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Opinión - 'En el punto de mira', por Rosa María Artal

¿En España empieza a amanecer?

Urna de votación.
6 de noviembre de 2026 22:22 h

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Hay una tendencia en el ser humano, muy bien explicada por la psicología cognitiva, que lleva a pensar que las cosas irán bien cuando se sigue haciendo sistemáticamente lo mismo que se ha hecho siempre. Es la base de muchas costumbres, por supuesto de la tradición, y políticamente es el principal fundamento de las ideas conservadoras, más allá de otros estímulos que luego comentaré. No es que las mentes progresistas estén completamente libres de estas tendencias, pero la diferencia, probablemente, es que se preguntan más frecuentemente sobre el porqué de deber hacer siempre lo mismo, mientras que los más tradicionalistas ni siquiera se lo suelen cuestionar o incluso temen hacerlo. Para ellos, perder esa manera de actuar es una forma de sentir morir su cultura y esencia.

En cualquier país existen ambas tendencias, pero en España la incidencia del conservadurismo es especialmente visible. Unos se fijan en la tauromaquia, el desprecio o la ironía con los catalanes, el sesgo ultraconservador de una parte relevante de los cuerpos armados –militares y policiales–, la condescendencia con la picaresca o el amiguismo y enchufismo, la aversión machista a hombres bien parecidos que cuidan su físico –con el permiso de los nuevos gymbros con aspecto de matones– y la visión estrictamente unitaria y monolingüe de España, y tienden a identificar todo ese conglomerado con algo llamado hace años “España cañí”, y les gusta. Mientras tanto, otros sienten estupor ante todo lo anterior y sólo ven en las corridas de toros la muerte cruel de un animal, en realidad, indefenso; en la catalanofobia, una forma estúpida de racismo; en militares y policías filofascistas, el riesgo constante de un golpe de Estado; en los pícaros, una horda de criminales de atuendos rancios y sonrisas desdentadas, como las de las pinturas negras de Goya; en el nepotismo, criminalidad sistémica; en el machismo, un atavismo repugnante; y en la unidad casi sagrada de España y el monolingüísmo, algo muy cercano a una limpieza étnica. En definitiva, un crimen contra la humanidad.

No es que existan dos bandos, sino que, como en todo colectivo, hay grises. Desde luego, hay conservadores que son perfectamente sabedores de lo que ven los progresistas, pero, conscientes de que el mantenimiento de ese statu quo les da privilegios que disfrutan constantemente, prefieren no combatirlo. Son todos aquellos a los que les encanta “tener amigos en todas partes” y conseguir una rápida cita médica saltándose la lista de espera, la matrícula preferente en un centro docente para sus hijos, o hasta una sentencia favorable, simplemente descolgando el teléfono o en un encuentro más discreto, con la promesa explícita o implícita de devolver el favor a la primera ocasión. Para ellos, ese intercambio de influencias es la más perfecta medida de la felicidad, del mundo que quieren conservar y en el que consiguen el cumplimiento de todos sus deseos, de manera ilegítima, claro está, pero poco les importa lo anterior porque sienten que es completamente justo lo que piden y obtienen, porque lo merecen. Además, sus familiares y amigos les admiran por ello.

Por descontado, hay progresistas que picotean también, en la medida de sus posibilidades, en todo lo anterior. La diferencia, probablemente, es que el grupo conservador es más disciplinado y el progresista es más errático y sectorial. Al final, las ideas políticas de los progresistas en cuanto a la redistribución de la riqueza y la igualdad les hacen tener más frenos morales que aquellos que disfrutan y adoran el clasismo y las diferencias sociales, buscando mantener el mundo que siempre fue, o más bien los restos de una sociedad como la española que, como bien explican varios autores, nunca superó bien el feudalismo, acogió a finales del s. XIX una versión del liberalismo muy acomodada a los intereses de los grandes terratenientes y, en definitiva, acabó promoviendo toda una guerra civil precisamente para que se conservasen los antiguos privilegios de unos pocos, que tan bien describió Berlanga en una deliciosa escena de 'El verdugo'. Aquella en la que el funcionario les dice al aspirante y a su triste mentor que, si no es con una buena recomendación, será imposible obtener el anhelado puesto de matarife que, por cierto, es instrumental para obtener, agárrense, una vivienda.

Puede que no existan ya auténticamente dos Españas, como tantas veces se dijo, sino una errónea identificación de algunas disfunciones, heredadas de un pasado atroz, como características distintivas de un país. Una de ellas es, sin duda, ese desprecio o desconfianza, entre irónico y enojado, hacia los “catalanes” en su conjunto, que es una de las conductas más atávicas y difundidas en toda España, especialmente reverdecida tras el procés y que con más vehemencia se niega, por cierto, en las conversaciones cotidianas, especialmente ante catalanes. Pero que existe y se observa cuando la palabra “catalán” provoca una sonrisa, o un comentario irónico, y esa sonrisa y comentario no causan estupor, sino complicidad. Sustituyan la palabra “catalán” por “negro” y entenderán por qué deberían causar estupor siempre.

Es justamente esa disfunción semirracista, muchísimas veces inconsciente, la que ha hecho de Pedro Sánchez un “traidor” por haber promovido la amnistía de unos políticos que no se alzaron en armas contra nadie, sino que solo intentaban que se pudiera votar una secesión como en Escocia y otros lugares, frente a la reiterada cerrazón al diálogo de Moncloa y ante la existencia de casi dos millones de catalanes –y muchísimos indecisos– manifestándose constantemente pidiendo ese referéndum, y cuyo número iba creciendo ante cada negativa al diálogo. Es cierto que esos políticos erraron estrepitosamente, hasta el ridículo a veces, en el modo, las formas y las conductas, pero… ¿merecía una acusación por “rebelión” quien jamás se alzó en armas ni pretendió hacerlo? ¿Merecieron ser condenados a altísimas penas dos líderes sociales cuya única conducta demostrada fue subirse a un coche de policía para ser más visibles ante una multitud pacífica, instándoles a que se fueran a casa, mientras el resto de la población tomaba cañas y tapas tranquilamente en las terrazas aledañas?

Sin embargo, la condena fue hasta percibida como blanda en la mayor parte de España, y como traidores a quienes la indultaron y amnistiaron. Puede que solo el terror y ultraje que sintió –y aún siente– esa misma parte de la población española en 2017 permita explicar esa gigantesca ceguera colectiva ante la tremenda desproporción del tratamiento penal que impuso la Fiscalía y la Sala Segunda del Tribunal Supremo a aquellos hechos. Y que ese terror y ultraje solo se entienda desde una convicción ultraconservadora, muy difundida, de la unidad de España, que reniega de cualquier forma de federalismo, desconfía del actual Estado de las autonomías y que hasta es compartida por algunos sectores socialdemócratas o de izquierdas.

Tal vez sea bueno recordar que a cualquier colectivo, habitualmente, le favorece un progresismo constante, más o menos acelerado, cuando se opera de forma consciente y racional, es decir, culta, por tanto, sin etiquetas excluyentes cargadas de moralina. Solo así esa predisposición constante por el cambio y la mejora se convierte en puro racionalismo que permite que la sociedad evolucione. 

También conviene no olvidar que el miedo es un mecanismo biológico que nos permite, en ocasiones de riesgo inminente, permanecer con vida, pero que habitualmente nos impide gozar de esa vida en paz y con felicidad. El conservadurismo, qué duda cabe, viene habitualmente inspirado por el miedo a que cambie todo y se extingan nuestras seguridades. Pero suele no ser así. Mientras unos, en estas elecciones, están deseando votar para que en España vuelva a amanecer –o incluso que vuelvan banderas victoriosas–, puede que haya otros muchos que sepan que amanecer no es poco, y que lo que ridiculizaba José Luis Cuerda en aquella inolvidable obra de arte es justamente lo que tradicionalmente ha impedido a mucha gente, en este país, gozar de tantos amaneceres y atardeceres, días y noches, en una auténtica libertad, es decir, carente de los privilegios del pasado, del clasismo y de la picaresca de millares de lazarillos, ciegos y escuderos, observando la vida como lo que es: una oportunidad extraordinaria y única de intentar ser felices y ayudar a los demás a serlo, sin cometer delitos.

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