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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Ni calladitas ni sumisas: el precio de tener voz

Ana Viñals Blanco

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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

“Retrasada”, “feminazi”, “zarrapastrosilla comunista”, “charo” o “ni para fregar sirves”. Estas no son palabras al azar lanzadas en el vacío de las redes sociales; son piedras reales que golpean cada día la puerta de nuestras casas y de nuestros despachos. Recientemente, tras compartir un vídeo defendiendo nuestra labor política, me encontré de frente con este espejo de odio, una cascada de injurias que van desde lo físico hasta la amenaza de muerte. Y no, no son “cosas que pasan”; es violencia política machista con todas sus letras. 

Como mujeres con perfil público —ya seamos mujeres electas, periodistas, activistas o defensoras de derechos humanos— nos enfrentamos a una ofensiva fascista y patriarcal que tiene un objetivo cristalino: disciplinarnos. Se nos agrede para que callemos, para que dudemos antes de alzar la voz y, en última instancia, para que nos retiremos a la esfera privada, que es donde el patriarcado siempre ha querido tenernos.

Los datos y la realidad cotidiana nos dicen que esta violencia no es uniforme, porque las mujeres no somos un bloque monolítico. La interseccionalidad nos atraviesa el alma, por eso mismo la virulencia del ataque cambia si eres una mujer joven o mayor, si eres migrante, si eres de izquierdas o si tu cuerpo no encaja en las normas heteropatriarcales. Sin embargo, el sustrato sí es el mismo para todas, un odio machista que se alimenta de la impunidad digital y que pretende convertir nuestra participación ciudadana en un ejercicio de resistencia física y mental agotador.