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Javier Arteta

Periodista.

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Yo no me canso de votar

Oyendo lo que se propaga desde instancias mediáticas sobre la nueva convocatoria electoral, se diría que a los españoles no se les lleva a las urnas, sino a un campo de concentración. Se ha llegado incluso a descubrir una dolencia nueva, que seguramente habrá que atender en el futuro desde la sanidad pública: el cansancio de votar que le ha entrado a la gente, por la “incompetencia” o “falta de voluntad” de “nuestros políticos”, esa “gentuza” de la que habla un conocido novelista, desde la atalaya intelectual que le proporcionan sus aristocráticos sombreros. Porque, de un tiempo a esta parte, denostar a la “clase política” se ha convertido en un requisito indispensable para asegurarse un certificado de buena conducta y estar mínimamente presentable en sociedad

¡Y yo que pienso que no es para tanto! Fastidia un poco, es verdad, que se tenga que llegar a esta situación, nada infrecuente en los tiempos convulsos que vivimos ni en el espacio internacional que nos rodea. Pero nadie, creo yo, se fatiga de manera especial dando un paseíto saludable hasta el colegio electoral, para depositar el voto, como paso previo al vermut del mediodía. Eso es, al menos, lo que yo haré siguiendo mi costumbre, de acuerdo con mi conciencia cívica y con una convicción personal muy arraigada: que quien no vota no tiene derecho a quejarse posteriormente por lo que votan otros.

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La mala sombra de Iglesias

Pablo Iglesias ha dado en el clavo, al aclarar por qué fracasó el acuerdo entre PSOE y Podemos y hay, por tanto, que repetir las elecciones. El problema ha estado, según Iglesias, en las dificultades de Sánchez para entender que “alguien le pueda hacer sombra en el Consejo de ministros”. Y tiene toda la razón. Ningún presidente de Gobierno puede permitir que un miembro de su Gabinete trate de hacer sombra a quien tiene la facultad de nombrarlo, permitiéndole actuar como un Salvini bis. Hizo bien, por tanto, el presidente en funciones, al negar la entrada al máximo dirigente de Podemos en un futuro Ejecutivo, evitando el peligro de mantener dos Gobiernos en uno, expuesto a la crisis, la inestabilidad y la ineficacia permanentes.

E hizo bien, igualmente, al no renovar en septiembre la oferta  socialista de Gobierno de coalición de julio, que, inexplicablemente, Podemos rechazó. La cuarta fuerza política del país negaba la vicepresidencia y tres ministerios que le ofrecía la primera, porque la tropa negociadora de Echenique se lo tomó casi como una ofensa. Y luego, a las pocas horas, vino la guinda en sede parlamentaria (debate de investidura), con un Pablo Iglesias reconvertido en tratante de ganado, aceptando la oferta, que era una mierda, pero que sería menos mierda, si a ella se le añadían las Políticas Activas de Empleo (competencia, por cierto, transferida a las Comunidades Autónomas).

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Aupa, Chivite

Navarra es un lugar especialmente preparado para que ocurran cosas extrañas. Con recordar que en Pamplona tenemos un río Al Revés (así es conocido desde el principio de los tiempos), creo que está dicho todo, sin necesidad de poner más ejemplos. Aunque seguramente haya que mencionar el último: ese pacto político que ha hecho posible que María Chivite se haya convertido en la presidenta del Gobierno de la Comunidad Foral. Pacto que, al decir de las derechas, ha sido una acción infame cometida contra Navarra y contra España. Y convierte a Pedro Sánchez en “socio de Arnaldo Otegi”.

Según Pablo Casado, los socialistas, con tal de llegar al poder, no han dudado en negociar con los defensores de la ya extinta organización terrorista, para poner el futuro de Navarra en sus manos. Pero parece que ha sido una negociación rarísima; y seguramente tan secreta, que ni siquiera los herederos políticos de ETA, supuestos beneficiarios, se han enterado. Porque dejar a EH Bildu fuera del Ejecutivo al que perteneció, al  pactar un Gobierno de coalición con sus antiguos aliados (Geroa Bai y Podemos) -, amén de privarle de las alcaldías de Pamplona y otros municipios-, no parece la fórmula más convincente para fortalecer al independentismo radical.

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Con Podemos, no se puede. ¿Y con Unidas?

Parecía progresar adecuadamente en racionalidad política. Llegaba a acuerdos muy razonables con el presidente socialista del Gobierno de España. Fue incluso capaz de pactar y respaldar unos Presupuestos Generales, que las derechas y el independentismo catalán terminaron arrumbando. Supo hacer, en la última campaña electoral, pedagogía constitucional frente a la España Una, Grande y Libre del trío de Colón.

Pero, al final, Pablo Iglesias lo ha vuelto a hacer. Tras las últimas elecciones, se ha quitado el disfraz de doctor Jekyll, para recuperar al señor Hyde originario que venía sosteniendo a su personaje. Y, por segunda vez en tres años, ha frustrado la investidura de un candidato socialista a la presidencia del Gobierno, ante el asombro y la creciente y nada disimulada incomodidad de la izquierda sociológica de este país.

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Otegi, como el nuncio

Respecto al pasado terrorista en Euskadi, Arnaldo Otegi parece manejar criterios bastante similares a los que ha manejado el nuncio Renzo Fratini, al hablar, en su despedida, del pasado franquista de España. “No ayuda a vivir mejor recordar algo que ha provocado una guerra civil”, declaró el nuncio a Europa Press, criticando el intento del Gobierno de España de exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos. Arnaldo Otegi, por su parte, se conformó con “haber contribuido” a que ETA desapareciese, para no condenarla explícitamente, a lo largo de la polémica entrevista que concedió a Televisión Española.

En ambos casos, se hace bastante evidente la apuesta por la desmemoria. Supongo que para la Iglesia Católica no resulta agradable recordar su complicidad con la sublevación militar de Franco, bendecida como “cruzada” por los obispos españoles; y saludada entusiásticamente por el Papa de entonces, Pío XII, tras la victoria de los golpistas, en su mensaje dirigido a “todos los fieles cristianos de España”. Tampoco es plato de gusto para EH Bildu, y, más en concreto, para su coordinador general, asumir responsabilidades por haber apoyado una larguísima escalada terrorista, que ha dejado 850 muertos por el camino (la mayoría de ellos en plena democracia), como expresión del proyecto político totalitario que aspiraba a implantar.

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Vamos a contar mentiras, tralará

Empiezo a creer que es cierto que “por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas”, como reza la conocida canción infantil. Las complicadas relaciones de las derechas españolas con la verdad me han hecho pensar que todo puede ser posible, más allá de la fantasía. Es posible decir que un partido, Vox, es de extrema derecha, y que con él no se puede ir ni a la vuelta de la esquina; y pactar, un mes más tarde, con ese mismo partido, para desalojar a la izquierda de ayuntamientos y Comunidades Autónomas, o no permitirle gobernar, aunque haya ganado elecciones. No hay contradicción alguna. Hay verdades preelectorales y verdades postelectorales. Y las dos gozan de la misma validez.

Las verdades que maneja Ciudadanos son aún más imprevisibles y mudables, porque las suele cambiar, no por cuestión de principios, sino por lo que dice la última encuesta publicada. A Ciudadanos los principios le funcionan hasta que se da cuenta de que tiene otros y, finalmente, acaba haciéndose el despistado, por ver si cuela. A estas alturas de la película, Ciudadanos debe de ser el único partido que no se ha enterado de que va a gobernar el Ayuntamiento de Madrid en compañía de Vox. El sólo mantiene los compromisos firmados con el PP. Aunque el PP confirme que firmó otro documento con los de Abascal, concediendo a éstos últimos concejalías de Gobierno. Un documento al parecer secreto que la ultraderecha amenaza con dar a conocer, si PP y Ciudadanos tratan de ningunearle.

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Luces de Bohemia en el Congreso

Un rayo de luz iluminó el Congreso de los Diputados el pasado 21 de mayo. No me estoy refiriendo a Marisol, sino a un socialista ya entrado en años y con unas barbas patriarcales y valleinclanescas. Si la sesión constitutiva del Congreso en la actual legislatura hubiera sido algo parecido a la ceremonia de entrega de los Goya, a Agustín Zamarrón, fugaz presidente de la Mesa de edad, se le podría haber dado el “cabezón”, en calidad de mejor actor secundario; porque, habiéndolo sido, brilló con luz propia y por sus propios méritos. Un fenómeno realmente sorprendente, precisamente por aquello que produjo la sorpresa.

Porque seguramente para muchos en este país ha sido una sorpresa que un representante político sea culto, domine el lenguaje, tenga lecturas bien asimiladas y goce, por eso mismo, de una ironía, una retranca y unos recursos de lenguaje realmente prometedores; hasta el punto de habernos dejado con las ganas de seguir escuchándole en los próximos debates de la Cámara. Para asombro del juvenilismo de tuit y tentetieso que recorre nuestra vida política, de la noche a la mañana veíamos alzarse a una persona de más de 70 años como joven promesa del parlamentarismo español.

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En español, please

De un tiempo a este parte, me empieza a preocupar que tenga que traducirme para entender lo que ya entiendo en mi propia lengua. Mi preocupación nace de comprobar la proliferación de términos ingleses para todas y cada una de las tendencias, actividades, problemas sociológicos, cambios generacionales, modas y costumbres que son propias de nuestra más palpitante modernidad. Es una verdadera avalancha que te llega sin anestesia y sin traducción simultánea. Entre otras razones, porque soltar un terminacho inglés en un debate de cierta altura constituye un signo de distinción que diferencia al que está al día del que sigue con ese lenguaje vulgar que todavía lleva la boina puesta.

Me van a dar la jubilación con esta moda absurda. Aún no me acabo de enterar del todo qué es eso de los “millenials”, y ya tengo que ponerme a averiguar lo que es un “background”. Ignoro si voy a tener vida suficiente para ir cambiando mi humilde idioma por el que manejan los hijos de la Gran Bretaña, que, además de darnos diariamente el coñazo con su Brexit, aún se permiten decirnos a todos cómo tenemos que hablar.

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La invasión islamista que acaudilló Franco

Como andamos un poco flojos de memoria histórica, aquí es posible decir cualquier sandez sin que nadie se escandalice. Por ejemplo, el secretario general de Vox, Ortega Smith, nos ha prevenido ya contra la invasión islamista de España, que está al caer, si es que ya no se ha producido. Más didáctico, su jefe de filas, Santiago (y cierra España) Abascal –desde Covadonga y bajo la atenta mirada de don Pelayo- asegura que  los enemigos de la nación española son tres: el comunismo, el separatismo y el islamismo, los jinetes del Apocalipsis que cabalgan con Pedro Sánchez, ese indeseable a quien hay que sacar de la Moncloa cuanto antes.

Me gustaría saber qué es lo que pensaría el pobre don Pelayo si levantara la cabeza, al enterarse de que, bastantes siglos después del fin de la “reconquista”, fueron los moros los que salvaron la España que Abascal, Ortega Smith y el conjunto de las derechas añoran. La España Una, Grandes y Libre acaudillada por aquel General que se alzó, a sangre y fuego, contra el Gobierno legítimo de la Segunda República. No únicamente los moros, claro, porque estuvieron bien acompañados por los legionarios que Franco se trajo de África.

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El 'no pasarán' de Jacinda Ardern

Supongo que más de uno y más de dos han tenido que abrir estos días el Atlas para ver por dónde queda Nueva Zelanda, uno de esos países donde “nunca pasa nada” y la convivencia funciona muy razonablemente, pese a su diversidad étnica y religiosa; hasta que un tipo inflamado por el odio racial ha decidido tomarse la venganza contra una normalidad cívica que desmiente sus prejuicios, asesinando a sangre fría a cincuenta personas de la comunidad musulmana. Habituados como estamos al continuo goteo de estos atentados, el perpetrado en Nueva Zelanda estaba destinado a que lo miráramos desganadamente como uno más de los que ocurren por el mundo.

Una gobernante sensible y con coraje, la primera ministra, Jacinda Ardern, nos ha obligado a mirar con atención antes de pasar página apresuradamente. Ha bastado para ello una manera de ejercer el liderazgo que se sale de lo corriente, en un marco internacional dominado por la irracionalidad y el salvajismo rampante; en un contexto mundial en el que predomina la inflamación criminal de los nacionalismos, el rechazo al diferente y al que huye del hambre y el terror, que no deja de ser “carne humana”, al decir de ese ministro del Interior de la Italia prefascista.

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