El Mediterráneo y las vallas
En la Comunitat Valenciana se puede recorrer la carretera rodeado de la cara de Juanfran Pérez Llorca prometiendo bajadas de impuestos y, al mismo tiempo, imaginar —o incluso ver— a Carlos Mazón saliendo del agua en una playa de Alicante, con ese gesto entre despreocupado y bronceado que tienen los que no parecen tener prisa por volver a ningún sitio. No es exactamente una contradicción. Es más bien una coreografía. Mientras uno ocupa nuestro camino con su imagen, el otro ha optado por un tipo de presencia más líquida. Está y no está. Comparece lo justo, habla menos aun y, cuando aparece, lo hace en escenarios donde el ruido político no llega: como el mar, que tiene la ventaja de no hacer preguntas. El salitre no se indigna con sus intentos de personación, sus evasivas a los periodistas o sus sonrisas con una sorna que nunca tuvo gracia. Han sido colaboradores en el partido. Son amigos separados por las circunstancias. Y ahora construyen a la par una forma bastante sofisticada de entender el poder. Uno lo ensaya como si estuviera en campaña, un año antes, y el otro lo conserva como si ya no fuera del todo con él, aunque institucionalmente siga siendo diputado, aforado y disfrute de las comodidades de todo tipo que eso implica. Dos caras de una misma forma de ejercer el poder. Combinación de la ocupación intensiva del espacio público mediante la propaganda con la dilución de la responsabilidad política en los momentos más incómodos.
Las vallas son especialmente interesantes. No tanto por lo que dicen, que es más o menos lo esperable, sino por cómo lo dicen. A un lado, la Generalitat informa de deducciones fiscales con dinero público. Al otro, el partido del president se felicita por bajar impuestos y lo hace con su cara. Separadas, las piezas cumplen la ley. Juntas, cuentan otra cosa, envueltas en la señera que no deberían emplear para algo así. Aunque todos sabemos que utilizar las banderas nunca fue un obstáculo para ellos. Gobernar se parece mucho a hacer campaña si se hace con suficiente insistencia. La frontera entre lo institucional y lo partidista no siempre se cruza: a veces, basta con colocarla tan cerca que deje de importar. No es una infracción de la ley, pero sí, una práctica que tensiona su espíritu: la neutralidad de las instituciones y la separación entre gobierno y partido.
Mientras tanto, Carlos Mazón practica una forma distinta de gestión: la de la distancia. No ha desaparecido —sigue en Les Corts y tiene despacho y estructura—, pero ha reducido su presencia pública hasta convertirla en algo casi anecdótico. Sus imágenes más recientes no tienen que ver con decisiones políticas ni con explicaciones pendientes, sino con escenas de una normalidad cuidadosamente tranquila. Playa,
deporte y buen color como alegoría de su conciencia pese a todo lo sucedido. Y, sin embargo, esa tranquilidad convive con algo bastante menos apacible: el avance de la investigación judicial sobre la dana. Una tragedia de dimensiones difíciles de exagerar, sobre la que los informes y las valoraciones judiciales siguen apuntando a una ausencia de coordinación que, dicho así, suena técnica, pero no lo es en absoluto. Al unir mentalmente imágenes, la escena del Mediterráneo deja de ser costumbrista. No se trata de si un expresident tiene derecho a bañarse —lo tiene— ni de si alguien puede decidir cuánto habla o deja de hablar —también—. No tanto que trate de rehacer su vida tras una dimisión, sino que lo haga sin asumir plenamente el coste político de los hechos que motivaron su salida. El mantenimiento de privilegios asociados al cargo y la ausencia de rendición de cuentas configuran una especie de limbo: ni responsabilidad política efectiva ni desaparición institucional completa. La cuestión es qué ocurre cuando la rendición de cuentas se aplaza lo suficiente como para volverse irrelevante.
Nos hacen vivir a doble pantalla. A un lado, un president que parece ya candidato. Del otro, un ex que parece ya retirado. Entre ambos, una situación política en la que las responsabilidades no desaparecen, pero se administran con tiempos distintos: unos muy rápidos para la propaganda, otros sorprendentemente lentos para las explicaciones. Desgraciadamente todo es perfectamente legal. Pero la política no se mide solo por lo que permite la ley, sino por lo que sugiere cuando se observa en conjunto. Y lo que denota esta combinación de vallas y silencios es, como mínimo, inquietante. Cuando el poder se exhibe sin descanso y la responsabilidad se toma su tiempo, el resultado no es equilibrio, sino desplazamiento. Ofende la naturalidad con la que conviven la construcción de una pretendida legitimidad a golpe de presencia constante con la protección institucional del antecesor en un segundo plano. Mientras el relato político se llena de mensajes simples y repetidos, la responsabilidad se desplaza, se posterga sin meta temporal.
El PP valenciano intenta pasar página sin cerrar el libro, y además con un marcapáginas que se llama Carlos Mazón. El partido quiere proyectar normalidad, pero cada gesto lo contradice. Pretende hablar de impuestos mientras usa la infraestructura pública como soporte semántico del liderazgo de Pérez Llorca. Busca que Mazón parezca un expresident discreto, cuando la causa judicial y las imágenes de su vida relajada en Alicante lo devuelven al centro del debate. Quiere un relevo, pero conserva al relevado como una presencia incómoda, útil para el aforamiento y tóxica para la memoria colectiva. Estos días resulta complicado saber si la Comunitat Valenciana está en precampaña, en postcrisis o en una especie de punto intermedio donde todo ocurre a la vez. Lo único claro es que, entre las vallas y el Mediterráneo, la política ha encontrado una forma bastante eficaz de estar presente sin terminar de dar explicaciones. Y eso, más que una anécdota, empieza a parecer un método.
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