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Sobre este blog

No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

El contrato

Joan Dolç

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Sobre este blog

No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

El hombre no da crédito observando a esa que está palpando todos los tomates del expositor, uno a uno. La tipa no se limita a tocarlos, los estruja bien para comprobar su consistencia y los vuelve a dejar en el sitio. “Los guantes, señora”, le dice al pasar, y ella esboza un gesto ambiguo y sigue a lo suyo. Un poco más allá, un niño juega a encestar los melocotones en el cajón de donde los coge. Sin guantes, naturalmente. También lo reprende de viva voz, porque patadas en el culo ya no se pueden dar, y la criatura, desafiante, busca con la mirada el aval de su padre que, un poco más allá, indiferente a las travesuras de su retoño, sopesa una sandía con aire experto. Más tarde nuestro hombre coge el metro. Sabe que la joven sabe que él está de pie frente a ella, con la bolsa de la compra entre las piernas, que ya le flaquean, y muchos años repartidos por toda la osamenta, bien visibles, amenazando con tumbarlo en cada frenada, pero ella disimula. La joven ocupa uno de los asientos reservados a los carcamales, las preñadas y los tullidos, atrincherada tras los auriculares y la pantalla del móvil. Pero esta vez él no dice nada, le puede la vanidad. Una cosa es que le cedan a uno el asiento y otra pedirlo, declararse derrotado, así que aguanta todo el trayecto agarrado a ese poste viscoso. Llega a casa tras haberse cruzado a lo largo de la mañana con centenares o miles de personas, con ninguna de las cuales ha intercambiado un buenos días, un gracias o un por favor. Más tarde, tras calentarse el plato precocinado en el microondas, pone el noticiario y vuelve a comprobar que la cosa pinta muy mal en todos los frentes, pero a él, por extraño que parezca, la microfísica del deterioro de la convivencia que su ojo detecta en la vida cotidiana le desasosiega más que las posibilidades de una guerra nuclear. Porque lo que asusta a nuestro personaje es que el contrato social salte por los aires, que la acumulación de esas roturas capilares en el tejido de la convivencia acabe provocando un desgarro irremediable.

Según Rousseau, que es quien popularizó el término aunque el concepto ya existía desde mucho antes, el contrato social nos devuelve una libertad y una bondad naturales (y puramente imaginarias) que se supone que perdemos en el momento en que nacemos en sociedad (no hay alternativa). En el lado opuesto está Hobbes, aquel que dijo lo de que el hombre es un lobo para el hombre, que somos un mal bicho guiado por su feroz instinto de supervivencia. Y en medio, Locke, Montesquieu y unos cuantos más que partían de conceptos más matizados de la condición humana. Desde su particular premisa, cada cual dictaminó su fórmula para solucionar el caos que nos acecha, pero todos fueron a dar al mismo sitio: aquí hace falta un mecanismo que ponga orden, ya sea algo surgido de la voluntad general, de un pacto entre “buenos salvajes” que se sienten despojados de su legendaria libertad, o de un poder tan absoluto e implacable como egoístas e hijos de puta podemos llegar a ser. La solución va por barrios, por coyunturas o por momentos históricos, y puede ser democrática (en uno u otro grado) o no. Muchos, cada vez más a juzgar por el auge de ciertas opciones políticas, ahora mismo no consideran necesario que lo sea. Pero de lo que se trata siempre es de que el gobernado obedezca al gobernante, y que a cambio este, haya surgido de las urnas, de una sopa dinástica de sangre y semen o de un golpe de estado proverbial, garantice la “libertad” del gobernado, es decir, nos proteja a los unos de los otros. Mientras sea así, todo irá bien. Pero si la cosa llega a un punto en que tanto da tener que dormir en medio de la selva con un ojo abierto, que en medio de una civilización que no te da las suficientes garantías de supervivencia, el contrato social pierde toda razón de ser.

Y nuestro hombre, aunque se resiste a verlas, percibe alarmantes señales de que la está perdiendo. Aquí, el único que paga es el último de la fila. Quien más sufre el deterioro ambiental es aquel que no puede permitirse tener en la nevera agua embotellada de los Alpes Franceses, un buen aparato de aire acondicionado o una segunda residencia en el lugar apropiado. Y ya que hablamos de deterioro, lo mismo cabe decir del de las muelas, que la sanidad pública, al paso que vamos, no cubrirá jamás; como mucho seguirá haciendo como los barberos medievales, nos las seguirá arrancando y gracias, piensa mientras se toca la mandíbula medio deshabitada. También le alarma que las exigencias burocráticas requieran un tiempo, una energía y unas habilidades cada vez mayores que ni él ni otros muchos tienen, por eso se ha dejado llevar por un consejo de resonancias mafiosas: paga por los servicios de un gestor o muere frente a la ventanilla o frente al ordenador mientras tratas de descifrar la página web oficial (y aun así). Y aunque se considera un buen ciudadano, le da pánico pensar en verse involucrado en un juicio, porque ha descubierto que la justicia ni es gratuita ni es universal ni va siempre a la misma velocidad. Los mecanismos redistributivos fallan, la acción de los sindicatos y movimientos sociales alcanza cotas de inutilidad manifiesta —siempre hay excepciones—, y cualquier forma de protesta se criminaliza. Nuestro hombre, que en su fuero interno esperaba disfrutar en la vejez de la consideración debida a alguien que ha contribuido a hacer un mundo mejor para las generaciones posteriores, nota que es al revés. No sabe cómo, pero ha hecho un pan como unas hostias. Un reproche generacional flota en el aire, lo percibe y le llena de culpa. Nota que, igual que sus coetáneos, se zombifica frente a una realidad que no entiende, mientras los más jóvenes de sus contemporáneos interiorizan que no tendrán jubilación, ni casa propia, ni estabilidad de ningún tipo. Ni tampoco hijos, y tratan de convertir esa impotencia en convicción. Dicen que es resiliencia, pero a él le parece resignación, aguante revestido de una ideología harapienta que apenas puede tapar una frustración generalizada. Lo que él ve es un presentismo desesperanzado sin propósito ni destino, un hedonismo de chicha y nabo que consiste en acumular viajes low cost, experiencias gastronómicas con aspecto de cebo, baratijas tecnológicas y festivales saturados de decibelios. Como mucho, algunos dejan ver su descontento denunciando en las redes sociales a políticos, jueces, periodistas y magnates con una contundencia y lucidez aparentes que casan mal con su inacción manifiesta, y lo hacen casi siempre apuntando a algún espantajo, es decir, simplificando, casi nunca señalando las causas estructurales de los problemas. Como hace nuestro hombre sin darse cuenta cuando dirige toda su capacidad de indignación hacia la persona que soba tomates en el supermercado.