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Javier Arteta

Periodista.

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España, camisa blanca de mi esperanza

Puede parecer extraño, pero lo cierto es que yo, que soy más español que un botijo, me echo a temblar cada vez que oigo vocear a los profesionales del amor a España. Porque, francamente (y nunca mejor dicho), hay amores que matan. Y el que tiene que ver con la patria suele ser uno de los más frecuentes. No tenemos necesidad de salir de Euskadi (cerca de 1.000 asesinados, en su mayor parte durante la democracia) para saberlo. Cuando, gracias a Rodríguez Zapatero, nos vamos reponiendo de la pesadilla totalitaria de ETA, hay quienes se empeñan en revivir la del franquismo y sus cunetas mortuorias, aunque para ello tengan que sacar a pasear el cadáver de la extinta organización terrorista.

“España no se rinde”, le espetó Pablo Casado a un Pedro Sánchez, que parece no tener mejor cosa que hacer que “romper España” con sus bien acreditadas “felonías”. Entendámonos: España no se rinde, porque tenemos un PP que la defiende. Fue una de las perlas que soltó Casado en el debate de investidura; y cuando la escuché, bastante atónito, me pareció que volvía a ver “Sin novedad en el Alcázar”, “A mí la Legión”, “Raza” o cualquiera de esas películas adoctrinadoras surgidas del cementerio franquista en que se convirtió el solar patrio durante décadas, por obra y gracia de una insurrección militar contra el Gobierno legítimo de la República. Bendecida por Dios y la Iglesia Católica, naturalmente.

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¡Ay, esta España mía, esta España nuestra!

Las derechas aman tanto a España, que prefieren tenerla bloqueada y sin Gobierno a que caiga en manos de alguien como Pedro Sánchez, aquejado de un evidente déficit de españolidad. Es verdad que ha ganado, y vuelto a ganar, las elecciones generales, pero eso no le da derecho a romper España como pretende. Lo ha advertido José María Aznar: “Estamos en una situación de máximo riesgo. Por primera vez desde la Guerra Civil, los comunistas van a entrar en el Gobierno”. Y lo van a hacer “con el consentimiento y el apoyo del independentismo”. De modo que, gracias a (o por culpa de) Sánchez, vamos a acabar teniendo a la vez una España roja y una España rota.

De nada valieron los esfuerzos de las tropas nacionales que la salvaron, dejando al 'ejército rojo' cautivo y desarmado, allá por 1939. Las izquierdas derrotadas vuelven ahora Y, lo que es peor, vuelven, no por la fuerza de las armas, sino por los votos de masas incultas empeñadas en dividir al país y llevarlo a políticas revanchistas. Como si no se dieran por enteradas de que fueron vencidas a perpetuidad; y de que, por muchos esfuerzos que hagan, España nunca será suya. Y, si se empeñan en gobernar, ni siquiera la Constitución.

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La conjura de los necios pasa pantalla

Leer es algo que ya no se lleva. O se lleva cada vez menos. Por sorprendente que parezca, lo acaba de certificar un grupo editorial, Planeta, al cerrar el Círculo de Lectores y comunicar a sus vendedores que eso de vender libros se está poniendo muy cuesta arriba “por los nuevos hábitos de consumo digital”; esos nuevos hábitos que Planeta viene fomentando, en perjuicio cada vez mayor de su oferta bibliográfica. Se acabó, pues, la estimulante aventura nacida en 1962 -¡en tiempos del franquismo!- y que llegó a contar con más de millón y medio de lectores abonados. Al fin y al cabo, ¿para qué leer cuando puedes meter tantas aplicaciones útiles en tu móvil? Estamos en otro tiempo; y el que nos queda no lo podemos malgastar ni siquiera en pasar página, cuando lo que procede es cambiar de pantalla.

La cosa tiene su lógica desde el punto de vista de la modernidad tecnológica, fuente de toda verdad. Hoy, con los cacharros de última generación en nuestros bolsillos, podemos enterarnos de todo en “tiempo real”, sin que nadie “nos dé la chapa” con argumentos y razones que podrían resumirse en unos cuantos buenos titulares aderezados con unas imágenes potentes.  ¿O acaso no está claro que una imagen vale más que mil palabras?

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"A por ellos"

Éste parece ser el grito que resume nuestra actualidad política. Hace dos años, y rojigualda en mano, se saludaba con un bélico “A por ellos” a las fuerzas policiales que el Gobierno del PP envió a Cataluña, en plan desembarco de marines. Dos años después, estelada en mano, los cachorros del independentismo catalán inauguraban los muy graves disturbios ocurridos tras la sentencia del Tribunal Supremo sobre el “procés”. El nacionalismo –catalán, vasco, español…- es eso: la eterna hosti(a)lidad entre los hunos de un lado (por emplear la expresión unamuniana) y los hunos del otro, con el objetivo común de que, bajo la presión de sus pezuñas, no vuelva a crecer la hierba.

Y, a falta de hierba, florezcan las banderas. Y hasta las sardanas bailadas al calor de los incendios, festivos para muchos, que surgían por las calles de Barcelona, mientras los vecinos de las zonas afectadas trataban de apagarlos con sus extintores caseros. Y, más allá de banderas y fuegos purificadores, hemos visto a los nacionalistas catalanes haciendo lo imposible para demostrar que sus carreteras no llevan a ninguna parte que no sea su república imaginaria. Aunque otros, con menos visión de futuro, piensen de manera prosaica que las vías de comunicación están hechas, no para ser colapsadas con marchas patrióticas, sino para que uno llegue a su pueblo, a un hospital, a un destino turístico, o al lugar donde sea posible depositar una determinada mercancía.

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Yo no me canso de votar

Oyendo lo que se propaga desde instancias mediáticas sobre la nueva convocatoria electoral, se diría que a los españoles no se les lleva a las urnas, sino a un campo de concentración. Se ha llegado incluso a descubrir una dolencia nueva, que seguramente habrá que atender en el futuro desde la sanidad pública: el cansancio de votar que le ha entrado a la gente, por la “incompetencia” o “falta de voluntad” de “nuestros políticos”, esa “gentuza” de la que habla un conocido novelista, desde la atalaya intelectual que le proporcionan sus aristocráticos sombreros. Porque, de un tiempo a esta parte, denostar a la “clase política” se ha convertido en un requisito indispensable para asegurarse un certificado de buena conducta y estar mínimamente presentable en sociedad

¡Y yo que pienso que no es para tanto! Fastidia un poco, es verdad, que se tenga que llegar a esta situación, nada infrecuente en los tiempos convulsos que vivimos ni en el espacio internacional que nos rodea. Pero nadie, creo yo, se fatiga de manera especial dando un paseíto saludable hasta el colegio electoral, para depositar el voto, como paso previo al vermut del mediodía. Eso es, al menos, lo que yo haré siguiendo mi costumbre, de acuerdo con mi conciencia cívica y con una convicción personal muy arraigada: que quien no vota no tiene derecho a quejarse posteriormente por lo que votan otros.

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La mala sombra de Iglesias

Pablo Iglesias ha dado en el clavo, al aclarar por qué fracasó el acuerdo entre PSOE y Podemos y hay, por tanto, que repetir las elecciones. El problema ha estado, según Iglesias, en las dificultades de Sánchez para entender que “alguien le pueda hacer sombra en el Consejo de ministros”. Y tiene toda la razón. Ningún presidente de Gobierno puede permitir que un miembro de su Gabinete trate de hacer sombra a quien tiene la facultad de nombrarlo, permitiéndole actuar como un Salvini bis. Hizo bien, por tanto, el presidente en funciones, al negar la entrada al máximo dirigente de Podemos en un futuro Ejecutivo, evitando el peligro de mantener dos Gobiernos en uno, expuesto a la crisis, la inestabilidad y la ineficacia permanentes.

E hizo bien, igualmente, al no renovar en septiembre la oferta  socialista de Gobierno de coalición de julio, que, inexplicablemente, Podemos rechazó. La cuarta fuerza política del país negaba la vicepresidencia y tres ministerios que le ofrecía la primera, porque la tropa negociadora de Echenique se lo tomó casi como una ofensa. Y luego, a las pocas horas, vino la guinda en sede parlamentaria (debate de investidura), con un Pablo Iglesias reconvertido en tratante de ganado, aceptando la oferta, que era una mierda, pero que sería menos mierda, si a ella se le añadían las Políticas Activas de Empleo (competencia, por cierto, transferida a las Comunidades Autónomas).

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Aupa, Chivite

Navarra es un lugar especialmente preparado para que ocurran cosas extrañas. Con recordar que en Pamplona tenemos un río Al Revés (así es conocido desde el principio de los tiempos), creo que está dicho todo, sin necesidad de poner más ejemplos. Aunque seguramente haya que mencionar el último: ese pacto político que ha hecho posible que María Chivite se haya convertido en la presidenta del Gobierno de la Comunidad Foral. Pacto que, al decir de las derechas, ha sido una acción infame cometida contra Navarra y contra España. Y convierte a Pedro Sánchez en “socio de Arnaldo Otegi”.

Según Pablo Casado, los socialistas, con tal de llegar al poder, no han dudado en negociar con los defensores de la ya extinta organización terrorista, para poner el futuro de Navarra en sus manos. Pero parece que ha sido una negociación rarísima; y seguramente tan secreta, que ni siquiera los herederos políticos de ETA, supuestos beneficiarios, se han enterado. Porque dejar a EH Bildu fuera del Ejecutivo al que perteneció, al  pactar un Gobierno de coalición con sus antiguos aliados (Geroa Bai y Podemos) -, amén de privarle de las alcaldías de Pamplona y otros municipios-, no parece la fórmula más convincente para fortalecer al independentismo radical.

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Con Podemos, no se puede. ¿Y con Unidas?

Parecía progresar adecuadamente en racionalidad política. Llegaba a acuerdos muy razonables con el presidente socialista del Gobierno de España. Fue incluso capaz de pactar y respaldar unos Presupuestos Generales, que las derechas y el independentismo catalán terminaron arrumbando. Supo hacer, en la última campaña electoral, pedagogía constitucional frente a la España Una, Grande y Libre del trío de Colón.

Pero, al final, Pablo Iglesias lo ha vuelto a hacer. Tras las últimas elecciones, se ha quitado el disfraz de doctor Jekyll, para recuperar al señor Hyde originario que venía sosteniendo a su personaje. Y, por segunda vez en tres años, ha frustrado la investidura de un candidato socialista a la presidencia del Gobierno, ante el asombro y la creciente y nada disimulada incomodidad de la izquierda sociológica de este país.

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Otegi, como el nuncio

Respecto al pasado terrorista en Euskadi, Arnaldo Otegi parece manejar criterios bastante similares a los que ha manejado el nuncio Renzo Fratini, al hablar, en su despedida, del pasado franquista de España. “No ayuda a vivir mejor recordar algo que ha provocado una guerra civil”, declaró el nuncio a Europa Press, criticando el intento del Gobierno de España de exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos. Arnaldo Otegi, por su parte, se conformó con “haber contribuido” a que ETA desapareciese, para no condenarla explícitamente, a lo largo de la polémica entrevista que concedió a Televisión Española.

En ambos casos, se hace bastante evidente la apuesta por la desmemoria. Supongo que para la Iglesia Católica no resulta agradable recordar su complicidad con la sublevación militar de Franco, bendecida como “cruzada” por los obispos españoles; y saludada entusiásticamente por el Papa de entonces, Pío XII, tras la victoria de los golpistas, en su mensaje dirigido a “todos los fieles cristianos de España”. Tampoco es plato de gusto para EH Bildu, y, más en concreto, para su coordinador general, asumir responsabilidades por haber apoyado una larguísima escalada terrorista, que ha dejado 850 muertos por el camino (la mayoría de ellos en plena democracia), como expresión del proyecto político totalitario que aspiraba a implantar.

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Vamos a contar mentiras, tralará

Empiezo a creer que es cierto que “por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas”, como reza la conocida canción infantil. Las complicadas relaciones de las derechas españolas con la verdad me han hecho pensar que todo puede ser posible, más allá de la fantasía. Es posible decir que un partido, Vox, es de extrema derecha, y que con él no se puede ir ni a la vuelta de la esquina; y pactar, un mes más tarde, con ese mismo partido, para desalojar a la izquierda de ayuntamientos y Comunidades Autónomas, o no permitirle gobernar, aunque haya ganado elecciones. No hay contradicción alguna. Hay verdades preelectorales y verdades postelectorales. Y las dos gozan de la misma validez.

Las verdades que maneja Ciudadanos son aún más imprevisibles y mudables, porque las suele cambiar, no por cuestión de principios, sino por lo que dice la última encuesta publicada. A Ciudadanos los principios le funcionan hasta que se da cuenta de que tiene otros y, finalmente, acaba haciéndose el despistado, por ver si cuela. A estas alturas de la película, Ciudadanos debe de ser el único partido que no se ha enterado de que va a gobernar el Ayuntamiento de Madrid en compañía de Vox. El sólo mantiene los compromisos firmados con el PP. Aunque el PP confirme que firmó otro documento con los de Abascal, concediendo a éstos últimos concejalías de Gobierno. Un documento al parecer secreto que la ultraderecha amenaza con dar a conocer, si PP y Ciudadanos tratan de ningunearle.

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