De los síntomas a las causas: pensar estructuralmente el capitalismo
En este artículo propongo una mirada global al capitalismo desde las dos perspectivas imprescindibles para hablar de él: la estructural y la interseccional. La perspectiva estructural es fundamental, porque el capitalismo es una estructura social, concretamente una estructura de dominación; la perspectiva interseccional es fundamental, porque el capitalismo es el contenedor de los otros dos grandes sistemas de dominación: el patriarcado y el colonialismo. Sin ellos el capitalismo no sería posible.
Toda aproximación a los problemas sociales y sociológicos debe ir acompañada de una mirada hacia las posibilidades de acabar con ellos. Y con el capitalismo no es menos. Aunque nos cueste, porque el “sentido común” construido por él mismo nos haya capado la imaginación y el atrevimiento, siempre debemos aspirar a acabar con él. Por eso, el objetivo final de este texto es pensarnos cada una de nosotras como agentes de cambio, como personas con la responsabilidad individual de 'no colaborar' con las dinámicas sociales que naturalizan la violencia y la exclusión, con la responsabilidad de 'interrumpir', como dice Imanol Zubero. Estar un poco más cerquita de comprender que el cambio solo puede ocurrir si ocurre en nosotras, en nosotras con otras, claro.
Las estructuras sociales de dominación
Las principales estructuras sociales en las que desarrollamos nuestras vidas son la patriarcal, la colonial y la capitalista. La patriarcal se basa en el privilegio masculino, la colonial en el privilegio blanco y la capitalista en el privilegio de clase. Y aquí, al hablar de privilegios, entramos en la cuestión central: las estructuras sociales en las que nos desarrollamos son estructuras sociales de dominación. Y esto debemos decirlo y escribirlo siempre: la palabra “dominación” es esencial en toda descripción de las estructuras sociales que nos constituyen. Debemos nombrarla si queremos ser rigurosas en nuestros análisis.
¿Por qué vinculamos privilegio a dominación? Porque el privilegio es algo cuyo ejercicio siempre es sobre otras personas o seres. Ejercer los privilegios que nos otorgan las estructuras sociales es ejercer violencia más o menos sutil. Hoy, aquí, comprar una prenda de ropa nueva es, casi con total seguridad, estar ejerciendo el privilegio blanco o colonial, porque, normalmente, esa prenda está fabricada en territorios donde los derechos humanos son vulnerados. Podríamos hablar también aquí de antropocentrismo, de privilegio antropocéntrico, porque la fabricación de esa prenda requiere una enorme cantidad de recursos naturales no humanos.
El capitalismo, como todas las estructuras de dominación, ha naturalizado la dominación. Su forma de hacerlo es que nosotras, cada una de nosotras, mediante nuestra agencia cotidiana, la reproduzcamos incluso aunque nuestra intención sea la contraria. Hemos naturalizado los privilegios de clase, género y origen, y esto es muy importante saberlo y asumirlo, porque solo así podremos estar lo suficientemente atentas a los que se nos otorgan y a los que ejercemos. Y solo así podremos plantearnos dejar de ejercerlos.
Reni Eddo-Lodge, escritora inglesa de madre nigeriana, en su libro 'Por qué no hablo con blancos sobre racismo', define el privilegio blanco como la ausencia de consecuencias negativas del racismo. Lo mismo ocurre con el privilegio masculino, es la ausencia de consecuencias negativas del machismo, y con el privilegio de clase, que es la ausencia de consecuencias negativas del clasismo. Son ausencias. ¿Y cómo combatimos ausencias? Ahí está la clave: solo con intención y mucha atención al impacto que nuestros actos cotidianos tienen en nuestro entorno y en el resto del mundo. Debemos recordar siempre, y me repito: un privilegio solo puede ser ejercido a costa de una peor posición de otra persona o colectivo.
¿Qué es el capitalismo?
El capitalismo es una estructura social de dominación. Es un sistema siempre feroz, caníbal, como dice Nancy Fraser; es homicida, suicida, carnívoro, como dice Francesca Grazoli; es excluyente.
El capitalismo es un sistema de ideas, es una ideología. La economía capitalista es una forma, en base a una ideología, de administrar los bienes de una sociedad. Pero para que un sistema económico se instale y funcione es necesario un ecosistema propio. Para que exista el capitalismo debemos vivir en sociedades capitalistas. Por lo tanto, una de las tareas principales de esta estructura de dominación, como del resto, es su propia supervivencia, su propia reproducción. Y eso se realiza mediante la producción de sentido y de deseo. El capitalismo necesita producir y reproducir un “sentido común” que legitime su existencia. Necesita que el conjunto de la sociedad, que es explotada y expropiada, asuma como aceptable su existencia y sus dinámicas.
En su libro 'Capitalismo caníbal', Nancy Fraser propone el término 'caníbal', porque, entre otras cosas, el capitalismo devora su propia base social, una base social, por cierto, que él no produce: no produce personas, pero se las come, no produce territorio, pero se lo come, no produce vida animal ni vegetal de ningún tipo, pero se la come. Utiliza recursos extraeconómicos y no devuelve nada, roba vida y provoca muerte. No debemos caer en el error de creer que el capitalismo es una realidad solo económica.
Antes he dicho que el capitalismo es una forma de administrar los bienes de una sociedad en base a una ideología. Voy a matizar aquí que los bienes de una sociedad son materiales e inmateriales. El capitalismo, el patriarcado y el colonialismo deciden, además, cómo se administran los bienes inmateriales de la sociedad: el respeto, la dignidad, el poder, la educación, la credibilidad. Esta última es fundamental para crear un sentido común excluyente. Por ello, nuestras vidas transcurren principalmente bajo el mandato de tres tipos de economía de la credibilidad: la economía machista de la credibilidad, la economía racista de la credibilidad y la economía clasista de la credibilidad. Esto hace que, a grandes rasgos y utilizando un imaginario binario, el reparto de la credibilidad quede así: creemos menos a una mujer que a un hombre; creemos menos a una persona racializada que a una persona blanca; y creemos menos a una persona empobrecida que a una persona enriquecida. Esta idea es de Miranda Fricker y la podéis encontrar desarrollada en su libro 'Injusticia epistémica'.
Una de las características principales de las sociedades capitalistas es el papel distintivo de los mercados. Los mercados siempre han existido a lo largo de la vida humana incluso en las sociedades no capitalistas; sin embargo, en el capitalismo, el mercado se distingue porque asume la función clave de plantear y responder las preguntas fundamentales respecto del modo en que las personas deseamos vivir: dónde invertimos nuestras energías colectivas, cómo nos proponemos equilibrar el “trabajo productivo” con la vida familiar, qué ocio construimos, cómo nos relacionamos con la naturaleza no humana, cómo queremos que las generaciones futuras se relacionen con ella, qué gestión de la vivienda consideramos aceptable, etc. En definitiva, quedan en manos de las “fuerzas del mercado” las decisiones más importantes de la vida. Esta es, como asegura Nancy Fraser, la característica más relevante y perversa del capitalismo: “el hecho de ceder las cuestiones más decisivas a un mecanismo orientado a la expansión cuantitativa del valor monetizado, que es congénitamente indiferente a los indicadores cualitativos de riqueza social y bienestar humano”.
Los mercados están en el centro del funcionamiento del capitalismo, pero no debemos confundir esto con la idea de que todo está mercantilizado. El mercado parece ocuparlo todo, pero también necesita que haya espacios no mercantilizados. El ejemplo más claro es el trabajo asalariado, que no podría sostenerse sin el trabajo doméstico, la crianza, la educación, el cuidado emocional y muchas otras actividades que permiten formar nuevas generaciones de trabajadores y mantener a las actuales, además de sostener los lazos sociales y los marcos compartidos de sentido. De este modo, al igual que la llamada “acumulación originaria”, la reproducción social constituye una condición esencial para que la producción de mercancías sea posible.
Para el capitalismo y su herramienta principal, el mercado, siempre debe haber expropiación de recursos, es decir, robo (matiz: no siempre la expropiación es robo, en el caso del capitalismo, sí, porque su objetivo es empobrecer a muchas para enriquecer a unos pocos). Esos recursos que extrae son el trabajo de cuidados, tierras, cuerpos, ideas, creatividad, principios éticos y morales, etc. Necesita robar todo eso para hacerlo suyo y, entonces sí, adaptarlo a la forma del mercado y transformarlo en producto. Y, por supuesto, quitar todo viso revolucionario. Uno de los slogans publicitarios que más me impactó hace unos años fue el que vi en el escaparate del Corte Inglés de cara al 8M: “joyas para la igualdad”. Es obsceno. La industria de la joyería es una de las que mayor explotación, desigualdad y muerte genera. Esto es un uso del feminismo para quitarle valor y para ganar dinero. Y aunque ganar dinero es un objetivo importante para el capitalismo, también lo es vaciar de contenido el feminismo, un movimiento emancipador que lucha contra lógicas como las del mercado. El feminismo es anticapitalista.
Los afectos, por ejemplo, jamás serán mercantilizados. Y no es solo porque eso es imposible, sino porque al mercado le interesa que cuidemos a otras por amor (esto está relacionado con lo que hemos dicho sobre el trabajo asalariado), pero, además necesita que veamos este acto de amor como un sacrificio, que veamos como sacrificio el acto de amor de cuidar, que es reproducir la vida. Y lo consigue haciendo: 1) que el trabajo sea la base de la supervivencia (sin trabajo no tienes salario y no comes); 2) que el empleo ocupe tu vida y tu salud trabajando un número de horas inaceptable en condiciones inaceptables; y 3) que el trabajo asalariado sea una de las fuentes de tu superación personal y tu emancipación (esto en el caso de quienes tienen trabajos cualificados). Y en relación a todo esto, no podemos elegir: o trabajas o cuidas. Las políticas de conciliación no funcionan completamente ni para todas porque son construidas bajo las bases ideológicas de las estructuras de dominación; por lo tanto, todas sus soluciones pasan por salvar las estructuras, no por deshacer sus bases. Recordemos que las estructuras sociales se reproducen a sí mismas continuamente mediante instituciones y personas.
Contra el deseo impuesto
Ahí están también las grietas del sistema. En lo no mercantilizado. Debemos hacernos fuertes e impedir que nadie se aproveche de algo tan potente y bello como amar a otros seres y al entorno. No podemos dejar que nuestro amor por la naturaleza se convierta en un viaje a EEUU a ver secuoyas. Aquí, en este viaje, en la comida que al parecer no podemos dejar de comer (carne, alcohol, aguacates, soja, pescado, etc.), en el ocio cotidiano, en las cuestiones estéticas, en la ropa que compramos o no compramos, etc. En todo esto y más se cuela la construcción capitalista del deseo. Siempre, recordemos, en colaboración con el patriarcado y el colonialismo. ¿Cómo son nuestras vacaciones? ¿Nuestros fines de semana? ¿Dónde deseamos vivir? ¿Nos vamos a hipotecar? ¿Vamos a vivir en comunidad? ¿Qué comemos? ¿Qué ropa compramos? ¿Seguimos comprando ropa?
Existe una cadena global de sufrimiento que empieza en nuestras decisiones en esta parte de mundo y termina en el asesinato por inanición en otros territorios. Esto lo hemos visto muy claro con el genocidio del pueblo palestino: hemos hablado y practicado boicot mediante el consumo. Y lo hemos hecho porque somos conscientes de que esa cadena de sufrimiento existe. ¿Por qué nos detenemos ahí? ¿Qué hay del resto de sufrimientos? Hemos dicho que necesitamos asumir que tenemos y ejercemos privilegios y que debemos estar muy atentas para no seguir haciéndolo en nuestra cotidianidad. Para eso, debemos respondernos a estas y otras muchas preguntas. La no colaboración con el sistema en nuestra cotidianidad es fundamental y debe ir siempre acompañada de una colectivización de la misma.
El capitalismo necesita que pensemos más en su propio beneficio que en el nuestro, necesita que pongamos lo productivo por delante de lo reproductivo, que entendamos que la producción de muerte tiene más sentido que la producción de vida. Para eso, una de las cosas que hace es generar deseos haciéndolos pasar por necesidades. Ojo con lo que deseamos, porque cuando hablamos de deseos construidos por el capitalismo hablamos de qué vidas importan más que otras. Cuando mi 'necesidad' es a costa de la explotación de otras, estamos aceptando implícitamente que las vidas de esas personas importan menos que las nuestras. Judit Butler lo expresa muy bien en su libro 'Marcos de guerra', cuando habla de vidas que merecen ser lloradas y vidas que no lo merecen.
En su precioso libro 'Refugio', Terry Tempest Williams escribe una frase que describe a la perfección qué es el capitalismo y, en general cualquier estructura de dominación. Refiriéndose a las consecuencias de los ensayos nucleares en el desierto de Nevada, cerca de donde ella y muchísimas especies animales viven, dice lo siguiente: “Cuando la Comisión de la Energía Atómica describió el territorio al norte de los campos de pruebas de Nevada como 'desierto virtualmente deshabitado', mi familia y las aves del Gran Lago Salado éramos algunos de esos 'deshabitantes virtuales'”. Y es que para el capitalismo somos eso: deshabitantes virtuales, despersonas virtuales, desanimales virtuales, desnaturaleza virtual.
La responsabilidad individual colectivizada
La no colaboración es necesaria y, creo, debería ser la base ética y política de todas las entidades y personas que trabajamos por la justicia social. ¿Cuáles son las líneas rojas de las entidades a las que pertenecemos? ¿Dónde nos plantamos y decimos por aquí no vamos a seguir? ¿Cuáles son nuestras líneas rojas personales dentro de esas entidades? ¿Señalamos aquello que está colaborando con los sistemas de opresión? ¿Nos sentimos cómodas con lo que hacemos?
Existe una herramienta epistemológica que, además, es un posicionamiento político en sí mismo, que nos sirve para pensarnos: la ética feminista. La ética feminista no es una rama de la ética, es una forma diferente de pensar nuestras acciones cotidianas y su impacto en el entorno. Es otra forma de hacer ética que trata de liberarse de los sesgos machistas, racistas y clasistas que ha caracterizado generalmente la ética hegemónica. Porque nuestros criterios éticos no son neutros, como no lo es nada en una sociedad patriarcal, colonial y capitalista. ¿Nos hemos preguntado alguna vez seriamente cuáles son nuestros principios éticos? ¿Nos hemos propuesto pensar en el impacto de nuestras acciones cotidianas y decidir qué vamos a interrumpir, con qué no vamos a colaborar más? O actuamos conscientemente o reproducimos la violencia estructural.
La escritora Ursula K. Le Guin tiene un cuento que se llama 'Quienes se marchan de Omelas'. Es un relato que creo que da para conversar toda una vida. Ursula K. Le Guin nos coloca ante la realidad de una vida feliz que solo es posible sobre el sufrimiento de otras. Omelas es ese mundo feliz. ¿Te marcharías al conocer el sufrimiento sobre el que se erige tu privilegio? ¿Te marcharás? Porque conocerlo, ya lo conoces.
Marcharse de Omelas es muy difícil, porque Omelas es el mundo en el que vivimos, pero debemos aspirar siempre a marcharnos. Debemos caminar ya en dirección a la salida. Actuar como si ya hubiésemos hecho la revolución. ¿Cómo viviríamos si la revolución ya hubiese tenido lugar, si nos hubiésemos marchado ya de Omelas? Pensemos en serio cómo sería el mundo, cómo seríamos nosotras, cómo serían nuestros actos cotidianos, y desarrollemos aquellos que ya, desde ahora mismo, podemos poner en práctica. No se trata aquí de tener que hacerlo todo para salvar el mundo, se trata de hacer algo, algo más. Por cierto, la misma autora tiene otro cuento llamado 'El día antes de la revolución'.
Existen muchísimas personas y colectivas que están ya imaginando mundos diferentes, que están actuando como si la revolución ya existiera: pueblos ocupados, iniciativas de cesión de tierras a personas migradas o migrantes, espacios voluntarios de acogida a víctimas de violencia machista y violencia racista, centros sociales construidos con las manos de quienes quieren tener espacios físicos en los que hacer comunidad, iniciativas colectivas para parar a las grandes empresas energéticas que quieren continuar robando territorio, etc. El mundo está lleno de luces a las que mirar. Y podemos elegir mirar hacia allí cuando nos pensemos en el mundo.
Sobre este blog
Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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