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Patriotismo

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13 de julio de 2026 21:19 h

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Siempre me ha molestado profundamente que se utilice el deporte para hacer exhibiciones o proclamas patrióticas. Hay quien dice que es mejor que esa exaltación nacionalista se haga en los terrenos de juego y no en el campo de batalla, y también es verdad que, en el panorama ultranacionalista internacional que rige desde hace mucho tiempo, algunos pueblos sin Estado solo pueden expresarse a través de ocasiones incidentales, como el deporte precisamente. Sin embargo, creo que hubiera sido bastante mejor anular la pulsión nacional y no exhibirla en ninguna parte, sustituyéndola por el amor a la cultura, en general. Puede parecer naif este pensamiento. Intentaré explicarlo a continuación.

El nacionalismo no es más que una ultraidentificación de la propia cultura, que se considera diferente o incluso superior al resto por razones absurdas e inconcretas, por lo general. Si se exacerba, se llega al crimen del racismo. Este último ni siquiera se distingue de las peleas entre grupos colindantes de chimpancés, cuyo único pretexto es siempre la protección del propio grupo frente al vecino. Se trata, en definitiva, de un instinto de autoprotección colectivo, considerando que si desaparece el grupo, uno mismo también está en peligro de perecer. Con esa base, se invaden territorios, o se defiende la propia tierra a muerte, y se protegen a veces hasta límites irracionales las propias expresiones culturales o costumbristas, creyendo que, si desaparecen, el grupo también será eliminado.

De ahí que inquiete la presencia de otras culturas en el medio que se considera propio, como le sucede actualmente a demasiadas personas con los inmigrantes. En ocasiones, se produce la misma reacción dentro del propio grupo, cuando algunos quieren distanciarse por preferir una nueva religión, o un cambio político no deseado por el resto, o simplemente nuevas costumbres que alteran las tradiciones respetadas por la mayoría, lo que hace que se individualice a ese grupúsculo de prácticamente la misma genética, y algunos piensen hasta en extirparlo, nuevamente, por el horror a los cambios y al nacimiento de diferencias. En realidad, claro está, las diferencias pueden hacer nacer nuevos grupos, acabando con el original, y ningún grupo desea perder huestes, sobre todo en previsión de ataques de grupos vecinos, para cuya defensa se necesita, por supuesto tropa, como bien sabe cualquier país en guerra. Nuevamente, también les sucede a los chimpancés, como han demostrado los primatólogos. De ahí, de hecho, las ideas ultraconservadoras de la vida de algunas religiones con respecto al aborto o a la eutanasia, y sorprendentemente más liberales con la pena de muerte; no se desea que el ejército pierda soldados, pero sí se desea acabar con los discrepantes.

Todo ello es esencialmente absurdo, si se considera despacio y en simples términos de supervivencia y consecución de la felicidad, que solo es posible gozando de una libertad que no permite el yugo costumbrista de estas agrupaciones de individuos. Sin embargo, hay algo que sí es positivo de todo lo indicado, sobre todo en términos de diversidad en todos los sentidos, que siempre produce mayores oportunidades de supervivencia. Un grupo de sujetos que siempre hace exactamente lo mismo, perecerá si cambian las circunstancias. En cambio, un colectivo propenso a los cambios, sabrá reaccionar a cualquier novedad y sobreponerse cuando dichas novedades se conviertan en adversidades. Además, esa propensión favorecerá la identificación de dichas novedades como oportunidades, lo que hará crecer intelectualmente al colectivo, cosa que, obviamente, también le otorgará mayores oportunidades de supervivencia.

Esa es justamente la razón por la que el amor a la cultura se convierte en una eficaz herramienta de bienestar. Si se respetan y promueven las lenguas propias de todos los individuos de un territorio, sin imponer por la fuerza un idioma común, se conservan diversos modos de expresar la realidad, lo que también hace nacer nuevas ideas. Lo sabe cualquier políglota que, además de recordar palabras en diversos idiomas, es capaz de profundizar en sus raíces etimológicas y comprende que detrás de cada modo de expresarse, existen diversas maneras de ver el mundo que ayudan a entenderlo cada vez mejor. Lo mismo sucede con las ideologías políticas, los hábitos morales o las simples costumbres alimenticias o de higiene. Mejoramos cuando incorporamos platos sabrosos de otras culturas, o adoptamos medidas de control de la suciedad, o del calor, o del frío, o probamos otras formas de vestirnos, o incluso de dirigirnos a los demás. Todo ello amplía el acervo cultural general, de manera que cada vez es menos posible que las diferencias culturales sean contempladas como abismos que nos separan, transformándose en fuentes de curiosidad que nos llevan a acercarnos e integrarnos sin dejar de sentirnos nosotros mismos.

Algo así debería ocurrir algún día con los Estados. Son, en su origen, muy claramente, territorios que se consiguió controlar militarmente en una época pasada, y poco más. El cierre de fronteras ha hecho que sus integrantes se parezcan cada vez más entre sí y se diferencien de sus antiguos vecinos, otrora tan parecidos a ellos. En realidad, en ocasiones no son más que una fuente de empobrecimiento cultural general, pretendiendo a veces ser, en realidad, lo contrario.

Por ello, si bien en el pasado, sobre todo desde la paz de Westfalia del siglo XVII, aprendimos -mal que bien- a respetar las fronteras para prevenir conflictos, puede que la próxima “paz” que llegue en el futuro consista en la toma de consciencia de lo absurdo de las diferencias nacionales, reconociendo a los grupos humanos vecinos como personas de las que aprender y con las que convivir. Mutuamente, por supuesto. De ese modo, será más posible que nadie quiera imponerse culturalmente sobre otro, ni que sigamos tolerando auténticos crímenes de lesa humanidad cuando ridiculizamos formas de vestir, idiomas, religiones, gastronomía o cualquier expresión de las costumbres de cualquier colectivo humano.

Puede que en el futuro seamos capaces de liberarnos de la esclavitud de todas esas expresiones culturales, viendo precisamente en la cultura solamente lo que es: una oportunidad de constante aprendizaje permanente abierta a nuevas experiencias observadas desde el más estricto respeto a la libertad. Tal vez de esa forma logremos disfrutar del deporte como juego, y no como victoria. Quizás de ese modo aprenderemos a perder el orgullo de la pertenencia al propio pueblo en beneficio de la identificación como ser humano. Ojalá que, de ese modo, sepamos ya, por fin, que solamente somos una agrupación de sustancias omnipresentes en un mismo universo que tuvieron la suerte de crear unidades de autoconsciencia que nos dan la oportunidad de disfrutar. De ser felices. Y de vivir pensando permanentemente en hacer felices a los demás como el mejor camino para obtener la propia felicidad.

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