Un parásito hallado en letrinas romanas rompe el relato clásico y apunta a contactos anteriores entre continentes

Descubrieron que los intestinos de estos antiguos habitantes albergaban parásitos como tenias y protozoos

Héctor Farrés

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La limpieza en las ciudades romanas nunca eliminó del todo los riesgos que circulaban por el agua, los alimentos y los espacios domésticos. La higiene en el Imperio romano incluía sistemas de alcantarillado, baños públicos y normas de uso que buscaban reducir la suciedad, pero esas soluciones convivían con focos de contagio difíciles de controlar.

Los residuos humanos, que a menudo se almacenaban en recipientes dentro de las viviendas durante la noche, mantenían activos microorganismos capaces de sobrevivir largos periodos. La capacidad de los parásitos para resistir fuera del cuerpo humano dependía de estructuras como huevos o formas encapsuladas que soportaban sequedad y cambios de temperatura, lo que permitía su persistencia en superficies, agua o suelos. Esa resistencia hacía posible que volvieran a infectar a las personas cuando las condiciones lo permitían, incluso después de largos intervalos.

Un equipo científico encontró patógenos en recipientes antiguos de Moesia

Un estudio ha identificado parásitos intestinales en restos de orinales romanos y ha confirmado la presencia de Cryptosporidium en Europa siglos antes de lo que se pensaba, según recoge la revista npj Heritage Science. La investigación, dirigida por Malgorzata Bednarska, del Instituto de Zoología Experimental de la Universidad de Varsovia, analizó depósitos mineralizados en recipientes usados entre los siglos II y IV d. C. en la provincia romana de Moesia Inferior.

Estos residuos permitieron detectar microorganismos asociados a enfermedades digestivas y reconstruir condiciones sanitarias de la época. El hallazgo obliga a revisar el origen geográfico de algunos patógenos y su evolución histórica dentro de poblaciones humanas.

El descubrimiento de Cryptosporidium en muestras de Novae, un asentamiento romano en la actual Bulgaria, cambia el mapa conocido de este parásito. Hasta ahora se pensaba que su presencia temprana se situaba en América Central, pero estos restos demuestran que ya circulaba en Europa en época romana.

Las condiciones domésticas explicaron la persistencia de infecciones

En cambio, en Marcianópolis no aparecieron rastros de parásitos en el recipiente analizado, lo que apunta a condiciones distintas en el mismo territorio. Esa diferencia puede explicarse por un suministro de agua más limpio o por variaciones en la dieta. También influye la conservación desigual de los restos, ya que factores ambientales pueden destruir las evidencias microscópicas.

En las muestras donde sí hubo presencia de patógenos, los investigadores detectaron varios organismos a la vez. Aparecieron huevos de Taenia, un tipo de tenia que se adquiere al consumir carne poco cocinada, junto con Entamoeba histolytica, responsable de la disentería amebiana. A estos se sumó Cryptosporidium, asociado a diarreas transmitidas por agua contaminada.

La coincidencia de estos tres agentes en un mismo recipiente indica coinfección, es decir, que una misma persona o grupo sufría varias infecciones al mismo tiempo. Este dato muestra que las enfermedades intestinales podían acumularse en un mismo entorno doméstico.

El suministro desde el Danubio facilitó la circulación de agentes

El sistema de abastecimiento de agua explica parte de esa transmisión. En la villa cercana a Novae, el agua procedía del río Danubio y llegaba a través de infraestructuras que podían contaminarse durante lluvias o desbordamientos.

Los canales de desagüe vertían residuos que podían mezclarse con el suministro, lo que facilitaba la circulación de parásitos. A esto se sumaba el uso de excrementos humanos como fertilizante, una técnica descrita por Marco Terencio Varrón y Lucius Junius Moderatus Columella en sus tratados agrícolas. Los huevos de los parásitos presentes en las heces podían pasar a los cultivos, infectar animales o regresar a las personas a través de alimentos mal lavados.

Las técnicas de laboratorio permitieron identificar especies similares

Para identificar estos organismos, el equipo utilizó varias técnicas complementarias. Las muestras se extrajeron de las paredes y el fondo de los recipientes, donde los residuos se habían endurecido durante casi 2.000 años. Después se rehidrataron y se filtraron con tamices finos antes de observarlas al microscopio con aumentos de hasta 400×.

Como algunos parásitos tienen formas similares, se recurrió al análisis de ADN antiguo para diferenciarlos. También se empleó la prueba ELISA, que detecta proteínas específicas mediante una reacción química que cambia el color de la muestra cuando el patógeno está presente.

Los métodos científicos actuales ampliaron el conocimiento del pasado

Estos recipientes domésticos ofrecen una ventaja frente a otros contextos arqueológicos. Al proceder de uso individual o familiar, los restos pueden vincularse con mayor precisión a humanos, en lugar de mezclarse con residuos de animales o de espacios colectivos. Esto permite reconstruir con más detalle las condiciones de salud en ámbitos privados. Los depósitos mineralizados funcionan como registros biológicos que conservan información sobre enfermedades, dieta y entorno.

Los recipientes individuales permitieron estudiar la salud en casas concretas

El valor de estos hallazgos no se limita al pasado. El estudio muestra cómo objetos cotidianos pueden aportar datos que no aparecen en textos antiguos ni en grandes construcciones. Los residuos conservados en cerámica permiten analizar la relación entre humanos y microorganismos a lo largo del tiempo. Además, el uso de técnicas como ELISA abre nuevas vías para detectar patógenos difíciles de identificar por métodos tradicionales.

Este tipo de análisis amplía el catálogo de enfermedades antiguas conocidas y ayuda a seguir la evolución de los microbios que todavía afectan a la población actual, una relación que ya estaba presente en la vida diaria de aquellas ciudades romanas.

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