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Javier Arteta

Periodista.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 99

Unidad de España, S.A.

Tiene razón Javier Maroto cuando afirma, en una reciente entrevista de prensa, que  ahora al PP de Casado se le entiende todo. Porque es un partido que ha decidido al fin abandonar complejos y decir lo que piensa. De modo que, ya sin pelos en la lengua, fortalecido con las vitaminas marca Vox, y siempre con la postverdad por delante, vende sin rubor que ha ganado unas elecciones que, en realidad, ha perdido  estrepitosamente; y deja clara cuál va a ser su hoja de ruta para el “aperitivo” andaluz de la posterior reconquista de España: formar un frente nacional con la ultraderecha, y los servicios auxiliares de Ciudadanos, para expulsar a los socialistas y a la izquierda de cualquier instancia de poder. Ese es el verdadero cordón sanitario que hay que montar, y no el que algunos alucinados izquierdistas piden para el partido de Abascal, que es, según Aznar, de un constitucionalismo impecable, digno del mejor abertzalismo español.

Y los patriotas tienen que dejarse de tonterías democráticas secundarias y unirse contra sus peores enemigos: el Partido Socialista y el Gobierno de Pedro Sánchez, responsable máximo de que España se rompa. Y, en esa línea, Maroto, con la claridad de ideas que le caracteriza, ya ha desvelado cuál va a ser la primera medida que tomará ese  Gobierno alternativo que está al caer y será presidido por Casado: volver a aplicar en Cataluña el artículo 155 de la Constitución, pero esta vez sin blanduras y sin límites de tiempo; si es para cuarenta años, todavía mejor: así dará tiempo a que los jóvenes catalanes se cambien de trapos y acostumbren a salir a la calle envueltos en banderas rojigualdas; y, de paso, a que nos vayamos haciendo a la idea de lo prescindible que es la España constitucional de las autonomías.

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La nación, con un par de huevos

Dicen los expertos y politólogos, reales o de ocasión, que la debacle socialista en Andalucía ha sido consecuencia de lo que está ocurriendo en Cataluña. Y, ¡con lo que saben!, seguro que tienen razón. Pero, como la ignorancia es atrevida, yo aprovecho la mía para sugerir que el fracaso electoral del PSOE andaluz residió en el hecho de que una parte importante de sus votantes tradicionales (400.000, según se ha dicho) se quedaron en casa el 2 de diciembre; y no me los imagino especialmente obsesionados por los avatares del independentismo catalán, sino más bien preocupados por qué hay de lo suyo en su vida diaria.

Ahora bien, la Santísima Trinidad de la Derecha Española (tres personas distintas y un solo Aznar verdadero) ha impuesto ya lo que es doctrina oficial que no admite corrección alguna: Pedro Sánchez ha recogido en las urnas el “fracaso” de su política de diálogo institucional con las autoridades catalanas. Un fracaso que, hasta la fecha, se ha concretado en un conjunto de acuerdos basados en la legalidad constitucional, en el avance del autogobierno de Cataluña según su actual Estatuto y en medidas para el bienestar de sus ciudadanos; y que, además, podrían conllevar otro fracaso importante para España: que este país pudiera disponer de unos Presupuestos Generales como inicio del fin de las políticas de austeridad y de la recuperación de los derechos sociales de la gente.

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La política en el cabaret

Hace unos días, un periodista ultradivino se hacía eco de la enganchada parlamentaria entre Gabriel Rufián y el ministro Borrel; y emitía por la radio esta sentencia fulminante: "Por culpa de los políticos, mucha gente va a perder la fe en la democracia". El varapalo no se distinguía precisamente por su originalidad. Ni por su acierto en eso de localizar quién es el malo de la película: el que nos hace desconfiar del sistema de libertades que disfrutamos y que, por suerte, sigue rigiendo nuestras vidas.

Podría haber buscado culpables entre empresarios que evaden impuestos o buscan el arrimo de los paraísos fiscales y presionan para que la acción política barra para su casa; o entre quienes propagan el miedo cuando un Gobierno de izquierdas avanza medidas progresistas para sostener el Estado de bienestar; o entre esos poderes en la sombra que van con la postverdad por delante, para sembrar de mierda la vida pública…

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Yo, en español. Y tú, ¿zergatik ez?

Una pregunta de concurso bastante facilita. Tres amigos desde su época universitaria se reencuentran periódicamente en algún lugar de España para hablar de sus cosas. Uno es vasco,  otro catalán, y un tercero, gallego. Y cada cual hablante activo de su idioma específico. La pregunta es: ¿en qué lengua se darán a conocer cómo les va la vida? Supongo que no es necesario poner por delante el “un, dos, tres, responda otra vez” del viejo concurso televisivo, para dar tiempo a conocer la respuesta. Esa en la que todos pensamos: los tres amigos plurinacionales y plurilingües se comunicarán en lo que algunos llaman despectivamente la “lengua del Imperio” y los unionistas irredentos denominamos “español”.

Dado el arraigo de nuestros dogmas patrióticos, da un poco de corte reconocer que el castellano es nuestra lengua más universal: la que permite que andaluces, gallegos, catalanes… y hasta vascos nos podamos entender sin mayores dificultades. La que hace posible que  más de cuarenta millones de personas nos movamos con soltura y comodidad por todo el territorio español y por una gran parte del mundo. Y, además, y por ceñirnos a Euskadi, la lengua en la que espontáneamente se expresa una abrumadora mayoría social, lo que quiere decir que es la lengua más propia de los vascos.

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Gila y la situación política

Uno escucha la dialéctica pintoresca de las derechas españolas cuando hacen oposición al actual Gobierno, y piensa automáticamente en Gila. Los argumentos de Casado, sumados a los de Albert Rivera y a los de la incomparable Dolors Montserrat, dan como resultado un monólogo del genial humorista que no cuesta demasiado imaginar. Un monólogo en términos parecidos a los que a continuación se exponen:

Señoras y señores:

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¿Unos ateos de mierda?

Gracias a la Asociación de Abogados Cristianos, cagarse en Dios se ha convertido en la blasfemia de mayor proyección mediática en los últimos tiempos. Y hasta se adivina el entusiasmo de quienes se recrean en la suerte, tras el parapeto que protege a esos (y esas) profesionales del periodismo, que, al fin y al cabo, pueden decir que ellos (y ellas) no han sido los autores de la injuria a la divinidad, porque sólo reproducen lo que ha dicho, y reiterado, el actor Willy Toledo, quien, como es de todos sabido, se distingue por su gran sutileza dialéctica; pese a lo cual un juez, seguramente igual de sutil, le ha procesado por insultar a Dios y a la Virgen María.

Hay que reconocer que no es la mejor idea idea ponernos, a estas alturas de nuestra historia, a defender jurídicamente a Dios, que, en su omnipotencia, puede perfectamente defenderse por sí mismo, sin necesidad de intermediarios; que, por otra parte, suelen ser unos perfectos chapuceros. Los que, en 1936, organizaron una 'Cruzada' en su defensa, nos dejaron como regalo una insurrección militar, una guerra civil, una matanza espeluznante y un Caudillo que nos gobernó, por delegación directa del Ser Supremo, durante cuarenta años. Lo atestiguaban las monedas que, hasta hace no demasiado tiempo, anidaban en nuestros bolsillos: "Francisco Franco Caudillo de España por la gracia de Dios". No parece que esa gracia que Dios nos hizo sea digna de volver a repetirse.

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Ciudadanos y nacionales vascos

La postdemocracia nacionalista ya nos ha dejado claro que el debate político en el País Vasco se divide entre quienes hacen propuestas serias y quienes las “vetan”. Unos tienen la razón que les da el ser la “mayoría natural” de por aquí; los otros, los minoritarios, los “unionistas”, están obligados, si son responsables, a decir amén a lo que sostienen los primeros, al menos en las cuestiones esenciales. Se puede hablar, en un segundo momento, sobre cómo tiene que aplicarse la vaselina para que la pócima entre mejor, pero no sobre cuestiones de principio que ya están decididas por los realmente competentes.

De ahí que, si queremos tener la fiesta en paz y llegar a un acuerdo “transversal” para aprobar un nuevo Estatuto de Autonomía, son siempre los mismos los que se tienen que mover: el PSE-EE, el PP y, ahora, Elkarrekin Podemos, que, una vez caído del guindo, empieza a enterarse de qué va esto del llamado derecho a decidir.

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Como Pedro por su casa

Por mal que pueda sentarles a quienes acusan permanentemente a Pedro Sánchez de no tener abuela, lo cierto es que el presidente acertó al afirmar, en rueda de prensa a comienzos de agosto, que el nuevo Gobierno socialista ha supuesto un cambio de época. Prueba de ello es que no lleva aún tres meses de existencia y el tiempo parece habérsenos multiplicado con los cambios que se han ido produciendo y los que ya se han anunciado. Después de años de estancamiento, ha empezado a correr el aire y lo que antes era imposible, ahora está dejando de serlo.

Es posible recuperar derechos sociales. Es posible fortalecer el Estado de bienestar. Es posible dejar atrás las políticas de recortes. Es posible reactivar la autonomía parlamentaria y arrumbar vetos gubernamentales a las iniciativas de las distintas fuerzas políticas. Es posible dialogar con las instituciones catalanas. Es posible recuperar como país un protagonismo internacional que habíamos perdido. ¡Y hasta se hace posible sacar la momia de Franco del Valle de los Caídos sin que se hunda España por ello!

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¿Quién gobierna el derecho a decidir?

En Euskadi, las cosas más extrañas suelen estar siempre a la vuelta de la esquina. Y acostumbran a aparecer en los momentos más imprevisibles. Cuando parecía que éramos un modelo de diálogo y acuerdo político para toda España, vuelve a asomar de pronto el fantasma de Ibarretxe y sus planes autodeterministas, pero corregidos y aumentados. El partido que lidera el Gobierno Vasco, en lugar de hacer lo más lógico, que es entenderse con su socio de coalición para renovar el Estatuto, ha preferido hacer lo más complicado: llegar a un acuerdo con su muy enconada oposición, en defensa de la Euskadi del derecho a decidir.

El PNV es así: antes muerto que sencillo. Gobierna con el Partido Socialista y comparte con él una actualización de nuestro marco de autogobierno basado en "las normas y procedimientos legales"; pero, cuando llega la hora de la verdad, le gusta embarullar el contenido de lo que ha firmado, en una especie de postlenguaje donde no se ve muy claramente qué es eso de la legalidad. Y no es que el PNV no la acepte. La acepta, pero de una manera creativa: como eso que hay que asumir con la boca pequeña  para llegar a la postdemocracia nacionalista, mediante una tortuosa ingeniería constitucional, que convierta lo legal en postlegal.

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¿Derecho a decidir? ¡Pero si ya lo disfrutamos!

No sé yo si alguien recuerda que va a hacer cuarenta años que los vascos ejercieron su derecho a decidir. Y lo ejercieron al respaldar una Constitución en las urnas. Era una Constitución española, pero una abrumadora mayoría de vascos (el 70 por ciento de quienes utilizaron su derecho al voto) decidió que era también la suya, porque la realidad española no le era en absoluto ajena; y porque, además, quería una España diferente a la del franquismo.  

Tal vez esté contando una de tantas batallitas del abuelo pesado. Seguro que es así, pero no dejo de pensar que en un país que se precia de ser el más viejo de Europa (y tal vez del mundo) no está de más que se escuchen de vez en cuando las voces de los ancianos de la tribu. Aunque sólo sea para evitar que hoy se trabaje en balde, reclamando persistentemente un derecho a decidir del que hacemos uso con regularidad: el que nos trajo la democracia constitucional, y luego estatutaria, y permite a la ciudadanía elegir periódicamente a sus representantes.

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