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Javier Arteta

Periodista.

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Ciudadanos y nacionales vascos

La postdemocracia nacionalista ya nos ha dejado claro que el debate político en el País Vasco se divide entre quienes hacen propuestas serias y quienes las “vetan”. Unos tienen la razón que les da el ser la “mayoría natural” de por aquí; los otros, los minoritarios, los “unionistas”, están obligados, si son responsables, a decir amén a lo que sostienen los primeros, al menos en las cuestiones esenciales. Se puede hablar, en un segundo momento, sobre cómo tiene que aplicarse la vaselina para que la pócima entre mejor, pero no sobre cuestiones de principio que ya están decididas por los realmente competentes.

De ahí que, si queremos tener la fiesta en paz y llegar a un acuerdo “transversal” para aprobar un nuevo Estatuto de Autonomía, son siempre los mismos los que se tienen que mover: el PSE-EE, el PP y, ahora, Elkarrekin Podemos, que, una vez caído del guindo, empieza a enterarse de qué va esto del llamado derecho a decidir.

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Como Pedro por su casa

Por mal que pueda sentarles a quienes acusan permanentemente a Pedro Sánchez de no tener abuela, lo cierto es que el presidente acertó al afirmar, en rueda de prensa a comienzos de agosto, que el nuevo Gobierno socialista ha supuesto un cambio de época. Prueba de ello es que no lleva aún tres meses de existencia y el tiempo parece habérsenos multiplicado con los cambios que se han ido produciendo y los que ya se han anunciado. Después de años de estancamiento, ha empezado a correr el aire y lo que antes era imposible, ahora está dejando de serlo.

Es posible recuperar derechos sociales. Es posible fortalecer el Estado de bienestar. Es posible dejar atrás las políticas de recortes. Es posible reactivar la autonomía parlamentaria y arrumbar vetos gubernamentales a las iniciativas de las distintas fuerzas políticas. Es posible dialogar con las instituciones catalanas. Es posible recuperar como país un protagonismo internacional que habíamos perdido. ¡Y hasta se hace posible sacar la momia de Franco del Valle de los Caídos sin que se hunda España por ello!

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¿Quién gobierna el derecho a decidir?

En Euskadi, las cosas más extrañas suelen estar siempre a la vuelta de la esquina. Y acostumbran a aparecer en los momentos más imprevisibles. Cuando parecía que éramos un modelo de diálogo y acuerdo político para toda España, vuelve a asomar de pronto el fantasma de Ibarretxe y sus planes autodeterministas, pero corregidos y aumentados. El partido que lidera el Gobierno Vasco, en lugar de hacer lo más lógico, que es entenderse con su socio de coalición para renovar el Estatuto, ha preferido hacer lo más complicado: llegar a un acuerdo con su muy enconada oposición, en defensa de la Euskadi del derecho a decidir.

El PNV es así: antes muerto que sencillo. Gobierna con el Partido Socialista y comparte con él una actualización de nuestro marco de autogobierno basado en "las normas y procedimientos legales"; pero, cuando llega la hora de la verdad, le gusta embarullar el contenido de lo que ha firmado, en una especie de postlenguaje donde no se ve muy claramente qué es eso de la legalidad. Y no es que el PNV no la acepte. La acepta, pero de una manera creativa: como eso que hay que asumir con la boca pequeña  para llegar a la postdemocracia nacionalista, mediante una tortuosa ingeniería constitucional, que convierta lo legal en postlegal.

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¿Derecho a decidir? ¡Pero si ya lo disfrutamos!

No sé yo si alguien recuerda que va a hacer cuarenta años que los vascos ejercieron su derecho a decidir. Y lo ejercieron al respaldar una Constitución en las urnas. Era una Constitución española, pero una abrumadora mayoría de vascos (el 70 por ciento de quienes utilizaron su derecho al voto) decidió que era también la suya, porque la realidad española no le era en absoluto ajena; y porque, además, quería una España diferente a la del franquismo.  

Tal vez esté contando una de tantas batallitas del abuelo pesado. Seguro que es así, pero no dejo de pensar que en un país que se precia de ser el más viejo de Europa (y tal vez del mundo) no está de más que se escuchen de vez en cuando las voces de los ancianos de la tribu. Aunque sólo sea para evitar que hoy se trabaje en balde, reclamando persistentemente un derecho a decidir del que hacemos uso con regularidad: el que nos trajo la democracia constitucional, y luego estatutaria, y permite a la ciudadanía elegir periódicamente a sus representantes.

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Presidente Pedro Sánchez

Algo, y no menor, hemos ganado ya con la moción de censura a Rajoy y la nueva etapa abierta por Pedro Sánchez: que ahora ya no veremos por las calles a miembros del Gobierno de España ejerciendo de caballeros legionarios y reivindicándose como novios de la muerte. De momento, pues, gana la cultura democrática y pierde una peligrosa deriva autoritaria que se había ido instalando en el ejercicio del poder. Ganan las posibilidades de una regeneración de la vida pública y pierde un partido  minado por las tramas de corrupción y desacreditado por las políticas antisociales de su Gobierno y la falta de credibilidad de su presidente; algo puesto de manifiesto en una sentencia memorable de la Audiencia Nacional.

Y gana la Constitución y los resortes de que dispone para superar situaciones de crisis política. Gana su artículo 113, como en su día ganó el 155. Dos artículos que mantienen algo en común: y es recordar que un Gobierno tiene unos límites que no debe sobrepasar, aunque haya ganado unas elecciones. Y quien, asumiendo responsabilidades de Estado, pactó con Rajoy la aplicación del 155 en Cataluña, para restablecer una legalidad quebrantada, es el mismo que se ha acogido al 113 para presentar una moción de censura, frente a la inacción de un presidente desautorizado por los tribunales de Justicia. Y, como la ha ganado, hoy es presidente de un Gobierno socialista.

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Rivera se marca un val(l)s

Con toda esta movida del máster empeñado en no aparecer, me han entrado sospechas sobre la verdadera identidad de la ya dimitida  presidenta de Madrid. Me he llegado a plantear si Cristina Cifuentes era realmente Cristina Cifuentes o una mera falsificación de Cristina Cifuentes. O tal vez una especie de doble como el que, según leyendas urbanas de la época, tenía Franco para que le cubriera su inevitable asistencia a los actos oficiales, mientras él se dedicaba a la más placentera pesca del salmón. Todo parece indicar que no: que la Cristina Cifuentes que veíamos por la tele desafiando a quien hubiera que desafiar coincidía con la Cristina Cifuentes real. Pero tampoco me hubiera sorprendido mucho lo contrario, dado el ambiente de irrealidad que envuelve a la política española.

En la España de Rajoy nada es ya lo que parece y la magia está a la orden del día. Se descubren milagrosamente recursos que no existían para subir todas las pensiones de acuerdo con el IPC. Y hasta se piensa desde el Gobierno de la derecha en aplicar impuestos a potentes empresas tecnológicas para poder pagarlas; esos tipos de impuestos que hasta ayer eran pecados populistas de Pedro Sánchez y hoy son ya remedios al alcance de la mano. Al paso que vamos, no sería tampoco de extrañar que esas cargas fiscales se le impusieran también a la banca y a las transacciones financieras, como viene reclamando el líder socialista.

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Gracias a esos políticos

Vuelve la España nacional-católica. La España encapuchada y procesional que guarda luto por la muerte de Cristo. La España recorrida por un revoloteo de sotanas que, poco a poco, se va llevando parcelas enteras de libertad de expresión. La España donde ministros del Gobierno, empezando por su portavoz, se vuelven Caballeros Legionarios y cantan a voz en cuello y en plena calle el himno del Viva la Muerte que tanto le gustaba a Millán Astray. La España de la derecha española de siempre, que, pasito a pasito, parece empeñada en reintegrarnos la moda retro años 40, los años triunfales del Caudillo, como los más viejos del lugar recuerdan.

Y en esta España de la derecha, que recorta libertades al mismo ritmo con que se carga derechos sociales, resuena con éxito el consejo del viejo militar golpista: “Haga como yo, no se meta en política”. Consejo que una inmensa mayoría de nuestra sociedad le ha comprado gustosamente al dictador. Da la impresión de que Franco nos ha dejado, atado y bien atado, este gran consenso nacional: la convicción de que política es una actividad intrínsecamente perversa.

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Relatos de Euskadi

Gracias a EH Bildu, he llegado a la conclusión de que el discurso franquista y el antifranquista son igualmente respetables. Que igual de legítimo es defender el alzamiento militar del 18 de julio, que condenarlo como un golpe de Estado que acabó con la democracia durante decenios. Que tienen razón quienes ensalzan al régimen de Franco y quienes lo rechazan denunciando sus crímenes y atropellos. Que son igualmente justas las posiciones de quienes insisten en que se cumpla la Ley de Memoria Histórica y las de quienes la incumplen, con la excusa de que "hay que mirar al futuro". Ambos relatos pueden convivir con toda naturalidad, si unos y otros se acogen a un denominador común razonable: el que establece que, “por la paz, un avemaría”. Aunque esa paz tenga que llevar sobre sus espaldas la pesada cruz del Valle de los Caídos.

En Euskadi esta ocurriendo lo mismo. En Euskadi se reproduce a escala esa gran polémica nacional, todavía no resuelta. También aquí, la memoria siniestra del terrorismo está sujeta a relatos diferentes, obligados a convivir, según reitera EH Bildu. De ahí que no sea posible llegar a acuerdos éticos tan elementales que, en su formulación, pueden incluso parecer monjiles; y que son objeto a su vez de tiras y aflojas que se alargan hasta el infinito. ¿Matar estuvo mal? Hombre, dependerá del relato que uno defienda. ¿Fueron injustos los asesinatos de ETA? Usted no sabe con qué relato está hablando. ¿Condena al terrorismo? ¡Pero si lo que nosotros practicamos fue la lucha armada para liberar a la nación vasca! Como para reconocer, con tales resistencias, el carácter de organización totalitaria de ese Ejército de Liberación, que pretendía instaurar en Euskadi una variante de la prolongada dictadura franquista.

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España, una causa de izquierdas

Parece haber mucho interés en hacer de España un manicomio de emociones nacionales enfrentadas, donde el ruido de los himnos tape la voz de los ciudadanos y el agrandamiento progresivo de las banderas oculte la jibarización creciente de los salarios, de las pensiones, de los servicios públicos y del Estado de bienestar. Por un lado, tenemos la PostCataluña del Postproces; esa PostRepública que continúa con su exhibición Postnacional de Postbufonadas, una vez fijada su doble capitalidad política en Bruselas y Ginebra. En lo que va quedando de la España una e indivisible (y de las J.O.N.S. a no tardar),  aumentan los encontronazos con las autonomías, paralizadas, en su capacidad de gasto social, por los "hombres de negro" del ministro Montoro. Pero, como aún se puede hacer más (Todo por la Patria), Albert Rivera se ha propuesto alborotar lo que es hoy el territorio español más tranquilo y emprende una santa cruzada contra el Concierto Económico; que, a su vez, enciende las pasiones identitarias (y expectativas electorales) de los nacionalistas de por aquí.

Y, por si éramos pocos, ahora Marta Sánchez se nos pone de parto (artístico) y alumbra la letra que le faltaba a nuestro Himno oficial, para agradecer a Dios el país que tenemos. Ha sido un verdadero chute de adrenalina para las derechas que nos co-gobiernan, empeñadas ambas en demostrar cuál de las dos tiene la españolidad más larga. Y ha bastado un himno cantado como Dios manda (y en España sigue mandando mucho), para que tanto Mariano Rajoy como Albert Rivera se unan en lo que de verdad importa para ellos.

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La mujer, ¿es un ser humano?

La pregunta no es gratuita. Tiene su razón de ser precisamente en los argumentos que manejan quienes, desde el movimiento feminista,  se lamentan recurrentemente de una masculinización del lenguaje que “invisibiliza” a las mujeres. De ahí que me surja una duda que me parece bastante razonable: ¿puede la mujer reconocerse conceptualmente en algo tan equivalente al hombre como lo es el ser humano? ¿O debería considerarse exclusivamente un “ser femenino”, para hacerse perfectamente visible y diferenciable en tanto que mujer (o, si se prefiere, como “hembra” que no quiere confundirse con el “macho”)?

Me temo que el “lenguaje inclusivo” con el que se ha dado respetabilidad a disparates como ese de la “portavoza” puede llevar a tales desvaríos. Se comienza con un cansino desdoblamiento (los / las, ellos / ellas, todos /todas, padres / madres, hijos / hijas) y se acaba dando coces contra palabras femeninas, por el simple hecho de que no parecen lo suficientemente feminizadas. Por lo que yo he podido entender, leyendo atónito ciertos ¿argumentos?, algunas de esas palabras son tan equívocas, que necesitan llevar falditas (en forma de A final) para que se adapten de verdad al género que les corresponde.

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