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Viajar Ahora

Si eres de los que disfruta del trayecto; si cuando eras pequeña pasabas horas dibujando rutas imposibles sobre el mapa; si guardas como un tesoro las piedras que te encontraste en el camino; si eres de los que no se amilanan ante sabores desconocidos;si siempre soñaste con patear olas de los siete mares; si cuando ves una montaña no puedes evitar el deseo de ver lo que hay detrás... Si es así, aquí te esperamos.

Pompeya por tu cuenta: como aprovechar al máximo tu visita a la antigua ciudad romana

No se sabe si el suceso tuvo lugar el 24 de agosto o el 24 de octubre del año 79. O a mitad del tórrido verano mediterráneo o en pleno otoño. Lo que es indudable es que ese día el mundo se paró para miles de personas. No se sabe a ciencia cierta cuantas vivían en Pompeya aquel día fatídico. Los expertos hablan de unas 15.000 ó 20.000. Tampoco se sabe cuántas murieron cuando el cercano Vesubio escupió una inmensa nube de cenizas y fuego que destruyó todo lo que había a varios kilómetros a la redonda. Un inmenso torrente que avanzó a más de 30 metros por segundo y entre los 400 y los 900 grados centígrados. Hasta el momento se han localizado los restos de algo más de 1.000 personas en Pompeya y casi tres centenares en su vecina Herculano. Pero las cifras, según los expertos, debió superar las 12.000 víctimas en las dos ciudades.

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Un viaje al corazón de plata del imperio; la Villa Rica de Potosí

Para qué negarlo; la primera impresión que tuvimos de Potosí no fue demasiado buena. Llegamos muy temprano en bus tras un viaje maratoniano desde Cochabamba y aún faltaban algunas horas para amanecer. Y hacía frío. Muchísimo. Pero bastaron un par de cuadras para que esa primera visión de calles desoladas cambiara de manera radical. Un par de horas de sueño en el hotel (bajo varios kilos de mantas y tras una ducha de agua casi hirviendo) terminaron por disipar esa primera imagen. El cielo azul profundo y el sol hicieron el resto. Villa Rica de Potosí. Así la llamaban en sus buenos tiempos. A los pies del Cerro Rico, una de las acumulaciones de plata más fabulosas del planeta, la ciudad colonial creció a expensas del trabajo de miles de mineros que se dejaron la espalda en las más de 300 minas que horadan la montaña en todas las direcciones. La plata sirvió para acuñar las famosas piezas de a ocho, los reales que sirvieron de moneda mundial durante siglos. Y también para llenar esta ciudad perdida en las alturas de iglesias fastuosas, casonas y palacios. Y ahí sigue la montaña vigilando la ciudad.

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Un paseo por Quartier Latino, el barrio universitario de París

La orilla sur del Sena está íntimamente ligada a la Universidad de La Sorbona. El centro docente se fundó en el siglo XIII en un edificio cercano al actual Panteón y ganó justa fama como lugar de debate y aprendizaje atrayendo a multitud de alumnos. Era tal el número de estudiantes y profesores que se movían por los alrededores de la Universidad que se oía más el latín que el francés. Y de ahí el nombre: Barrio Latino. Esta parte de la capital francesa es uno de sus vecindarios más antiguos y atractivos. Uno de los pocos lugares en los que los rastros de esa París medieval aparecen en viejas casas y muros más allá de las grandiosas iglesias góticas. Y aunque ni esta parte de la ciudad se salvó del plan de derribos masivos que dieron paso a la actual ciudad a mediados del XIX, aún pueden verse algunas viejas casas en torno a San Julien le Pauvre, Saint Severin y la Plaza de Saint Michel.

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Folegandros, o el mejor secreto de las Islas Cícladas

En la isla más pequeña de las Cícladas apenas cabe una carretera de once kilómetros; 17 playas; un puñado de iglesias, cinco pueblos y algo más de 800 almas. A tiro de barca de cuatro ilustres del archipiélago griego (Milos, Naxos, Santorini e Íos), Folegandros pasó inadvertida durante décadas al flujo de viajeros que va y viene por el mar Egeo. Esto posibilitó que la isla se incorporara a los circuitos viajeros conservando de manera su esencia primigenia. En otras Cícladas, el turismo ha causado algunos estragos difícilmente subsanables; aquí todo permanece intacto: y los viajeros que llegan hasta el Puerto de Karavostasis buscan precisamente eso: encontrarse con la verdadera esencia de una de las regiones más impresionantes del Mediterráneo Oriental. Terrazas de cultivo, pueblitos blancos, playas y calas solitarias y algunos rastros del pasado helénico son los principales atractivos de un destino tan auténtico como tranquilo.

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Shimokitazawa, el barrio hipster y bohemio de Tokio

El barrio se llama Shimokitazawa, pero lo que mola es decir Shimokita, tal como dicen los nuevos habitantes del vecindario de moda en Tokio. La capital nipona, que gusta de desmesuras en todos los sentidos, se toma aquí un respiro. A apenas tres estaciones de Shibuya (Línea Keio Inokashira Estación Shinsen), Shimokita es un lugar ideal para imaginar el Tokio más tradicional. Hasta que la zona quedó integrada en la ciudad, Shimokitazawa era una comunidad agrícola cercana a la antigua Edo. Dos pueblecitos servían de viviendas a los agricultores que trabajaban en sus campos de arroz hasta que la modernidad lo engulló todo. El tren llegó en 1927 y el vecindario se colmó de esas casitas bajas tan características de los suburbios japoneses. El lugar apenas fue castigado por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, por lo que es, también, una de esas escasas oportunidades para ver ese primer Tokio que se desbordó a finales del XIX y principios del XX.

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Una visita al fin del mundo en la costa oeste de El Hierro

El faro de Orchilla es mucho más que un faro marítimo. Perdido en el extremo más occidental de El Hierro, este lugar fue, hasta finales del siglo XIX el punto donde se acababa y empezaba el mundo un particular finisterrae -final del mundo- isleño que tuvo el honor de ser el final de la tierra conocida hasta el descubrimiento de América. Hoy, Orchilla es un mirador privilegiado sobre el mar donde se puede disfrutar de alguna de las vistas más espectaculares de la isla.

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El Valle del Hunza y el paso de Khunjerab: un mito viajero de la vieja Ruta de la Seda

Hasta prácticamente antes de ayer, llegar hasta el mítico Paso de Khunjerab suponía uno de los retos viajeros más difíciles del mundo. Khunjerab es una pequeña grieta entre los gigantes helados del Karakorum y, también, un verdadero hito de la historia de la Humanidad. Por aquí pasaban las caravanas de la Ruta de la Seda en ese incesante trasiego de mercancías, ideas y leyendas que comunicó el extremo Oriente y el Occidente europeo durante casi milenio y medio. Khunjerab suponía uno de los obstáculos más importantes de la ruta. Un paso de alta montaña a 4.623 metros de altitud que sólo podía transitarse algunos meses al año y que demandaba altas dosis de valentía y arrojo. En la actualidad, la frontera más alta del mundo (Pakistán y China) sólo cierra cuando las ventiscas de nieve lo imponen. En 1986 culminaron los trabajos de la carretera pavimentada que conecta los dos países tras 20 años de trabajo. Al sur de la frontera se la conoce como Karakorum Highway(KKH) y en el norte la bautizaron con el nombre más poético de ‘carretera de la amistad’.

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Lo que hay que ver en Oporto: guía para una visita a la capital del norte portugués

La mejor manera de encontrarse por primera vez con Oporto es desde las orillas del río. Los rabelos (unos barcos de rodas puntiagudas y elegantes) van cauce arriba y cauce abajo llevando turistas de un lado a otro; antes servían para llevar hasta las enormes bodegas de la orilla sur del Douro los toneles del famoso vino de Oporto que se cultivaba y prensaba muchos kilómetros tierra adentro. Hoy, los rabelos se han convertido en una seña de identidad turística para la segunda ciudad de Portugal. Pero durante muchos años fu la principal: para entender la importancia de Oporto en la historia del país hay que remontarse muy atrás. Ya era apostadero de fenicios antes de que los romanos construyeran aquí una de sus bases portuarias más importantes de la Península Ibérica. Portus Cale, la llamaron (puerto bonito). De aquel nombre deriva el actual de Portugal.

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Palawan, los secretos de ‘la mejor isla del mundo’

Dicen que es la mejor isla del mundo para pasar unas vacaciones. Por tercera vez y de manera consecutiva, los principales portales turísticos del mundo han aupado a este trozo de paraíso como uno de los mejores destinos del mundo. Filipinas es todo un mundo. Este archipiélago asiático, vinculado a España hasta hace apenas 130 años, está formado por más de 7.000 islas que van desde gigantes como Luzón o Mindanao a pequeñas islas de apenas unos centenares de metros de longitud. Palawan no es pequeña; es larga. Es una estrecha franja de tierra de algo más de 420 kilómetros de longitud cubierta de densos bosques tropicales y con playas de escándalo.

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Un viaje por Connemara, el corazón de la Irlanda más tradicional y legendaria

El corazón gaélico de Irlanda se concentra en la costa oeste de la isla; ahí entre la ciudad de Galway, puerta de entrada de otros soberbios paisajes irlandeses como los Acantilados de Moher o El Burren, y los pueblos grandes que ya van buscando esa frontera ficticia con el Ulster como Donegal o Sligo. En esta zona se mantuvo la esencia de la verdadera cultura irlandesa; un lugar de paisajes salvajes y duros que encantó a artistas de la talla de Yeats o Wilde; escenario perfecto de obras maestras como El Hombre Tranquilo, aquella película inolvidable con la que John Ford quiso encontrarse con la tierra de sus padres. Ahí a tiro de piedra están, separadas por un estrecho pero bravo trozo de mar, las Islas de Aran, uno de los grandes mitos viajeros europeos.

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