eldiario.es

9

Joan Dolç

Escritor

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 5

La heterodoxia en su agujero

A finales del siglo pasado hubo un momento en que los que habíamos hecho de la iconoclasia y la provocación un estilo de vida, aunque solo fuera de modo aspiracional, comenzamos a sentirnos unos fracasados. Un día nos empezamos a dar cuenta de lo ardua que se había vuelto la tarea de escandalizar. Todos los recursos expresivos que tan bien habían funcionado a lo largo de un siglo, todas las tácticas instigadoras que acostumbraban a utilizarse para épater le bourgeois, para despatarrarlo y sacarlo de sus casillas, estaban dejando de surtir efecto. Perdíamos mordiente a la carrera. Las diversas formas de ataque a la lógica imperante, desde la finta dialéctica a la irreverencia en campo abierto ya no irritaban a nadie. De repente los que nos considerábamos unos enfants terribles (todo esto no se entiende sin los franceses) empezamos a vernos a nosotros mismos como a esos perros patéticos cuyos ladridos no asustan por mucho que se desgañiten tras las verjas.

Una parte de ese fenómeno es claramente local. Por aquel entonces el franquismo, en sentido estricto, agonizaba, y con la modificación de la ley de prensa y la desaparición de la censura, con la llegada de la democracia y las libertades formales, nos volvimos incontinentes y empezamos a perder fineza. Seguramente consumimos demasiado pronto la abundante munición acumulada durante tanto tiempo, con una premura excesiva, torpemente, y es muy probable que aquellos a quienes iban dirigidas nuestras herejías nos tomaran la medida con una rapidez inusitada. También es cierto que el enemigo se había movido, se había vuelto difuso y era más difícil acertar el tiro.

Seguir leyendo »

L'heterodòxia al seu forat

A finals del segle passat va haver-hi un moment en què els que havíem fet de la iconoclàstia i la provocació un estil de vida, encara que només fóra de manera aspiracional, vam començar a sentir-nos uns fracassats. Un dia vam començar a notar que els nostres esforços per escandalitzar feien figa. Tots els recursos expressius que tan bé havien funcionat al llarg d'un segle, totes les tàctiques instigadores que acostumaven a utilitzar-se per a épater le bourgeois, per a espatarrar-lo i traure'l de polleguera, estaven deixant de produir efecte. Perdíem mordent a la carrera. Les diverses formes d’atac a la lògica imperant, des de la finta dialèctica a la irreverència en camp obert, ja no irritaven ningú. De sobte, els que ens consideràvem uns enfants terribles (tot açò no s'entén sense els francesos) vam començar a veure'ns a nosaltres mateixos com a aquests gossos patètics que no espanten per molt que es desgargamellen lladrant darrere de les reixes.

Una part d'aquest fenomen és clarament local. En aquell moment el franquisme, en sentit estricte, agonitzava, i amb la modificació de la llei de premsa i la desaparició de la censura, amb l'arribada de la democràcia i les llibertats formals, ens vam tornar incontinents i vam començar a perdre finor. Segurament vam consumir massa aviat l'abundant munició acumulada durant tant de temps, amb una pressa excessiva, matusserament, i és molt probable que aquells als que anaven dirigides les nostres heretgies ens calaren amb una rapidesa inusitada. També és cert que l'enemic s'havia mogut, s'havia tornat difús i era més difícil d’encertar el tret.

Seguir leyendo »

Sobre l'Horta

Sobre l'horta d'Alboraia —el que queda d'ella— penja l'amenaça de diverses obres promogudes pel govern central, amb l'aquiescència o l'oberta complicitat del govern autonòmic, que amenacen d'acabar definitivament amb aquest espai tan glorificat com maltractat i malmés. L'ampliació d'una autovia, la reforma d'una carretera comarcal, la prolongació d'una altra de quatre carrils en el límit del terme, l'accés nord al port, el traçat de l'AVE, el corredor mediterrani —aquest tòtem mediàtic que ningú pareix atrevir-se a posar en dubte— i altres iniciatives que esperen en un calaix el moment de ser reactivades (encara que va ser conjurada al seu dia, l'amenaça del temible tercer cinturó de ronda segueix activa), estan a punt de deixar el terme —i tota la comarca—, com un eccehomo a punt per a la crucifixió. Ningú pot deixar de veure que tot aquest embull d'infraestructures trossejarà el territori, convertirà els espais entre les interseccions en abocadors i tindrà un efecte multiplicador sobre una sèrie d'activitats especulatives que no són, precisament, les que han donat a l'Horta de València la seua configuració històrica. I a ningú, siga apocalíptic o integrat, se li escapa que aquest colp serà ja el definitiu, el que l'enviarà a l'àmbit de les llegendes susceptibles de ser glossades en uns jocs florals i res més.

Enmig d'aquesta situació ens assabentem que l'ajuntament d'Alboraia, amb els vots del PP i del PSPV-PSOE, qui ho hauria imaginat, està a punt d'aprovar, justament ara, un pla urbanístic que preveu l'ocupació de pràcticament tota l'horta del terme que no haja quedat sota la protecció expressa de la controvertida llei de l’Horta. Els detalls d’aquest pla municipal estan en la premsa, però no precisament en la primera plana ni en tots els mitjans, així que els resumisc ací breument: ampliació d'un polígon industrial i d'un ecoparc, trasllat de dos col·legis públics, l'actual ubicació dels quals passarà a ser residencial, ampliació dels nuclis urbans de la Patacona i Saplaya, i trasllat d'un hipermercat que no sabem on anirà a parar. En total, més de dos-cents cinquanta mil metres quadrats d'horta segellats amb ciment, i quasi tres mil vivendes més que faran d'esquer per a set mil nous habitants. Només cal pegar una ullada a alguns indicadors actuals (descens de la natalitat, descens del nivell adquisitiu, crisi econòmica estructural…) per a veure l'ànim recaptatori que anima aquest pla.

Seguir leyendo »

Sobre la Huerta

Sobre la huerta de Alboraia —lo que queda de ella— pende la amenaza de diversas obras promovidas por el gobierno central, con la aquiescencia o la abierta complicidad del gobierno autonómico, que amenazan con acabar definitivamente con ese espacio tan glorificado como maltratado y estragado. La ampliación de una autovía, la reforma de una carretera comarcal, la prolongación de otra de cuatro carriles en el linde del término, el acceso norte al puerto, el trazado del AVE, el corredor mediterráneo —ese tótem mediático que nadie parece atreverse a poner en cuestión— y otras iniciativas que esperan en un cajón el momento de ser reactivadas (aunque fue conjurada en su día, la amenaza del temible tercer cinturón de ronda sigue activa), están a punto de dejar el término —y a toda la comarca—, como un eccehomo a punto para la crucifixión. Nadie puede dejar de ver que toda esa maraña de infraestructuras troceará el territorio, convertirá los espacios entre las intersecciones en escombreras y tendrá un efecto multiplicador sobre una serie de actividades especulativas que no son, precisamente, las que han dado a la Huerta de Valencia su configuración histórica. Y a nadie, sea apocalíptico o integrado, se le escapa que ese golpe será ya el definitivo, el que la mandará al ámbito de las leyendas susceptibles de ser glosadas en unos juegos florales y nada más.

Así las cosas, nos enteramos de que el ayuntamiento de Alboraia, con los votos del PP y del PSPV-PSOE, quien lo habría dicho, está a punto de aprobar, justo ahora, un plan urbanístico que prevé la ocupación de prácticamente toda la huerta del término que no haya quedado bajo la protección expresa de la controvertida ley de la Huerta. Los detalles de dicho plan municipal están en la prensa, pero no precisamente en primera plana ni en todos los medios, así que los resumo brevemente: ampliación de un polígono industrial y de un ecoparque, traslado de dos colegios públicos, cuya actual ubicación pasará a ser residencial, ampliación de los núcleos urbanos de la Patacona y Saplaya, y traslado de un hipermercado a no se sabe dónde. En total, más de doscientos cincuenta mil metros cuadrados de huerta sellados con cemento, y casi tres mil viviendas más que harán de señuelo para siete mil nuevos habitantes. Solo hace falta echar un vistazo a algunos indicadores actuales (descenso de la natalidad, descenso del nivel adquisitivo, crisis económica estructural…) para ver el ánimo recaudatorio que anima a este plan.

Seguir leyendo »

La calle es suya

Hagamos como aquel narrador que solían utilizar Berlanga, Bardem y muchos otros en aquellas entrañables películas de los cincuenta y los sesenta, como Bienvenido Mister Marshall, por ejemplo. Digamos, por tanto, con voz de Fernando Rey, que vamos a hablar de un pueblo que no tiene nada de particular, con sus fiestas, sus mercados, su iglesia, su ayuntamiento con un reloj en la fachada, su escuela… y los discursos del señor alcalde, alcaldesa en este caso. Pues bien, un día de verano de 2019, los vecinos de ese pueblo vieron, sorprendidos, cómo una empresa contratada al efecto desmontaba los badenes de la entrada a la avenida principal, reasfaltaba el trecho tapando cada bache y cada grieta y repintaba los pasos cebra y demás señalizaciones del pavimento. Resulta que el pueblo había sido designado —quien sepa en virtud de que procedimientos que lo diga— como final de una de las veintiuna etapas de la Vuelta ciclista a España de ese año. Había que allanar y adecentar el tramo por el que los centauros con ruedas tenían que hacer su embestida para ver quién traspasaba primero el pomerium. Los árboles adyacentes se despojaron convenientemente de brotes antiestéticos. Solo en ese tramo. El resto del pueblo seguía y sigue con su firme irregular y sus pasos cebra desteñidos, y también conserva los badenes, que al parecer siguen siendo imprescindibles para garantizar la seguridad vial en todas partes excepto en ese pasillo glorioso.

Tras múltiples avisos, dos días antes del evento se prohibió estacionar en esa zona y en las calles colindantes. Se trataba de facilitar por todos los medios el «importante evento deportivo que nos traerá a nuestra localidad el prestigio que se merece, dado el interés social, económico y mediático de este deporte», según palabras literales del bando emitido para la ocasión. Así pues, durante ese tiempo de espera, cuando alguien quería entrar en la zona afectada haciendo valer su condición de residente, un amable servidor del orden apostado al efecto le advertía que podía pasar siempre que poseyera aparcamiento privado, pues «no se podía estacionar en vía pública». Aquello sonaba a oxímoron camuflado. La palabra «pública» se le quedaba a uno rebotando en la cabeza, pues en aquellos momentos la vía no parecía pública en absoluto, había sido incautada temporalmente sin que uno acabara de atisbar el bien superior que la ley exige para que tenga lugar cualquier tipo de requisa. Y de repente se percataba de que eso sucedía un buen número de días al año. Era una iluminación que le sobrevenía a uno quizá por la excepcionalidad, la rapidez y el modo tan expeditivo como estaban actuando las autoridades en esa ocasión. Pero lo que ocurría mes tras mes no era muy diferente. Certámenes de paellas, calderadas d’arròs amb fesols i naps, bous al carrer, embolados y sin embolar (hay varias comisiones que se reparten el casco antiguo por zonas, como hacían algunos en el Chicago de los años 20), lanzamiento de ratas, cabalgatas, maratones, carreras, procesiones, lo que sea que hagan «los quintos» —ese insólito anacronismo—, además de no dejar dormir a nadie a las tantas de la madrugada, espectáculos de todo tipo, ferias de atracciones, mercados medievales, fallas… y, cada vez, el correspondiente cierre de calles y emisión de ruido. Especial mención a los fuegos artificiales que acompañan a cada una de estas efemérides. En nuestro pueblo berlanguiano, cuando los pirómanos de turno se aprestan a proceder, la municipalidad avisa de que los particulares se han de ocupar de retirar sus coches, de cerrar ventanas y de recoger toldos y persianas, porque «ni la empresa que se ocupa de los explosivos ni el ayuntamiento se harán cargo de los posibles daños». De una tacada se privatiza el espacio público y se socializa el privado. Si durante esa siesta que ingenuamente quieres echar te entra una carcasa de seis quilos en la habitación, el culpable eres tú por no hacer caso a la municipalidad, todo según el artículo 33 del Fuero de los españoles.

Seguir leyendo »

El carrer és seu

Fem com aquell narrador que solien utilitzar Berlanga, Bardem i molts altres en aquelles entranyables pel·lícules dels cinquanta i els seixanta, com ara Bienvenido Mister Marshall. Diguem, per tant, amb veu de Fernando Rey, que parlarem d'un poble que no té res de particular, amb les seues festes, els seus mercats, la seua església, el seu ajuntament amb un rellotge en la façana, la seua escola… i els discursos del senyor alcalde, alcaldessa en aquest cas. Doncs bé, un dia d'estiu de 2019, els veïns d'aquest poble van veure, sorpresos, com una empresa contractada a l’efecte desmuntava els ressalts de l'entrada a l'avinguda principal, reasfaltava el tros tapant cada clot i cada clavill i repintava els passos zebra i la resta de senyalitzacions del paviment. Resulta que el poble havia estat designat —si algú sap en virtut de quins procediments que ho diga— com a final d'una de les vint-i-una etapes de la Volta ciclista a Espanya d'aquell any. Calia aplanar i endreçar el tram per on els centaures amb rodes havien de fer la seua envestida per a veure qui traspassava primer el pomerium. Els arbres adjacents van ser desposseïts convenientment de brots antiestètics. Només en aquest tram. La resta del poble seguia i segueix amb el seu terra irregular i els seus passos zebra destenyits, i també conserva els ressalts, que segons sembla continuen sent imprescindibles per a garantir la seguretat viària arreu excepte en aquest corredor gloriós.

Després de múltiples avisos, dos dies abans de l'esdeveniment es va prohibir estacionar en aquella zona i en els carrers limítrofs. Es tractava de facilitar per tots els mitjans l’«important esdeveniment esportiu que ens portarà a la nostra localitat el prestigi que es mereix, donat l'interés social, econòmic i mediàtic d'aquest esport», segons traducció literal del ban emés per a l'ocasió. Així doncs, durant aquest temps d'espera, quan algú volia entrar en la zona afectada fent valdre la seua condició de resident, un amable servidor de l'ordre apostat a tal efecte li advertia que podia passar sempre que posseïra aparcament privat, perquè «no es podia estacionar en via pública». Això sonava a oxímoron camuflat. La paraula «pública» se li quedava a un rebotant en el cap, perquè en aquells moments la via no semblava pública en absolut, havia estat confiscada temporalment sense que un acabara d'albirar el bé superior que la llei exigeix perquè tinga lloc qualsevol classe de requisa. I de sobte s'adonava que això succeïa un bon nombre de dies a l'any. Era una il·luminació que li sobrevenia a un potser per l'excepcionalitat, la rapidesa i la manera tan expeditiva com estaven actuant les autoritats en aquella ocasió. Però el que ocorria mes rere mes no era gaire diferent. Aplecs de paelles, calderades d'arròs amb fesols i naps, bous al carrer, embolats i sense embolar (hi ha diverses comissions que es reparteixen el nucli antic per zones, com feien alguns en el Chicago dels anys 20), llançament de rates, cavalcades, maratons, carreres, processons, el que siga que facen «els quintos» —aquest insòlit anacronisme—, a més de no deixar dormir ningú a les tantes de la matinada, espectacles de tota mena, fires d'atraccions, mercats medievals, falles… i, cada vegada, el corresponent tancament de carrers i emissió de soroll. Especial menció als focs artificials que acompanyen cada una d’aquestes efemèrides. En el nostre poble berlanguià, quan els piròmans de torn es preparen a procedir, la municipalitat avisa que els particulars s'han d'ocupar de retirar els seus cotxes, de tancar finestres i recollir tendals i persianes, perquè «ni l'empresa que s'ocupa dels explosius ni l'ajuntament es faran càrrec dels possibles danys». D'una tacada es privatitza l'espai públic i se socialitza el privat. Si durant la becadeta que ingènuament vols fer t'entra una carcassa de sis quilos en l'habitació, el culpable ets tu per no fer cas de la municipalitat, tot segons l'article 33 del Fuero de los españoles.

Seguir leyendo »

Quadern del replicant

Aquest estiu no he vist naus d'atac en flames més enllà d'Orió, ni rajos-C brillar en la foscor prop de la Porta de Tannhäuser, potser perquè encara no és hora de morir. Però, en les anomenades hores punta, he vist, un any més, cues interminables formant-se en l'autopista que comunica els apartaments de la platja amb la ciutat, fileres immenses de cotxes, cada un intentant ficar el nas en el cul de l'altre, la majoria amb un sol tripulant a bord. Per la manera com aquests condueixen, és fàcil distingir entre els eficients replicants, perfectament mancats d'empatia, que canvien oportunament de carril per a apropiar-se de l'escàs espai que de vegades s'obri entre un vehicle i un altre, i els humans, resignats replicats que transiten com a rossins submisos la línia d'asfalt ardent que els porta d'un estable a un altre. També he tornat a veure com, cap al migdia, quan el sol traça una vertical implacable, una quantitat ingent d'automòbils ompli la franja entre l'autopista i la mar, sense deixar gens d’espai entre ells, formant una espècie d'estesa de tortugues metàl·liques. Les seues calaveres de ferralla socarrada traspunten a través de les closques, en una visió premonitòria del sòrdid magatzem a camp ras on aniran a parar per a ser desballestats més d’hora que tard.

En aquestes platges he vist també, una altra vegada, caterves d'individus mig despullats arrebossats en arena, rebolcant-s’hi, assaonant-se al sol com aquells amfibis mesozoics dels quals procedeixen. Juguen i es banyen en les térboles aigües d'aquest Mediterrani que s'espesseix de dia en dia amb tota classe de despulles, amb desferres que prefereixen ignorar. Paradoxalment, quan estan apilotats enfront d'aquesta massa d'aigua infranquejable és quan semblen sentir-se més lliures. És com si, tres-cents milions d'anys després, la terra ferma encara fóra per a ells el territori hostil que era per als seus avantpassats, com si es penediren d'haver abandonat el seu hàbitat primitiu, com si la curiositat que els hi va portar lluny s'haguera esgotat i volgueren tornar-hi, decebuts, amb la cua entre cames. Es despullen enfront d'aquest mar i, per la manera com es torren, un arriba a pensar que, si pogueren, prescindirien també de la seua sang calenta i de l’enutjosa consciència que els féu éssers dolençosos; es convertirien en llangardaixos per a menjar i ser menjats sense remordiments, sense laments inútils i absurdes exigències al destí.

Seguir leyendo »

Bitácora del replicante

Este verano no he visto naves de ataque en llamas más allá de Orión, ni rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, quizá porque aún no es hora de morir. Pero, en las llamadas horas punta, he visto, un año más, colas interminables formándose en la autopista que comunica los apartamentos de la playa con la ciudad, hileras inmensas de coches, cada uno intentando meter la nariz en el culo del otro, la mayoría con un solo tripulante a bordo. Por la manera como estos conducen, es fácil distinguir entre los eficientes replicantes, perfectamente carentes de empatía, que cambian oportunamente de carril para apropiarse del escaso espacio que a veces se abre entre un vehículo y otro, y a los humanos, resignados replicados que transitan como jacos sumisos la línea de asfalto ardiente que los lleva de un establo a otro. También he vuelto a ver como, hacia el mediodía, cuando el sol alcanza una verticalidad implacable, una cantidad ingente de automóviles llena la franja entre la autopista y el mar, sin dejar un solo hueco entre ellos, formando una especie de tendalera de galápagos metálicos cuyas calaveras de chatarra achicharrada se traslucen a través de los caparazones. Es una visión premonitoria del sórdido descampado al que irán a parar para ser desguazados más pronto que tarde.

En esas playas he visto también, otra vez, a catervas de individuos semidesnudos rebozados en arena, revolcándose en ella, curtiéndose al sol como aquellos anfibios mesozoicos de los que proceden. Juegan y se bañan en las turbias aguas de ese Mediterráneo que se espesa de día en día con todo tipo de despojos, con desechos cuya existencia prefieren ignorar. Paradójicamente, cuando están agolpados frente a esa masa de agua infranqueable es cuando parecen sentirse más libres. Es como si, trescientos millones de años después, la tierra firme todavía fuera para ellos el territorio hostil que era para sus ancestros, como si se arrepintieran de haber abandonado su hábitat primitivo, como si la curiosidad que los llevó lejos de él se hubiera agotado y quisieran volver, decepcionados, con el rabo entre las piernas. Se desnudan frente a ese mar y, por la manera como se tuestan, uno llega a pensar que, si pudieran, prescindirían también de su sangre caliente y de esa enojosa conciencia que les hizo seres dolientes; se convertirían en lagartos para comer y ser comidos sin remordimientos, sin lamentos inútiles y absurdas exigencias al destino.

Seguir leyendo »

Compte amb Murad IV

Nick Naylor és el portaveu d'una suposada Acadèmia d'Estudis sobre el Tabac dels EUA. Quan està a punt de parlar en un simposi de la també suposada organització Pulmons Nets 2000, el presenten com algú que es guanya la vida matant 1.200 persones al dia. Això no l'acovardeix, perquè està convençut que els que l'escolten no són més innocents que ell. Quan una dona de l'auditori li recrimina que el seu oncle Harry morí a causa d'un càncer de pulmó, Naylor li replica que, si estiguera allí, l’oncle Harry es mostraria d'acord a dir que «si manipulem els principis fonamentals que van establir els nostres Pares Fundadors, molts dels quals eren cultivadors de tabac, estaríem posant en perill no sols les nostres llibertats, sinó les dels nostres fills, i les dels fills dels nostres fills». I seguidament porta a col·lació el cas del sultà turc Murad IV, que en el segle XVII va prohibir el café, l'alcohol i el tabac, substàncies a les quals, casualment, era addicte. Eixia a les nits vestit com un turc qualsevol, fingint ser un alcohòlic o una víctima de la nicotina, i a qui s'apiadava d'ell i li proporcionava alguna de les substàncies prohibides, el feia decapitar. «A mi m'agrada pensar —acabava dient el cínic Nick— que hem progressat des dels dies en què érem executats sumàriament per perseguir la nostra pròpia idea de felicitat». Així és com comença la novel·la Thank You for Smoking, de Christopher Buckley. No crec que la troben fàcilment; es va publicar en castellà fa vint-i-cinc anys, l'edició es va saldar i no s'ha tornat a imprimir. Més tard van fer una pel·lícula bastant bona, basada en el llibre, que segurament els resultarà més a mà.

L'acció de la novel·la transcorre als anys 90, en ple apogeu —això creia ingènuament l'autor— del neopuritanisme i del neoprohibicionisme als EUA. Nick és dialècticament indestructible, però a pesar d'això és considerat un empestat social, i busca consol reunint-se periòdicament amb altres dos del seu mateix ofici i condició, un home i una dona, el portaveu de la indústria armamentística —que va perdre un braç en la guerra— i la de la indústria de begudes alcohòliques, amb qui acabarà casant-se. Tots tres tenen la consciència tranquil·la perquè, al cap i a la fi, es limiten a exercir el seu ofici amb la màxima eficàcia possible a canvi d'un sou que els permet pagar la hipoteca, com tothom. Però a més dels que fingeixen no entendre-ho així, hi ha els qui no acaben d'entendre-ho de veritat, i al llarg de la història ho passen malament, especialment Nick, que està a punt de dinyar-la. Al final, quan ix de la presó es posa a treballar per a l'organització Pulmons Nets 2000, amb la mateixa professionalitat i convicció amb què li va fer front en el passat, i escriu un llibre, que li proporciona abundants beneficis, contra la indústria del tabac que tan generosament havia retribuït els seus serveis. Naturalment, ho fa perquè, com declara en una entrevista: «La meua dona, Polly, i jo estem esperant un fill i, bo, ja saps, la matrícula i tot això…».

Seguir leyendo »

Cuidado con Murad IV

Nick Naylor es el portavoz de una supuesta Academia de Estudios sobre el Tabaco de EEUU. Cuando va a hablar en un simposio de la también supuesta organización Pulmones Limpios 2000, es presentado como alguien que se gana la vida matando a 1.200 seres humanos al día. Es algo que no lo amilana, porque está convencido de que los que le escuchan no son más inocentes que él. Cuando una mujer del auditorio le recrimina que su tío Harry murió a causa de un cáncer de pulmón, Naylor le replica que, si estuviera allí, el tío Harry se mostraría de acuerdo en que «si manipulamos los principios fundamentales que establecieron nuestros Padres Fundadores, muchos de los cuales eran cultivadores de tabaco, estaríamos poniendo en peligro no sólo nuestras libertades, sino las de nuestros hijos, y las de los hijos de nuestros hijos». Y a continuación saca a relucir el caso del sultán turco Murad IV, quien en el siglo XVII prohibió el café, el alcohol y el tabaco, sustancias a las que, casualmente, era adicto. Salía por las noches vestido como un turco más, fingiendo ser un alcohólico o una víctima de la nicotina, y a quien se apiadaba de él y le proporcionaba alguna de las sustancias prohibidas lo mandaba decapitar. «A mí me gusta pensar —acababa diciendo el cínico Nick— que hemos progresado desde los días en que éramos ejecutados sumariamente por perseguir nuestra propia idea de felicidad». Así es como empieza la novela Gracias por fumar, de Christopher Buckley. No creo que la encuentren fácilmente; se publicó en castellano hace veinticinco años, la edición se saldó y no se ha vuelto a imprimir. Más tarde hicieron una película bastante buena, basada en el libro, que seguramente les resultará más a mano.

La acción de la novela transcurre en los años 90, en pleno apogeo —eso creía ingenuamente el autor— del neopuritanismo y del neoprohibicionismo en EEUU. Nick es dialécticamente indestructible, pero a pesar de eso es considerado un apestado social, y busca consuelo reuniéndose periódicamente con otros dos de su mismo oficio y calaña, un hombre y una mujer, el portavoz de la industria armamentística —que perdió un brazo en la guerra— y la de la industria de bebidas alcohólicas, con la que acabará casándose. Los tres tienen la conciencia tranquila porque, al fin y al cabo, se limitan a ejercer su oficio con la máxima eficacia posible a cambio de un sueldo que les permite pagar la hipoteca, como cualquier hijo de vecino. Pero además de los que fingen no entenderlo, hay quienes no acaban de entenderlo de verdad, y a lo largo de la historia lo pasan mal, especialmente Nick, que está a punto de palmarla. Al final, cuando sale de la cárcel se pone a trabajar para la organización Pulmones Limpios 2000, con la misma profesionalidad y convicción con la que le hizo frente en el pasado, y escribe un libro, que le proporciona abundantes beneficios, contra la industria del tabaco que tan bien había retribuido sus servicios. Naturalmente lo hace porque, como declara en una entrevista: «Mi mujer, Polly, y yo estamos esperando un hijo y, bueno, ya sabes, la matrícula y todo eso…».

Seguir leyendo »