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Imanol Zubero

Alonsotegi (Bizkaia) 1961. Doctor en Sociología. Es profesor Titular de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación desde 1996 y director del grupo de investigación CIVERSITY-Ciudad y Diversidad. Ha sido concejal en el ayuntamiento de Alonsotegi (2001-2007) por la candidatura vecinal Alonsotegiko Ezkerra y senador electo por Bizkaia en las listas del PSE-PSOE-EE (2008-2012).

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Naciomonismo

En su más célebre ensayo, el titulado 'Dos conceptos de libertad' (1958), Isaiah Berlin  denomina monismo a la creencia "de que en alguna parte, en el pasado o en el futuro, en la revelación divina o en la mente del pensador, en los pronunciamientos de la historia o de la ciencia o en el corazón simple de un buen hombre no corrompido, hay una solución definitiva". ¿Una solución definitiva a qué? A los conflictos de valores y de intereses, a los ideales confrontados, a las contradicciones sociales, a los antagonismos  políticos. En definitiva, el monismo aspira a encontrar "una fórmula única mediante la cual se pueden realizar de forma armónica todos los fines de los hombres". Pero los fines a los que aspiramos los seres humanos son múltiples, en parte inconmensurables, y es por ello que están en permanente conflicto. La cuestión es, entonces, aprender a sobrellevar esta situación estructural de conflicto mediante una cultura y unas instituciones pluralistas.

El nacionalismo es un ejemplo perfecto de monismo. Monismo que se atempera o camufla cuando se considera asegurado: puede entonces travestirse de patriotismo o de nacionalismo cívico. Pero cuando se siente amenazada, la patria se despoja de su piel de cordero y saca a la luz el lobo nacionalista que lleva dentro. "Patria es -escribió Imre Kertész- una palabra en la que realmente vale la pena detenerse un rato. Yo, por ejemplo, le tengo miedo". El nacionalismo es siempre un ejercicio de simplificación, de reduccionismo.

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Nacionalista eres tú, yo sólo tengo que convivir contigo

Las palabras esenciales del “nacionalismo banal”, recuerda Michael Billig, suelen ser las más pequeñas: “nosotros”, “esto” y “aquí”. A estas podríamos añadir otras como “lo nuestro”, “lo propio”, “lo de aquí”… Palabras pequeñas y cercanas, familiares, cálidas, cómodas: autoevidentes. Palabras prosaicas y automáticas que dan por sentada la existencia de las naciones y, sobre todo, de esta nación: la nuestra, la de aquí. Palabras-masaje, palabras-bálsamo, que naturalizan realidades políticas “en realidad” imaginadas, construidas, artificiales. “Permanencias inventadas”, como las denomina Billig (Nacionalismo banal, Capitán Swing, 2014).

PNV y EH Bildu han acordado un texto que sirva como preámbulo de un posible futuro 'Estatus Político' que actualice el autogobierno de Euskadi. Es un texto lleno de palabras pequeñas, prosaicas, cotidianas pero, por lo mismo, cargadas de sentido común, irrechazables, autoevidentes: somos un pueblo, tenemos derecho, sentimos la necesidad, queremos decidir…  Es un texto escrito desde y para el nacionalismo vasco. No lo digo como reproche, sino como constatación. Un texto escrito por nacionalistas, para nacionalistas, con el fin de hacer más banal (más natural, más irreflexiva) la construcción nacional vasca. Insisto: nada que reprochar, es lo que se espera del nacionalismo, de cualquier nacionalismo.

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Los mediadores y otros amigos

[1] Vine Deloria Jr. (1933-2005), escritor y activista de origen sioux, es autor de uno de los libros más interesantes para comprender la realidad de los Indios Americanos y su trágica historia: El General Custer murió por vuestros pecados. En uno de sus capítulos, titulado “Los antropólogos y otros amigos”, Deloria ironiza sobre la fijación de la antropología académica con las comunidades nativas y sus consecuencias para estas mismas comunidades. “Los indios han sido los más malditos de todos en la historia. Los indios tienen antropólogos”, lamenta. Aterrizando durante unas semanas en las reservas, cuando regresan a sus facultades los antropólogos se dedican a producir escritos que explican el “problema indio”.

Lo que ocurre es que, la mayoría de las veces, “ni tan siquiera los indios pueden ver la relación que hay entre ellos y el tipo de criatura que, según los antropólogos, es el indio «real»”. ¿De verdad somos así?, se preguntan al principio con incomodidad. Pues será que somos así, acaban pensando a medida que las “evidencias” se acumulan. De esta manera, “la gente india empieza a sentir que son meras sombras de un super-indio mitológico”.  Surge entonces un “sentimiento de inadecuación”: aunque no se reconozcan en las caracterizaciones que hacen de ellas, las comunidades indias acaban por pensarse a sí mismas desde el imaginario que difunden los analistas.

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Fallo de sistema

No podía resultar otra cosa. No me refiero a los detalles: dos escaños arriba o abajo, el aumento en la participación, o la quiebra entre la Cataluña interior, aplastantemente soberanista, y la costa urbanizada. Si de lo que se trata es de diagnosticar la realidad,  estas elecciones no han hecho sino confirmar lo que ya sabíamos.

Si el unionismo sin matices ni cautelas (¡Todo por la patria!) es la esencia del  nacionalismo, tras las elecciones resulta más que evidente la falacia de los dos bloques enfrentados. Bloque no hay más que uno, el que agrupa bajo la estelada desde 'anticapis' a burgueses pata negra. Si Seguí o Pestaña levantaran la cabeza. El resto, el mal llamado “bloque del 155”, no suma; pero no ya aritméticamente (que tampoco), sino políticamente. Y esto, que es una desgracia a la hora de gobernar, es una bendición desde la perspectiva de la pluralidad constitutiva de una sociedad compleja como es la catalana.

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Las elecciones y la elección

Hay quienes creen que las elecciones del 21 de diciembre lo cambian todo: en concreto, se piensa que el simple hecho de su celebración trasladará el marco interpretativo actual del enfrentamiento entre una Cataluña insumisa y un Estado opresor a la realidad de una sociedad catalana diversa en sus opciones de futuro, que ha de aclarar internamente sus aspiraciones de autogobierno y la manera de conseguirlas. En otras palabras,  se confía en que las elecciones movilicen a una supuesta sociedad “silenciada”, contraria al soberanismo unilateralista, a la vez que desanimen al soberanismo más radical (participar en las elecciones es aceptar el 155 y traicionar el mandato del 1-O), dividan al soberanismo más pragmático o astuto (Santi Vila versus Oriol Junqueras) y acobarden al catalanismo burgués alarmado por el “voto de los mercados”.

Una encuesta de NC Report, realizada el 23 de octubre, permitía a algún analista confiar en la solución aritmética al problema catalán: si los partidos constitucionalistas lograran 300.000 votos más de los que lograron en las anteriores elecciones de 2015 podrían alcanzar la mayoría absoluta de 68 escaños en el Parlament. Otro sondeo de Sigma Dos, realizado en las mismas fechas,  también apunta a la pérdida de mayoría absoluta del independentismo. Pudiera ser así, pero lo cierto es que no resulta fácil pensar en movilizar a mucha más gente de la que votó en las elecciones de 2015, con un record de participación del 77%. Por otra parte, una encuesta de Metroscopia sigue reflejando una división casi a partes iguales entre constitucionalistas e independentistas, si bien la posición de los segundos varía en función del escenario que se plantea tras la independencia. Y otro estudio del Centro de Estudios de Opinión (CEO) señala que el sí a la independencia obtendría un apoyo del 48,7% de los catalanes (del mayor porcentaje favorable a la separación desde 2014, cuando se comenzó a formular la pregunta), frente al 43,6% que se opondría.

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Peor que nada

Primero pensé en no escribir nada, pues nada parecía haber pasado, más allá de lo estrictamente declarativo. Luego pensé en escribir algo a partir de una idea simplona, pero no por ello carente de potencial explicativo: la DUI se había transformado en DIU, y lo que iba a nacer había quedado en… pues eso, en nada. Pero nada de lo anterior es cierto. No es verdad que lo ocurrido el 10 de octubre en el Parlament sea “nada”. Y si lo fuera, si con tal término pudiéramos definirla, sería esa nada de La historia interminable que se va expandiendo como una enfermedad incontrolable, haciendo desaparecer personas y lugares, la imaginación y la belleza, dejando tras de sí… pues eso, la nada.

Lo visto en el Parlament fue un nuevo episodio de astucia carente de inteligencia: una forma de ganar tiempo, una patada que vuelva a plantar el balón en el campo del Estado, un intento de proteger la tensionada unidad en el soberanismo, un golpe bajo contra un PSOE resquebrajado entre diazlambanistas e icetistas, una provocación que busca ser respondida con un aumento de la represión… Elijan lo que prefieran, incorporen nuevas posibilidades o planteen, incluso, la hipótesis del paso atrás que busca abrir espacios de diálogo. Hipótesis que yo no contemplo.

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El día después

Lo dijo a las claras un infame Turull: "Si sacan los tanques a la calle es que ya hemos ganado". Y lo más parecido a los tanques que hay en una democracia, los antidisturbios policiales, han salido a la calle. Lo más parecido, con todo lo distintos que son: Barcelona no es Tiananmén. Pero la imagen de porras enarboladas frente a personas que esperaban a votar es la que va a quedar para siempre: la imagen de policías llevándose las urnas, la de los empujones, las caídas y las cabezas sangrantes.

Turull estará contento. Por cierto, él no está entre las personas heridas; incluso ha votado sin problemas, buscando en coche oficial, como han hecho sus superiores, el colegio más tranquilo para practicar su heroico desborde constitucional. Con foto en su twitter incluida, claro.

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Where have all the federalists gone?

[1] Releo Homenaje a Cataluña, de George Orwell, obra en la que el escritor británico relata sus experiencias como periodista y combatiente enrolado en las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Desde hace días no puedo evitar relacionar -¡salvando todas las distancias, que son infinitas!- algunos de sus contenidos con la situación que actualmente se vive en Cataluña. No me refiero, evidentemente, a los aspectos más dramáticos y violentos de la historia, como cuando Orwell advierte que “la ciudad [de Barcelona] respiraba el clima inconfundible de la rivalidad y el odio políticos”, clima que se manifestaba en el hecho de que “miembros de la CNT y la UGT venían matándose unos a otros desde hacía algún tiempo”. No. Pero no hago más que pensar en el paralelismo que cabe establecer entre uno de los efectos más dolorosamente llamativos de aquella situación y algo que también ocurre ahora. Me refiero a la desaparición en el espacio cultural y político catalán de cualquier discurso de inspiración federalista.

Cataluña ha sido el único de los territorios de España en el que se ha desarrollado una cultura y una práctica políticas genuinamente federalistas. Con la excepción destacada del andaluz Fernando Garrido (1821-1883), autor de La República Democrática Federal y Universal, pensar en federalismo nos lleva necesariamente a evocar a personajes como Francesc Pi i Margall (1824-1901), Valentí Almirall (1841-1904) o Josep María Vallés i Ribot (1849-1911). Saltando en el tiempo, en ellos han buscado inspiración instituciones como la Fundació Rafael Campalans, que en 2010 impulsó la revista En construcción, “revista sobre la cultura federal y la España plural” como rezaba su subtítulo (desgraciadamente, sólo se publicaron 3 números), y que en 2013 publicó un documento de trabajo titulado Por una reforma constitucional federal; o como la Fundació Catalunya Segle XXI, creada en 1999 por iniciativa de Pasqual Maragall, que en 2005 publicó el libro colectivo titulado Hacia una España plural, social y federal, en el que tuve ocasión de participar. Más allá de Cataluña, como lamentaba Jacint Jordana en un artículo en EL DIARIO, el federalismo nunca ha interesado en España. Desgraciadamente.

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Cuidado con los dragones

La recientemente finalizada séptima temporada de Juego de Tronos ha resultado pródiga en escenas espectaculares, pero bastante más pobre en lo que se refiere a solidez argumental y trabazón narrativa. Se nota que desde hace tiempo los guiones de la serie van muy por delante del relato novelado de George R. Martin, que hacía de esta mucho más que una peli de batallas, magia y dragones. Así y todo, no han faltado momentos de cierta solidez.

Uno de ellos recoge un diálogo entre Daenerys, aspirante a ocupar el Trono de Hierro, y su consejero, Tyrion. Daenerys dispone de un arma de guerra aparentemente definitiva, con la que desencadenar un ataque que la permita conquistar Desembarco del Rey, sede del Trono: sus tres aterradores dragones. Cansada de batallar, Daenerys se muestra dispuesta a utilizarlos, pero Tyrion (con el apoyo de Jon Nieve) no se lo recomienda: usar a los dragones la permitiría lograr una victoria fulminante, sí, pero al precio de arrasar la ciudad y aniquilar a todos sus habitantes. Ganaría la guerra, pero perdería la simpatía de sus futuros súbditos, que verían como una reina tiránica sería, simplemente, sustituida por otra.

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Cataluña, España y sus dinosaurios

Las mayorías corrompen, y las mayorías absolutas corrompen absolutamente. Más aún cuando cualquier mayoría puede ser absoluta hoy, pero no serlo mañana. Es lo que tiene vivir en tiempos de complejidad, liquidez, incertidumbre, transición, caos, riesgo, metamorfosis… Escojan, de entre los muchos que ofrecen las ciencias sociales, el adjetivo que mejor defina en su opinión la época que nos ha tocado vivir: cualquiera de ellos nos advierte de la situación de provisionalidad en la que debemos tomar nuestras decisiones, desde la prudencia, como ingenieros sociales fragmentarios (que diría Popper) y no como omniscientes demiurgos. Lo más seguro es que vete a saber...

Las mayorías absolutas que se olvidan de que la condición de “absolutez” tiene siempre un carácter temporal, coyuntural, dan lugar a decisiones políticas pesadamente legales, pero heridas de legitimidad: como la reforma, con 'agosticidad' y alevosía, del artículo 135 de la Constitución en 2011; o como la aprobación con alevosía, aceleración y nocturnidad, de la ley de Transitoriedad Jurídica.

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