Francia, entre la tensión social y la deuda
A escasos meses de unas elecciones presidenciales, Francia se encuentra inmersa en una crisis económico-financiera, con derivaciones políticas expresadas en movilizaciones violentas. Su punto nuclear es, a mi juicio, la Deuda pública, que ha crecido inexorablemente.
Peor aún es la tasa de interés que los grandes inversores y los fondos especulativos emergentes (“hedge funds”) exigen a Francia (y a otros Estados) para adquirir deuda soberana. A diez años, esa tasa ha alcanzado ya el 5 %. Es prueba de la ausencia de confianza que los mercados conceden a Francia en estos momentos.
En opinión de expertos como Inmanuel Roman, la subida de la tasa de interés se debe a las presiones inflacionistas sobre el sector petrolero golpeado por la guerra de Estados Unidos contra Irán y la presión de los llamados “hyperscalers”, las empresas de Inteligencia Artificial (IA) que emiten deuda para financiar sus enormes centros de datos. Estas empresas se autofinanciaban sin problema hasta 2026. Pero ahora necesitan lanzar emisiones de bonos corporativos de forma masiva. Y ello implica una indudable competencia con los Estados. Los megaproyectos de IA serán mucho más duros de financiar (Ruchir Sharma).
Stefano Scarpetta, ex economista jefe de la OCDE, señala que uno de los efectos del aumento de los costes de endeudarse es una presión alarmante sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas, especialmente las que soportan amplios déficits presupuestarios. La relación creciente entre nivel de deuda y Producto Interior Bruto opera un daño irreversible: el crecimiento del servicio de la deuda. En todos los países, pero especialmente en aquellos cuyo gasto público – y, por tanto, su déficit – es de una magnitud imparable. Ese es precisamente el caso de Francia.
Como advierte Desmund Lachman, antiguo director adjunto del Fondo Monetario Internacional, respecto a Francia, la segunda economía de la Unión Europea, todo nos lleva a temer que una crisis de su deuda soberana tenga repercusiones internacionales. No solo la deuda francesa ha crecido con fuerza, pasando de un 80 % del PIB en 2010 – en medio de la Gran Crisis – a un 119 % PIB hoy, sino que los déficits presupuestarios alcanzando el 5 % del PIB agravan el problema.
El peso de la deuda, en Francia como en otros países, es un lastre insoportable que impide llevar a cabo políticas tan relevantes como la lucha contra el cambio climático, la vivienda, las ayudas sociales, la defensa y seguridad, o la reindustrialización. Ahí reside el fondo de la crispación social que se extiende en el mundo occidental y que polariza su estructura política. Porque un país debe crecer a un ritmo mayor al interés al que se endeuda, pero en ese mundo sucede exactamente lo contrario. Un callejón sin salida. La crisis de deuda llevó a la recesión a los Estados europeos en la crisis financiera exportada a Europa por los Estados Unidos.
La salida consistente en subir impuestos se encuentra con una nítida resistencia pública. La sociedad se siente atrapada por una fiscalidad exagerada que discrimina a la clase media frente a los sectores más ricos de la sociedad. La gente quiere mejores servicios, no más impuestos discriminatorios en beneficio de las grandes fortunas y corporaciones, sobre todo de nacionalidad norteamericana (las célebres big tech). Pero lo que ocurre es que la deuda no hace más que crecer. Francia pagará 90 billones de euros en el servicio de la deuda el próximo año, un crecimiento desconocido desde 1946.
Esta dinámica de los intereses de la deuda empieza a extenderse al mundo entero. Contrasta con un crecimiento débil tanto de las economías de los hogares como de la producción nacional. El servicio de la deuda devora los ingresos del Estado. Por ejemplo, en el Reino Unido, Francia o Estados Unidos y otros miembros de la OCDE, los pagos por intereses de la deuda son superiores a los gastos en defensa. Los costes del endeudamiento se han disparado en las dos últimas décadas y no parece que vayan a frenar. Lo que se une a la inflación producida por la guerra en Oriente Medio.
En la crisis financiera de 2008, los tipos de interés eran altos, pero los niveles de deuda eran más bajos. Los intereses se frenaron por las medidas adoptadas por los bancos centrales, unido a un frágil crecimiento económico. Paradójicamente, hoy asistimos a una combinación diferente y diabólica: una deuda récord y altos intereses de esa deuda. La Oficina Presupuestaria del Congreso de Estados Unidos pronostica que el coste de la deuda americana será el doble la próxima década. El FMI cree que la deuda pública global alcanzará el 100 % PIB mundial. Este panorama ya ha puesto nerviosos a los bancos centrales.
Hay que tener en cuenta que hay dos tipos de deuda por su origen. La deuda pública y la deuda privada. Esta última se ha fortalecido especialmente por los gigantes tec, que necesitan capital abundante para construir los centros indispensables para la IA, y necesitados de gran consumo eléctrico. Esos gigantes son esencialmente Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft, cuyas emisiones de deuda superan en rendimiento a las de los Estados. Hay otras víctimas en esta carrera de intereses de deuda. Se trata de las tasas hipotecarias que pagan quienes adquieran una vivienda.
Una nueva crisis de deuda no está excluida según la opinión de algunos analistas (Arnaud Leparmentier). Chris Giles llama “drip-drip debt crisis” al creciente interés del bono de EEUU.
La latente crisis de deuda, no solamente en Francia, no se limita al ámbito económico. Su entidad se extiende inexorablemente a la esfera política. Más exactamente, a la democracia y sus instituciones, a causa del daño económico, de grandes proporciones, que el problema de la deuda ejerce sobre los gastos y los servicios públicos.
Solo hay dos formas de abordar la crisis de deuda. O se limitan los gastos públicos o se aumentan los impuestos de un modo progresivo. No es posible adoptar las dos políticas a la vez.
El Estado de Bienestar exige una seria decisión sobre la política fiscal. Una decisión directamente política, y de características críticas. La OCDE decidió un impuesto del 15 % sobre las compañías multinacionales, del que los EEUU de Trump se descolgó inmediatamente. Para Francia y para los países desarrollados lo justo sería aumentar sensiblemente los impuestos a las grandes empresas, los altos patrimonios y las grandes fortunas. O eso o seguir anclados en la amenaza de una incontrolable deuda pública y privada que se cierne sobre los Estados europeos, y que condiciona el mantenimiento de los servicios públicos y las conquistas del Welfare State. Si no se opta por medidas fiscales veremos llegar indefectiblemente el virus de la deuda del siglo XXI.
Mientras tanto, cerca de 3.400 millones de personas en el mundo gastan más en el pago de intereses de la deuda que en educación o sanidad.
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