¿Se juzgó realmente el 23F?
Recuerdo bastante de aquella noche, aunque yo era un niño. Llegué a casa del colegio y mi madre, como solía, estaba escuchando la radio. Retransmitían el debate de investidura. Al poco, comenzaron los conocidos gritos de Tejero y los tiros. Poco después, marchas militares. En aquellas horas, mi familia, como la de tantos, se dividía entre los que estaban encantados y con ganas de abrir botellas de “champán” –hoy cava–, existiendo, no obstante, otros, más experimentados, que habían sufrido la Guerra Civil y guardaban muy buena memoria de ella, no corrompida por la propaganda del franquismo. Estos últimos estaban aterrorizados, pues sabían lo evidente: que aquello podía ser el detonante de otra guerra. En ese escenario, la intervención de madrugada del entonces rey provocó decepción en los primeros y un muy tenso e incierto alivio en los segundos. Al final, todos sabíamos que circulaban tanques por Valencia y eso no auguraba nada bueno, incluso tras el mensaje de Juan Carlos I. Duró aún años la tensión amenazante de un ruido de sables con el que se frivolizaba con frecuencia.
Pero no les voy a contar más de mis vivencias de aquel día, que a nadie interesan. Lo que me parece relevante es destacar que esa ruptura ideológica en la sociedad, que fue a menos con los años pero que persistió, de hecho, hasta el día de hoy, no acabó con el proceso que condenó a algunos de los implicados, porque tampoco se pretendía eso. Es evidente que ningún conflicto político se acaba jamás con un proceso judicial.
El proceso, en realidad, sirve sobre todo para averiguar la verdad, ya que se trata de un mecanismo milenario de resolución de conflictos que se basa precisamente en eso: en determinar la realidad de los hechos, dándole la razón, no al más fuerte o poderoso, sino a aquel que tiene la verdad de su lado. Pues bien, es obvio que en el proceso contra los golpistas no se averiguó toda la verdad, sino que quedaron lagunas relevantes. Este, por cierto, es uno de los puntos que sí cambian decisivamente tras la reciente publicación de los documentos que hasta ahora estaban clasificados.
En concreto, hemos sabido algo que hubiera sido muy relevante para aquella sentencia, e incluso para el global del proceso: el hoy rey emérito se entrevistó en secreto, justo antes del inicio del proceso, con uno de los principales acusados: Jaime Milans del Bosch.
Esa entrevista es indudablemente impropia, e incluso hubiera podido tener relevancia penal –obstrucción a la justicia–, más allá del impacto político tremendo que hubiera provocado de haber sido conocida en su momento. Todo un rey entrevistándose personalmente con un golpista… De haberse sabido ese dato, con seguridad se le hubiera interrogado al militar sobre qué habló con el monarca. Y aunque cualquier reo tiene derecho a guardar silencio y, visto lo visto, muy probablemente lo hubiera guardado, el dato de esa entrevista hubiera sobrevolado en el ambiente, asentando la tesis de la implicación del rey en el golpe que profirieron varios de los reos, entre ellos el propio Tejero, que afirmó en el Congreso estar actuando en su nombre.
De hecho, puede que la sentencia no hubiera podido eludir pronunciarse sobre esa implicación. El rey es constitucionalmente inviolable y jamás hubiera podido ser juzgado, pero la revelación de esa entrevista era relevante en el terreno probatorio. No es lo mismo hablar con un capitán general la noche del golpe para conocer, al parecer, si apoyaba la asonada, lo que es lógico, que dirigirse a él en secreto, una vez pasado todo, no se sabe para decirle qué justo antes de ser juzgado. Se ha especulado con que no se quería que el militar pudiera implicar de algún modo a la Corona, pero… de ser solamente eso, ¿era imprescindible esa entrevista? Si Milans del Bosch hubiera hecho el clásico relato con efecto ventilador, típico de tantos acusados que buscan vanamente vengarse o protegerse, de nada le hubiera servido, como de poco le valió a Bárcenas todo lo que contó, por poner un solo ejemplo. Por ello, ¿cabría deducir que la preocupación estribaba, en realidad, en revelar datos concretos contrastables sobre la trama de apoyos del golpe?
Y esos datos debieron existir, puesto que, de lo contrario, las conversaciones del monarca con Milans del Bosch el día del golpe no hubieran sido “tensas”, como han revelado los servicios secretos. También parece ser que lo fueron con Armada. Y la tensión solo puede derivar de la discrepancia. ¿Sobre qué discrepaban dos casi ancianos militares de altísima graduación con un reciente rey de cuarenta y pocos años? ¿Por qué se produjo un evidente desencuentro final entre Armada y Milans del Bosch si, según parece ya seguro, el segundo apoyaba al primero para que fuera presidente de un Gobierno de concentración? Puede que nunca lo sepamos ya.
Por supuesto, la opción aparentemente más sencilla es pensar que el rey defendía la democracia y aquellos generales, un giro autoritario, y que Tejero lo estropeó todo, no solo cuando irrumpió a tiros generando una situación internacionalmente escandalosa y grotesca, sino cuando echó a Armada de la sede del Congreso, echándole así un cable involuntario a la democracia. Pero la llamada “navaja de Ockham” no ayuda a resolver en todos los casos los embrollos, puesto que no siempre es la opción más sencilla aquella que ha sucedido realmente. Y, de hecho, la hipótesis que se acaba de exponer no tiene nada de fácil. Supondría asumir que Armada fue por orden del rey al Congreso, pero por libre en cuanto a sus intenciones, y que Tejero, un nacionalista español exaltado, pero militar al fin, habría desobedecido no solo a Armada, sino nada menos que a Milans del Bosch en un momento así. Tejero contaba con antecedentes de insubordinación, ciertamente, pero no a ese nivel.
Sea como fuere, se trata de un interesante caso a nivel probatorio. Lo curioso es que existen personas vivas que sí saben lo sucedido y que de hecho han hablado, como el rey emérito. Tal vez nunca se sabrá si contaron la verdad. Cuando el proceso judicial se acaba, solo puede proseguir la labor de los historiadores. Veremos qué cuentan en el futuro de lo acaecido, si es que se acaban ocupando de ello en algún momento.
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