Andalucía desde un aula de Bachillerato: “Los políticos piensan que pasamos el día en TikTok y no sabemos nada de la vida”
La mayoría todavía no tiene edad para votar ni expresa un especial entusiasmo por hacerlo. Pero están al tanto del mundo en el que viven y tienen opinión de todo, aunque casi nunca se la pidan. “Yo creo que los políticos directamente ni nos escuchan. No veo a ninguno que se interese por lo que pensamos los jóvenes porque claro, se supone que no entendemos nada de la vida y que nos pasamos el día en el TikTok”, dice Laura, que cursa primero de Bachillerato en el instituto público La Marisma, en Huelva.
En este centro, situado en El Torrejón, uno de los barrios más humildes de la capital onubense, han convertido el aula de comunicación en un lustroso estudio de radio dedicado al maestro Jesús Quintero. Por estos micrófonos han pasado Julia Otero, Pedro Piqueras y cientos de alumnos que han aprendido a comunicarse, a expresarse y a escucharse sin pantallas de por medio. “Esta es una idea de nuestro profesor de Filosofía, Fran. En vez de hacer exámenes escritos, elaboramos un guion con un tema que hayamos dado en clase y luego venimos aquí a la radio y hacemos nuestro propio podcast. Es mucho más entretenido y aprendemos a comunicarnos mejor entre nosotros”, cuenta Alí, también alumno de primero. “Y así soltamos un ratito el móvil”, apostilla Laura.
Para todos esta ha sido su primera toma de contacto con la radio. No la escuchan en casa, ni tampoco leen periódicos. Y la tele solo la miran cuando sus padres les obligan a ponerla a la hora de comer o cenar. “Somos más de Alexa, de Spotify o de TikTok”, dice Daniela. Y aun así están a la última del Hantavirus, de lo que hace Donad Trump o de que este domingo hay elecciones en Andalucía. Y conocen, más o menos, las candidaturas que se presentan. “Están el PSOE, el PP, Vox y... ¿Izquierda Unida? ¡Ah! Y Adelante Andalucía, que nos lo ha chivao la profe de inglés”.
También saben que de lo que más se habla en Andalucía de un tiempo a esta parte es de la sanidad pública. Y no porque sea un tema de campaña, sino porque lo viven en sus propias carnes. “Yo me fracturé la pierna y tuve que ir al hospital. Tenía la pierna como un huevo kinder, no paraba de llorar y estuve cinco horas para que me atendieran”, recuerda Bucha, alumna de Formación Profesional. “El abuelo de una amiga mía estuvo esperando cinco meses una cita médica y, cuando le llegó, ya hacía dos meses que había fallecido. La sanidad es un derecho y te deberían atender cuando lo necesites, no que te obliguen a irte a un médico privado y pagar”, cuenta Paula. “A un amigo mío se le salió un huesecillo de la muñeca. Se fue al hospital a las tres de la tarde y llegó a su casa a las dos de la mañana”, comparte Javi.
Aunque son muy jóvenes y están sanos, la respuesta a cuál es el principal problema que tiene Andalucía es casi unánime. “No es normal que la gente se muera esperando o que para cosas urgentes tarden cinco meses en dar una cita y la gente se tenga que pagar una privada”, dice Esther. Para Alí, español de nacimiento y de padres marroquíes, supone un peligro añadido que haya quien proponga distinguir a los pacientes por su lugar de origen y no por la gravedad de sus enfermedades.
“Si necesitas un médico, tendría que atenderte antes de que estés más grave. Hay que tener en cuenta el bien para todos, no solo para los españoles y, los inmigrantes, que se queden fuera. Una persona que necesite un psicólogo, por ejemplo, puede llegar a tener que esperar cuatro o cinco meses y es posible que sea algo urgente. Y como este caso, muchos más”.
Según sus profesores, tanto Alí como su hermano Adam son dos alumnos brillantes de expedientes académicos impolutos. Hace ya muchos años que sus padres llegaron de Marruecos a España en condiciones muy precarias para vivir y trabajar. Ellos, ahora, aspiran a ser ingenieros. “Mis padres nunca me han querido contar, pero cuando vienes de fuera no te tratan igual que a un español. Si no tienes papeles te ponen a trabajar más horas y por menos dinero y te amenazan con denunciarte. Eso se ve a diario. En cuanto tienes papeles ya te empiezan a respetar un poco más”.
“A mí me parece fatal que no se den las mismas oportunidades”, sigue Alí, que admite que aún a él le hacen comentarios por sus orígenes a pesar de ser español. “Conmigo no se meten mucho, pero sí lo típico. Moro, vete a tu país, y esas cosas. Yo intento pasar del tema porque, si no tienen más argumentos que eso, no merece la pena. No sé qué se tiene en la cabeza para decir eso. Pero me da mucha pena. Un marroquí puede robar, claro. Como cualquiera. Pero eso no quiere decir que todos sean iguales”.
Laura cuenta que esa desigualdad de la que habla Alí forma parte del paisaje cotidiano de sus entornos. “El otro día estuve en Palos de la Frontera, donde las cooperativas de la fresa, y vi las chabolas. Me parece penoso que tengamos a esas personas (inmigrantes) viviendo en esas condiciones y sufriendo lo que están sufriendo. Me parece de vergüenza, la verdad”. Bocha nació en Madrid y sus padres también son marroquíes. “Yo veo a mucha gente en el TikTok decir que solo vienen a robar y a cobrar ayudas. Mis padres vinieron para poder tener un trabajo mejor, simplemente. Mi madre ha sido camarera y ahora trabaja en el campo. Y paga sus impuestos”.
En contraste con el ruido político en torno a la inmigración, el tema genera un sorprendente consenso entre este grupo de jóvenes andaluces que vive y estudia en un barrio con una alta tasa de población extranjera y con datos de paro de en torno al 40%, una realidad que lo hace ser calificado como zona vulnerable. “Ni tu color, ni tu país, ni tu religión te definen. No entiendo a la gente que dice que tenemos que echar a estas personas porque roban o violan. Robar o violar lo puede hacer un americano, un español o quien sea. Los inmigrantes no vienen aquí por gusto, ¿sabes? Les dolerá dejar su país, su casa y su familia. Vienen simplemente a buscar una vida mejor para ellos y para sus hijos”, defiende María.
Gisela, también alumna de primero de Bachillerato, cuenta que en su familia hay distintas opiniones sobre el tema, pero que ella comparte clase con compañeros de distintos orígenes y también lo tiene claro. “Me parece de vergüenza que juzguen a personas y quieran echarlas por buscar una vida mejor. No lo veo normal, sinceramente. Porque también tienen derecho a estar aquí en España”. “La verdad es que siempre nos critican a los jóvenes, pero los adultos son más racistas. Nosotros crecemos en clase con gitanos, con rumanos, con marroquíes... Y aceptamos sin problema lo que no han aceptado ellos”, reivindica Laura.
También todos tienen claras las cosas que le pedirían al próximo presidente o presidenta de la Junta de Andalucía. “Hay una diferencia abismal entre la educación pública y la privada. Tengo un amigo en un centro privado y tienen iPad y ordenadores para todos. Yo le pediría que se compense un poquillo más”, dice Sergio. “Salga el partido que salga, yo le pediría ayuda con la vivienda, porque bastante complicado lo tenemos los jóvenes como para tener que independizarnos a los 50”, se queja Laura, a la que apoya plenamente María. “No es normal que tengas que ir a otra ciudad porque en la tuya no hay lo que quieras estudiar y que no puedas pagarte la vivienda”.
La discusión sube de voltaje cuando se piden opiniones sobre políticas de igualdad entre hombres y mujeres. Habla Laura, de 18 años, y le contesta Javi, de 17.
— Aquí tengo sentimientos encontrados porque no creo que estén del todo bien las leyes que hay. No estamos pidiendo tener más oportunidades que los hombres. El feminismo pide igualdad, no ser más que nadie. Y también hay denuncias falsas que hay que investigar mucho mejor, porque no me parece bien que si yo digo que un compañero me ha pegado, ya pueda tener problemas sin haber sido investigado.
— Va a la cárcel, de hecho.
— A ver, tampoco te pases. Pasa la noche en el calabozo. Aunque también entiendo que dicen que es mejor intentar evitarlo, aunque sea mentira, a que sea verdad y no se frene y sufran las consecuencias las mujeres.
— Yo conozco un caso de denuncia falsa y eso funciona como el culo — apostilla él.
Todas las chicas preguntadas son capaces de identificar situaciones en las que chicos de su entorno han tenido con ellas comportamientos machistas. “A mí sí me ha pasado muchas veces de ir con mi camiseta un poco más abierta y que me digan cosas por la calle o que se pongan a mirarme. Y es incómodo. Luego siempre dicen que la culpa es nuestra por la ropa que llevamos”, cuenta María.
“¿Qué pasa, que tú no puedes ir por la calle vestida como te dé la gana? ¿Que te tienen que insultar o aprovecharse de ti por eso? Pues no lo entiendo. Es que no hace falta que sea de noche ni nada. A mí a las cuatro de la tarde me han gritado: ¡Guapa, ven pa' acá! Son comentarios que están totalmente fuera de lugar”, explica Daniela.
Los testimonios de ellas son inagotables. “Cuando salgo con mis amigas siempre hay un tonto que pasa pitando con el coche. Y me da una rabia que no puedo, porque no tiene que venir ningún tonto a decir nada de eso”, cuenta Esther, 16 años. “A mí me ha pasado también, recogiéndome por la noche, que un grupo de chavales se acerque y empiece a decirme cosas. Y no es agradable, porque a mi me dan miedo esas situaciones. Por eso siempre intento que me acompañen o volver rápido a casa para que no me pasen esas cosas”, explica Irys, 16 años.
Preguntado por las palabras de sus compañeras, Kevin también pone el foco en el mismo tema que el otro chico del grupo, su compañero Javi. “Esto se gestiona mal por el tema de las denuncias falsas”, aunque admite que no sabría decir si son muchas o pocas. “La verdad es que no sé los datos, pero sí creo que hay muchas denuncias falsas. Aunque el otro día Javier, el profesor de Patrimonio Cultural y Artístico, nos estuvo explicando los datos de violencia machista y al final me hizo pensar. Es verdad que somos un país con muchos casos de violencia machista, pero si lo gestionáramos mejor a lo mejor podrían cambiar las cosas”.
La última pregunta les descuadra casi tanto como un examen de Filosofía. “¿Creéis que la política sirve para cambiar las cosas que decís que no van bien?”. Todos niegan con la cabeza, solo Laura contesta que sí. “Quiero pensar que sí. Pero es como el que cree en dios, porque en algo hay que creer. Pero vamos a pensar que todavía hay gente que sí que quiere cambiar las cosas y que nos vaya bien”. Entre las lecciones aprendidas en el instituto, Eva recuerda que les han enseñado que también son ellos y ellas quienes tienen algo que decir. “Hasta los profesores nos dicen que aprenden con nosotros, así que lo que tienen que hacer es escucharnos más y darnos más voz”.
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