Futuro, entre tribunales y urnas
Mientras esperamos a que las elecciones andaluzas cierren el ciclo autonómico en las urnas, la política sigue en los banquillos de los juzgados. El juicio por el 'caso mascarillas' ha empezado y, con él, ese momento incómodo en el que la política se enzarza en el pasado y no tiene tiempo para el futuro, al menos, nos hace dudar de lo que vendrá.
No hay nada especialmente nuevo en lo que se escucha estos días, pero ahora los hechos entran en la sala y dejan de ser relato. El caso que afecta al valenciano José Luis Ábalos y a su entorno no es solo una cuestión personal ni un episodio aislado de esos que los partidos intentan encapsular con rapidez. Tiene algo más persistente: conecta con una forma de hacer política que no sabemos hasta dónde ni hasta quién llega. No sorprende, pero desgasta. No hace falta que salpique directamente para hacer daño. Diana Morant compartió lista electoral con Ábalos. Estuvieron juntos en la papeleta y poco más porque son perfiles contrapuestos y porque, mientras estuvo en el PSPV, el exministro tuvo amigos tan fieles como enemigos acérrimos. Hasta el punto de que los números uno y dos de aquella candidatura ni compartieron actos, algo tan anómalo como casi todo lo que rodeó al exministro desde que Pedro Sánchez le hizo un corte en la cabeza sin llegar a dejar caer la guillotina. Pese a todo ello, la política no exige culpabilidad para generar coste. A veces, basta con la cercanía, aunque sea sobre un papel.
El daño y la desafección por el asco que provoca casi todo lo que rodea al personaje pueden pesar. Especialmente en la secuencia de derrotas electorales autonómicas que se están convirtiendo en costumbre. Las tendencias pesan más que los programas. Y la fórmula de los ministros-candidatos suma tantos errores como pruebas. En ese escenario, el ticket ideado entre Morant y Pilar Bernabé se la juega en algo más que impedir restar. Eliminar lo que pueda lastrar no es suficiente en un momento en que hay que reconstruir una cierta idea de posibilidad. Que la gente vuelva a pensar que se puede ganar. Que merece la pena intentarlo. Que no todo está decidido de antemano. Y eso no se logra solo con estrategia; exige también algo parecido a la credibilidad emocional, que es más frágil y menos controlable.
Ahí aparece, inevitablemente, Mónica Oltra. Con la incertidumbre sobre su futuro político. Sin posibilidad de cuándo y hasta dónde llegarán contra ella, tras todo lo visto, algunos plazos le pueden perjudicar, pero también le pueden hacer la campaña electoral. El efecto lawfare está ahora mismo mucho más cerca de sumar que de restar. Oltra, a la espera del cierre de su caso, resurge con fuerza después de ser continuamente golpeada. No como novedad, porque no lo es, sino como referencia. Como alguien que en su momento consiguió ordenar un espacio político que ahora parece más disperso. Sobre todo, vuelve una cabeza que fue capaz de ilusionar y que regresa desde una profunda reflexión que ha aumentado su valor.
No obstante, su eventual capacidad de aglutinar depende mucho de su figura, pero también de la disposición de los demás a aceptar que el protagonismo puede ser compartido o, incluso, cedido. Que el momento exige mucha generosidad y trabajar para sumar de verdad. Por eso, el acuerdo a la izquierda del PSPV no se puede ceñir a sumar siglas y repartir puestos en las listas. No se puede limitar a València y no se debe hacer tapándose la nariz a los ojos de todos y solo porque las encuestas y los precedentes sitúan a algunos muy lejos de los escaños. Si no hay un compromiso que se muestre lo más sincero posible, algunas integraciones restarán más que sumarán.
No se puede vivir con la incógnita permanente que generan los sectores más ortodoxos de Podemos. Hay demasiada gente interesada en buscar disidencias y frases corrosivas. El proceso requiere menos explicaciones ambiguas y menos matices como los de Pablo Iglesias. De la idea que transmitan las izquierdas, todas, dependerá en gran medida que mucha gente se ilusione en el poco más de un año que queda hasta las elecciones.
Los bloques cada día están más claros y muy igualados. Es complicado saber cómo llegará el PP a las municipales de mayo ni si Pérez Llorca logrará imponer su “normalidad” en las autonómicas. En gran parte, dependerá de si es capaz de soltar lastre. Por él y por su partido. El daño que aún puede hacer Carlos Mazón a los suyos es todavía imposible de medir. El expresident se ha distinguido siempre por su escaso altruismo y por su agresividad contra los suyos. Que hoy sea Paco Camps quien reivindique congreso y democracia contra el máximo adalid del zaplanismo responde tanto al manual de justicia poética como a la relación que uno y otro han tenido, tienen y tendrán con los tribunales.
El caso de la dana y el intento de Mazón de personarse en la causa revela hasta qué punto el actual president no controla a su antecesor
El caso de la dana y el intento de Mazón de personarse en la causa revela hasta qué punto el actual president no controla a su antecesor. Y las pocas dudas que tiene el dimitido al elegir entre él y su partido. Ese problema convierte en menores, por comparación, otros que no lo son. Pérez Llorca sigue salpicado por cuestiones que tienen efecto acumulativo, como las polémicas sobre las adjudicaciones de viviendas de protección pública y la progresión laboral de su pareja. En Alicante se va a librar una batalla menos vistosa que la de València, pero muy importante. La lucha no será tan visible y la disputa va a desenterrar más de lo visto hasta ahora.
Y en ese terreno, donde todo se mezcla —los juzgados, las urnas y las expectativas—, la política vuelve a lo de siempre: intentar convencer de que lo próximo será distinto a lo anterior. Aunque cada vez cueste más creerlo.
0