Del clasicismo al romanticismo con Mao Fujita y Paavo Järvi
El 26 de octubre pasado la Royal Philharmonic dirigida por Vasily Petrenko ofreció un concierto en el Palau de la Música. Estaba programado el Concierto para piano y orquesta de Grieg, cuya interpretación hubo de ser suspendida por una avería en el ascensor de pianos. El pianista anunciado era Mao Fujita (Tokio, 1998), que no pudo tocar ese día, y el concierto de Grieg fue sustituido por una obra orquestal del mismo autor: la Suite n.º 1 de Peer Gynt.
Este 22 de abril también estaba anunciado Fujita, ahora con la Deutsche Kammerphilharmonie Dresden, dirigida por su titular Paavo Järvi (Tallin, 1962). Por fortuna, en esta ocasión no hubo contratiempos y el público que llenaba la Sala Iturbi del Palau pudo disfrutar de una deslumbrante lectura que hizo Fujita del Concierto para piano y orquesta número 19 de Mozart, compuesto en 1784 e interpretado en 1790 en la coronación del emperador Leopoldo II en Fráncfort. Fujita tocó con intensidad y apabullante dominio técnico. Se permitió algunos adornos y ofreció muy interesantes cadencias propias en los movimientos primero y último.
Si Fujita impresionaba por su altísimo nivel técnico, no le iba a la zaga la orquesta, que lo acompañó con una interpretación conducida por Paavo Järvi con delicadeza y muy bella expresión. Precioso el Allegretto central, de suave melancolía. El público premió a solista y orquesta con grandes aplausos y bravos, por lo que Fujita volvió al teclado para tocar la Serenade op. 3 n.º 5 de Rachmaninoff.
El programa se había iniciado con una sinfonía poco frecuentada de Franz Schubert, la n.º 3. Escrita en 1815 con 18 años de edad, es una bella obra que respira jovialidad con un lenguaje marcadamente clásico. Un ambiente sonoro muy alejado del aliento romántico de la Inacabada (n.º 8) y la Grande en do mayor (n.º 9), sus últimas sinfonías. La orquesta fue conducida por Järvi con agilidad y acentos marcados, en una versión que impresionó por la soltura técnica que mostró la orquesta. Magnífico el solista de clarinete, que enuncia el tema inicial del primer movimiento tras una introducción lenta en la estela de Haydn.
En las tres obras del programa hubo un conjunto orquestal de proporciones clásicas. La cuerda permaneció invariable en cuanto a efectivos, con ocho violines primeros, siete segundos, cinco violas, otros tantos violonchelos y tres contrabajos. Si bien en la sinfonía de Schubert las dos trompetas eran naturales, para la obra que ocupó la segunda parte se utilizaron de tipo moderno. Era la Sinfonía número 3 de Mendelssohn, conocida como Escocesa. Después de la Italiana, numerada como cuarta, esta es la más célebre del compositor. Su inspiración procede de la visita que hizo a las ruinas del palacio de Holyrood, en Edimburgo, en 1829. Aunque la inició entonces, la interrumpió y no acabó la partitura hasta 1842.
Es sorprendente que, sin cambiar la composición de la cuerda, con los mismos timbales barrocos y con dos trompas más (cuatro en lugar de dos) Järvi y los músicos de Bremen lograsen un sonido tan distinto en las obras de Schubert y Mendelssohn. La Escocesa tiene un claro espíritu romántico, que supieron trasladar con profunda intensidad y bien dosificadas dinámicas. Extraordinario el complejo primer movimiento; bellísimo y soñador el Adagio, que Mendelssohn sitúa en tercer lugar, y espléndido el último. En este tiempo la cuerda hizo gala de un extraordinario dominio de los arcos y sonó glorioso el triunfal Allegro maestoso assai que cierra la obra. Las intensas ovaciones animaron a Järvi a ofrecer la Elegía op. 49/7 de Hugo Alfvén, interpretada con sensible delicadeza.
La alta calidad de la programación del Palau contrasta con el manifiesto descuido que evidencian los programas de mano en su versión valenciana. En el de ese concierto está escrito que la sinfonía de Schubert tuvo en su estreno póstumo una “tíbia acollida” de la crítica. El Diccionari Normatiu de la Acadèmia Valenciana de la Llengua recuerda que la palabra “tíbia” no es un adjetivo, sino un sustantivo del campo de la anatomía, que significa “os llarg que forma la part interna de la cama dels vertebrats terrestres, situat al costat del peroné”.
Sobre este blog
Secció de cultura de l'edició valenciana d'elDiario.es.
0