“Esconded la luna, esconded las estrellas”
La ópera Salome de Richard Strauss fue estrenada el 19 de diciembre en Dresde, hace ahora 120 años y poco más de cuatro meses. La intención del compositor era ponerla en escena después en la Ópera de la Corte de Viena, pero la censura imperial lo impidió, con gran enfado del que entonces era su director, Gustav Mahler. Strauss debió conformarse con dirigirla en la ciudad austriaca de Graz, lo que ocurrió el 26 de mayo de 1906. Ya se había extendido la fama de que esa obra, de lenguaje musical disonante, presentaba una historia que describía de forma virulenta el deseo sexual y la había prohibido la censura. Tanta fue la expectación que en el estreno de Graz se dieron cita Gustav Mahler, Arnold Schoenberg, Alban Berg y Giacomo Puccini, entre otras personalidades musicales. También estuvo allí un Adolf Hitler de 17 años, o al menos eso dijo el dictador mucho después al hijo de Strauss. Y el escritor Thomas Mann hace asistir a aquella representación a Adrian Leverkühn, el compositor protagonista de su novela Doktor Faustus.
El crítico musical norteamericano Alex Ross describe este ambiente en el arranque de su célebre libro sobre la música del siglo XX El ruido eterno, según el título de la traducción española, mucho menos afortunado que el original inglés The Rest is Noise (El resto es ruido), de resonancias shakespearianas. Ross refiere que, tras la representación, Strauss estaba con un grupo de personas en el hotel Elefant. Alguien dijo que preferiría dispararse un tiro a memorizar el papel de Salome. Strauss repuso: “Yo también”.
El estreno en Graz de esa obra intensa, profunda, disonante y violenta fue un éxito, lo que sorprendió al propio compositor, y desde entonces no ha dejado de representarse con éxito. Strauss escribió la ópera sobre una traducción alemana realizada por Hedwig Lachmann de la obra de teatro Salomé, escrita en francés por Oscar Wilde. En el texto alemán el nombre de la princesa judía se escribe sin el acento de la versión francesa y se pronuncia de forma esdrújula. Además de la versión alemana, que es la representada habitualmente en todo el mundo, Strauss hizo una versión con el texto original francés, de la que existe una grabación en el sello Virgin dirigida por Kent Nagano.
El Palau de les Arts ha vuelto a presentar este título, que había ofrecido en 2010 con dirección musical de Zubin Mehta. Ahora es una producción de Daniele Michieletto para el Teatro alla Scala de Milán, con dirección musical de James Gaffigan, estrenada el sábado 25 de abril y aclamada calurosamente por el público que llenaba la sala. En el aspecto visual y dramático es un gran espectáculo, con momentos muy brillantes, que capta la atención sin tregua, para acompañar una música no menos absorbente. Todo ello al margen de la gratuita historia freudiana que añade Michieletto. La escenografía de Paolo Fantin es muy efectiva, con una plataforma móvil que sube y baja a Jochanaan de la cisterna en que está prisionero, y la gran y vidriosa bola negra que sale del techo. También lo son el vestuario de Carla Teti y la iluminación de Alessandro Carletti. Hay momentos muy espectaculares, como el fuego alrededor de Jokanaan o la lluvia de plumas negras. Tiene una gran importancia el movimiento escénico, con la coreografía de Thomas Wilhelm, que conduce a los cinco ángeles de la muerte con alas negras o a los seis sosias de Herodes que acosan a Salome.
En el aspecto musical, esta Salome es verdaderamente gloriosa, con una Orquestra de la Comunitat Valenciana en estado de gracia. La nutrida percusión, las arpas, las cuerdas, los metales, las maderas, con la emblemática escala inicial del clarinete… Todo sonó a la perfección, conducido por James Gaffigan con precisión, detalle y riqueza de matices, en un rico tejido orquestal al servicio de una música que ejerce un efecto hipnótico sobre el público. Es posible, no obstante, que en algún momento hubiera más volumen del deseable. El maestro norteamericano, que dejó la titularidad de la orquesta este año, vuelve a mostrar su dominio del repertorio alemán tras sus interpretaciones memorables de Wozzeck, Tristan und Isolde y Der fliegende Holländer.
Si la orquesta fue espléndida, no lo fue menos el elenco vocal. La soprano lituana Vida Miknevičiūtė encarnó una Salome llena de fuerza y dramáticamente desgarradora, con firmes agudos y una voz redonda y potente, pese al volumen sonoro de la gran orquesta straussiana, que en algunos momentos dificultaba escuchar el canto. Magistral especialmente en la escena final, que corona una obra en la que orquesta y Salome son los grandes protagonistas. El tenor británico John Daszak interpretó un gran Herodes, con los matices del indeciso personaje, sabiamente complementado por la Herodias de la mezzo alemana Michaelaa Schuster, que debutaba en Valencia. Jochanaan fue el bajo-barítono estadounidense Nicholas Brownlee, quien hizo una gran interpretación de este personaje, tan diferente del Holländer de Wagner con el que triunfó la pasada temporada. El resto de cantantes brilló a muy alto nivel en una obra marcada por el poético lenguaje de Oscar Wilde, que 120 años después continúa emocionando. “El misterio del amor es mayor que el misterio de la muerte”, canta Salome tras la decapitación de Jochanaan. “Esconded la luna, esconded las estrellas”, dice Herodes. Y añade: “Algo terrible va a suceder”.
Sobre este blog
Este blog pretende transmitir reflexiones sobre música, literatura, arte, pensamiento y cultura en general, sin eludir la dimensión política. Trata de analizar la realidad, especialmente cuando, como ocurre con frecuencia, supera la ficción.
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