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Gonzalo Bolland

Periodista y Licenciado Hª Contemporánea. Trabajé en la radio tanto en Bilbao como Vitoria, a principios de los 90. Articulista de opinión, así como crítico literario, del periódico El Mundo en su edición del País Vasco desde 1995 hasta 2008. Delegado en el País Vasco del periódico diariocrítico.com durante 2008-2009. Reportero y articulista de opinión de la revista Cantabria Económica desde 2009 hasta 2012. También he sido colaborador ocasional en periódicos como El Correo, La Verdad o El Diario Montañes.

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Turistas

En sus escasos días soleados San Sebastián – Donosti para quienes viven del Gobierno Vasco -, es un hervidero de turistas. No hay manera de entrar en bar alguno de la parte vieja ya que en todos ellos hay una multitud de hombres y mujeres, rubios, por lo general, altos, sonrientes, de mofletes sonrosados y decididamente satisfechos de sí mismos, dando cuenta de platos rebosantes de descomunales pinchos de tortilla, foie con angulas, hojaldre con salsa de boletus, láminas de bacalao salpicadas con caviar, cebollino y dos o tres lágrimas de un aceite de oliva virgen extra de maduración carbónica, además de otras sobrecogedoras delicias culinarias... ¿Cómo hemos llegado a convertirnos todos en turistas?. ¿Cuándo comenzó esta manera de deambular por el mundo?. ¿Quiénes fueron sus promotores?.

En el curso del siglo dieciocho, a los estudiantes ingleses de buena familia que tenían alguna posibilidad de hacer una carrera, los mandaban a hacer un viaje por el continente europeo que duraba uno o dos años. El viaje se hacía para aumentar la educación del muchacho y también para eliminar su rusticidad comarcal y nacional. A partir de entonces ningún país podía considerarse como lugar de turismo mientras no acudieran a él los turistas británicos. Esto es algo que los italianos, por ejemplo, aprendieron hace ya muchos, muchos años y que a nosotros nunca nos ha interesado demasiado ya que acostumbramos a estar permanentemente ocupados tratando de averiguar si los vecinos del pueblo colindante son auténticos cristianos viejos o tan vascos, tan catalanes, tan gallegos, tan cántabros, tan asturianos, etcétera, etcétera, como lo son los huesos de todos nuestros muertos enterrados en los abismales cementerios de la historia.

El mundo siendo cada vez más pequeño está siendo cada vez más inundado de turistas, como ha demostrado la reciente fotografía de una gran cantidad de gente tratando de coronar la cumbre del Everest. La multitud lo inunda todo. Esto es lo que mejor define a esta época: la multitud. Todos somos multitud y la multitud está en todas partes. El viajero solitario que en siglos anteriores a la revolución industrial visitaba paisajes que desconocía, pateando pueblos y ciudades en completa soledad, ha dado paso a una multitud de turistas que, ignorando, tal vez, de donde procede la costumbre que da sentido a sus vidas, abarrota los museos, las catedrales, las playas, los desiertos, confundiéndose de este manera los unos con los otros en una masa presurosa, sudada, ruidosa, sin más identidad que su condición de multitud.

Durante una época no muy lejana, en España, la gente de pueblo, con la habitual percepción de quienes todavía no han perdido el contacto con la naturaleza, llamaba ingleses a todos los extranjeros que tenían la ocurrencia de alojarse durante una temporada en alguna de las pensiones, casas u hostales de la sierra granadina, el litoral mediterráneo o los pueblos encalados de la Andalucía más tórrida, más pobre y más profunda. Esa es la clase de reconocimiento que los ingleses partidarios del Brexit, tan nostálgicos ellos de viejos esplendores y de viejas distinciones, añoran tanto.

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Modernos

El hombre, la mujer, siempre ha tendido a dejarse hipnotizar fácilmente dado que mantener en suspenso las facultades del cerebro es una manera bastante barata de distanciarse de la fatigosa tarea de pensar. El fuego hizo el papel de la televisión en una época anterior a la revolución industrial, pero actualmente no hay nada más hipnótico que la pantalla del televisor, el móvil, el ordenador o la tableta. Contemplar un partido de tenis a través de la pequeña pantalla, por ejemplo, es un narcótico muy poderoso, mucho más poderoso que la contemplación del mar o del fuego que arde en una chimenea.

Tal vez por eso a algunas personas les resulte tan fácil desentenderse no solo del prójimo sino también de la naturaleza para vivir en una completa y televisiva soledad. El futuro es la soledad. La soledad distraída con máquinas. La soledad de la comida a domicilio y de la pornografía en Internet. Los jóvenes parecen asumir este futuro sin cuestionarlo ya que se han entregado a las nuevas tecnologías con un entusiasmo ciego; como de enamorados o de drogadictos o de feligreses... No cuestionan las consecuencias de esta entrega del mismo modo que los soldados no cuestionan las órdenes. La tecnología les ha aislado.

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Elecciones

Siempre tendemos a creer que las demás personas, todos aquellos que nos rodean, piensan igual que nosotros. Nos gusta suponer que el planeta está habitado por gente buena, sustancialmente buena, dando por hecho que para curar a un psicópata, por ejemplo, bastaría con darle un cachorro, un abrazo, unas monedas con las que pueda comprarse unas cuántas chorradas y un instrumento musical con el que distraer el habitual tedio de los domingos por la tarde. Pero no es así.

Un psicópata puede entrar en tu cerebro e intentar imaginar lo que piensas, pero nunca podrá comprender como te sientes. Un psicópata puede llegar a relacionarse social, económica e intelectualmente de manera significativa, incluso bastante más brillante de lo habitual, pero siempre concebirá a las demás personas como objetos. Siempre. Por mucho que le ofrezcas un cachorro, un abrazo, 150.000 euros para que se largue a las islas Marquesas a dar la tabarra o una flauta con la que entonar angélicas tonadas durante las lánguidas tardes de los domingos. La falta de empatía, la incapacidad para ponerse en el lugar de los otros, la falta de conciencia y la total ausencia de remordimiento son las características principales de los psicópatas.

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Requisitos

Los hombres y las mujeres que tienen la política como profesión suelen comentar que su trabajo es lo más parecido a un veneno del que no conocen antídoto alguno. Con honrosas excepciones sabido es que no hay profesional de la política que haya abandonado su oficio cuando la tarea que habitualmente desarrolla le procura poder, dinero, posición, influencia o reconocimiento social. Tal vez por esto o tal vez porque hay vocaciones que las fomenta el diablo o, quien sabe, tal vez porque las generaciones se suceden para cometer los mismos o parecidos errores, hay estudiantes en nuestros días, jóvenes con la ambición propia de quienes aún creen que el tiempo está de su parte, que puestos a hacerse preguntas llegan a preguntarse cuáles son las cualidades necesarias para convertirse en diputado, ministro, alcalde, presidente del gobierno o incluso virrey de alguna comunidad autónoma.

Tras muchos años dedicado a este insólito oficio de observar los modos y maneras de la gente para no obtener más beneficio que la pobreza y la perplejidad, tengo comprobado que para ejercer la política en este desmemoriado país, conviene, en primer lugar, no saber nada de nada ya que desdeñamos a quien sabe más que nosotros dado que en esta época la sabiduría del prójimo no la admiramos sino que la consideramos un agravio personal, cuando no una humillación.

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Far West

Los dirigentes de la derecha nacional católica me recuerdan bastante a esos predicadores que en las viejas películas del lejano oeste – o far west que decían los pedantes en los cine clubs de mi primera adolescencia -, recorrían los polvorientos pueblos de Texas, Nuevo México o Missouri con una biblia en una mano y una pistola en la otra.

Fanfarrones, arrogantes, grandes bebedores y tan siniestros como siniestras eran las cicatrices que les marcaban el rostro, todos estos predicadores tenían por costumbre escudarse tras la palabra de dios para cometer una larga serie de atropellos. Tras cada robo, asalto, tiroteo, ahorcamiento o descarrilamiento de tren leían unos cuántos versículos bíblicos, se santiguaban, entonaban unos salmos de alabanza a dios, nuestro señor, rezaban un par de padrenuestros como si estuvieran masticando tabaco y tras tragarse todo el whisky que había en la comarca, montaban, de nuevo, en el caballo para continuar cabalgando hacia un horizonte lejano, vacío, púrpura y crepuscular.

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Holgazanes

El frío espabila. Tal vez por eso en los país del norte y el centro de Europa los calvinistas han conseguido imponer su filosofía que da a la acción, y por consiguiente a la voluntad, la preeminencia dentro de las cualidades humanas. La vida contemplativa, según ellos, no solo es una ofensa al Creador sino también un pasaporte directo a la pobreza, así que los dirigentes políticos e intelectuales de todos esos países han educado a sus compatriotas en la convicción de que la vida contemplativa es una característica reservada tan solo a los pueblos perezosos e indolentes del sur europeo.

Pueblos todos ellos castigados por el sol, las moscas, la pertinaz sequía y una aristocracia, tanto seglar como eclesiástica, gandula. De ahí, sospecho, proviene la altivez con la que los alemanes, los noruegos, los finlandeses, los suecos y demás descendientes de las tribus bárbaras suelen tratar a los camareros de este somnoliento país. Pero tal vea la actitud más rotunda de protesta contra el actual sistema sea convertirse en una persona contemplativa; o sea en un holgazán. Nada desestabiliza tanto al sistema como que uno no trabaje en nada que no sea en su propia mediocridad, desistiendo de hacerse emprendedor o famoso o futbolista o rapero o community manager o tertuliano de la Sexta o vocalista de un grupo de brillantísimos intelectuales como Teodoro García Egea.

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Radiografía

La fe más intensa y más extendida en este siglo es la servidumbre. Somos obedientes. Mucho más obedientes de lo que lo fueron nuestros antepasados. Mediocres y obedientes. Por eso seguramente todos tenemos un coche, un teléfono móvil, un ordenador portátil, una cuenta de correo en Internet, deudas contraídas con el banco y amores de telenovela o pornográficos; dependiendo esto de cuál sea nuestra inclinación a la hora de elegir una película con la que distraer las solitarias sobremesas del lluvioso invierno que, como suele ser habitual, comienza en estos navideños días de diciembre...

Nada hay tan inmutable como este mes. Nada. El resto de los meses, menos el tórrido agosto, tienden a diluirse en la mediocridad de unos días rutinarios que por lo general tiene mucho de naderías, madrugones, esclavitudes impuestas, disgustos, derrotas y una fatiga provocada por las muchísimas malas noticias que son retransmitidas o aparecen impresas en los diferentes medios de comunicación.

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Nuevo Estatuto vasco

“Tras unas semanas recorriendo las tierras vascas tengo la extraña certeza de haber habitado, creo, en el más sólido reducto de la España católica, ya que en las regiones vascas es rara la familia no emparentada con un sacerdote o una monja. El ritual católico se ha extendido a los más mínimos actos de la vida del vasco. Se vive en religión. Los sacerdotes son numerosísimos. Se hospedan en las casas de familia, conviven con el medio ambiente sin que a nadie le llame la atención este entrelazamiento del eclesiástico con el seglar ya que la gente les escucha con atención y respeto. Los más serios problemas domésticos se aconsejan con el eclesiástico. La sociedad vasca se encuentra en absoluto bajo el control religioso así que excuso decir que el libre pensamiento, el escepticismo y el socialismo son mirados aquí como formas de criminalidad que se deplora que el Estado no las castigue. Sin embargo la religión no ha modificado la altiva naturaleza del vasco. Resulta difícil que se encuentre en toda la península gente más satisfecha de sí misma, más ingenuamente admiradora de sus propias tradiciones. Por lo tanto, la repetición de esta actitud ingenua acaba por agobiar al forastero. El vasco supera al sevillano en el apasionamiento por las cosas de su tierra. Con una diferencia: lo que hace tolerable el regionalismo del andaluz es la gracia con que se expresa, los giros inesperados, las metáforas originales. El vasco, careciendo de la gracia del andaluz, no atina a ensalzar las excelencias de su región, sino espontáneamente menoscaba las virtudes de otras regiones. El forastero que no tiene ningún motivo de malquerencia para las diversas zonas de la península, acaba por sentirse molesto ante esta insistencia del nativo que se obstina en complicarle en juicios parciales. Esta actitud es general en el vasco de clase media. En cuanto al movimiento intelectual bien podemos decir que está francamente apagado. Se escribe poco y enfáticamente mal. Ni Unamuno ni Baroja, a pesar de ser vascos, interesan en las regiones vascas. Ambos son herejes para las consignas que el Partido Nacionalista Vasco pretende llevar a las masas. A Baroja ni se le nombra. Algunos escritores jóvenes que se pueden contar con los dedos de la mano, luchan denodadamente para abrirse camino, pero fuera de las alas del Partido Nacionalista Vasco, el intelectual vasco, actualmente no tiene ningún porvenir, y dada la situación creada por el Partido, lo único que apasiona en el presente momento es la continua exaltación de la Nacionalidad Vascongada”...

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Sin sustancia

Elías Cannetti, nacido en Bulgaria, descendiente de judíos sefardíes que vieron cómo su Cañete original, nombre de la población de Cuenca de la que procedía, se transformó en Canneti y autor de una extensa obra literaria en lengua alemana que le proporcionó en Premio Nobel de Literatura en el año 1981, escribió que “sentirse avergonzado de vivir en el siglo veinte es una muestra de decencia humana fundamental”. Los 18 años transcurridos del siglo actual parecen mantener la tendencia ya que la Historia, de pronto, ha dejado atrás a la humanidad avanzando vertiginosamente hacia la robotización y hacia el estremecedor aburrimiento que ha de derivarse de vivir en sociedades altamente tecnificadas y totalmente deshumanizadas.

El hombre ha logrado desarrollar la técnica más rápidamente que su capacidad para comprenderla, pero no ha desterrado del planeta las guerras, los asesinatos, la opresión, el racismo, las limpiezas étnicas y las tremendas desigualdades sociales que han provocado que todos vivamos más cerca de la catástrofe económica personal que nuestros padres. Hay quienes consideran que esta es una razón más que suficiente para añorar los modales victorianos de una época agrícola, hedionda, preindustrial y silenciosa donde la ciencia no era el único dios y la tecnología su sumo sacerdote pero como de momento no hay posibilidad alguna de trasladarse en el tiempo habrá que reconocer que el dinero o el retiro monástico son las únicas posibilidades que nos quedan para huir del tiempo presente y, la verdad, ninguna de las dos parecen demasiado al alcance de la mayoría.

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Gratitud

La vida que vivimos no nos permite vivir. Siempre hay que ver demasiadas películas, demasiadas series, demasiados documentales o demasiados programas de televisión que no hemos visto. Siempre hay que leer demasiadas novelas, demasiados ensayos, demasiados tuits o demasiadas majaderías que no hemos leído. Siempre hay que escuchar demasiadas canciones, demasiadas sinfonías, demasiadas conferencias o demasiados discursos que no hemos escuchado. Siempre hay que visitar demasiadas aldeas, demasiadas ciudades, demasiados desiertos o demasiadas playas que no hemos visitado y en esta perpetua frustración la vida que vivimos nos parece siempre insuficiente como si fuera una prenda que estuviera hecha de retales, no se ajustara bien a nuestro cuerpo y hubiera sido cosida con desgana por un sastre tuerto, perezoso y desquiciado. Hay tanto de todo, tantas posibilidades, que si no las abarcamos todas parece que nos empequeñecemos. Siempre nos falta algo. Siempre.

Toda esta frustración hace que a menudo nos sintamos como los pobres desgraciados a quienes nunca dejan entrar en la discoteca de moda. Vivimos en la carencia más que en la presencia. Lo que tenemos no es suficiente porque desde todas partes, desde los medios, desde las agencias de publicidad, desde los folletos publicitarios y desde las redes sociales, por ejemplo, siempre nos están proponiendo conseguir otro coche, otra casa, otro amante, otro cuerpo u otras vacaciones en el sudeste asiático, por ejemplo...

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