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Gonzalo Bolland

Periodista y Licenciado Hª Contemporánea. Trabajé en la radio tanto en Bilbao como Vitoria, a principios de los 90. Articulista de opinión, así como crítico literario, del periódico El Mundo en su edición del País Vasco desde 1995 hasta 2008. Delegado en el País Vasco del periódico diariocrítico.com durante 2008-2009. Reportero y articulista de opinión de la revista Cantabria Económica desde 2009 hasta 2012. También he sido colaborador ocasional en periódicos como El Correo, La Verdad o El Diario Montañes.

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Sin sustancia

Elías Cannetti, nacido en Bulgaria, descendiente de judíos sefardíes que vieron cómo su Cañete original, nombre de la población de Cuenca de la que procedía, se transformó en Canneti y autor de una extensa obra literaria en lengua alemana que le proporcionó en Premio Nobel de Literatura en el año 1981, escribió que “sentirse avergonzado de vivir en el siglo veinte es una muestra de decencia humana fundamental”. Los 18 años transcurridos del siglo actual parecen mantener la tendencia ya que la Historia, de pronto, ha dejado atrás a la humanidad avanzando vertiginosamente hacia la robotización y hacia el estremecedor aburrimiento que ha de derivarse de vivir en sociedades altamente tecnificadas y totalmente deshumanizadas.

El hombre ha logrado desarrollar la técnica más rápidamente que su capacidad para comprenderla, pero no ha desterrado del planeta las guerras, los asesinatos, la opresión, el racismo, las limpiezas étnicas y las tremendas desigualdades sociales que han provocado que todos vivamos más cerca de la catástrofe económica personal que nuestros padres. Hay quienes consideran que esta es una razón más que suficiente para añorar los modales victorianos de una época agrícola, hedionda, preindustrial y silenciosa donde la ciencia no era el único dios y la tecnología su sumo sacerdote pero como de momento no hay posibilidad alguna de trasladarse en el tiempo habrá que reconocer que el dinero o el retiro monástico son las únicas posibilidades que nos quedan para huir del tiempo presente y, la verdad, ninguna de las dos parecen demasiado al alcance de la mayoría.

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Gratitud

La vida que vivimos no nos permite vivir. Siempre hay que ver demasiadas películas, demasiadas series, demasiados documentales o demasiados programas de televisión que no hemos visto. Siempre hay que leer demasiadas novelas, demasiados ensayos, demasiados tuits o demasiadas majaderías que no hemos leído. Siempre hay que escuchar demasiadas canciones, demasiadas sinfonías, demasiadas conferencias o demasiados discursos que no hemos escuchado. Siempre hay que visitar demasiadas aldeas, demasiadas ciudades, demasiados desiertos o demasiadas playas que no hemos visitado y en esta perpetua frustración la vida que vivimos nos parece siempre insuficiente como si fuera una prenda que estuviera hecha de retales, no se ajustara bien a nuestro cuerpo y hubiera sido cosida con desgana por un sastre tuerto, perezoso y desquiciado. Hay tanto de todo, tantas posibilidades, que si no las abarcamos todas parece que nos empequeñecemos. Siempre nos falta algo. Siempre.

Toda esta frustración hace que a menudo nos sintamos como los pobres desgraciados a quienes nunca dejan entrar en la discoteca de moda. Vivimos en la carencia más que en la presencia. Lo que tenemos no es suficiente porque desde todas partes, desde los medios, desde las agencias de publicidad, desde los folletos publicitarios y desde las redes sociales, por ejemplo, siempre nos están proponiendo conseguir otro coche, otra casa, otro amante, otro cuerpo u otras vacaciones en el sudeste asiático, por ejemplo...

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Desprotección

Tras la disolución de los terroristas de ETA, muchos políticos de nuestro país, entre otros el último ministro de interior socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, declararon a los medios de comunicación que “ETA ha estado cincuenta años matando y al final no ha conseguido nada, absolutamente nada”. No es cierto. No es cierto ya que entre otras naderías ETA consiguió que el Estado prácticamente desapareciera en nuestra comunidad autónoma, con lo que eso ha supuesto de desprotección para los vascos no nacionalistas.

Los militares, por ejemplo, han tenido prohibida la utilización de sus uniformes en nuestras calles desde los comienzos de la Transición democrática. El himno español es una reliquia que los más viejos del lugar aseguran haber escuchado durante la dictadura franquista. La bandera nacional no ha sido contemplada en lugar alguno de nuestra comunidad sino era para envolver los ataúdes de los guardias civiles asesinados.

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Vacaciones

Nunca he creído que abril fuera el mes más cruel. Lo más cruel siempre es tener que despedirse de quien ya no se es y eso suele ocurrir fundamentalmente durante las fiestas de Navidad o cuando, en verano, la deslumbrante juventud aparece, de repente, en una playa cualquiera mientras tú, más avejentado que una canción de los Rolling, estás tratando de disimular tu barriga a la orilla de un mar monótono, amaestrado y tan antiguo como tu manera de descifrar el mundo.

Los jóvenes no lo saben pero el verano es solo un lugar en la memoria. Un lugar antiguo, lejano, incierto, donde tus padres aún están vivos y donde aún quedan ríos, inmensos arenales, peces, espacios abiertos, pájaros que buscan proas en el horizonte... Un lugar donde aún zumban las moscas, el tedio tiene un penetrante aroma a melocotón maduro, las cerezas de carne apretada, dura, granate, son levemente tocadas por el pico de un gorrión, legendarios ciclistas de rostro enjuto escalan trabajosamente, a la hora de siesta, a través de la pequeña pantalla, las laderas del Alpe de Huez y donde las manadas de turistas alcoholizados, vestidos como si acabaran de disputar la final olímpica de halterofilia, aún no han arrasado las playas, los montes, las rutas de los peregrinos y los paseos marítimos...

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Babel

La diferencia está en la lengua. Lo mismo que un servidor escribe ahora estas palabras en lengua castellana hay quienes en este preciso instante están escribiendo artículos, novelas, canciones de amor, cuadernos de bitácora, poemas épicos o tratados de comercio en finlandés, en ruso, en suahili, en portugués, en catalán o en hebreo.

Más allá de esta verdad no se entienden los nacionalismos. Tal vez la historia de la humanidad hubiera sido menos cruel, menos absurda, menos devastadora y no se hubiese visto salpicada de tanta sangre si todos hubiéramos hablado la misma lengua. Pero como en la torre de Babel dios se hizo confuso, las diferentes lenguas surgidas a partir de ese momento se justificaron a sí mismas creando culturas distintas, distintas religiones, distintos himnos, distintas banderas, distintos modos de pronunciar la palabra paz y distintas selecciones de fútbol.

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Corrupción

No hay servidumbre mayor que la del dinero. Ni siquiera la del sexo, a pesar de que Jacques Brel dijera que había conocido a auténticos criminales que las mujeres habían transformado en poetas. Los que habitamos este tiempo mediocre hemos entregado nuestra alma a los contables y todas las pasiones que hoy nos conmueven no se derivan ni de la religión ni del sexo ni de la ideología sino de la cuenta de resultados; es decir del balance económico de pérdidas y ganancias.

Las personas que nos interesan, aquellas a las que les prestamos una mayor atención, son las que pueden proporcionarnos dinero ya sea mediante un puesto de trabajo, un negocio, una herencia o una recalificación de los terrenos que el abuelo regó con su sudor durante los años de la alpargata, el caudillo, el seiscientos, las sopas de ajo y el vino con gaseosa. La corrupción se ha instalado así en nuestras almas del mismo modo que el fascismo se ha instalado en la Presidencia de la Generalitat de Cataluña.

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Chautebriand

Tras el desmantelamiento industrial de la margen izquierda de la ría vizcaína durante los primeros años ochenta, los líderes nacionalistas de entonces decidieron colonizar la sociedad civil mediante la creación de una gigantesca maquinaria burocrática solo comparable a la de determinados regímenes soviéticos.

Los ciudadanos vascos comenzaron, entonces, a dividirse no solo entre ricos y pobres, tontos y listos, bebedores y abstemios, sino también entre aquellos que obtenían sustanciosas prebendas, magníficos despachos, hermosas subvenciones, perpetuas cátedras, respetados púlpitos, puestos de trabajo casi, casi vitalicios, jubilaciones magníficamente remuneradas e incluso insospechados protagonismos y quienes no tuvieron más remedio que buscarse el sustento en otras latitudes más propicias.

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Feedback

En un bar del Sardinero, en Santander, capital cántabra donde como en el resto del país reina sin oposición alguna la hija más despiadada o más espabilada de Emilio Botín, además de servir una curiosa combinación de vino y vaya a saber usted qué en unos porrones de cristal transparente, tienen la arraigada costumbre de no dar nunca la razón a los clientes. Su dueño, un cuarentón profundamente santanderino, calvo, tozudo, con un par de matrimonios rotos y una interminable capacidad para discutir de todo con todos, tiene la tarde metida en asuntos raciales y territoriales asegurando que los vascos tendemos a la soberbia porque esa es la única manera que hemos encontrado para disimular no solo nuestra timidez sino nuestra incapacidad para mantener una conversación ya que, como largamente demostrara nuestro vasco más ilustre, o sea, don Miguel de Unamuno, tendemos al monólogo.

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Bucle

En un mundo sin convicciones siempre me ha sorprendido que en nuestro país haya tanto nacionalista convencido. No se si esto tiene que ver con quién maneja el dinero en las autonomías vasca y catalana, por ejemplo, con la educación religiosa recibida, con la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo o con el miedo a salirse del rebaño aunque, por estas cosas curiosas que tiene la vida, últimamente he empezado a creer que en esta desquiciado país la prensa madrileña forma más nacionalistas que las declaraciones de la prestigiosa intelectual del 'procés'; la legendaria Pilar Rahola. Más que nada por reacción.

Pero no solo la prensa madrileña sino también los telediarios, los arbitrajes al Real Madrid, las entrevistas concedidas por los dirigentes del Partido Popular, las declaraciones de Rafael Hernando, los tertulianos de ciertas emisoras de radio y tanto balcón abanderado con la enseña nacional donde, curiosamente, los nacionalistas españoles pretenden combatir el nacionalismo catalán.

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Descrédito

Escucho la radio. Lo hago con bastante frecuencia. Por lo general, cuando anochece. No sé si buscando compañía, canciones que se asemejen en algo a lo que en otro tiempo hicieran Jacques Brel, Leonard Cohen o Neil Young o solo por entretenerme escuchando otras voces, otras historias, otras mentiras.

En realidad con la radio mantengo una relación de dependencia: cuando no sé que hacer, después de vestirme, por ejemplo, o tras atarme los cordones de los zapatos -que diría Charles Bukowski- enciendo la radio y me mantengo en su escucha hasta que se me ocurre alguna otra cosa con que rellenar las horas, los días, las semanas, los siglos... Es una manera como cualquier otra de mantener la cabeza ocupada; de no escucharse a uno mismo, no fuera a ser que en un descuido nos descubramos el creciente e imparable deterioro mental.

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