a suscribirlas.

Ahora bien. El Ramayana ha llegado a la sociedad de muchas formas. Hay versiones indonesias, malayas, tailandesas. Y sobre todo —y como pasa con cualquier texto de tan inabarcable arraigo— se le ha leído de muchas formas. Con Ravana como antihéroe que merece nuestra comprensión, o con Hanuman como representante de las clases populares. Justo este ángulo enfatizaba Monkey Man, una película de acción que Dev Patel dirigió y protagonizó hace un par de años, y que pretendía releer el imaginario del Ramayana desde coordenadas distintas. Atacando directamente, de hecho, al gobierno de Modi y a la forma en que había instrumentalizado falazmente el mito. 

Monkey Man, a día de hoy, sigue prohibida en India. Porque “si existen 300 Ramayanas ninguna formación política puede pretender hablar en nombre de Rama”, escribe Ankush Pal. “Y así es como el edificio de la identidad nacionalista hindú empieza a tambalearse”. Si esta última Ramayana es tan insípida, entonces, y tan aburrida y arrítmica y fea, es porque tales son los rasgos inevitables de la propaganda gubernamental. Las historias populares nunca podrán prosperar desde este marco. 

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