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OPINIÓN | 'El pasado sucio', por Enric González
Sobre este blog

Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Dios está con nosotros

Mujeres palestinas lloran a los muertos en un bombardeo israelí contra Gaza.

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Recuerdo bien el poema de León Felipe, que hablaba de la guerra de España como “la Gran Bufonada teológica donde los gangsters y los clowns del mundo se repartieron a Dios”. Un Dios multiusos que lo mismo encendía los puros a Churchill, que le recortaba el bigotito a Hitler, o le pulía a Mussolini “la cabezota pelada”, o le limpiaba las botas a Franco, “con la bula y la venia del Sumo Pontífice”. Y concluía, en cursiva, después de esta enumeración: “¡Sólo los republicanos españoles no teníamos Dios!”. Tenían la razón, pero no tenían a Dios de su parte. Dios estaba con el golpe de Estado militar que desencadenó una guerra civil y acabaría finalmente con la República y la democracia en España.

Y, a juzgar por cómo va el mundo, Dios parece seguir estando con todos los indeseables que tratan de apropiarse del planeta, arrebatando al mismo tiempo las libertades de la gente y sus derechos políticos y sociales. Está con Donald Trump, tal como él mismo proclamó desde el inicio de su anterior mandato. Está con Putin y su cohorte de patriarcas ortodoxos que le bendicen sus “hazañas bélicas” en Ucrania y sus asesinatos. Estaba con Bolsonaro cuando lo colocó en la presidencia de Brasil, según confesión propia. Ha auxiliado a la ultraderechista Giorgia Meloni (con su lema electoral: “Dios, Patria y Familia”), elevándola a la jefatura del Gobierno de Italia. Bendice a la mayoría de grupos ultraderechistas, que tratan de acabar con la Unidad Europea; y a quien, motosierra en mano (caso Milei), se empeña en acabar con la libertad de expresión y con cualquier vestigio de Estado protector, en beneficio de los poderes económico.

Dios está, igualmente, con Hamas, alentando su horrenda masacre de civiles y captura masiva de rehenes israelíes. Y con Hezbola, en Líbano. Está con los ayatolas iraníes, que sojuzgan a las mujeres e imponen penas de muerte y ahorcamientos públicos de quienes protestan en las calles o quebrantan sus anacrónicas normas morales. Y está, por supuesto, con Netanyahu, en su tarea bíblica de acabar con el pueblo palestino, porque los libros sagrados de su Gobierno dicen que Palestina es judía por concesión divina desde el principio de los tiempos.

Miremos a donde miremos - sucesión de guerras de exterminio, auge incontrolado de la extrema derecha, autocracias en permanente expansión, cuarteamiento de la siempre precaria Unidad Europea, destrucción del Estado de bienestar …- nos topamos con un Dios que organiza todos nuestros actuales desaguisados, en lucha permanente contra otros dioses que le hacen la competencia. Asistimos, pues, en lenguaje de León Felipe, a una nueva bufonada teológica mundial; de modo que ahora los conflictos internacionales (incluyendo los que están brotando en el mar Rojo) son vividos, de manera cada vez más intensa, como las guerras de religión de tiempos medievales. “Dios lo quiere. Dios está con nosotros”, vendría a ser la idea movilizadora que guía una parte sustancial de los enfrentamientos geoestratégicos.

Aunque, a decir verdad, y para ser del todo justos con los creyentes, cabe también la posibilidad de ver a un dios que estuviera más en concordancia con los sentimientos más elevados del ser humano. Como el del evangelista Juan, cuando escribe: “Si alguno dice que ama a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve”. Pero mucho me temo que las pasiones religiosas del momento no van precisamente por esos derroteros. Muy al contrario, parecen especialmente empeñadas en eliminar cualquier sentimiento de compasión hacia las personas más vulnerables, que, al menos los países más democráticos había dado ya por descontado, incluso en situaciones de guerra.

Y hoy el Estado supuestamente democrático de Israel no tiene el menor reparo en retransmitirnos, en vivo y en directo, el holocausto al que somete a las mujeres y niños de la población palestina, parapetándose en su propio holocausto y tildando de antisemita a quienes abominan de su comportamiento criminal. Y nos están acostumbrando a ver escenas atroces que provocan el vómito directo: penetrar, por ejemplo, en un recinto hospitalario para asesinar a heridos en sus camillas; o disparar a una multitud ocupada en algo tan “terrorista” como intentar procurarse un alimento que llevarse a la boca …

Nos están acostumbrando a una banalización de sus operaciones genocidas de exterminio. Piensan, y de momento con razón, que nadie les va a pedir cuentas de sus actos. Que lo que hacen a tan bajo coste forma parte de “lo que hay”, que es eso a lo que todo el mundo tiene que acabar amoldándose. Nos están diciendo: “Abandonad toda esperanza. Las cosas son así y no van a cambiar. Es de sentido común que no cambien. No intentéis parar lo que no se puede parar. Os va en ello vuestra propia seguridad. Os lo decimos por vuestro bien”. “¿Y qué puedo hacer yo ante esta exhibición de poderío?”, se pregunta la persona sencilla y asustada.

La respuesta es clara: hay cosas que aún se pueden hacer, al menos en nuestro viejo continente. Hay una especialmente que está al alcance de la mano: aprovechar los derechos democráticos que aún nos quedan y no abdicar de nuestra ciudadanía europea. Algo tan sencillo como querer ser ciudadano y depositar una papeleta de voto en una urna puede contribuir eficazmente a parar en gran medida esta avalancha reaccionaria que amenaza con anegarnos. Quienes no queremos que la ultraderecha y sus potenciales aliados nos arrebaten la Europa democrática y social que se ha venido construyendo, nos podemos ver todos en las elecciones de junio al Parlamento Europeo. Ante la que está cayendo, si nos quitan Europa, si nos la dejan desactivada, ¿qué nos queda, que les queda a las demás poblaciones del mundo?¿Los mandarines chinos? ¿La autocracia rusa? ¿Los clérigos iraníes? ¿Los Estados Unidos -¡Dios no lo quiera!- de Trump?

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