La historia científica de los fármacos que están cambiando el tratamiento de la obesidad
Sobre este blog
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cuenta con 24 institutos o centros de investigación -propios o mixtos con otras instituciones- tres centros nacionales adscritos al organismo (IEO, INIA e IGME) y un centro de divulgación, el Museo Casa de la Ciencia de Sevilla. En este espacio divulgativo, las opiniones de los/as autores/as son de exclusiva responsabilidad suya.
Hace apenas unos años, muy pocas personas habían oído hablar de Ozempic. Hoy, sin embargo, este nombre forma parte del vocabulario cotidiano y aparece con frecuencia en los medios de comunicación y las redes sociales. Ozempic no es el nombre de un principio activo, sino una marca comercial que ha acabado utilizándose —de forma casi genérica— para referirse a toda una familia de fármacos conocidos como agonistas del receptor de GLP-1. Se denomina agonista a una molécula que activa un receptor e imita, total o parcialmente, la acción de una sustancia natural del organismo. El impacto de estos medicamentos llevó a la revista Science a elegirlos como el avance científico más importante de 2023. Sin embargo, su historia no comenzó con la búsqueda de un tratamiento para la obesidad o la diabetes. Su origen se remonta a una pregunta mucho más básica: ¿cómo sabe el páncreas —el órgano productor de insulina— que acabamos de comer?
Actualmente sabemos que, después de una comida, el intestino libera varias hormonas capaces de estimular la secreción de insulina. Sin embargo, durante buena parte del siglo XX nadie sospechaba que existiera esa comunicación entre el intestino y el páncreas. De hecho, el intestino se consideraba poco más que un órgano encargado de digerir y absorber nutrientes. Este concepto cambió radicalmente en 1964. Se descubrió entonces que, cuando una persona ingería glucosa por vía oral, el páncreas liberaba mucha más insulina que si la misma cantidad se administraba por vía intravenosa. Esta diferencia indicaba que, al pasar por el intestino, la glucosa desencadenaba una señal adicional que estimulaba al páncreas. Este fenómeno recibió el nombre de efecto incretina.
El término había sido acuñado más de treinta años antes por el fisiólogo belga Jean La Barre (1896–1978) para referirse a unas hipotéticas hormonas intestinales capaces de estimular la secreción de insulina, aunque nadie había conseguido demostrar todavía que realmente existieran. El hallazgo de 1964 proporcionó la primera prueba de que aquellas hormonas debían existir y de que el intestino enviaba señales capaces de preparar al páncreas para la llegada de los nutrientes. En 1971, el investigador canadiense John C. Brown (1938–2016) identificó el primer candidato: la hormona peptídica GIP, denominada entonces péptido gástrico inhibidor. Ahora bien, cuando se probó en personas con diabetes tipo 2, los resultados fueron decepcionantes. El GIP no era capaz de estimular la secreción de insulina en esas condiciones y, por tanto, su posible utilidad como tratamiento quedó prácticamente descartada.
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