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CV Opinión cintillo

La tradición de no dejar pasar

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En Sagunt están haciendo historia. Cuando la Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo ha vuelto a votar si las mujeres pueden formar parte de pleno derecho y, por tercera vez, la respuesta ha sido no, estaban escribiendo capítulos de la historia de la resistencia a la evolución. Es una insistencia sostenida en mantener cerrada la cofradía como si fuera un club privado dentro de una fiesta que se presenta como de todos. La negativa ya no es solo una cuestión interna. El propio Gobierno ha advertido de que, si persiste el veto, la Semana Santa de Sagunt puede perder la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional, ese sello que tanto se enseña en los folletos y en los discursos. Mientras tanto, las mujeres siguen viéndolo todo desde la acera, participando como espectadoras, madres, hijas, pero no como cofrades con los mismos derechos.

Hay tradiciones que avanzan despacio. Y hay tradiciones que directamente se atrincheran. Lo de Sagunt no es una cuestión de fe, ni de historia, ni siquiera de costumbre. Es una cuestión de poder. Y el poder, cuando se siente cuestionado, suele disfrazarse de tradición para no tener que dar explicaciones. Mientras en otros lugares —Llíria, Gandia, el Cabanyal— las cofradías han entendido que dar acceso a las mujeres no rompe nada, sino que repara algo, en Sagunt siguen sosteniendo el veto con esa mezcla de solemnidad y miedo que esconde la discriminación. Ese machismo que se disfraza de costumbre.

En muchos sitios ya lo han comprobado: cuando una mujer entra en una procesión, no se cae ningún paso, no se descompone ninguna imagen, no se altera el orden cósmico. Lo único que se altera es la jerarquía. Y eso escuece. Por eso hay que continuar reivindicando. Para que algunos entiendan que las granaderas del Cabanyal no pidieron permiso, sino espacio. Tardaron años en conseguir que una mujer pudiera vestir el uniforme sin que se interpretara como una falta de respeto, hasta que por fin una primera granadera abrió una puerta que ya no tenía sentido mantener cerrada.

Hay que continuar para que no se olvide que las pescadoras de El Palmar, donde durante siglos se heredaba el derecho a pescar solo si eras hombre, seis mujeres tuvieron que ir a los tribunales para hacer algo tan revolucionario como trabajar. Allí, la costumbre convertida en reglamento llegó hasta el Tribunal Supremo, que acabó obligando a la comunidad de pescadores a admitirlas y a reconocerles el mismo derecho a lanzar las redes en la Albufera. Nunca la igualdad llega porque alguien la regala, hay que pelearla.

No son solo procesiones ni barcas. Durante décadas, clubes, peñas y sociedades de todo tipo han funcionado con reglas no escritas que daban por hecho que los cargos importantes, las decisiones y las llaves eran cosa de hombres. Las mujeres podían participar, ayudar, embellecer la foto, pero no firmar el acta ni marcar el rumbo. Cambian los escenarios —un local social, una junta directiva, una comisión de fiestas—, pero el patrón es el mismo: se gestiona su presencia como una concesión, no como un derecho.

En Sagunt, sin embargo, parecen seguir esperando a que pase la tormenta. Como si esto fuera una moda, una incomodidad pasajera, un ruido externo que acabará disipándose. Pero no lo es. No lo fue cuando las mujeres quisieron votar, estudiar o firmar contratos sin permiso. Y siempre hubo alguien, entonces como ahora, dispuesto a explicar por qué no era el momento. Esa coartada eterna.

Ahora más que nunca es importante esta lucha porque la sociedad comienza a involucionar de manera muy peligrosa. Este tipo de resistencias encuentra eco en una corriente más amplia y bien organizada, que reivindica retroceder como forma de valentía. Desde ciertos discursos de la ultraderecha hasta esa estética de éxito rápido y jerarquías simples que algunos venden envuelta en criptomonedas y supuestas meritocracias, el mensaje es tan parecido como dañino. Corremos el riesgo de normalizar el rancio discurso de que el mundo estaba mejor cuando cada uno sabía cuál era su sitio. Ese sitio que rara vez incluía a las mujeres en igualdad.

Cambia el escenario, da igual que sea un capirote, una red de pesca o una fiesta popular, pero la lógica opresora es idéntica. Entre excusas, se les dice que pueden estar, pero no del todo. Que pueden participar, pero sin alterar las reglas. Pueden avanzar, pero sin incomodar.

Lo de Sagunt no es una anécdota local. Es un síntoma de que todavía hay quien confunde la tradición con el derecho a excluir. De que aún hay espacios donde la igualdad se percibe como una amenaza. Porque sí, llevamos años de avances, ahora de nuevo amenazados. Y después de tanto tiempo de desigualdad, avanzar poco ya no es avanzar: es gestionar la incomodidad sin resolverla. Mientras unos discuten si una mujer puede salir o no en una procesión, fuera crece algo peor.

Una masculinidad que se vende como nueva, pero huele a vieja. Tipos que hablan de jerarquías naturales como si fueran fórmulas de inversión. Criptobros que confunden éxito con dominio y libertad. Y, en paralelo, un discurso que intenta convencer a algunas mujeres de que retroceder es, en realidad, elegir. Por eso lo de Sagunt no va solo de una cofradía. Nos interpela sobre hasta dónde estamos dispuestos a normalizar el retroceso mientras lo envolvemos en palabras. Pide reflexión sobre si aceptamos que la igualdad avance con permiso o de una vez sin él. Esto no es un debate sobre tradiciones. Pasó ese tiempo. Es sobre decidir quién sale y quién se queda mirando. En 2026, hay algunos que siguen organizando procesiones en las que lo único que continúa fuera de sitio no es el paso, sino el siglo. Es preocupante que quieran retroceder, pero lo es más que encuentren espacio para hacerlo sin que pase nada. No es cuestión de repetir la procesión cada año. Se trata de que, de una vez, avance.

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