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Gonzalo Bolland

Periodista y Licenciado Hª Contemporánea. Trabajé en la radio tanto en Bilbao como Vitoria, a principios de los 90. Articulista de opinión, así como crítico literario, del periódico El Mundo en su edición del País Vasco desde 1995 hasta 2008. Delegado en el País Vasco del periódico diariocrítico.com durante 2008-2009. Reportero y articulista de opinión de la revista Cantabria Económica desde 2009 hasta 2012. También he sido colaborador ocasional en periódicos como El Correo, La Verdad o El Diario Montañes.

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Desprotección

Tras la disolución de los terroristas de ETA, muchos políticos de nuestro país, entre otros el último ministro de interior socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, declararon a los medios de comunicación que “ETA ha estado cincuenta años matando y al final no ha conseguido nada, absolutamente nada”. No es cierto. No es cierto ya que entre otras naderías ETA consiguió que el Estado prácticamente desapareciera en nuestra comunidad autónoma, con lo que eso ha supuesto de desprotección para los vascos no nacionalistas.

Los militares, por ejemplo, han tenido prohibida la utilización de sus uniformes en nuestras calles desde los comienzos de la Transición democrática. El himno español es una reliquia que los más viejos del lugar aseguran haber escuchado durante la dictadura franquista. La bandera nacional no ha sido contemplada en lugar alguno de nuestra comunidad sino era para envolver los ataúdes de los guardias civiles asesinados.

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Vacaciones

Nunca he creído que abril fuera el mes más cruel. Lo más cruel siempre es tener que despedirse de quien ya no se es y eso suele ocurrir fundamentalmente durante las fiestas de Navidad o cuando, en verano, la deslumbrante juventud aparece, de repente, en una playa cualquiera mientras tú, más avejentado que una canción de los Rolling, estás tratando de disimular tu barriga a la orilla de un mar monótono, amaestrado y tan antiguo como tu manera de descifrar el mundo.

Los jóvenes no lo saben pero el verano es solo un lugar en la memoria. Un lugar antiguo, lejano, incierto, donde tus padres aún están vivos y donde aún quedan ríos, inmensos arenales, peces, espacios abiertos, pájaros que buscan proas en el horizonte... Un lugar donde aún zumban las moscas, el tedio tiene un penetrante aroma a melocotón maduro, las cerezas de carne apretada, dura, granate, son levemente tocadas por el pico de un gorrión, legendarios ciclistas de rostro enjuto escalan trabajosamente, a la hora de siesta, a través de la pequeña pantalla, las laderas del Alpe de Huez y donde las manadas de turistas alcoholizados, vestidos como si acabaran de disputar la final olímpica de halterofilia, aún no han arrasado las playas, los montes, las rutas de los peregrinos y los paseos marítimos...

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Babel

La diferencia está en la lengua. Lo mismo que un servidor escribe ahora estas palabras en lengua castellana hay quienes en este preciso instante están escribiendo artículos, novelas, canciones de amor, cuadernos de bitácora, poemas épicos o tratados de comercio en finlandés, en ruso, en suahili, en portugués, en catalán o en hebreo.

Más allá de esta verdad no se entienden los nacionalismos. Tal vez la historia de la humanidad hubiera sido menos cruel, menos absurda, menos devastadora y no se hubiese visto salpicada de tanta sangre si todos hubiéramos hablado la misma lengua. Pero como en la torre de Babel dios se hizo confuso, las diferentes lenguas surgidas a partir de ese momento se justificaron a sí mismas creando culturas distintas, distintas religiones, distintos himnos, distintas banderas, distintos modos de pronunciar la palabra paz y distintas selecciones de fútbol.

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Corrupción

No hay servidumbre mayor que la del dinero. Ni siquiera la del sexo, a pesar de que Jacques Brel dijera que había conocido a auténticos criminales que las mujeres habían transformado en poetas. Los que habitamos este tiempo mediocre hemos entregado nuestra alma a los contables y todas las pasiones que hoy nos conmueven no se derivan ni de la religión ni del sexo ni de la ideología sino de la cuenta de resultados; es decir del balance económico de pérdidas y ganancias.

Las personas que nos interesan, aquellas a las que les prestamos una mayor atención, son las que pueden proporcionarnos dinero ya sea mediante un puesto de trabajo, un negocio, una herencia o una recalificación de los terrenos que el abuelo regó con su sudor durante los años de la alpargata, el caudillo, el seiscientos, las sopas de ajo y el vino con gaseosa. La corrupción se ha instalado así en nuestras almas del mismo modo que el fascismo se ha instalado en la Presidencia de la Generalitat de Cataluña.

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Chautebriand

Tras el desmantelamiento industrial de la margen izquierda de la ría vizcaína durante los primeros años ochenta, los líderes nacionalistas de entonces decidieron colonizar la sociedad civil mediante la creación de una gigantesca maquinaria burocrática solo comparable a la de determinados regímenes soviéticos.

Los ciudadanos vascos comenzaron, entonces, a dividirse no solo entre ricos y pobres, tontos y listos, bebedores y abstemios, sino también entre aquellos que obtenían sustanciosas prebendas, magníficos despachos, hermosas subvenciones, perpetuas cátedras, respetados púlpitos, puestos de trabajo casi, casi vitalicios, jubilaciones magníficamente remuneradas e incluso insospechados protagonismos y quienes no tuvieron más remedio que buscarse el sustento en otras latitudes más propicias.

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Feedback

En un bar del Sardinero, en Santander, capital cántabra donde como en el resto del país reina sin oposición alguna la hija más despiadada o más espabilada de Emilio Botín, además de servir una curiosa combinación de vino y vaya a saber usted qué en unos porrones de cristal transparente, tienen la arraigada costumbre de no dar nunca la razón a los clientes. Su dueño, un cuarentón profundamente santanderino, calvo, tozudo, con un par de matrimonios rotos y una interminable capacidad para discutir de todo con todos, tiene la tarde metida en asuntos raciales y territoriales asegurando que los vascos tendemos a la soberbia porque esa es la única manera que hemos encontrado para disimular no solo nuestra timidez sino nuestra incapacidad para mantener una conversación ya que, como largamente demostrara nuestro vasco más ilustre, o sea, don Miguel de Unamuno, tendemos al monólogo.

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Bucle

En un mundo sin convicciones siempre me ha sorprendido que en nuestro país haya tanto nacionalista convencido. No se si esto tiene que ver con quién maneja el dinero en las autonomías vasca y catalana, por ejemplo, con la educación religiosa recibida, con la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo o con el miedo a salirse del rebaño aunque, por estas cosas curiosas que tiene la vida, últimamente he empezado a creer que en esta desquiciado país la prensa madrileña forma más nacionalistas que las declaraciones de la prestigiosa intelectual del 'procés'; la legendaria Pilar Rahola. Más que nada por reacción.

Pero no solo la prensa madrileña sino también los telediarios, los arbitrajes al Real Madrid, las entrevistas concedidas por los dirigentes del Partido Popular, las declaraciones de Rafael Hernando, los tertulianos de ciertas emisoras de radio y tanto balcón abanderado con la enseña nacional donde, curiosamente, los nacionalistas españoles pretenden combatir el nacionalismo catalán.

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Descrédito

Escucho la radio. Lo hago con bastante frecuencia. Por lo general, cuando anochece. No sé si buscando compañía, canciones que se asemejen en algo a lo que en otro tiempo hicieran Jacques Brel, Leonard Cohen o Neil Young o solo por entretenerme escuchando otras voces, otras historias, otras mentiras.

En realidad con la radio mantengo una relación de dependencia: cuando no sé que hacer, después de vestirme, por ejemplo, o tras atarme los cordones de los zapatos -que diría Charles Bukowski- enciendo la radio y me mantengo en su escucha hasta que se me ocurre alguna otra cosa con que rellenar las horas, los días, las semanas, los siglos... Es una manera como cualquier otra de mantener la cabeza ocupada; de no escucharse a uno mismo, no fuera a ser que en un descuido nos descubramos el creciente e imparable deterioro mental.

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Feministas

En los inicios de la revolución industrial, que ha acabado saturando de coches el planeta, la vida de las mujeres trabajadoras se reducía a fregar, guisar, trabajar y parir, atrapadas, así, en una espiral de faena que no les daba respiro, hasta que las hilanderas y las tejedoras de Lancashire comenzaron a reunirse en asociaciones, tiendas cooperativas y sindicatos como la Women's Trade Union League para rebelarse e iniciar el movimiento en favor de los derechos de la mujer.

Las sufragistas inglesas del siglo XIX y primeros años del XX eran espectaculares en sus acciones; arrojaban piedras contra los escaparates de Oxford Street, por ejemplo, o contra las ventanas de los despachos parlamentarios y ministeriales, además de hacer huelgas de hambre o de lanzarse a la pista durante el derby de Epson para detener el caballo del Rey y morir en el intento como le ocurrió a la sufragista británica Emily Wilding, el cuatro de junio de 1913. No obstante gran parte de sus reivindicaciones se limitaban a querer ser mujeres ‘Eduardianas’ con derecho al voto y libre acceso a la sociedad, sin que por ello aspirasen a transformar la base sobre la que dicha sociedad se había construido.

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Chinos

La invasión china avanza. Los historiadores que dentro de muchos años nos estudien y se asombren ante las ridículas costumbres de nuestra época hablarán de este tiempo como el de “la silenciosa invasión de los chinos”.

En el barrio donde crecí todos los comercios que han tenido que bajar la persiana debido a la última crisis económica que tan entretenidos nos ha tenido durante estos últimos años, los han comprado los chinos para poner en ellos salones de manicura, peluquerías, tiendas de todo a un euro, de comestibles, de ropa, de reparación de móviles, de comida para llevar a casa, etcétera, etcétera.

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