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Violencia callejera y madurez democrática

Protestas en los alrededores de la Delegación del Gobierno en Catalunya.

Tal vez sea cuestión de madurez democrática pero este miércoles no fue el monarca, sino el presidente del Gobierno en funciones quien ocupó la pantalla de los españoles para transmitir la respuesta de Estado ante la situación crítica que el Estado está viviendo. La empresa no era fácil; el momento, funesto. Caminaba Pedro Sánchez sobre una cuerda fina. En campaña electoral, complicado que cualquier gesto por su parte no se interpretase como un intento de sacar rendimiento electoral, gesto que, probablemente, hubiera sido mal recibido por el conjunto de la ciudadanía por madurez democrática.

Y es que es cuanto menos moralmente cuestionable tratar de sacar réditos electorales, como algunos harán sin duda en los días y semanas venideros, del miedo, la frustración, el hartazgo y la desesperanza de millones de españoles y catalanes ante la situación actual y el cariz violento que está tomando. El momento reclama altura de miras, una visión de Estado, madurez democrática, que permita, al menos, trazar líneas rojas. Sánchez trató de estar a la altura condenando la violencia y conminando a todos los poderes con legitimidad democrática, empezando por el propio Torra, a que hiciera lo mismo. Trató de estar a la altura informando de que antes de dirigirse a la ciudadanía se había reunido con el resto de fuerzas políticas para pedir esa respuesta unitaria de condena. El tiempo dirá cómo juzgan su intento.

La situación sí requería, a mi entender, que quien tiene aún encomendada la tarea del Gobierno de la nación no quedara impasible ante los acontecimientos y la irrupción, por tercer día consecutivo y sin visos de parar ("hemos comenzado un camino de no retorno") de la violencia callejera. Lo necesitaban quienes querían expresar un deseo de manifestarse pacíficamente para manifestar su indignación ante la sentencia del Supremo, y viven con horror cómo grupos de radicales se apropian y resignifican su gesto. A ellos se dirigió Sánchez para recordarles que están en su derecho cuando ejercen el derecho de manifestación, que la Constitución les reconoce y que compete a las fuerzas del orden amparar.

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Queipo y los sentimientos religiosos

Tumba del general fascista Gonzalo Queipo de Llano, en la basílica de la Macarena (Sevilla).

Por la casa de la playa de mi familia andaba rodando, amarillenta y desportillada, la primera edición de El último virrey (1978, Argos Vergara). Una tarde de verano de hace unos cuantos años, agotadas todas las lecturas que me había llevado, y sin nada más a mano, la ojeé con desgana y me quedé prendida. Escrito con maestría por el periodista y literato Manuel Barrios antes de que se completara la Transición, el libro delinea la personalidad levantisca y sanguinaria del general Queipo de Llano. E incluye también un muestrario de sus famosas "charlas" radiofónicas en las que, además de propagar el terror, asume abiertamente, y con grotesca altanería, las "más negras responsabilidades" de un criminal de guerra. Asombrosamente, casi 59 años después de muerto, su tumba glorificada destaca en la sevillana basílica de la Macarena, un lugar sacro y de hondo sentimiento religioso.

Me ha venido este recuerdo al hilo de la nueva polémica (otra más) que arde en los hornos de la indignación ultracofrade: el anuncio del Festival de Cine de Sevilla, un ingenioso vídeo que juega con la afición semanasantera de esta ciudad, a la vez que hace gala de un miramiento exquisito para evitar cualquier leve roce con su iconografía. Parece que no ha sido suficiente. Siempre prestos a soliviantarse por cualquier nimiedad, los que blanden el sentimiento religioso cual cachiporra con la que atizar a todo lo que les disgusta -que suele ser lo diferente- se han apresurado a desplegar sobre el spot una amplia galería de mohines, desde pucheros lastimosos hasta acalorados aspavientos. Eso sí, sin alcanzar la intensidad de la revuelta (perfectamente ordenada, faltaría más) para conseguir que el Ministerio de Cultura retirase de la web del Instituto de Patrimonio fotografías de la restauración de imágenes.

La mencionada campaña -ciertamente chocante, pues las imágenes habían sido difundidas con anterioridad por aquellos que más escandalizados se mostraron-  cobró aires de cruzada con ese estilo narrativo tan caro a los excesos de ciertas plumas, que gustan de salpimentar sus textos de palabras como ultraje, ignominia, felonía o humillación. Ni que decir tiene que los responsables de Cultura acabaron pidiendo disculpas. Es tradición muy arraigada en Sevilla organizar desagravios y llegar al paroxismo con toda clase de alharacas. Aún recuerdo la imagen impactante que se montó contra una obra de Els Comediants, considerada afrentosa, a principios de los años ochenta: el capellán real al frente -megáfono en mano- recitando letanías y cantando salves coreadas por el gentío. Parecía un fotograma extraído de cualquier película cumbre del nacionalcatolicismo.

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La independencia de la Argónida

Moreno, Marín y Crespo

Vista a vuelapluma y leídos los análisis sobre la sentencia del procés, la independencia de Cataluña era un señuelo y los soberanistas condenados van a pasar largos años en la trena por publicidad engañosa. Que sería como condenar por homicidio a alguien que le espetase a otro: "Te voy a matar, que lo sepas, Borjamari" en mitad de una botellona.

En el sur, el señuelo se llama Doñana y su independencia vuelve a estar en entredicho por un viejo proyecto de carretera que la Junta de Andalucía sigue sin descartar. En el mismo acto en el que el presidente andaluz Juan Manuel Moreno Bonilla proclamó tácitamente que era más verde que Greta Thunberg, recalcó que, hoy por hoy, su principal apuesta es la unión por ferry entre las provincias de Cádiz y Huelva.

Hasta ahora, que se sepa, esa era la propuesta del PSOE, basándose en una antigua iniciativa de Doñana 21. Sin embargo, faltan todavía unos meses para que se sustancie el llamado proyecto Espomar, que pretende unir el sur de España y Portugal por vía marítima. Se trata de una investigación alentada por las universidades de Cádiz, Huelva y el Algarve portugués de común acuerdo con la Agencia Pública de Puertos de Andalucía y cuyo estudio de viabilidad se viene realizando desde hace varios años, pero tiene fecha de caducidad dado que se encuentra relacionado con el programa europeo Interreg (Popctep 2014-2020). Las citadas universidades plantearon una encuesta en internet para averiguar el target de los futuros usuarios y si los costes y duración de dicho servicio marítimo satisfarían a los futuros clientes.

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Un Mar Menor en Andalucía

Miles de peces aparecen muertos en la orilla de una playa de San Pedro del Pinatar (Murcia)

Los tres males que aquí al lado, en la Región de Murcia, han acabado con la vida del Mar Menor, los padecemos en Andalucía: urbanismo depredador, agricultura intensiva a base e fertilizantes pestíferos e inacción institucional. El ejemplo más claro lo tenemos en la ría de Huelva. Los vertidos de millones de metros cúbicos de fosfoyesos procedentes de la actividad que durante cuatro décadas desarrolló la empresa Fertiberia han sido catalogados por el Parlamento Europeo como el caso más grave de contaminación industrial del continente. La permisividad de los distintos gobiernos con los vertidos, que no cesan, explican buena parte de este desastre.

En cuanto al urbanismo depredador, del que en la Costa del Sol sabemos mucho, cabe destacar el de la propia capital. En Málaga, el gobierno del PP ha dado luz verde, a falta de una serie de trámites dependientes del ejecutivo central, a la construcción de un hotel-rascacielos de fondo catarí en un dársena del puerto, lo que supondría otro golpe irreversible a la muy castigada bahía.

Construir un rascacielos de 150 metros supone el uso de ingentes cantidades de recursos y materias primas no renovables, la continua incineración de plásticos y neumáticos para la fabricación de cemento, además de la extracción de áridos y otros materiales en canteras. Tengamos en cuenta que la construcción es la responsable del 35% de las emisiones de efecto invernadero.

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Cobrar los museos y perdonar a los ricos sus impuestos

La consejera de Cultura y Patrimonio de Andalucía, Patricia del Pozo (PP).

Las políticas son fruto de las ideologías y afectan la vida de la gente. Así la Junta andaluza de la triple alianza Pp-Cs-Vox, que se presenta como avanzadilla y faro del posible Gobierno de Pablo Casado, apoyado por Rivera y Abascal, anuncia que se cobrará entrar en los museos,  una media de tres euros. Y el disfraz de gestores económicos sensatos no tapa el elitismo clasista de tal medida. Una decisión que aleja la cultura de las capas de población ya más distanciadas.  

La consejera andaluza de Cultura y Patrimonio Histórico de Andalucía, Patricia del Pozo (PP), lanza el globo sonda de cobrar, minimiza la cantidad –como cuando Lola Flores decía que cada español pagara una peseta para saldar su deuda con Hacienda-, plantea que habrá ciertas horas y días de gratuidad y que lo ingresado irá a mantenimiento. Para, a la mañana siguiente, poner sobre la mesa que si "sólo el 50% de los 4,4 millones de personas" que han visitado museos pagan, recaudarán siete millones de euros.

"Es que mantener la grandiosidad, ¡bendita grandiosidad!, de patrimonio requieren no uno, sino tres presupuestos autonómicos", exclama en la SER (02.47) con vehemencia tan jacarandosa que lleva a dudar.

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Fuentes conocedoras y otros hábitos

Lo tiene fácil Manuel Marchena. El magistrado del Tribunal Supremo se ha mostrado molesto o disgustado porque se diga que la sentencia del procés, una de las más importantes de la historia española reciente, se haya filtrado. Será una de las diversiones de la semana, saber si los filtradores lo eran o sólo tentadores, es decir, que lo que dicen los periodistas inspirados en fuentes conocedoras -fuentes desconocedoras no hay-, más que una filtración sea una tienta, a ver si somos bravos, algo propio de un país tan taurino. Igual tan solo han sido tontos útiles.

Lo tiene fácil Marchena, porque si la sentencia se terminó el miércoles y desde entonces ha pasado lo que ha pasado, no necesita Marchena mucho sumario ni su secreto. Todo está acotadito para su señoría y para el CGPJ. Él sabrá pero por mucho que caiga bien, su magisterio va a seguir asociado a una de las mayores mamarrachadas judiciales que se han producido en Europa en los últimos decenios.

Por si faltaba más coreografía para el esperpento, estamos cogidos en medio de una pelea de periodistas sobre quién de ellos fue el primero en ser el sujeto pasivo, preferente, de la presunta filtración, el amigo, estimado, periodista, perdón, el que mejor tentó, se acercó, averiguó, por sus conocimientos jurídicos, lo que iba a pasar, en la línea con el pensamiento de siete magistrados supremos que ya lucen canas o calva, que viene a ser lo mismo.

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La política hincha

Acto que se celebró el martes en Sevilla para despedir a Pipo Pichi tras 30 años en el Parlamento

He leído que hincha es un término acuñado en Uruguay, cuyo origen se debe a uno de los encargados de inflar los balones de un equipo de Montevideo -a los que se les solía llamar "hinchas"-. Este hombre, devoto incondicional e irracional, se hizo famoso por sus fuertes bramidos y su forma exaltada de animar a los jugadores. Vivimos tiempos de política hincha. Del cruce energúmeno de vena inflamada en lugar de argumentos. Tiempos en los que quien piensa distinto no es el adversario sino el enemigo agrio y del todo aborrecible. Lo que priman son las arengas estrepitosas para calentar a las gradas ciegas, como caballos con anteojeras a los que se les aprieta la barriga. El método es dividir de manera irreconciliable y plantear dicotomías artificiales del conmigo o contra mí. En definitiva: vivimos tiempos en los que la política para ganar espacio en lugar de convencer busca el odio rentable.

Está muy calculado. Los estrategas de comunicación de los partidos han estudiado aviesamente cómo llamar la atención y amplificar el eco de sus mensajes alentando la indignación, igual que una piedra arrojada a un estanque: del golpe brotan círculos concéntricos que se multiplican y estiran. Sobre el tema que sea, no importa, lo primordial es el ruido. El gurú de estas tácticas es Steve Bannon, el director de la campaña de Trump y figura relevante del Tea Party, pero su escuela (y estela) van más allá de los aplicados alumnos de Vox, y crecen en todos los ámbitos políticos. Ahí tenemos a Marcos de Quinto, de Ciudadanos, con su infamante tuit sobre el Open Arms [llamó a los exhaustos migrantes a la deriva "pasajeros bien comidos"], o al más reciente de su colega el siempre incendiario Girauta, quien ha escupido una caterva de insultos sobre el PSC con la agresividad de un macarra.

Que tales prácticas salvajes estén profesionalizadas, según explican los politólogos expertos, e incluso confeccionadas con frialdad científica para insertar en discursos y debates con vocación de peloteras colosales, no atenúa su condena: cuando los políticos usan ese lenguaje y hablan en esos términos de sus opositores generan violencia. Así de claro. Hacen el papel de las peores hinchadas que calientan el ambiente para que luego las muchedumbres descontroladas salgan del estadio en estampida y se muelan a palos. Parece que se hayan propuesto armar una sociedad donde todos los ciudadanos seamos incompatibles, en la que cualquier cosa esté siempre enfrentada a otra sin remedio. Como si no hubiera más dialéctica posible que la exclusivamente binaria.

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La muerte de Lou Grant

Muere el periodista Pepe Oneto, cronista referente de la Transición

Cuando le conté a la simpar Maruja Torres que me  hice periodista por la serie Lou Grant, me miró de arriba abajo con perplejidad y preguntó ojiplática: pero, niño, ¿tú que edad tienes? Ella era más de Humprey Bogart en Mientras la ciudad duerme, pero ambos estereotipos televisivos y cinematográficos nos reconciliaban con lo que creíamos que debía ser este oficio, canalla y sin bridas: en el serial protagonizado por Edward Asner aparecía una señora Pynchon, propietaria de “Los Angeles Tribune”, que emulaba a la señora Graham que convirtió al periódico local The Washington Post en un influyente rotativo estatal. Y esta última no lo logró tanto por salir a bolsa e incrementar su cuenta de resultados sino porque nunca dejó el bosque comercial tapara los árboles de la prensa. Así nos lo relata Steven Spielberg, con Meryl Streep y Tom Hanks en un largo sobre lo ocurrido poco antes de que Robert Redford y Dustin Hoffman tumbaran a Richard Nixon por el escándalo Watergate, desde esas mismas planchas. Antes, en una especie de wikileaks analógico, se difundieron los papeles del Pentágono, el célebre informe MacNamara que muchos terminamos comprando de saldo en Galerías Preciados y que contenía el mayor alegato contra la política estadounidense en Indochina desde los tiempos de Eisenhower.

Aquí, al otro lado del mundo, bajo la libertad de prensa de Manuel Fraga, que era un hermoso nombre de llamar a la censura, también teníamos nuestros propios héroes de las linotipias, desde Manu Leguineche, que nos contó Vietnam en su hermoso román paladino, a Manuel Vázquez Montalbán que al fin de su carrera terminó entrevistando a un fantasma sin rostro, el señor de los espejos llamado Subcomandante Marcos.

Quienes alimentamos la vocación del periodismo durante el tardofranquismo, nos nutrimos de algunos de esos héroes particulares de los medios patrios, los que nos enseñaron a leer entre líneas y a informar entre resquicios, cuando los periódicos eran dinamitados o los compañeros dormían en Carabanchel. En aquel pulso formidable, buscábamos nuestros propios símbolos antes de que apareciera en los quioscos el canon de “El País”; desde el controvertido diario “Pueblo”, que fabricaba reporteros a corto plazo y académicos a la larga, al “Informaciones”, “La Vanguardia” –que venía a ser nuestra particular BBC en papel- o aquellos imbatibles semanarios como “Triunfo”, “Cuadernos para el diálogo” o “Cambio16”, cuyo legendario director José Oneto acaba de fallecer por una incomprensible septicemia.

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Insumisas al machismo neofranquista

Un hombre hace el saludo fascista en la tumba de Franco en el Valle de los Caídos el 4 de octubre.

El franquismo es un muerto muy vivo. Franco está muerto y enterrado desde el 75, pero el franquismo siguió latente y ahora emerge. Lo vemos en la calumnia de Ortega Smith (Vox) contra Las Trece Rosas a las que acusa de "torturar, matar y violar", algo que no se atrevió a inventar ni el tribunal franquista que las fusiló por "adhesión a la rebelión". Es decir, por resistirse a la dictadura y defender la democrática II República. También se ve en la presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (PP) y su "¿Arderán las parroquias como en el 36?"

La Asociación Trece Rosas de Asturias anuncia posible denuncia a Ortega Smith mientras en Sevilla queda visto para sentencia el juicio al Coño Insumiso. Una performance reivindicativa de 2014 en la que se sacó en procesión una vagina de látex, lo que denunció la Asociación de Abogados Cristianos alegando ofensa a sus sentimientos religiosos. No por casualidad la procesión transcurrió frente a la Basílica de la Macarena donde lleva setenta años enterrado con honores uno de los mayores criminales de nuestra guerra civil, es decir, de la historia de España: Gonzalo Queipo de Llano.

Queipo, eclipsado por el dictador del que fue en Andalucía brazo ejecutor, estaba a su par en sadismo. Asociaciones memorialistas, con apoyo de Adelante Andalucía, demandarán a la Junta por incumplir la Ley de Memoria Histórica andaluza (2017) pues el Art. 32 consigna que:

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Los Trumpson... o el populismo del rubio-platino

Johnson

Pensándolo bien, Donald Trump, Boris Johnson y Homer Simpson, el personaje principal de la simpática serie televisiva americana, comparten lo que inspira la cabellera de los dos primeros: esa combinación de esperpento y surrealismo y la tensión permanente entre la ficción y la realidad. Aquí acaba el símil. Pues si Homer no deja de ser un cómico padre de familia en el mundo de la ficción cuyas ideas peregrinas son siempre mitigadas por su sensata esposa, Marge, símbolo de cordura donde los haya, los dos gobernantes lideran en la realidad dos de las potencias mundiales sin que ni las mujeres que los rodean ni las instituciones democráticas que debieran constreñir sus acciones hayan demostrado hasta el momento la capacidad de poner freno definitivo a sus despropósitos.

En realidad, ambos dirigentes, lejos de optar por relacionarse con las mujeres desde el respeto que se otorga a quien se sabe complemento indispensable de las carencias propias, despliegan sin pudor su misoginia de macho alfa y se ven con frecuencia involucrados en escándalos de acoso y abuso, lo cual pareciera indicar que, a pesar de sus constantes referencias al pueblo como fuente directa de la legitimidad de sus actos, están lejos de considerar a las mujeres, más de la mitad de ese pueblo, ciudadanas de pleno derecho.

Lo que no quiere decir que al final del camino no se topen con alguna que otra mujer que efectivamente sepa frenarlos. Es tal vez el caso de Nancy Pelosi, Presidenta de la Cámara de Representantes en EEUU, que ha iniciado el procedimiento de destitución ("impeachment") del presidente Trump por uso desviado del poder en sus relaciones con el Presidente de Ucrania para conseguir, a cambio de ayuda militar, trapos sucios con los que derrotar a su contendiente político: Joe Biden. Y también el de Baroness Brenda Hale, presidenta de la Corte Suprema del Reino Unido que declaró inválida la interrupción de las sesión parlamentaria decidida por la Reina de Inglaterra indebidamente aconsejada por un Primer Ministro que buscaba sólo saltarse las reglas del control parlamentario justo en el momento en el que la falta de acuerdo sobe el Brexit y sus términos lo hace más necesario.

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