Qué quiere decir que un niño se porte siempre bien, según una psicóloga: “Todas las emociones cumplen su función”
Para algunos padres, unos de los mayores halagos que pueden decirles acerca de su hijo es que siempre se porta bien: no molesta, no discute, no tiene rabietas, todo le va bien... No nos gusta, en cambio, regañar a nuestros hijos porque se portan mal, nos avergonzamos y, además, es fácil juzgar a otras personas cuyos hijos son ruidosos, se quejan o no paran quietos.
Si bien la mayoría de padres coincidirían en que unos hijos que siempre se portan bien y se esfuerzan al máximo sería algo casi maravilloso, tener un hijo que excesivamente obediente y que hace todo lo que dicen los adultos, es fácil y cómodo, pero el objetivo de la crianza no es precisamente ese, sino educarlos para que se conviertan en adultos sanos.
¿Es normal que un niño no se enfade nunca?
Las rabietas no son agradables. Pero es que a veces los niños se portan mal. “El enfado forma parte de nuestro repertorio emocional y, en la infancia, es una de las emociones más habituales”, reconoce Carmen Marco Llana, psicóloga Infantil y Juvenil en AprenderT. Como padres, la principal labor es enseñarles a gestionar y regular sus emociones e impulsos, no reprimirlos porque nos avergüencen.
“Todas las emociones cumplen su función, sirven para algo. En el caso del enfado, es la forma en la que marcamos límites y expresamos lo que nos molesta”, afirma Marco, que matiza que el enfado en los niños es saludable y necesario, forma parte de su desarrollo y aprendizaje.
La labor de los padres y adultos es ayudarlos a superarlos, no presionarlos para que se adapten y repriman sus emociones, ni añadirles vergüenza ni autodesprecio. ¿Qué ocurre cuando un niño no se enfada? Todo lo contrario: puede indicar que “tiene dificultades en la regulación emocional o se encuentra muy inhibido y bloqueado ante los conflictos”, aclara Marco.
Todo comportamiento es una forma de comunicación y, a veces, cuando los niños se portan mal, es porque expresan algo que sienten. Como padres, que somos los referentes y los modelos a seguir de mayor impacto, “nuestro comportamiento a veces puede influir en esa actitud más inhibida, sin que nosotros nos demos cuenta”.
¿Qué hacemos para favorecer este comportamiento?
“Los estilos educativos poco flexibles, muy exigentes, centrados en el cumplimiento de las normas y con poca tolerancia al error suelen favorecer niños excesivamente obedientes”, afirma Marco. Es decir, solemos premiar a los niños que dan ‘pocos problemas’, “que son perfectos o que siempre hagan caso, y ellos entienden que eso es lo que los hace merecer cariño y aprobación”.
El niño aprende que, para ser amado, debe reprimir sus emociones desbordantes: tristeza, cansancio, ira y frustración, entre otros. Este proceso de autocensura emocional puede parecer efectivo a corto plazo, pero debilita el desarrollo de la identidad y la autoestima y crea una creciente distancia entre lo que siente y lo que muestra. “A largo plazo, esto puede traducirse en adultos poco asertivos, con dificultades para expresar e identificar sus emociones y, posiblemente, baja autoestima”, advierte Marco.
Los niños pueden comportarse de formas desagradables o inapropiadas (golpear, gritar, exigir…), comportamientos que, aunque sean desadaptativos en sí mismos, las emociones y necesidades que los motivan son perfectamente legítimas y aceptables. El resto reside en ver más allá de lo evidente: conectar con las necesidades de los niños.
Un niño tranquilo no es lo mismo que uno excesivamente obediente
¿En qué se diferencia un niño tranquilo con este comportamiento? Un niño puede ser tranquilo, cooperativo y poco conflictivo, y estar perfectamente bien. La obediencia sistemática, sin embargo, sin resistencia, sin negociación, sin decir jamás ‘no’, merece ser cuestionada, no celebrada.
“Un niño excesivamente obediente se bloquea ante el conflicto y lo evita, suele tener una actitud sumisa y complaciente ante los demás y busca agradar siempre. El niño tranquilo suele mostrar su enfado o malestar de forma espontánea y generalmente regulada”, aclara Marco.
Diferenciar entre ambos comportamientos es clave. Para ello, Marco apunta algunas señales a las que debemos prestar atención y que son las que nos dicen que algo no va del todo bien:
- Falta de quejas, incluso en situaciones poco justas para él, como cuando le quitan un juguete de forma brusca y no busca ayuda ni lo reclama.
- Pedir aprobación siempre ante situaciones de poca trascendencia.
- Expresar miedo ante el error o la equivocación.
- Invalidar sus propias emociones con expresiones como ‘no pasa nada’ o ‘no es importante’.
Cómo ayudar a un niño muy obediente a expresar lo que siente
La verdadera esencia de la infancia es moverse, trepar, gritar, lanzar, llorar, reír… Este es el auténtico derecho que todos deberían poseer y valorar, así es como la experiencia contribuye al desarrollo del cerebro y del individuo. Y, aunque a todos los padres les gustaría que sus hijos se comportaran como adultos maduros e inteligentes, su edad precisamente hace imposible un comportamiento lógico, estable y moralmente coherente.
Muchas veces es importante ajustar las expectativas: no es razonable esperar que se comporten bien en todas las circunstancias. Porque es normal que un niño a los dos años diga siempre que no; a los cinco años, que negocie; a los ocho años, que discuta; a los 12, que lo cuestione todo; y a los 16, que desafíe. Cada una de estas formas surge del mismo impulso: reafirmarse como persona, pensar por sí mismo.
Privados de todas estas experiencias, nos estancamos y retrocedemos. ¿Cómo podemos ayudar a un niño excesivamente obediente? “Algo que ayuda muchísimo es validar todas las emociones, especialmente las que generan malestar, como el enfado”, explica Marco. Es clave también “reforzar los esfuerzos que hace por conseguir algo y no solo el resultado final: valorar al niño por cómo es y no por cómo se comporta”, matiza Marco.
Para la especialista, es importante “evitar expresiones como ‘portarse bien o mal’ y sustituirlas por la descripción de los comportamientos que han sido adecuados o inadecuados, por ejemplo, ‘me ha gustado mucho que has sido responsable recogiendo tu habitación’ o ‘ya sabes que en la mesa hay que comer sentado y tú lo has hecho de pie’”, reconoce Marco, que concluye que es muy necesario “ir dando el modelo de cómo poder resolver determinadas situaciones, por ejemplo, en un conflicto con un amigo en el parque”.
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