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Gonzalo Bolland

Periodista y Licenciado Hª Contemporánea. Trabajé en la radio tanto en Bilbao como Vitoria, a principios de los 90. Articulista de opinión, así como crítico literario, del periódico El Mundo en su edición del País Vasco desde 1995 hasta 2008. Delegado en el País Vasco del periódico diariocrítico.com durante 2008-2009. Reportero y articulista de opinión de la revista Cantabria Económica desde 2009 hasta 2012. También he sido colaborador ocasional en periódicos como El Correo, La Verdad o El Diario Montañes.

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Unamuno

 Pío Baroja decía que Unamuno se creía todo, filósofo, matemático, geógrafo, filólogo, naturalista, arquitecto, además de vidente y de profeta. En unas semblanzas publicadas en el periódico argentino La Nación en el año 1940, el escritor vasco también afirmaba que el rector de la Universidad de Salamanca era un hombre intransigente, muy egoísta, que no aceptaba la menor réplica y que nunca escuchaba a nadie de tal manera que le hubiera explicado filosofía a Kant, a Poincaré lo que era la matemática, a Einstein el porvenir de la física, a Frazer los problemas del folclore y nada le hubiera indicado a Mozart ya que Unamuno había decidido que la música no era nada y no valía la pena ocuparse de ella, porque a él no le gustaba.

Pero, bueno, ya se sabe, Pío Baroja era hombre atravesado que hablaba mal de todo el mundo. La película de Amenabar, académica, necesaria, pero falta de intensidad narrativa y tan fría como la mirada de un cisne, ha puesto de nuevo en el escaparate de la actualidad a quien durante las primeras décadas del siglo veinte fuera la mosca cojonera de España. No resulta fácil encontrar libros de Unamuno en las librerías ni huella alguna de su paso por este mundo tanto en el paisaje como en el paisanaje de este desmemoriado país, salvo en Salamanca, claro, donde es más una marca comercial que un autor leído; una marca que rotula bares, cafeterías, plazas, ferreterías, librerías, hostales, bazares chinos, jardines municipales y colegios públicos. 

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Paletos

Los políticos españoles, los dirigentes y los que aplauden todo lo que los dirigentes dicen o hacen, son como el resto de los españoles; menos apurados en cuestiones económicas pero dejando al margen esta trascendental contingencia no se diferencian nada de un catedrático, una abogada, un portero de discoteca, una camarera de hotel o un vendedor de chatarra...Los ciudadanos de este país somos unos individualistas feroces.

El español es tan individualista que si detesta el trabajo, por ejemplo, no es por lo que el trabajo supone de esfuerzo sino más bien por su manifiesta incapacidad para mantener un compromiso u una obligación con los demás ciudadanos. Nuestro carácter nos condiciona. Nos condiciona ya que no nos gusta ponernos de acuerdo con nuestros compatriotas. Nos incomoda. Nos hace sentir como si renunciáramos a nuestra irrenunciable individualidad. Nuestra eterna aspiración siempre ha sido tener la razón. No somos capaces de detenemos a escuchar a los demás no fuera a ser que los demás con sus razonamientos nos obligaran a replantearnos nuestras creencias y eso, como es bien sabido, puede acabar derivando en melancolía, depresión, una afición desmedida a utilizar la violencia para acallar cuanto aquello que nos incomoda o en la poco frecuente circunstancia de mostrarnos lo suficientemente humildes como para reconocer que no solo nuestras ideas ideas sino también nuestras vidas están equivocadas. No nos importa tanto la verdad como cavar una trinchera en la que situarnos para así, bien parapetados, disparar contra todo aquello que nos amenaza. Nadie escucha. En este país de individualistas nadie ha escuchado nunca. Nadie.

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Nada

Entrar en el otoño. Todos los años es lo mismo. No disponer de la posibilidad de vivir bajo el sol de un perpetuo verano sin ninguna obligación que atender es la maldición que no terminan de aceptar todas aquellas personas que, como un servidor, semana tras semana, cumpliendo con una cándida, católica y muy española tradición, jugamos a la lotería. La vuelta al colegio es el trauma que nunca se termina de superar. Por eso se depositan tantas esperanzas en la obtención de dinero mediante los sorteos para así no regresar nunca del verano y permanecer ocioso durante el curso que es, según las enseñanzas de los sabios de la Antigüedad, la condición primera de toda existencia civilizada. 

Todo progreso intelectual es consecuencia del ocio. No del ocio forzado de este desempleo crónico y degradante al que está condenado el lumpen proletario de esta época sino del ocio necesario para vivir una buena vida; la vida de un hombre libre no abrumado por un trabajo agotador que no cesa ni de día ni de noche, sin tregua, sin descanso, sin tiempo para nada, ni siquiera para reconocerse a sí mismo como un esclavo más condenado a madrugar día tras día para mantener un sistema económico-social que hace más ricos a los ricos y más desventurados a los desventurados.

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Hombres

En los casinos de los pueblos y en las cafeterías más importantes de las grandes ciudades, en un tiempo anterior a mi nacimiento, durante la primerísima infancia de mis padres y la juventud de mis abuelos, los hombres pasaban las tardes y las noches hablando de todo lo divino y de todo lo humano. Siempre he pensado que la pérdida de esa costumbre ha significado un enorme retroceso para la humanidad.

Las tertulias se mantenían tarde y noche, después de comer y también después de cenar y se prolongaban hasta altas horas de la madrugada entre botellas de ron, sifones de agua con seltz, ceniceros desbordados de colillas, profesionales de la bohemia y admoniciones de algún que otro fabricante de sonetos insomne, decimonónico, sentencioso y muy dado a tratar de desentrañar los misterios de la vida nocturna.

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Turistas

En sus escasos días soleados San Sebastián – Donosti para quienes viven del Gobierno Vasco -, es un hervidero de turistas. No hay manera de entrar en bar alguno de la parte vieja ya que en todos ellos hay una multitud de hombres y mujeres, rubios, por lo general, altos, sonrientes, de mofletes sonrosados y decididamente satisfechos de sí mismos, dando cuenta de platos rebosantes de descomunales pinchos de tortilla, foie con angulas, hojaldre con salsa de boletus, láminas de bacalao salpicadas con caviar, cebollino y dos o tres lágrimas de un aceite de oliva virgen extra de maduración carbónica, además de otras sobrecogedoras delicias culinarias... ¿Cómo hemos llegado a convertirnos todos en turistas?. ¿Cuándo comenzó esta manera de deambular por el mundo?. ¿Quiénes fueron sus promotores?.

En el curso del siglo dieciocho, a los estudiantes ingleses de buena familia que tenían alguna posibilidad de hacer una carrera, los mandaban a hacer un viaje por el continente europeo que duraba uno o dos años. El viaje se hacía para aumentar la educación del muchacho y también para eliminar su rusticidad comarcal y nacional. A partir de entonces ningún país podía considerarse como lugar de turismo mientras no acudieran a él los turistas británicos. Esto es algo que los italianos, por ejemplo, aprendieron hace ya muchos, muchos años y que a nosotros nunca nos ha interesado demasiado ya que acostumbramos a estar permanentemente ocupados tratando de averiguar si los vecinos del pueblo colindante son auténticos cristianos viejos o tan vascos, tan catalanes, tan gallegos, tan cántabros, tan asturianos, etcétera, etcétera, como lo son los huesos de todos nuestros muertos enterrados en los abismales cementerios de la historia.

El mundo siendo cada vez más pequeño está siendo cada vez más inundado de turistas, como ha demostrado la reciente fotografía de una gran cantidad de gente tratando de coronar la cumbre del Everest. La multitud lo inunda todo. Esto es lo que mejor define a esta época: la multitud. Todos somos multitud y la multitud está en todas partes. El viajero solitario que en siglos anteriores a la revolución industrial visitaba paisajes que desconocía, pateando pueblos y ciudades en completa soledad, ha dado paso a una multitud de turistas que, ignorando, tal vez, de donde procede la costumbre que da sentido a sus vidas, abarrota los museos, las catedrales, las playas, los desiertos, confundiéndose de este manera los unos con los otros en una masa presurosa, sudada, ruidosa, sin más identidad que su condición de multitud.

Durante una época no muy lejana, en España, la gente de pueblo, con la habitual percepción de quienes todavía no han perdido el contacto con la naturaleza, llamaba ingleses a todos los extranjeros que tenían la ocurrencia de alojarse durante una temporada en alguna de las pensiones, casas u hostales de la sierra granadina, el litoral mediterráneo o los pueblos encalados de la Andalucía más tórrida, más pobre y más profunda. Esa es la clase de reconocimiento que los ingleses partidarios del Brexit, tan nostálgicos ellos de viejos esplendores y de viejas distinciones, añoran tanto.

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Modernos

El hombre, la mujer, siempre ha tendido a dejarse hipnotizar fácilmente dado que mantener en suspenso las facultades del cerebro es una manera bastante barata de distanciarse de la fatigosa tarea de pensar. El fuego hizo el papel de la televisión en una época anterior a la revolución industrial, pero actualmente no hay nada más hipnótico que la pantalla del televisor, el móvil, el ordenador o la tableta. Contemplar un partido de tenis a través de la pequeña pantalla, por ejemplo, es un narcótico muy poderoso, mucho más poderoso que la contemplación del mar o del fuego que arde en una chimenea.

Tal vez por eso a algunas personas les resulte tan fácil desentenderse no solo del prójimo sino también de la naturaleza para vivir en una completa y televisiva soledad. El futuro es la soledad. La soledad distraída con máquinas. La soledad de la comida a domicilio y de la pornografía en Internet. Los jóvenes parecen asumir este futuro sin cuestionarlo ya que se han entregado a las nuevas tecnologías con un entusiasmo ciego; como de enamorados o de drogadictos o de feligreses... No cuestionan las consecuencias de esta entrega del mismo modo que los soldados no cuestionan las órdenes. La tecnología les ha aislado.

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Elecciones

Siempre tendemos a creer que las demás personas, todos aquellos que nos rodean, piensan igual que nosotros. Nos gusta suponer que el planeta está habitado por gente buena, sustancialmente buena, dando por hecho que para curar a un psicópata, por ejemplo, bastaría con darle un cachorro, un abrazo, unas monedas con las que pueda comprarse unas cuántas chorradas y un instrumento musical con el que distraer el habitual tedio de los domingos por la tarde. Pero no es así.

Un psicópata puede entrar en tu cerebro e intentar imaginar lo que piensas, pero nunca podrá comprender como te sientes. Un psicópata puede llegar a relacionarse social, económica e intelectualmente de manera significativa, incluso bastante más brillante de lo habitual, pero siempre concebirá a las demás personas como objetos. Siempre. Por mucho que le ofrezcas un cachorro, un abrazo, 150.000 euros para que se largue a las islas Marquesas a dar la tabarra o una flauta con la que entonar angélicas tonadas durante las lánguidas tardes de los domingos. La falta de empatía, la incapacidad para ponerse en el lugar de los otros, la falta de conciencia y la total ausencia de remordimiento son las características principales de los psicópatas.

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Requisitos

Los hombres y las mujeres que tienen la política como profesión suelen comentar que su trabajo es lo más parecido a un veneno del que no conocen antídoto alguno. Con honrosas excepciones sabido es que no hay profesional de la política que haya abandonado su oficio cuando la tarea que habitualmente desarrolla le procura poder, dinero, posición, influencia o reconocimiento social. Tal vez por esto o tal vez porque hay vocaciones que las fomenta el diablo o, quien sabe, tal vez porque las generaciones se suceden para cometer los mismos o parecidos errores, hay estudiantes en nuestros días, jóvenes con la ambición propia de quienes aún creen que el tiempo está de su parte, que puestos a hacerse preguntas llegan a preguntarse cuáles son las cualidades necesarias para convertirse en diputado, ministro, alcalde, presidente del gobierno o incluso virrey de alguna comunidad autónoma.

Tras muchos años dedicado a este insólito oficio de observar los modos y maneras de la gente para no obtener más beneficio que la pobreza y la perplejidad, tengo comprobado que para ejercer la política en este desmemoriado país, conviene, en primer lugar, no saber nada de nada ya que desdeñamos a quien sabe más que nosotros dado que en esta época la sabiduría del prójimo no la admiramos sino que la consideramos un agravio personal, cuando no una humillación.

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Far West

Los dirigentes de la derecha nacional católica me recuerdan bastante a esos predicadores que en las viejas películas del lejano oeste – o far west que decían los pedantes en los cine clubs de mi primera adolescencia -, recorrían los polvorientos pueblos de Texas, Nuevo México o Missouri con una biblia en una mano y una pistola en la otra.

Fanfarrones, arrogantes, grandes bebedores y tan siniestros como siniestras eran las cicatrices que les marcaban el rostro, todos estos predicadores tenían por costumbre escudarse tras la palabra de dios para cometer una larga serie de atropellos. Tras cada robo, asalto, tiroteo, ahorcamiento o descarrilamiento de tren leían unos cuántos versículos bíblicos, se santiguaban, entonaban unos salmos de alabanza a dios, nuestro señor, rezaban un par de padrenuestros como si estuvieran masticando tabaco y tras tragarse todo el whisky que había en la comarca, montaban, de nuevo, en el caballo para continuar cabalgando hacia un horizonte lejano, vacío, púrpura y crepuscular.

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Holgazanes

El frío espabila. Tal vez por eso en los país del norte y el centro de Europa los calvinistas han conseguido imponer su filosofía que da a la acción, y por consiguiente a la voluntad, la preeminencia dentro de las cualidades humanas. La vida contemplativa, según ellos, no solo es una ofensa al Creador sino también un pasaporte directo a la pobreza, así que los dirigentes políticos e intelectuales de todos esos países han educado a sus compatriotas en la convicción de que la vida contemplativa es una característica reservada tan solo a los pueblos perezosos e indolentes del sur europeo.

Pueblos todos ellos castigados por el sol, las moscas, la pertinaz sequía y una aristocracia, tanto seglar como eclesiástica, gandula. De ahí, sospecho, proviene la altivez con la que los alemanes, los noruegos, los finlandeses, los suecos y demás descendientes de las tribus bárbaras suelen tratar a los camareros de este somnoliento país. Pero tal vea la actitud más rotunda de protesta contra el actual sistema sea convertirse en una persona contemplativa; o sea en un holgazán. Nada desestabiliza tanto al sistema como que uno no trabaje en nada que no sea en su propia mediocridad, desistiendo de hacerse emprendedor o famoso o futbolista o rapero o community manager o tertuliano de la Sexta o vocalista de un grupo de brillantísimos intelectuales como Teodoro García Egea.

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