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Sobre este blog

ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/

Cuando París miró hacia abajo y descubrió el cielo

Javier Navarro

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Sobre este blog

ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/

En algún momento de 1930, un joven americano llamado John Cage se detiene en una esquina de Sevilla y vive una revelación. Años después, lo cuenta en su autobiografía: «Me di cuenta de la multiplicidad de acontecimientos simultáneos, visuales y auditivos, que se dan juntos en una experiencia y producen goce. Para mí fue el principio del teatro y del circo». Cage regresa a Los Ángeles transformado. Lo que ve en aquella esquina acaba germinando en el movimiento Fluxus y en décadas de experimentación que revolucionan los límites del arte.

Cage no es el único. Andalucía ejerce durante buena parte del siglo XX una atracción sobre artistas e intelectuales que aspiran a alcanzar un cierto espíritu meridional. Aunque a veces se confunda con folclorismo o turismo romántico, es más bien la intuición de que aquí la vida está organizada de una manera distinta. El tiempo, el cuerpo, la voz y el movimiento adquieren en esta esquina de Europa otras formas, que no son adornos de la existencia sino reflejos de su sistema neurológico. Una genética cultural que, como un río, bebe de afluentes mestizos, de precariedades, de goces y de luces talladas en las sombras. Una psicogeografía en la que latitud, ciudad y cuerpo humano son extensiones las unas de las otras, fundidas en un estado de ánimo compartido.

Esa intuición, que Cage vive como epifanía personal, se convierte pocas décadas después en programa político y artístico en manos de uno de los movimientos más radicales del siglo XX: la Internacional Situacionista.