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Sobre este blog

‘En legítima defensa’ és un espai de distanciament crític o d'implicació serena amb les coses de la vida, que s’imposa com a objectiu primordial la defensa del dèbil davant d’això que anomenen actualitat, que no és el que passa, sinó el que volen que creguem que passa, o això ens sembla. La nostra arma preferida és el floret, però no renunciem a fer ús de l'estoc si cal, encara que això puga restar-nos una mica de prestància.

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‘En legítima defensa’ es un espacio de distanciamiento crítico o de implicación serena con las cosas de la vida, que se impone como objetivo primordial la defensa del débil ante eso que llaman actualidad, que no es lo que pasa, sino lo que quieren que creamos que pasa, o eso nos parece. Nuestra arma preferida es el florete, pero no renunciamos a emplear el estoque si hace falta, a pesar de que eso pueda restarnos un poco de prestancia.

Ser o no ser

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‘En legítima defensa’ és un espai de distanciament crític o d'implicació serena amb les coses de la vida, que s’imposa com a objectiu primordial la defensa del dèbil davant d’això que anomenen actualitat, que no és el que passa, sinó el que volen que creguem que passa, o això ens sembla. La nostra arma preferida és el floret, però no renunciem a fer ús de l'estoc si cal, encara que això puga restar-nos una mica de prestància.

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‘En legítima defensa’ es un espacio de distanciamiento crítico o de implicación serena con las cosas de la vida, que se impone como objetivo primordial la defensa del débil ante eso que llaman actualidad, que no es lo que pasa, sino lo que quieren que creamos que pasa, o eso nos parece. Nuestra arma preferida es el florete, pero no renunciamos a emplear el estoque si hace falta, a pesar de que eso pueda restarnos un poco de prestancia.

Ser o no ser, esa es la cuestión según consenso general, por lo menos desde que lo dijo por primera vez el Príncipe de Dinamarca. Pero una vez se es, la cuestión es cómo. La única cuestión, de hecho. Porque no se puede ser sino siendo. Y se es ante los demás. Si alguna vez pudo ser de otra manera, ya no. Es algo que algunos intuyen con más fuerza que otros, y llevados por el temor de volverse invisibles, por el miedo a desaparecer por un exceso de introversión, se entregan a un exhibicionismo más o menos entusiástico. Es un fenómeno relativamente reciente, porque antes había una cosa que se llamaba sentido del ridículo y otra que se llamaba escarnio público. El sentido del ridículo ha desaparecido, y conseguir que lo escarnezcan a uno, hoy es todo un triunfo. Continúa siendo mejor si te aclaman, pero si te tocan con la punta de un palo al menos es que suponen que estás vivo. No hay nada peor que ser ignorado. Y para que eso no ocurra uno está dispuesto a hacer cualquier cosa, sobre todo si hay una cámara a mano. Esta ha pasado de ser el artilugio que te roba el alma a ser el que te la da.

Todo está pensado para que sientas la necesidad de ser alguien y para que lo consigas. Es algo que parece nacer del interior de cada individuo, pero se estimula continuamente desde fuera, lo que no deja de ser sospechoso. Y para conseguir el anhelado objetivo de existir, cada uno adopta su estrategia en función de lo que considera sus aptitudes y sus posibilidades, si acaso matizando sus actos por una amplia gama de escrúpulos a extinguir. Excepto algún perro verde, aquí no hay quien consiga sentirse alguien a solas consigo mismo. Si no te refleja ese espejo de feria que son los demás, date por inexistente. La mayoría necesita un círculo que nunca es lo suficientemente amplio: la familia, un puñado de amigos, su barrio, su pueblo, la nación, el mundo. De ahí surge una amplia fauna de gente sociable, metomentodos, demagogos, salvapatrias y concejales de festejos, el cielo los confunda a todos. Gente que arrastra a otros desdichados en su necesidad de ser alguien: a su parentela, a sus colegas, a sus convecinos, a sus compatriotas o la humanidad en bloque. Son alguien en la medida en que consiguen que una muchedumbre más o menos nutrida se dé cuenta de que lo son.

En palabras de Margarita Rivière, la fama es nuestra indumentaria vital. Lo que quiere decir que si usted no es famoso, aunque solo sea entre los borrachos del bar de la esquina, es que va desnudo, es que es un desgraciado, un ser ignoto, un don nadie. Por eso hay establecido un amplio sistema de obtención de reconocimientos. Al mejor empleado de la semana, al hijo predilecto, al fallero que mejor desfila, al que tiene el perro que más fuerte ladra, al que escupe más lejos huesos de aceituna o al que mejor canta las esencias del terruño. Competiciones que van acompañadas de sus respectivos galardones: una foto pegada en un tablón, unos buñuelos de oro, un trofeo de latón, una flor natural, la victoria electoral, la bélica, llegado el caso, o el que cada uno se concede a sí mismo cuando elige el avatar para el WhatsApp.

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