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Sobre este blog

No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

Nada es verdad ni mentira…

El mago Le Roy en plena actuación, cartel de 1920.

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Está establecido que la incertidumbre genera ansiedad, que necesitamos certezas. Pero habita dentro de cada uno de nosotros un primo hermano de Bartleby, el escribiente, que está diciendo a cada momento: «Prefiero no saberlo». Tanto o más que la certeza, necesitamos de un cierto grado de imprecisión para vivir, como individuos y como colectividad. En unas épocas menos y en otras, más. Cuando no somos capaces de inventarnos una certeza a la medida de nuestros miedos, aplazamos cuanto podemos nuestro encuentro con la verdad, nos recreamos secretamente en el quizás, en el probablemente, en el a lo mejor. El momento en que vemos que algo es realmente como parece puede resultar extraordinariamente incómodo, porque la evidencia no se puede obviar, aleja las excusas y marca el sentido y el valor de cuanto pensamos, decimos o hacemos. O somos coherentes con esa evidencia, o somos inconsecuentes; nada nos libra de ese vínculo moral con la realidad, de esa responsabilidad. Necesitamos un margen para la ambigüedad, una zona de penumbra en la que guarecernos de las opiniones ajenas, de las convicciones propias y, sobre todo, de las verdades incontestables. La indeterminación no nos disgusta tanto como queremos hacer creer. Sobre el relativismo pivota el espíritu de la época actual. La ausencia de absolutos se ajusta como un guante tanto a los propósitos de la gente que triunfa como a los de la gran masa de derrotados. Quien mejor y más pronto lo condensó fue Ramón de Campoamor, tan olvidado él, excepto por aquellos cuatro versos: «Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira». No está claro si con esa dolora Campoamor denunciaba la calculada vaguedad en la que algunos camuflan sus errores y desafueros, o si daba por hecho que nadie es del todo responsable de nada en un mundo engañoso, en un mundo «traidor». Pero, tanto los que practican a conciencia y a conveniencia la arbitrariedad, como los que tienen miedo a caer en ella, encontraron en esa formulación la gran verdad que buscaban para acabar de una vez por todas con todas las demás verdades.

Todo es relativo. O era. Ese ha sido el mensaje, más o menos cifrado y básicamente amoral, con el que nos han estado regalando los oídos y disipando nuestros escrúpulos durante cuarenta o cincuenta años de juerga permanente, toneladas de esnobismo cutre, movida, pasotismo, marcha, bacalao. Máscaras, poses e imposturas que escondían la nada y lo poco de bueno que nos había dejado la modernidad. Con el postmodernismo perdimos interés por el pasado y nos volcamos en el presente, la historia perdió su sentido y el mundo su unidad, desaparecieron los hechos y aparecieron las interpretaciones, se desvanecieron los objetos y emergieron los conceptos, proliferaron los silogismos, la sofística floreció, los axiomas se dieron a la fuga, se impusieron las emociones, el instinto se impuso a la razón, la alta cultura perdió todo su prestigio y la baja tomó al asalto los salones versallescos, lo elitista y lo popular se intercambiaron los atuendos. Mientras tanto, la autoridad corría a esconderse en la sombra para reformularse, y la individualidad se hacía añicos a medida que aumentaba el individualismo. No se trataba de incrementar la capacidad crítica de la ciudadanía con aquella fiebre cuestionadora, sino de desactivarla equiparándola a un todo vale. Y sobre la ausencia de certezas, sobre el solar que dejaban, se construyeron y se siguen construyendo los discursos más infames y aparentemente convincentes, como la inutilidad de las humanidades, el desprestigio de los intelectuales (al que tantos de ellos han contribuido activamente), la ineficacia de lo público, la primacía de la libertad económica sobre la política, la imposibilidad de alternativa al sistema vigente o el mismísimo fin de la historia. Por no mencionar todos los disparates puntuales que se intenta justificar con ese argumentario.

Las categorías tradicionales, éticas, económicas, políticas y sociales se han reformulado con el objetivo de facilitar el avance del mercado y el supuesto bienestar consumista. Todo es mercancía, y lo que no lo es, por muy real que se pretenda, arde en el mismo fuego que las utopías. Sobre el sustrato cultural postmoderno, el neoliberalismo ha ido desacreditando las teorías que daban soporte a los grandes discursos emancipadores que se han ido desarrollando y han coexistido desde la Ilustración hasta nuestros días. Así es como han quedado inconclusas las viejas batallas universalistas y se ha conseguido que el personal se enzarce en otras nuevas, que, en su mayoría, giran en torno a la diferencia y la diversidad, y cuyo fundamento y objetivos no siempre están claros ni acaban de converger en un frente común. Nadie parece considerar necesario ese frente. Nunca en la historia ha habido tantas categorías humanas ni tantos criterios de clasificación. Nuestras cabezas se han convertido en sutiles computadoras taxonómicas, y el inventario no para de crecer. Pero, antes o después, tropezamos con cosas inasibles que se resisten a ser interpretadas o catalogadas, y cuando, imbuidos de ese relativismo cognitivo y enfrascados en nuestra particular causa identitaria segregada de una causa global —causa que a estas alturas nadie lidera—, nos enfrentamos a algo de aspecto monolítico que avanza hacia nosotros de manera imparable, como una pandemia, una estafa financiera global (o dos), una guerra, un genocidio, la crisis climática o, simplemente, el empobrecimiento generalizado, nos sentimos inermes y desorientados. No estamos preparados para enfrentarnos a nada de todo eso. No estamos preparados para hacer frente a nada que no se pueda parar con un tuit.

El mundo inequívocamente incierto al que vamos a toda leche parece ser el corolario inevitable de esta época. Ahora llama a nuestra puerta la inteligencia artificial con su pretendida capacidad de crear un mundo ficticio indistinguible del que considerábamos real. Si todavía había alguien que se resistía a aceptar la idea de que la verdad no existe, de que es una cuestión de perspectiva, dentro de poco no habrá quien lo discuta. Cualquier cosa que veamos, oigamos o leamos podrá ser apócrifa, empezando por los artículos como este. Ríete tú de las fake news actuales. Ya es posible suplantar a personas, imitar voces, crear documentos, hacer películas y fabricar con todo ello noticias complejas totalmente inventadas, de manera realista, con un aspecto perfectamente verosímil. Según todos los pronósticos, pronto nos veremos inmersos en una falsificación a escala global. Y quedaremos en las manos de los orfebres de esa magna obra de bisutería, porque de ellos son las herramientas que la están propiciando. Pero a quién le importa, excepto a cuatro agonías. Somos un nuevo tipo de proletariado feliz, sin la más mínima conciencia de clase. Como mucho, una conciencia identitaria pseudopolítica. Como los obreros de manual, carecemos de control sobre los medios de producción, sobre la IA y todos sus derivados, pero a diferencia de aquellos, cada vez interesamos menos como fuerza de trabajo, solo se nos pide que continuemos apretando botones, tener fe y tirar p’alante. Nunca como hasta ahora nos hemos sentido tan sueltos y tan profundamente específicos, como individuos o como grupo más o menos homogéneo, únicos hasta el delirio solipsista, cada uno mirando a través de un cristalito de su color favorito mientras el mundo se vuelve monocromático. Ya pueden venir los neoluditas, los tecnófobos y los hippies revenidos con sus desvaríos. No conseguirán parar este tren. Que se tiren en marcha, si quieren. O que se conformen con sacar la cabeza por la ventanilla y ver cómo se aleja aquel mundo suyo tan verdadero, tan tangible, tan comprometedor, tan agobiante. 

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No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

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