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Javier Arteta

Periodista.

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La ideología, estúpido

Hasta hace nada, se consideró una verdad indiscutible que las veleidades ideológicas no debían interferir en la “buena marcha de la economía”. Una economía ya emancipada de la política y fuente de toda legitimidad. Más aún cuando sus patrocinadores y beneficiarios se empeñaban en sostenerla sobre bases científicas y ajenas a cosas tan miserablemente humanas, como la codicia, los intereses de clase, las desigualdades insultantes o las corrupciones de cualquier tipo; inconvenientes quizá molestos, pero que podían camuflarse en un laberinto de ecuaciones, gráficos, curvas y teorías sofisticadas, que explicaban y justificaban la actividad económica por sí misma, sin necesidad de injerencias ni controles democráticos externos.

Y, como no resulta fácil en principio polemizar con un gráfico o una ecuación, cuestionar desde la política las enormes libertades que se había tomado el mundo de los negocios se llegó a considerar algo tan absurdo como oponerse al teorema de Pitágoras o a la Ley de la Gravedad. De modo que el dogma oficial de los poderes del dinero se impuso a ideologías, supuestamente caducas, que pudieran representar una peligrosa competencia. La izquierda, claro está, salió perdiendo. Y hoy la socialdemocracia está en crisis, en busca de su identidad perdida.

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Quien no vota no sale en la foto

Santiago (y cierra España) Abascal lo tiene claro. Y empieza la carrera electoral proclamando, con plena autoridad: "España ha sido más fuerte que sus enemigos". Porque España no es una España auténtica, si no tiene un enemigo contra quien luchar y a quien escarmentar. Que es Cataluña, como sabe todo “español de bien”. Y como lo sabe Pablo Casado, que, en perfecta sintonía con el jefe de la ultraderecha, ha puesto de relieve cuál es la alternativa que se le ofrece al país: o diálogo con Torra (con Sánchez) o aplicación, (con el PP en el Gobierno) del artículo 155 a Cataluña; que es lo que, por otra parte, quiere el delegado en Cataluña del señor de Waterloo.

Y ya luego viene Albert Rivera, que “no descarta” un pacto futuro con Vox, como si el pacto andaluz no existiera, ni el líder de Ciudadanos (ante la mirada inquieta de Manuel Valls) no se hubiera sacado la foto en Colón con el jefe del nuevo Movimiento Nacional. Un Movimiento Nacional que ya no es lo que fue en sus días de gloria. El anterior tenía al menos el gancho de la “revolución pendiente”, mientras que el actual no pasa de ser un falangismo vergonzante y neoliberal, sin concesión retórica alguna a las reivindicaciones sociales.

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Libertad, igualdad, fraternidad y... ¿sororidad?

Comparto al cien por lo que asegura Bernard Crick en su libro, 'Socialismo': "La fraternidad sin libertad es una pesadilla, la libertad sin fraternidad es la crueldad competitiva, pero la fraternidad con libertad es el sueño más grande de la humanidad". Si a los dos términos ya citados le añadimos la “igualdad”, completaremos la utopía necesaria que puso en marcha la Revolución Francesa, y condensada en el ya conocido lema: “Libertad, igualdad, fraternidad”; tres palabras esenciales que van cogidas de la mano, se resisten a marcharse de la Historia e insisten en permanecer unidas, tal como nacieron, y no enemistadas, como pretenden la derecha y los poderes económicos que la secundan.

Y de la mano irán, por las calles de todo el país, el próximo 8 de marzo, para dar continuidad a la justa reivindicación de libertad e igualdad que las mujeres de toda España siguen reclamando. Y contarán con el apoyo fraterno de muchos hombres, el mío incluido. Aunque me asalta una duda: y es la de saber si lo que las mujeres necesitan es “fraternidad” o “sororidad”, de acuerdo con la feminización acelerada del lenguaje que se trata de imponer, no sé si por todo o por sólo una parte del movimiento feminista. Ocurrió ya con la palabra “portavoz”, a la que Irene Montero contrapuso la correspondiente “portavoza”. Ahora parece que la fraternidad tampoco es lo suficientemente femenina y necesita el correctivo de la “sororidad”, que es algo así como una fraternidad para chicas.

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Los presupuestos, ¿son españoles?

Estamos tan entretenidos defendiendo, unos la unidad de España, y otros la independencia de Cataluña, que se nos está olvidando lo esencial: ¿cómo se garantiza un mayor bienestar para los nacionales practicantes de ambos bandos? De eso va precisamente el proyecto de Presupuestos Generales del Estado que ha aprobado el Gobierno de Pedro Sánchez. Y eso es lo que no se quiere debatir, a juzgar por los rechazos que el proyecto está suscitando. Para los unos, resulta imposible respaldarlo mientras haya “presos políticos” a punto de ser juzgados. Para los otros, no es posible legitimar a un presidente ilegítimo empeñado en vender España al independentismo catalán para mantenerse en el poder.

La España nacional-nacionalista es así. Y es inevitable que sea así. Cuando hablan las naciones, se olvida a sus ciudadanos. Y más se les olvida cuando los nacionalismos hispanos en pugna se enfrentan con entusiasmo propio de las más feroces guerras de la Reconquista. Tan ocupados como están en marcar las fronteras de sus respectivos territorios, no es de extrañar que acaben olvidándose de la gente que tienen dentro y pasen, con soberbia feudal, de los problemas concretos que aquejan a sus representados. ¿O habría que hablar de súbditos cuya opinión importa una mierda? Me lo pregunto por esa reacción destemplada de un dirigente soberanista, al considerar las últimas movilizaciones sociales en Cataluña como algo que despistaba a los catalanes de sus aspiraciones últimas en tanto que “pueblo”.

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Unidad de España, S.A.

Tiene razón Javier Maroto cuando afirma, en una reciente entrevista de prensa, que  ahora al PP de Casado se le entiende todo. Porque es un partido que ha decidido al fin abandonar complejos y decir lo que piensa. De modo que, ya sin pelos en la lengua, fortalecido con las vitaminas marca Vox, y siempre con la postverdad por delante, vende sin rubor que ha ganado unas elecciones que, en realidad, ha perdido  estrepitosamente; y deja clara cuál va a ser su hoja de ruta para el “aperitivo” andaluz de la posterior reconquista de España: formar un frente nacional con la ultraderecha, y los servicios auxiliares de Ciudadanos, para expulsar a los socialistas y a la izquierda de cualquier instancia de poder. Ese es el verdadero cordón sanitario que hay que montar, y no el que algunos alucinados izquierdistas piden para el partido de Abascal, que es, según Aznar, de un constitucionalismo impecable, digno del mejor abertzalismo español.

Y los patriotas tienen que dejarse de tonterías democráticas secundarias y unirse contra sus peores enemigos: el Partido Socialista y el Gobierno de Pedro Sánchez, responsable máximo de que España se rompa. Y, en esa línea, Maroto, con la claridad de ideas que le caracteriza, ya ha desvelado cuál va a ser la primera medida que tomará ese  Gobierno alternativo que está al caer y será presidido por Casado: volver a aplicar en Cataluña el artículo 155 de la Constitución, pero esta vez sin blanduras y sin límites de tiempo; si es para cuarenta años, todavía mejor: así dará tiempo a que los jóvenes catalanes se cambien de trapos y acostumbren a salir a la calle envueltos en banderas rojigualdas; y, de paso, a que nos vayamos haciendo a la idea de lo prescindible que es la España constitucional de las autonomías.

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La nación, con un par de huevos

Dicen los expertos y politólogos, reales o de ocasión, que la debacle socialista en Andalucía ha sido consecuencia de lo que está ocurriendo en Cataluña. Y, ¡con lo que saben!, seguro que tienen razón. Pero, como la ignorancia es atrevida, yo aprovecho la mía para sugerir que el fracaso electoral del PSOE andaluz residió en el hecho de que una parte importante de sus votantes tradicionales (400.000, según se ha dicho) se quedaron en casa el 2 de diciembre; y no me los imagino especialmente obsesionados por los avatares del independentismo catalán, sino más bien preocupados por qué hay de lo suyo en su vida diaria.

Ahora bien, la Santísima Trinidad de la Derecha Española (tres personas distintas y un solo Aznar verdadero) ha impuesto ya lo que es doctrina oficial que no admite corrección alguna: Pedro Sánchez ha recogido en las urnas el “fracaso” de su política de diálogo institucional con las autoridades catalanas. Un fracaso que, hasta la fecha, se ha concretado en un conjunto de acuerdos basados en la legalidad constitucional, en el avance del autogobierno de Cataluña según su actual Estatuto y en medidas para el bienestar de sus ciudadanos; y que, además, podrían conllevar otro fracaso importante para España: que este país pudiera disponer de unos Presupuestos Generales como inicio del fin de las políticas de austeridad y de la recuperación de los derechos sociales de la gente.

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La política en el cabaret

Hace unos días, un periodista ultradivino se hacía eco de la enganchada parlamentaria entre Gabriel Rufián y el ministro Borrel; y emitía por la radio esta sentencia fulminante: "Por culpa de los políticos, mucha gente va a perder la fe en la democracia". El varapalo no se distinguía precisamente por su originalidad. Ni por su acierto en eso de localizar quién es el malo de la película: el que nos hace desconfiar del sistema de libertades que disfrutamos y que, por suerte, sigue rigiendo nuestras vidas.

Podría haber buscado culpables entre empresarios que evaden impuestos o buscan el arrimo de los paraísos fiscales y presionan para que la acción política barra para su casa; o entre quienes propagan el miedo cuando un Gobierno de izquierdas avanza medidas progresistas para sostener el Estado de bienestar; o entre esos poderes en la sombra que van con la postverdad por delante, para sembrar de mierda la vida pública…

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Yo, en español. Y tú, ¿zergatik ez?

Una pregunta de concurso bastante facilita. Tres amigos desde su época universitaria se reencuentran periódicamente en algún lugar de España para hablar de sus cosas. Uno es vasco,  otro catalán, y un tercero, gallego. Y cada cual hablante activo de su idioma específico. La pregunta es: ¿en qué lengua se darán a conocer cómo les va la vida? Supongo que no es necesario poner por delante el “un, dos, tres, responda otra vez” del viejo concurso televisivo, para dar tiempo a conocer la respuesta. Esa en la que todos pensamos: los tres amigos plurinacionales y plurilingües se comunicarán en lo que algunos llaman despectivamente la “lengua del Imperio” y los unionistas irredentos denominamos “español”.

Dado el arraigo de nuestros dogmas patrióticos, da un poco de corte reconocer que el castellano es nuestra lengua más universal: la que permite que andaluces, gallegos, catalanes… y hasta vascos nos podamos entender sin mayores dificultades. La que hace posible que  más de cuarenta millones de personas nos movamos con soltura y comodidad por todo el territorio español y por una gran parte del mundo. Y, además, y por ceñirnos a Euskadi, la lengua en la que espontáneamente se expresa una abrumadora mayoría social, lo que quiere decir que es la lengua más propia de los vascos.

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Gila y la situación política

Uno escucha la dialéctica pintoresca de las derechas españolas cuando hacen oposición al actual Gobierno, y piensa automáticamente en Gila. Los argumentos de Casado, sumados a los de Albert Rivera y a los de la incomparable Dolors Montserrat, dan como resultado un monólogo del genial humorista que no cuesta demasiado imaginar. Un monólogo en términos parecidos a los que a continuación se exponen:

Señoras y señores:

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¿Unos ateos de mierda?

Gracias a la Asociación de Abogados Cristianos, cagarse en Dios se ha convertido en la blasfemia de mayor proyección mediática en los últimos tiempos. Y hasta se adivina el entusiasmo de quienes se recrean en la suerte, tras el parapeto que protege a esos (y esas) profesionales del periodismo, que, al fin y al cabo, pueden decir que ellos (y ellas) no han sido los autores de la injuria a la divinidad, porque sólo reproducen lo que ha dicho, y reiterado, el actor Willy Toledo, quien, como es de todos sabido, se distingue por su gran sutileza dialéctica; pese a lo cual un juez, seguramente igual de sutil, le ha procesado por insultar a Dios y a la Virgen María.

Hay que reconocer que no es la mejor idea idea ponernos, a estas alturas de nuestra historia, a defender jurídicamente a Dios, que, en su omnipotencia, puede perfectamente defenderse por sí mismo, sin necesidad de intermediarios; que, por otra parte, suelen ser unos perfectos chapuceros. Los que, en 1936, organizaron una 'Cruzada' en su defensa, nos dejaron como regalo una insurrección militar, una guerra civil, una matanza espeluznante y un Caudillo que nos gobernó, por delegación directa del Ser Supremo, durante cuarenta años. Lo atestiguaban las monedas que, hasta hace no demasiado tiempo, anidaban en nuestros bolsillos: "Francisco Franco Caudillo de España por la gracia de Dios". No parece que esa gracia que Dios nos hizo sea digna de volver a repetirse.

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