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Javier Arteta

Periodista.

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Luces de Bohemia en el Congreso

Un rayo de luz iluminó el Congreso de los Diputados el pasado 21 de mayo. No me estoy refiriendo a Marisol, sino a un socialista ya entrado en años y con unas barbas patriarcales y valleinclanescas. Si la sesión constitutiva del Congreso en la actual legislatura hubiera sido algo parecido a la ceremonia de entrega de los Goya, a Agustín Zamarrón, fugaz presidente de la Mesa de edad, se le podría haber dado el “cabezón”, en calidad de mejor actor secundario; porque, habiéndolo sido, brilló con luz propia y por sus propios méritos. Un fenómeno realmente sorprendente, precisamente por aquello que produjo la sorpresa.

Porque seguramente para muchos en este país ha sido una sorpresa que un representante político sea culto, domine el lenguaje, tenga lecturas bien asimiladas y goce, por eso mismo, de una ironía, una retranca y unos recursos de lenguaje realmente prometedores; hasta el punto de habernos dejado con las ganas de seguir escuchándole en los próximos debates de la Cámara. Para asombro del juvenilismo de tuit y tentetieso que recorre nuestra vida política, de la noche a la mañana veíamos alzarse a una persona de más de 70 años como joven promesa del parlamentarismo español.

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En español, please

De un tiempo a este parte, me empieza a preocupar que tenga que traducirme para entender lo que ya entiendo en mi propia lengua. Mi preocupación nace de comprobar la proliferación de términos ingleses para todas y cada una de las tendencias, actividades, problemas sociológicos, cambios generacionales, modas y costumbres que son propias de nuestra más palpitante modernidad. Es una verdadera avalancha que te llega sin anestesia y sin traducción simultánea. Entre otras razones, porque soltar un terminacho inglés en un debate de cierta altura constituye un signo de distinción que diferencia al que está al día del que sigue con ese lenguaje vulgar que todavía lleva la boina puesta.

Me van a dar la jubilación con esta moda absurda. Aún no me acabo de enterar del todo qué es eso de los “millenials”, y ya tengo que ponerme a averiguar lo que es un “background”. Ignoro si voy a tener vida suficiente para ir cambiando mi humilde idioma por el que manejan los hijos de la Gran Bretaña, que, además de darnos diariamente el coñazo con su Brexit, aún se permiten decirnos a todos cómo tenemos que hablar.

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La invasión islamista que acaudilló Franco

Como andamos un poco flojos de memoria histórica, aquí es posible decir cualquier sandez sin que nadie se escandalice. Por ejemplo, el secretario general de Vox, Ortega Smith, nos ha prevenido ya contra la invasión islamista de España, que está al caer, si es que ya no se ha producido. Más didáctico, su jefe de filas, Santiago (y cierra España) Abascal –desde Covadonga y bajo la atenta mirada de don Pelayo- asegura que  los enemigos de la nación española son tres: el comunismo, el separatismo y el islamismo, los jinetes del Apocalipsis que cabalgan con Pedro Sánchez, ese indeseable a quien hay que sacar de la Moncloa cuanto antes.

Me gustaría saber qué es lo que pensaría el pobre don Pelayo si levantara la cabeza, al enterarse de que, bastantes siglos después del fin de la “reconquista”, fueron los moros los que salvaron la España que Abascal, Ortega Smith y el conjunto de las derechas añoran. La España Una, Grandes y Libre acaudillada por aquel General que se alzó, a sangre y fuego, contra el Gobierno legítimo de la Segunda República. No únicamente los moros, claro, porque estuvieron bien acompañados por los legionarios que Franco se trajo de África.

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El 'no pasarán' de Jacinda Ardern

Supongo que más de uno y más de dos han tenido que abrir estos días el Atlas para ver por dónde queda Nueva Zelanda, uno de esos países donde “nunca pasa nada” y la convivencia funciona muy razonablemente, pese a su diversidad étnica y religiosa; hasta que un tipo inflamado por el odio racial ha decidido tomarse la venganza contra una normalidad cívica que desmiente sus prejuicios, asesinando a sangre fría a cincuenta personas de la comunidad musulmana. Habituados como estamos al continuo goteo de estos atentados, el perpetrado en Nueva Zelanda estaba destinado a que lo miráramos desganadamente como uno más de los que ocurren por el mundo.

Una gobernante sensible y con coraje, la primera ministra, Jacinda Ardern, nos ha obligado a mirar con atención antes de pasar página apresuradamente. Ha bastado para ello una manera de ejercer el liderazgo que se sale de lo corriente, en un marco internacional dominado por la irracionalidad y el salvajismo rampante; en un contexto mundial en el que predomina la inflamación criminal de los nacionalismos, el rechazo al diferente y al que huye del hambre y el terror, que no deja de ser “carne humana”, al decir de ese ministro del Interior de la Italia prefascista.

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La ideología, estúpido

Hasta hace nada, se consideró una verdad indiscutible que las veleidades ideológicas no debían interferir en la “buena marcha de la economía”. Una economía ya emancipada de la política y fuente de toda legitimidad. Más aún cuando sus patrocinadores y beneficiarios se empeñaban en sostenerla sobre bases científicas y ajenas a cosas tan miserablemente humanas, como la codicia, los intereses de clase, las desigualdades insultantes o las corrupciones de cualquier tipo; inconvenientes quizá molestos, pero que podían camuflarse en un laberinto de ecuaciones, gráficos, curvas y teorías sofisticadas, que explicaban y justificaban la actividad económica por sí misma, sin necesidad de injerencias ni controles democráticos externos.

Y, como no resulta fácil en principio polemizar con un gráfico o una ecuación, cuestionar desde la política las enormes libertades que se había tomado el mundo de los negocios se llegó a considerar algo tan absurdo como oponerse al teorema de Pitágoras o a la Ley de la Gravedad. De modo que el dogma oficial de los poderes del dinero se impuso a ideologías, supuestamente caducas, que pudieran representar una peligrosa competencia. La izquierda, claro está, salió perdiendo. Y hoy la socialdemocracia está en crisis, en busca de su identidad perdida.

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Quien no vota no sale en la foto

Santiago (y cierra España) Abascal lo tiene claro. Y empieza la carrera electoral proclamando, con plena autoridad: "España ha sido más fuerte que sus enemigos". Porque España no es una España auténtica, si no tiene un enemigo contra quien luchar y a quien escarmentar. Que es Cataluña, como sabe todo “español de bien”. Y como lo sabe Pablo Casado, que, en perfecta sintonía con el jefe de la ultraderecha, ha puesto de relieve cuál es la alternativa que se le ofrece al país: o diálogo con Torra (con Sánchez) o aplicación, (con el PP en el Gobierno) del artículo 155 a Cataluña; que es lo que, por otra parte, quiere el delegado en Cataluña del señor de Waterloo.

Y ya luego viene Albert Rivera, que “no descarta” un pacto futuro con Vox, como si el pacto andaluz no existiera, ni el líder de Ciudadanos (ante la mirada inquieta de Manuel Valls) no se hubiera sacado la foto en Colón con el jefe del nuevo Movimiento Nacional. Un Movimiento Nacional que ya no es lo que fue en sus días de gloria. El anterior tenía al menos el gancho de la “revolución pendiente”, mientras que el actual no pasa de ser un falangismo vergonzante y neoliberal, sin concesión retórica alguna a las reivindicaciones sociales.

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Libertad, igualdad, fraternidad y... ¿sororidad?

Comparto al cien por lo que asegura Bernard Crick en su libro, 'Socialismo': "La fraternidad sin libertad es una pesadilla, la libertad sin fraternidad es la crueldad competitiva, pero la fraternidad con libertad es el sueño más grande de la humanidad". Si a los dos términos ya citados le añadimos la “igualdad”, completaremos la utopía necesaria que puso en marcha la Revolución Francesa, y condensada en el ya conocido lema: “Libertad, igualdad, fraternidad”; tres palabras esenciales que van cogidas de la mano, se resisten a marcharse de la Historia e insisten en permanecer unidas, tal como nacieron, y no enemistadas, como pretenden la derecha y los poderes económicos que la secundan.

Y de la mano irán, por las calles de todo el país, el próximo 8 de marzo, para dar continuidad a la justa reivindicación de libertad e igualdad que las mujeres de toda España siguen reclamando. Y contarán con el apoyo fraterno de muchos hombres, el mío incluido. Aunque me asalta una duda: y es la de saber si lo que las mujeres necesitan es “fraternidad” o “sororidad”, de acuerdo con la feminización acelerada del lenguaje que se trata de imponer, no sé si por todo o por sólo una parte del movimiento feminista. Ocurrió ya con la palabra “portavoz”, a la que Irene Montero contrapuso la correspondiente “portavoza”. Ahora parece que la fraternidad tampoco es lo suficientemente femenina y necesita el correctivo de la “sororidad”, que es algo así como una fraternidad para chicas.

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Los presupuestos, ¿son españoles?

Estamos tan entretenidos defendiendo, unos la unidad de España, y otros la independencia de Cataluña, que se nos está olvidando lo esencial: ¿cómo se garantiza un mayor bienestar para los nacionales practicantes de ambos bandos? De eso va precisamente el proyecto de Presupuestos Generales del Estado que ha aprobado el Gobierno de Pedro Sánchez. Y eso es lo que no se quiere debatir, a juzgar por los rechazos que el proyecto está suscitando. Para los unos, resulta imposible respaldarlo mientras haya “presos políticos” a punto de ser juzgados. Para los otros, no es posible legitimar a un presidente ilegítimo empeñado en vender España al independentismo catalán para mantenerse en el poder.

La España nacional-nacionalista es así. Y es inevitable que sea así. Cuando hablan las naciones, se olvida a sus ciudadanos. Y más se les olvida cuando los nacionalismos hispanos en pugna se enfrentan con entusiasmo propio de las más feroces guerras de la Reconquista. Tan ocupados como están en marcar las fronteras de sus respectivos territorios, no es de extrañar que acaben olvidándose de la gente que tienen dentro y pasen, con soberbia feudal, de los problemas concretos que aquejan a sus representados. ¿O habría que hablar de súbditos cuya opinión importa una mierda? Me lo pregunto por esa reacción destemplada de un dirigente soberanista, al considerar las últimas movilizaciones sociales en Cataluña como algo que despistaba a los catalanes de sus aspiraciones últimas en tanto que “pueblo”.

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Unidad de España, S.A.

Tiene razón Javier Maroto cuando afirma, en una reciente entrevista de prensa, que  ahora al PP de Casado se le entiende todo. Porque es un partido que ha decidido al fin abandonar complejos y decir lo que piensa. De modo que, ya sin pelos en la lengua, fortalecido con las vitaminas marca Vox, y siempre con la postverdad por delante, vende sin rubor que ha ganado unas elecciones que, en realidad, ha perdido  estrepitosamente; y deja clara cuál va a ser su hoja de ruta para el “aperitivo” andaluz de la posterior reconquista de España: formar un frente nacional con la ultraderecha, y los servicios auxiliares de Ciudadanos, para expulsar a los socialistas y a la izquierda de cualquier instancia de poder. Ese es el verdadero cordón sanitario que hay que montar, y no el que algunos alucinados izquierdistas piden para el partido de Abascal, que es, según Aznar, de un constitucionalismo impecable, digno del mejor abertzalismo español.

Y los patriotas tienen que dejarse de tonterías democráticas secundarias y unirse contra sus peores enemigos: el Partido Socialista y el Gobierno de Pedro Sánchez, responsable máximo de que España se rompa. Y, en esa línea, Maroto, con la claridad de ideas que le caracteriza, ya ha desvelado cuál va a ser la primera medida que tomará ese  Gobierno alternativo que está al caer y será presidido por Casado: volver a aplicar en Cataluña el artículo 155 de la Constitución, pero esta vez sin blanduras y sin límites de tiempo; si es para cuarenta años, todavía mejor: así dará tiempo a que los jóvenes catalanes se cambien de trapos y acostumbren a salir a la calle envueltos en banderas rojigualdas; y, de paso, a que nos vayamos haciendo a la idea de lo prescindible que es la España constitucional de las autonomías.

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La nación, con un par de huevos

Dicen los expertos y politólogos, reales o de ocasión, que la debacle socialista en Andalucía ha sido consecuencia de lo que está ocurriendo en Cataluña. Y, ¡con lo que saben!, seguro que tienen razón. Pero, como la ignorancia es atrevida, yo aprovecho la mía para sugerir que el fracaso electoral del PSOE andaluz residió en el hecho de que una parte importante de sus votantes tradicionales (400.000, según se ha dicho) se quedaron en casa el 2 de diciembre; y no me los imagino especialmente obsesionados por los avatares del independentismo catalán, sino más bien preocupados por qué hay de lo suyo en su vida diaria.

Ahora bien, la Santísima Trinidad de la Derecha Española (tres personas distintas y un solo Aznar verdadero) ha impuesto ya lo que es doctrina oficial que no admite corrección alguna: Pedro Sánchez ha recogido en las urnas el “fracaso” de su política de diálogo institucional con las autoridades catalanas. Un fracaso que, hasta la fecha, se ha concretado en un conjunto de acuerdos basados en la legalidad constitucional, en el avance del autogobierno de Cataluña según su actual Estatuto y en medidas para el bienestar de sus ciudadanos; y que, además, podrían conllevar otro fracaso importante para España: que este país pudiera disponer de unos Presupuestos Generales como inicio del fin de las políticas de austeridad y de la recuperación de los derechos sociales de la gente.

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