La España vacía cambia de estrategia: las iglesias deben generar los recursos económicos para ser restauradas
Plan de negocio, análisis económico, estimaciones de mercado… Términos que pueden sonar cotidianos en cualquier empresa, en cualquier proyecto del siglo XXI, parecen encajar con más dificultad en el tranquilo (en exceso) día a día de la España vacía, donde los pueblos languidecen hoy lamentando el éxodo urbano iniciado en los años cincuenta. “El mundo rural no está para desaprovechar recursos”. El arqueólogo Ángel Palomino repite esta idea como una especie de mantra para explicar que, hasta los pueblos con menor densidad de población, con todas las estadísticas de desarrollo en contra, tienen una oportunidad de tomar acaso el último tren.
Solo existe una condición, un requisito de mínimos: todos los municipios en los que este experto en gestión de proyectos en el medio rural trabaja reúnen un argumento común: tienen “memoria”, en sus calles y plazas conservan la herencia de sus antepasados, un patrimonio que da para hacer cálculos, estimaciones, números sobre los que sustentar una casi utópica recuperación. De esa filosofía tan pegada al “Excel” nació el proyecto Ars Stellaris, que pretende poner en el mapa la región acaso más despoblada de Burgos: un conjunto de extensos páramos y valles fértiles situados en el occidente de esta provincia, en la estela del Camino de Santiago.
Sobre la mesa, un mapa de 14 pueblos con un denominador común, iglesias de origen medieval con raíces en el románico y en el gótico —todas son bienes de interés cultural (BIC)— que han ido transformándose, envolviéndose en otros estilos a lo largo de los siglos. De Melgar de Fernamental, corazón del Canal de Castilla, a Castrojeriz, parada obligada del Camino Francés. De Villamorón, municipio casi desértico que ha logrado salvar su mayúsculo templo del siglo XIII, a Sasamón, donde radica el edificio religioso más monumental del conjunto, una descomunal iglesia gótica impropia del medio rural. Joyas que han resistido al drama del exilio de sus habitantes y que hoy aspiran a convertirse en esperanza de progreso (o, al menos, de una tierra todavía viva), pero con un giro de guion.
“El modelo de ‘Oiga, mire, deme usted dinero para retejar la ermita de mi pueblo’ se ha acabado”. Rodrigo Sáiz es el gerente de la fundación Ars Burgensis, el organismo impulsado por el arzobispado de Burgos hace un par de años para desarrollar planes de conservación del patrimonio y dinamizar el territorio que lo ampara. “Ahora estamos en un modelo distinto, en el que puede haber dinero público si una ermita se pone en valor a través de una campaña de difusión, se digitaliza y tiene una accesibilidad plena”, expone. Un análisis honesto, pero una visión del patrimonio que divide a quienes cuidan de los edificios históricos de la España rural.
En contra, aquellos que piensan que no en todos los casos —templos aislados sin vocación clara de generar recursos en su entorno— se podrá hablar de repercusión económica. Precisamente, ese giro de guion aquí radica en que la restauración de las iglesias burgalesas será consecuencia de lo que puedan “producir” a su alrededor, y no un fin. “Estamos desarrollando un plan de gestión, no de intervención”, aclara el arqueólogo Ángel Palomino. En números, Ars Stellaris cuenta con un presupuesto de 248.000 euros, algo más del 60% del capital que procede de la Junta de Castilla y León lo completa la fundación eclesiástica.
Digitalización exhaustiva
En ese “cambio de enfoque”, la piedra angular es una plataforma de gestión digital que “va a dar visibilidad al proyecto”. En la práctica, una web donde aparecen los 14 templos digitalizados —tanto el exterior como sus bienes muebles (retablos o esculturas)—, lo que posibilita que “siempre estén abiertos” (aunque sea a través de una visita virtual), destaca Ángel Palomino. “En entornos rurales de pueblos muy pequeños no es fácil que te abran la iglesia”, precisa, apuntando a esa labor en extinción de los denominados custodios, vecinos que guardan la llave del templo y lo abren al visitante cuando pueden.
“A partir de un plan de este tipo, seguramente sea más fácil y viable conseguir la inversión que echando mano de lo de siempre”, sostiene el miembro de la firma Patrimonio Global. En su opinión, los valores inherentes al patrimonio —como la historia o la memoria que atesoran— “son intangibles que, al final, no se pueden materializar”. “Lo que se pretende es crear un producto de turismo cultural y patrimonial para identificar estos territorios, incorporando un conjunto de iglesias a las dinámicas del desarrollo regional”, precisa.
Atendiendo a la rentabilidad económica y social de planes como este en el medio rural, cabe acudir a la pregunta clave: ¿Resulta factible lograr mejoras perceptibles en zonas de interior profundamente deprimidas y sin apenas vecinos? “Yo creo que sí”, señala sin dudar Ángel Palomino, y justifica su convicción: “El punto de partida es tan bajo y la situación es tan crítica que los resultados a corto y medio plazo parece que no se ven, pero cuando analizas el impacto al detalle, sí que se está produciendo”.
Para demostrarlo, acude a otros ejemplos del mismo perfil, en programas del Ministerio de Reto Demográfico. En concreto, cita la inversión de 600.000 euros en proyectos de arqueología que se están llevando a cabo en pueblos de la Ribera del Duero (provincias de Burgos y Valladolid). “Tenemos que incluir datos demográficos en las actuaciones que estamos desarrollando y en todos los municipios afectados ha habido un incremento de población”, afirma. En todos, igualmente, el trabajo se ejecuta en red: pueblos de apenas veinte habitantes se asocian para crear un impacto conjunto en la zona. Las aventuras individuales son cada vez más escasas.
¿Y qué hay del perfil turístico de esta iniciativa? El programa Ars Stellaris apunta a un destinatario muy concreto: el “visitante respetuoso”. Lo explica Rodrigo Sáiz, gerente de la fundación Ars Burgensis. “Objetivamente, nuestro visitante no es precisamente un hooligan inglés que viene aquí a emborracharse, sino personas con cierto sentido del gusto artístico que quieren ver iglesias”, define. Y va más allá: “Hay un respeto por la santidad del lugar y un sentido del relajamiento; quien viene no lo hace atropelladamente ni tiene únicamente el interés de tomarse un ‘selfie’ antes de ver un museo”. Es decir, que la llamada no se dirige al grueso de los datos macroeconómicos del sector.
Sáiz cita que, “de los 100 millones de visitantes que recibe España cada año, veinte llegan atraídos por la cultura”. Y en esa todavía generosa porción de la tarta “hay medallas de oro, como la Mezquita de Córdoba, la Sagrada Familia o la Catedral de Burgos, pero también hay medallas de plata o bronce”, detalla. En los escalones inferiores del podio, aparecen las iglesias del occidente burgalés como “un lugar de reflexión, de meditación para contemplar auténticas joyas, tablas flamencas o esculturas de autores de talla internacional en la Edad Media, y de paso llevamos actividad a la España vacía”, propone.
La iniciativa no es la primera de este tipo en la España vacía ni en la provincia de Burgos, aunque sí está claramente inmersa en esa filosofía de impacto económico que está desarrollando la Junta de Castilla y León en la autonomía del país con mayor volumen de patrimonio. En la comarca de Bureba, al norte de Burgos, los ayuntamientos de núcleos con poblaciones mínimas trabajan en la creación de un circuito cultural que permita disfrutar de sus iglesias románicas, aunque muchas veces la falta de vecinos llega a tal punto que impide atender la apertura de los monumentos de la ruta y convierten estos proyectos en una quimera. En la comunidad de Cantabria, la región de Liébana está recuperando las pinturas de distintos edificios históricos con fines de conservación, pero también para tratar de llevar la vida a una de las regiones más despobladas del norte del país. En todos estos ejemplos, un denominador común —la despoblación— y un rayo de esperanza, el patrimonio.
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