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Gonzalo Bolland

Periodista y Licenciado Hª Contemporánea. Trabajé en la radio tanto en Bilbao como Vitoria, a principios de los 90. Articulista de opinión, así como crítico literario, del periódico El Mundo en su edición del País Vasco desde 1995 hasta 2008. Delegado en el País Vasco del periódico diariocrítico.com durante 2008-2009. Reportero y articulista de opinión de la revista Cantabria Económica desde 2009 hasta 2012. También he sido colaborador ocasional en periódicos como El Correo, La Verdad o El Diario Montañes.

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Chautebriand

Tras el desmantelamiento industrial de la margen izquierda de la ría vizcaína durante los primeros años ochenta, los líderes nacionalistas de entonces decidieron colonizar la sociedad civil mediante la creación de una gigantesca maquinaria burocrática solo comparable a la de determinados regímenes soviéticos.

Los ciudadanos vascos comenzaron, entonces, a dividirse no solo entre ricos y pobres, tontos y listos, bebedores y abstemios, sino también entre aquellos que obtenían sustanciosas prebendas, magníficos despachos, hermosas subvenciones, perpetuas cátedras, respetados púlpitos, puestos de trabajo casi, casi vitalicios, jubilaciones magníficamente remuneradas e incluso insospechados protagonismos y quienes no tuvieron más remedio que buscarse el sustento en otras latitudes más propicias.

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En un bar del Sardinero, en Santander, capital cántabra donde como en el resto del país reina sin oposición alguna la hija más despiadada o más espabilada de Emilio Botín, además de servir una curiosa combinación de vino y vaya a saber usted qué en unos porrones de cristal transparente, tienen la arraigada costumbre de no dar nunca la razón a los clientes. Su dueño, un cuarentón profundamente santanderino, calvo, tozudo, con un par de matrimonios rotos y una interminable capacidad para discutir de todo con todos, tiene la tarde metida en asuntos raciales y territoriales asegurando que los vascos tendemos a la soberbia porque esa es la única manera que hemos encontrado para disimular no solo nuestra timidez sino nuestra incapacidad para mantener una conversación ya que, como largamente demostrara nuestro vasco más ilustre, o sea, don Miguel de Unamuno, tendemos al monólogo.

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Bucle

En un mundo sin convicciones siempre me ha sorprendido que en nuestro país haya tanto nacionalista convencido. No se si esto tiene que ver con quién maneja el dinero en las autonomías vasca y catalana, por ejemplo, con la educación religiosa recibida, con la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo o con el miedo a salirse del rebaño aunque, por estas cosas curiosas que tiene la vida, últimamente he empezado a creer que en esta desquiciado país la prensa madrileña forma más nacionalistas que las declaraciones de la prestigiosa intelectual del 'procés'; la legendaria Pilar Rahola. Más que nada por reacción.

Pero no solo la prensa madrileña sino también los telediarios, los arbitrajes al Real Madrid, las entrevistas concedidas por los dirigentes del Partido Popular, las declaraciones de Rafael Hernando, los tertulianos de ciertas emisoras de radio y tanto balcón abanderado con la enseña nacional donde, curiosamente, los nacionalistas españoles pretenden combatir el nacionalismo catalán.

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Descrédito

Escucho la radio. Lo hago con bastante frecuencia. Por lo general, cuando anochece. No sé si buscando compañía, canciones que se asemejen en algo a lo que en otro tiempo hicieran Jacques Brel, Leonard Cohen o Neil Young o solo por entretenerme escuchando otras voces, otras historias, otras mentiras.

En realidad con la radio mantengo una relación de dependencia: cuando no sé que hacer, después de vestirme, por ejemplo, o tras atarme los cordones de los zapatos -que diría Charles Bukowski- enciendo la radio y me mantengo en su escucha hasta que se me ocurre alguna otra cosa con que rellenar las horas, los días, las semanas, los siglos... Es una manera como cualquier otra de mantener la cabeza ocupada; de no escucharse a uno mismo, no fuera a ser que en un descuido nos descubramos el creciente e imparable deterioro mental.

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Feministas

En los inicios de la revolución industrial, que ha acabado saturando de coches el planeta, la vida de las mujeres trabajadoras se reducía a fregar, guisar, trabajar y parir, atrapadas, así, en una espiral de faena que no les daba respiro, hasta que las hilanderas y las tejedoras de Lancashire comenzaron a reunirse en asociaciones, tiendas cooperativas y sindicatos como la Women's Trade Union League para rebelarse e iniciar el movimiento en favor de los derechos de la mujer.

Las sufragistas inglesas del siglo XIX y primeros años del XX eran espectaculares en sus acciones; arrojaban piedras contra los escaparates de Oxford Street, por ejemplo, o contra las ventanas de los despachos parlamentarios y ministeriales, además de hacer huelgas de hambre o de lanzarse a la pista durante el derby de Epson para detener el caballo del Rey y morir en el intento como le ocurrió a la sufragista británica Emily Wilding, el cuatro de junio de 1913. No obstante gran parte de sus reivindicaciones se limitaban a querer ser mujeres ‘Eduardianas’ con derecho al voto y libre acceso a la sociedad, sin que por ello aspirasen a transformar la base sobre la que dicha sociedad se había construido.

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Chinos

La invasión china avanza. Los historiadores que dentro de muchos años nos estudien y se asombren ante las ridículas costumbres de nuestra época hablarán de este tiempo como el de “la silenciosa invasión de los chinos”.

En el barrio donde crecí todos los comercios que han tenido que bajar la persiana debido a la última crisis económica que tan entretenidos nos ha tenido durante estos últimos años, los han comprado los chinos para poner en ellos salones de manicura, peluquerías, tiendas de todo a un euro, de comestibles, de ropa, de reparación de móviles, de comida para llevar a casa, etcétera, etcétera.

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Fundadores

"En el pasado el hombre fue lo primero. En el futuro lo principal debe ser el sistema". Frederick Winslow Taylor (1865-1915), ingeniero norteamericano que dedicó toda su vida a racionalizar las prácticas de trabajo analizando los movimientos y hasta el más mínimo gesto de cada obrero, desmontando esa cadena de acciones y volviéndola a montar del modo más apto para ahorrar tiempo. Taylor demostró que solo el análisis riguroso podía aumentar la velocidad del trabajo y la eficiencia y aplicó sus principios a muchos ramos de la industria, mejorando la eficacia en una fábrica de bicicletas de modo que treinta y cinco muchachas pasaron a hacer el trabajo que antes hacían ciento veinte.

La precisión del trabajo hecho a más velocidad comenzó entonces a ser dos terceras veces mayor que la obtenida con la lenta velocidad empleada anteriormente.

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Social democracia

Una vez pasadas las fiestas navideñas el mundo vuelve a discurrir en su vertiente más común y cotidiana, que es precisamente lo primero que se sacrifica en estas fiestas. Las bombillas se descuelgan de los árboles. Los nacimientos se retiran. Los abetos artificiales se guardan en los armarios trasteros y así, poco a poco, los adornos navideños van desapareciendo de nuestras vidas del mismo modo que las felicitaciones navideñas desaparecen de los buzones para dar paso de nuevo a las facturas, los extractos bancarios, las multas, las recomendaciones urbanas y los folletos publicitarios.

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Librerías

Las dos librerías que durante años hicieron barrio en las calles que rodean a la casa de mi padre han cerrado siendo sustituidas por un bar y una tienda de todo y nada, o sea de chorradas. El bar está siempre lleno, lo cual no debería sorprender a nadie ya que la considerable cantidad de bebedores que residen en esta ciudad tienen por costumbre abrevar mañana, tarde y noche en los establecimientos hosteleros situados en la calle que desemboca en el nuevo estadio de San Mamés.

Lo de la tienda de todo y nada o sea de chorradas, propiedad de un matrimonio chino con hijos, primos, nietos y demás parientes deambulando siempre por el local como sigilosos fantasmas medio adormilados, si es una novedad, más que nada porque la oscuridad y el desorden no son el elemento esencial del establecimiento.

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Éxito

Hablan en una de esas tertulias que tanto abundan en los medios audiovisuales del éxito social. No creo que nadie sepa muy bien que es el éxito, ni social, ni no social, aunque siempre he sospechado que en este país el éxito casi siempre ha consistido en sobrevivir tanto ahora, en esta democracia reglada por banqueros, constructores, concejales de urbanismo y siniestros propietarios de medios de comunicación, como en las muchas dictaduras que tuvieron que sufrir nuestros antepasados.

En este mundo todo es pasajero, todo, tanto el aburrimiento como la diversión, el entusiasmo como la depresión, todo menos la voluntad humana de triunfar en la vida. El problema es que el éxito social también está sujeto a los caprichosos vaivenes de las modas, el tiempo y las envidias que provoca. Durante la posguerra española, por ejemplo, el éxito era no morirse de hambre, despiojarse, tener un cura que velara por tu supervivencia y disfrutar del don de mantener el brazo en alto el tiempo suficiente ante el retrato del Caudillo como para que te nadie te delatara por rojo, masón, homosexual o contrario al régimen.

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