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¿Aporta algo un juicio?

Imagen de un juicio en Sevilla.
14 de mayo de 2026 22:01 h

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Pese a que las informaciones periodísticas sobre la marcha de procesos judiciales acostumbran a servir muy eficazmente para linchar mediáticamente a cualquier ciudadano, los procesos penales no sirven para ese fin, aunque no pocas veces son su instrumento. Con independencia de cuál sea la realidad de las imputaciones y, todavía más importante, el resultado final recogido en la sentencia, es enorme el daño que la sola noticia de la celebración del proceso causa en la imagen de una persona y en su patrimonio, no solo porque los procesos cuesten dinero, sino porque el daño reputacional que posee verse inmerso a la luz pública ante un tribunal, repercute decisivamente en las posibilidades profesionales de una persona. Desde luego, las cosas serían bastante diferentes si los procesos se celebraran de manera mucho más rápida, pues menor sería la exposición mediática, aunque ello sería negativo, sin duda, para los medios, que no podrían estirar tanto tiempo algo que, visto con cierta perspectiva, tal vez no sea realmente tan noticiable.

Sin embargo, una de las preguntas que es oportuno hacerse consiste en cuestionarse si todo este espectáculo de las audiencias judiciales es necesario. Tal vez haga mucha gracia ver en un aprieto a algunos interrogados famosos, pero… ¿Es imprescindible? ¿Se obtiene algo relevante de esas audiencias?

Las respuestas a esa pregunta están divididas. La profesión jurídica en general dice públicamente que sí, aunque en privado muchos manifiestan sus reservas, más profundas todavía en algunos profesores especialistas. Sin embargo, la ciencia no jurídica es implacable en este sentido por razones que, además, son fáciles de entender. Nadie puede saber si alguien miente o dice la verdad mirando su cara o sus gestos, salvo que posea poderes sobrenaturales, que nunca es el caso –tampoco si el observador es un juez–, lo cual pone en entredicho la práctica totalidad de los interrogatorios, muy vistosos, eso sí, para la ciudadanía, como entretenimiento. Es más, cuanto más se presiona a los interrogados, por más que le guste al populacho, peor, pues, como dice la ciencia, el estrés es enemigo de la memoria, lo que va en detrimento de que el interrogado aporte algo realmente útil para el esclarecimiento de los hechos. Por lo demás, que el estrés perjudica la memoria lo sabe cualquiera que se haya examinado alguna vez.

Pero no se detiene aquí el despropósito. En las audiencias de juicio se interroga también a los peritos, que son expertos en materias no jurídicas –biólogos, médicos, ingenieros, etc.–, y que son cuestionados por los abogados mientras el juez observa toda la performance, lo que tiene escaso sentido toda vez que el juez no es experto en esas materias. Es, realmente, el mundo al revés, sucediendo que un no experto –el juez– se ve obligado a evaluar lo que dice un experto. El problema ya fue detectado hace al menos treinta y tres años en EEUU –jurisprudencia Daubert, 1993–, habiendo encontrado soluciones inteligentes, pero cuestionables, a ese enorme problema.

Las sesiones de un juicio no sirven realmente para nada más. Solamente se desarrollan, al final de todas las audiencias, una serie de discursos de los abogados y fiscales en los que intentan hilvanar un alegato que retóricamente convenza al tribunal, creándole una especie de marco mental que haga simpatizar a los jueces con ese alegato. Pero dejando de lado la explicación de muy importantes cuestiones estrictamente jurídicas –que podrían explicarse perfectamente, y tal vez mejor, por escrito–, el resto es puro juego con las emociones del tribunal. En definitiva, una completa pérdida de tiempo que podría tener alguna utilidad si los jueces entraran en diálogo directo con abogados y fiscales, debatiendo las dudas del caso. Pero nada de eso suele suceder. Se trata de discursos enlatados que el tribunal escucha en absoluto silencio con unos recursos atencionales que en no pocas ocasiones cuestionan muchos abogados, sobre todo si los discursos son extensos.

Si todo esto es así, ¿por qué perdemos el tiempo celebrando esos juicios? Hay una parte de tradición, que se remonta a unos 5.000 años atrás, y que mantiene una creencia –más bien una fe– en que los jueces son capaces de averiguar la sinceridad de los testigos observándoles, lo que la psicología del testimonio ha demostrado como falso experimentalmente de manera muy contundente, prácticamente incuestionable. Pero sus conclusiones demoledoras para los interrogatorios, compartidas incluso por juristas históricos de indiscutido renombre –Franz von Liszt– no han sido atendidas en la práctica judicial. Es como si la mayoría de jueces –de casi todo el mundo– tuvieran vértigo a dejar atrás toda esa historia de superstición ante la inevitable pregunta: si no hacemos juicios, entonces ¿cómo juzgamos? Y por ello se conforman con guiarse por su intuición, que luego intentan motivar a duras penas, tras escuchar interrogatorios que, como sabe todo el mundo, ni siquiera son espontáneos, sino que en su mayoría están previamente preparados por abogados e incluso por fiscales, con entrevistas previas –y privadas– con los interrogados.

¿Cómo juzgaríamos sin juicios, entonces? Actualmente esa pregunta tiene fácil respuesta. Hoy en día, las cosas han cambiado muchísimo con respecto a la realidad que teníamos hace solamente treinta o cuarenta años atrás. La cantidad de pruebas científicas de que se dispone en la actualidad es inmensa con respecto a hace solo unas pocas décadas. Por otra parte, el número, variedad y fiabilidad de documentos de que disponemos ahora –audios, vídeos, mensajes, datos de tráfico, etc.– era inimaginable hace solo veinticinco años, e incluso menos. Con todo eso se puede juzgar muchísimo mejor que escuchando unos interrogatorios que después, además, la realidad es que escasísimas veces se tienen realmente en cuenta en las sentencias, o solo selectivamente en lo que sustenta la tesis principal del juez, silenciándose como material de desecho el resto de interrogatorios sin decir por qué, para desesperación de los abogados. Basta leer la jurisprudencia para darse cuenta. En definitiva, una completa pérdida de muchísimo tiempo que cada vez sienten más jueces, abogados y fiscales.

En estas condiciones, las audiencias de juicio sirven de poquísimo en realidad. Puede que a algún reo o víctima le den la sensación de que el tribunal los escucha directamente, lo que, por cierto, podría sustanciarse perfectamente en una audiencia más tranquila y reservada. Para lo que pueden servir, eso sí, en casos mediáticos, es para dar pábulo a venganzas o desahogos de reos o testigos que luego quedan muy lucidos en la prensa. En algún caso, hasta divierten impropiamente a algunos juristas y, desde luego, a unos cuantos paisanos acodados en una barra de bar, o a tertulianos improvisados en francachelas semejantes. Pero, desde luego, para juzgar no sirven.

Algún día se acabará la creencia en la eficiencia de los juicios, inspirada en nuestros sistemas, por cierto, por los jurados ingleses de hace unos dos siglos –cuando fueron copiados en Francia– y, desde luego, por la cinematografía, que nos ha hecho conocer a sus hermanos, los jurados estadounidenses, que sin duda precisan ver un espectáculo como un interrogatorio extenuante y agresivo para quedarse con alguna sensación estrictamente intuitiva –esto es, no científica– que les permita decir “culpable” o “no culpable”, por cierto, sin tener que justificar por qué, a diferencia de nuestros jueces. Si se preguntan qué dirían esos jurados si se les cuestionase sobre sus razones, basta con que repasen “Doce hombres sin piedad”. No crean que las razones de los jueces serían –o son– tan diferentes de las iniciales de la mayoría de los jurados de aquella película, que hasta hubieran condenado a muerte a un reo inocente. En todo caso, puede que algún día, en plena consciencia de todo lo anterior, algún legislador muy progresista y valiente, lleno de ciencia y sentido común, se anime a acabar con este antediluviano estado de cosas.

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