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Miguel Clavero

A Miguel Clavero desde la tierna y tersa infancia le encantó buscar bichos en arroyos y charcos. En la mas acartonada y arrugada actualidad tiene la suerte de poder dedicarse a eso (mas o menos) como investigador en la Estación Biológica de Doñana, del CSIC. Entre sus líneas de trabajo destaca el estudio de las invasiones biológicas y sus impactos y la descripción de la biodiversidad desde una perspectiva histórica. Ha podido combinar todos esos elementos (agua, invasiones, historia) en diferentes trabajos científicos sobre peces y cangrejos de río.

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Tencas, espinacas y el mal citar

Todo el mundo sabe, con la certeza con la que se saben las cosas de toda la vida, que las espinacas tienen mucho hierro. El caso es que no lo tienen, al menos no más que otras verduras de hoja, como las lechugas. Pero es que, además, si se quiere asimilar ese hierro, mejor comer lechugas que espinacas, porque éstas contienen también compuestos que inhiben la absorción del hierro.

El origen de las creencias sobre la bondad de las espinacas como fuente de hierro es confuso, habiéndose hablado de trabajos que confundieron una posición decimal (multiplicando el contenido por diez) y de posibles errores de medida asociados a la contaminación por los materiales metálicos usados en el laboratorio. A pesar de que el verdadero contenido en hierro de las espinacas se conoce desde al menos finales del siglo XIX, la idea de que comer espinacas nos mantendrá fuertes y lejos de anemias sobrevivió durante mucho tiempo en la literatura técnica y se asentó en la cultura popular. Hay quien le echa la culpa a Popeye, pero se ve que Popeye nunca dijo que hubiese que comer espinacas aportase hierro… él lo hacía por la vitamina A.

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