Una psicóloga indica cómo hablar con personas que siempre quieren tener razón: “Ceder es perder una parte de quienes son”
Detrás de querer tener la razón no solo está el deseo de expresar una opinión, sino de convencer, demostrar, imponer e, incluso, a veces, ‘ganar’. Esta necesidad a menudo refuta las acciones u opiniones de los demás. Reuniones de trabajo, cenas familiares e incluso mensajes de WhatsApp que se descontrolan y lo que ha empezado siendo una conversación cotidiana acaba provocando una tensión invisible que transforma un intercambio trivial en una confrontación. ¿De qué nos protege realmente? ¿Por qué es difícil resistirse a este reflejo?
Las causas detrás de querer tener siempre la razón
Que a alguien le guste verificar unos hechos o defender una idea está bien. Porque proteger la propia opinión es saludable, pero ser incapaz de admitir el más mínimo error no lo es tanto. El punto de inflexión se produce cuando una persona no tolera equivocarse, ni siquiera en detalles insignificantes, incluso cuando la evidencia está delante. No se busca la verdad, sino la confirmación de su propio estatus. Hay personas que, cuando hablan, se muestran intransigentes y quieren tener siempre la razón, sea cual sea el tema de debate.
Detrás de esta necesidad imperiosa puede haber varias causas. Como nos explica Esther Blázquez Álvarez, psicóloga en Epsiba Psicología, “una causa frecuente es la inseguridad. Cuando una persona tiene una imagen negativa de sí misma, ser desautorizada o corregida puede confirmar esa creencia de fondo de ‘no soy suficiente’ o ‘no valgo’. En este caso, imponer la propia opinión no es tanto que la persona quiera salirse con la suya, sino evitar que se confirme algo negativo que la persona piensa de sí misma”, aclara Blázquez.
Pero también puede haber un motivo relacionado con la historia personal porque “hay personas que han crecido en entornos donde mostrar dudas o admitir un error tenía consecuencias: castigos, críticas, burlas, pérdida de afecto… Esto puede hacer que aprendan que equivocarse no es seguro, lo que sigue condicionando el presente aunque actualmente la conducta no tenga la función adaptativa que tuvo en su origen”, admite la psicóloga.
Cuando llevar la razón es parte de una identidad
Otras veces detrás de esta necesidad hay una “identidad construida de cada uno, hay personas cuyo autoconcepto depende en gran parte de ser las más inteligentes, las más expertas o las que siempre tienen las cosas claras. Para ellas, ceder no es simplemente cambiar de opinión, sino perder una parte de quienes son”, afirma Blázquez, que precisamente relaciona esto con la opinión de la identidad, es decir, “no distinguir entre ‘me equivoqué en esto’ y ‘soy alguien que se equivoca’, por lo que cualquier corrección se vive como un ataque personal, no como un intercambio de ideas u opiniones”, matiza la experta.
También puede haber, en algunos casos, “rasgos de personalidad narcisista, no como diagnóstico, sino como rasgo de personalidad o carácter, personas con necesidad de admiración y dificultad para reconocer los límites de su propio conocimiento o para tolerar que otros tengan razón”, afirma Blázquez.
En definitiva, detrás de este deseo de buscar siempre la razón hay personas con perfiles muy distintos que suelen tener un factor común: la mayoría no son conscientes de que lo están haciendo. Cuando alguien cercano al que intentamos contradecir se enfada y descalifica nuestros argumentos, “no está pensando la mayoría de las veces ‘voy a imponer mi opinión’, solo está respondiendo desde un patrón aprendido y automático”, dice la psicóloga.
Solo en algunos casos se usa de forma consciente “como estrategia, en contextos de manipulación dentro de relaciones cercanas, donde imponer el criterio propio es una forma de mantener el control sobre la otra persona, o en perfiles con rasgos narcisistas marcados, en los que mostrar una posición de superioridad se hace forma consciente”, detalla Blázquez.
No renunciar a la razón: una forma de ser que afecta a la relación con los demás
¿A qué lleva todo esto? ¿Es posible comunicarnos de una forma sana cuando alguien está persiguiendo la razón constantemente? Para Blázquez, esto “no deja espacio para el punto de vista de la otra persona, por tanto, la comunicación se vuelve un terreno seguro solo para uno de los dos”. Al final, compartir ideas con una persona así “genera conflicto, descalificación y tensión, y una de las dos deja de compartir su verdadero punto de vista e, incluso, deja de expresar necesidades, lo que acaba generando distancia emocional”, advierte la psicóloga.
Y esto nos lleva muchas veces a un círculo vicioso porque “para la persona con este patrón, este alejamiento refuerza las creencias que están en el origen del problema: la sensación de no ser suficiente, de no ser valorada o que los demás no la entienden”, afirma Blázquez. La imagen de sensación de control que pueda dar una persona así, al final, con el tiempo, solo “contribuye al aislamiento, dificulta la construcción de vínculos reales y mantiene a la persona atrapada en una forma de relacionarse que no le permite crecer ni conectar con los demás”, añade.
Tratar con una persona así no siempre es fácil porque ceder para evitar conflictos no es la solución, y tampoco lo es seguir su misma estrategia. La clave está en “mantener la calma sin renunciar a la propia posición, elegir bien el momento y los temas en los que vale la pena mantener el punto de vista propio”, aconseja Blázquez. La especialista nos da algunas pistas para hacerlo con el uso de expresiones como “entiendo lo que quieres decir, pero yo lo veo de otra manera’ en lugar de ‘te estás equivocando’; es decir, poner límites claros y respetar al otro”.
¿Qué puede hacer una persona que siempre quiere tener la razón para dejar de hacerlo?
Reconocer y aceptar una visión del mundo distinta es un poderoso acto de comprensión, empatía y humildad y el primer paso para empezar a cambiar. Para Blázquez, el entorno es una pieza clave para que “la persona que presenta este patrón se dé cuenta de su conducta porque, sin darse cuenta, sus conversaciones siempre terminan igual: la gente ha dejado de opinar o sus relaciones se han convertido en algo superficial”. Hay mucha gente con opiniones muy diversas, posturas contrarias y muchas de ellas seguramente tienen una justificación lógica.
“Practicar la escucha activa es importante: dejar que el otro termine y tratar de entender qué está queriendo transmitir”, admite Blázquez, que aconseja también “hacer preguntas en lugar de contradecir: ‘¿cómo has llegado a esa conclusión?’ o ‘¿has considerado esta otra perspectiva?’ invita a la reflexión sin generar una defensa inmediata, así como reconocer lo que el otro ha dicho con un simple ‘entiendo lo que dices, aunque yo lo veo de otra manera’ puede disminuir la reacción defensiva y facilitar una conversación más abierta”.
A largo plazo, lo que más puede ayudar es “trabajar la relación con el error: entender que equivocarse no dice nada sobre el valor de uno como persona, sino que es parte de lo que implica ser humano”, concluye la psicóloga.
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