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Sobre este blog

No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

Dos y dos

La apoteosis de la guerra - Vasili Vereshchaguin, 1871.

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Nosotros, que tan definidos tenemos los límites de lo correcto en el ámbito de la vida social, que tenemos un dominio creciente sobre nuestros pensamientos, expresiones y comportamiento cotidiano, seguimos teniendo el mismo control sobre nuestro destino que aquel que la mañana del seis de agosto de 1945 salió a pescar a orillas del río Ota, a su paso por Hiroshima, sin imaginar lo que se le venía encima. Son otros los que determinan lo que nos ha de pasar, cómo y cuándo, y nuestra capacidad para esquivar esa voluntad es extremadamente limitada. Vemos el telediario haciendo como que nos informamos, cuando lo que hacemos es recibir y asumir puntos de vista concebidos por otros y, sobre todo, tabús, porque tan importante como saber lo que importa es saber qué es lo que no te ha de importar. Y votamos cada cuatro años en la convicción más o menos firme de que somos nosotros quienes determinamos el rumbo de la política, cuando lo que realmente hacemos es apoderar a otros para que actúen en nuestro nombre. Las grandes decisiones están tomadas mucho antes de que tengamos algo parecido a una opinión, antes de que veamos venir los hechos. Estos tienen siempre una apariencia simplificada, unas connotaciones éticas fácilmente asumibles, vienen envueltos en conceptos sencillos, urdidos con una lógica maniquea que posibilita la adopción de unas posiciones radicales con la máxima economía de pensamiento: el bien contra el mal, los valores democráticos contra la tiranía, la justicia contra la arbitrariedad, la racionalidad contra la locura…

Solo cuando los acontecimientos son lo bastante remotos es factible, a veces, su estudio forense. Hasta que esa eventualidad se da, el cadáver de la evidencia espera en el trastero de la historia o en el fondo del mar, junto a los restos de un gasoducto, la llegada del investigador dispuesto a responder a las preguntas que los que tenían la misión de dar cuenta de los hechos en tiempo presente no pudieron o no se atrevieron a hacer, o cuyas respuestas decidieron callar. Y entonces aparece la ilación entre sucedidos aparentemente inconexos. Como la que parece haber entre decenas de intervenciones militares, sociales y políticas que siempre han dado un saldo negativo para Europa, tal como se está viendo ahora mismo. He ahí las presiones a las que se vieron sometidos algunos estados europeos —como España, sin ir más lejos— para que se integraran en la OTAN en contra de la opinión mayoritaria de sus respectivas poblaciones, o el hecho de que dicha organización siguiera expandiéndose ilimitadamente hacia el este mientras el Pacto de Varsovia se desintegraba y sus países entraban de lleno en la órbita capitalista —desvaneciéndose así el aparente principio fundacional de la Alianza, que era hacer frente a la amenaza soviética—, o la manera precipitada y traumática como se produjo el desmembramiento de Yugoslavia, bombardeo de civiles incluido, o el color tan parecido que tenían todas las revoluciones de colores, o la serie de incidentes que fueron desbaratando las relaciones entre Rusia y Ucrania en los términos que fijaba el memorándum de Budapest de 1994, o, en fin, el sabotaje diplomático que impidió la paz que estaban a punto de firmar esos dos países en Estambul en abril de 2022. No hace falta ser especialmente avispado ni conspiranoico para ver en todos estos hechos una cadena causal —con independencia de que pueda haber otras—, sepultada bajo una espesa capa de sospechas, niebla informativa y un sólido espejismo democrático.

La simplificación con la que se nos suelen exponer ciertos problemas de fondo se combina con la segmentación de las informaciones que se nos hacen llegar para abrumar nuestra capacidad de raciocinio. Cuando no se puede reducir a una consigna clara, la realidad se nos sirve troceada, bajo la apariencia de un cúmulo de hechos heterogéneos y dispersos, un álbum aleatorio de fotos de detalle y primeros planos descontextualizados, un rompecabezas trucado, hecho de piezas que no encajan. Y cuando no, algún que otro pseudoanálisis abrumador que dé a entender que hay cosas que no están al alcance de nuestra mollera. Distraer, mentir y, sobre todo, evitar que cuajen las dudas razonables y las preguntas incómodas. Allí donde la actualidad trae una primicia, se genera una cantidad equivalente de olvido, por eso es preciso que la fuente de novedades no deje nunca de manar. Se trata también de que olvidemos el pasado, por inmediato que este sea, o que, por lo menos, nuestro recuerdo sea selectivo. Solo cuenta lo que te cuento hoy. De ayer, si acaso, vale lo que te sigo contando hoy porque me interesa que siga vigente, ya veremos mañana. Con lo fácil que sería echar mano de las hemerotecas para sumar dos y dos y ver qué resultado da —que casi nunca es cuatro—, no se hace, o solo se hace cuando interesa. Es tarea imposible hacer una lista de las noticias que van siendo barridas debajo de la alfombra digital. E inútil intentar sacarlas de ahí hasta que se conviertan en materia inerte o políticamente oportuna.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué Rusia, país vecino y aliado estratégico de Europa hasta ayer mismo, se ha convertido de la noche a la mañana en un enemigo potencialmente letal? ¿Por qué algunos dirigentes nominales se empeñan en prepararnos con una pachorra inaudita para un escenario terrorífico? ¿Están intentando que nos aprestemos a una guerra más amplia, o tan solo pretenden que consintamos alegremente que buena parte del presupuesto público vaya a parar a la industria armamentística? ¿Se puede desligar una cosa de la otra? ¿Hasta dónde han calculado los daños o hasta qué punto son capaces de controlarlos? Si nuestro compinche y único avalista en esta timba siniestra, tras la que asoma el holocausto nuclear como una inocente bromita de mal gusto, después de las elecciones del próximo otoño decide levantarse de la mesa —eventualidad más que probable—, ¿cómo cubriría Europa la apuesta que, bravuconada sobre bravuconada, se ha acumulado sobre el tapete? ¿Seremos capaces siquiera de recordar por qué hemos entrado en el juego? No entendemos una mierda, el espejo nos devuelve estulticia e impotencia a raudales, y los desastres nos pillan siempre con los pantalones bajados, pero se las arreglan para hacernos sentir perspicaces y confiados. Hemos dejado de oler la carnaza que se nos da antes de masticarla, y la pérdida de ese hábito, como muchas otras características de las especies domesticadas, constituye un rasgo involutivo de consecuencias calamitosas.

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No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

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