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María Iglesias

María Iglesias (Sevilla, 1976) es periodista y escritora. XXV Premio de la Comunicación de la Asociación de la Prensa de Sevilla (2016). Guionista de Contramarea, documental sobre los refugiados en el Egeo, y autora de la novela Lazos de humo. Tras ejercer en la Agencia EFE y Diario de Sevilla, trabajó en Noche sin Tregua, late-nigth presentado por Dani Mateo en Paramount Comedy Channel y fue redactora y presentadora de El Público Lee, programa sobre literatura de Canal Sur2 TV, conducido por Jesús Vigorra. Desde 2006 es Diplomada en Estudios Avanzados (DEA) en Literatura y Comunicación. La puedes seguir en www.periodista-freelance.com

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Dimisión, por inepto, del secretario de Estado de Seguridad, José Antonio Nieto

Cuando en marzo de 2016, volví de cubrir en la isla griega de Lesbos la llamada " crisis de los refugiados", la realidad en España me dio una bofetada. Los informativos abrían con manifestaciones pro y anti taurinas en Valencia. Unas 12.000 personas se manifestaban por un tema tan esencial y urgente mientras al extremo opuesto del Mediterráneo, total, sólo se ahogaban seres humanos, los supervivientes quedaron atrapados por el cierre de fronteras y amenazados con la deportación por el pacto UE-Turquía y tres rescatadores, conciudadanos nuestros, Manuel Blanco, Julio Latorre y Enrique Rodríguez, más dos daneses eran acusados de intentar traficar con personas.

Ahora acabo de aterrizar del juicio, en Mitilene, a los bomberos de ProemAid y voluntarios de Team Humanity, felizmente absueltos. También de entrar en los campamentos aún más atestados que hace dos años. Sea por casualidad o porque el proceso legal a los sevillanos haya devuelto el drama migratorio al foco mediático, en prensa, radio y televisión se abre paso, algo, el neo-holocausto del Mediterráneo (entre el Día de la Marmota del procés y la locura de Trump dispuesto, como Nerón incendió Roma, a quemar el planeta).

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Los escombros tapan el bosque en llamas

Recuerdo esa Feria de 1998 en que la becaria de EFE que yo era flipaba con que los cargos de la Junta de Chaves siguieran en el festejo como si el vertido de la balsa minera de Aznalcóllar que amenazaba Doñana no importara. Veinte años después, me pasma más aún que, frente a un derrumbe de mayor peligro, del que somos igualmente conscientes, no se acabe de atisbar una reacción sociopolítica eficaz.

¿En serio que Cifuentes no se va? ¿El PP la va a seguir apoyando con el mismo descaro con el que pasa de puntillas sobre las anotaciones "M. Rajoy" o "María Dolores" de los papeles de Bárcenas? ¿El PSOE continuará negando lo impresentable de los ERE y de que Chaves y Griñán se defiendan alegando ignorancia? ¿PP y PSOE, pilares del bipartidismo en los 40 años de democracia, no se plantean reforma urgente que garantice la independencia del poder judicial para contrarrestar la falta de credibilidad que está en la base de la insumisión del independentismo catalán?

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La Gavidia: se vende centro de tortura como hotel

Estoy abrumada por la desvergüenza de que la Presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes, no dimita tras obtener el máster de la Rey Juan Carlos que no hizo (ni clases, ni exámenes, ni TFM). Contengo el aliento a la espera de que se vaya. O la echen. Me cuesta creer, aún viéndolo en la convención del PP en Sevilla, que les da igual cargarse las instituciones -el Gobierno de Madrid, una Universidad pública-, con tal de enrocarse. Saben que ha sido un fraude y que lo sabemos gracias al trabajo periodístico. Y en vez de rectificar, se querellan contra Ignacio Escolar y Raquel P. Ejerique. Quieren hacernos comulgar con ruedas de molino con un fin clarísimo: que aceptemos el abuso de poder, que dejemos que pudran más nuestra democracia. Son un caballo de Troya contra el Estado de Derecho, hundiéndolo desde dentro. Y se está viendo el apoyo de Ciudadanos.

Eclipsado por este enorme desafío democrático, por las gravísimas encarcelaciones preventivas de líderes del independentismo catalán todavía más en cuestión tras la negativa del juez alemán a extraditar a Puigdemont, incluso por el culebrón de baja estofa de la pelea de reinas y la aún más bochornosa –por falsa y cínica- reconciliación, con la servil Letizia abriendo el coche a su suegra (¿por quiénes nos toman?) hay un terrible ataque al patrimonio democrático sevillano, andaluz y, por tanto, español que no puede pasar inadvertido. Ni podemos consentirlo: quieren borrar la memoria del gran centro de torturas del franquismo que fue la Comisaría de la Gavidia.

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El pacto

La actualidad abriéndose paso a flashes en días de procesión ha sido una continua agresión. Tiendes a cerrar los ojos. Por instinto de protección. Se siente uno atacado. Yo, como tantos que ni somos catalanes ni nacionalistas, me siento dañada por los encarcelamientos de políticos nacionalistas catalanes, por la detención vía euroorden de Puigdemont con que empezó la semana, generando reacciones en las calles barcelonesas, en las carreteras, asomos de violencia cuyas imágenes me dejaron pegada a la pantalla, de noche, el domingo de Ramos. No me oculto que a otra gran parte de españoles les violenta la vía unilateral a la que ha acabado recurriendo el nacionalismo catalán. Compartimos el vértigo de la inestabilidad. Y la impotencia. Pareciera que nada puede hacerse. Hay un temblor soterrado bastante general.

"¿Qué hacer llegados a este punto?", "¿Cómo la máquina judicial no va a perseguir el incumplimiento de la ley?", oigo preguntar. Obviando cómo llegamos aquí. Ya decir "cómo llegamos aquí" es señalado como demasiado utópico, ambicioso. Pero la democracia española dura 40 años sólo. Los hemos vivido. Y la degradación del Estado de las autonomías que nos ha traído a este callejón sin aparente buena salida arranca en 2006. Recordamos cuando PSOE y PP apuntalaban sus gobiernos con el nacionalismo soft de Convergencia y Unió. Admirábamos el seny catalán, su sentido de Estado, aquel Jordi Pujol clave -"tranquilo, Jordi", le decía al teléfono el 23F Juan Carlos-, el oasis del corner derecho, en verdad europeo y avanzado, civilizado. Donde el príncipe era aplaudido por un estadio por agitar la bandera de España; donde se casaba y mudaba la infanta universitaria.

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Van a por los valientes

El sábado, cuando la cuando manifestación por las pensiones llegó a la madrileña Plaza de Antón Martín, me estremecí ante el monumento a las víctimas de Atocha. Esos nueve tiroteados el 24 de Enero del 77, por ultraderechistas, en el despacho laboralistas de CCOO, cinco de los cuales fueron asesinados. Al entierro acudieron a homenajearlos 100.000 personas. Fue una reacción de humanidad y dignidad que marcó, por la actitud pacífica pero enérgica, la llegada a la España post franquista de la democracia. Vi los cuerpos enlazados en la escultura circular, inspirada en el cuadro El abrazo de Genovés y me recorrió un escalofrío porque la cosa va así: 

Marielle Franco, activista brasileña pro derechos humanos y concejal en Río, 38 años, asesinada a disparos (con su chofer Anderson Pedro Gomes), este 15 de marzo, con balas de la Policía

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El escenario, altar de mujeres sin hogar

Todo camerino es un bullir de nervios minutos antes del estreno. Más en una obra que las actrices han escrito a partir de vivencias como la violencia machista y el sinhogarismo. Una realidad que la trabajadora social y actriz Carmen Tamayo vio en 2013 que no se abordaba desde una perspectiva de género. “Lo cual es grave. Pues, si bien las mujeres son alrededor de un 15% de los sinhogar, sólo en Andalucía son 1.800 y su situación es de mayor vulnerabilidad”.

“Qué orgullo de maestra”, dice por teléfono a su hija, Charo Jurado, “sin ella, esto no sería” y cuelga a tiempo de oír a Tamayo avisando: “vamos a aprender a proyectar la voz y así no dependeremos de estos cacharros”, les ajusta los micro del pómulo a la boca. “Me quedan... mis sueños”, repite Pilar Fernández ante el espejo ribeteado de bombillas del camerino de maquillaje.

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El sufrimiento de un niño

En una semana de actualidad siempre convulsa -los ultras ascendiendo en Italia como lo vienen haciendo en Francia, Alemania, Holanda...-, pero marcada por la esperanzadora huelga feminista del jueves 8M -las comunicadoras aportando nuestro granito en #LasPeriodistasParamos-, el latido está pendiente del niño de 8 años, Gabriel Cruz. De que no sufra, no le hagan daño, sea liberado. 

Teme una evocar otras desapariciones de trágico desenlace reciente porque desea el final más feliz, el reencuentro del chiquillo y sus padres. Pero llamo a la prudencia pues, de nuevo, pasamos de criticar el morbo con que se trató la desaparición previa a ventilar detalles de la familia. Dejemos investigar, ayudemos cuanto podamos, contengamos la repulsiva curiosidad, cero espectáculo. 

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"Ahora mis conciertos hacen sudar menos pero emocionan más"

El último hombre en la Tierra, publicado por Coque Malla hace ahora justo dos años fue una apuesta de cambio en una carrera de 30 años. No un cambio radical ya que Malla, desde que dejó el liderazgo de los roqueros  Ronaldos de mediados de los 80 a mediados de los 90 para andar en solitario ha ido evolucionando. De hecho, él marca el paso de La hora de los gigantes (2009) a Termonuclear (2011) como punto de inflexión por la irrupción en su universo creativo de autores como Richard Hawley, Rufus Wainwrigth y sobre todo Neil Hannon, de The Divine Comedy

Pero El último hombre... (2016) fue donde eligió sonar “más sinfónico, si nos atrevemos a llamarlo así”, con cuerdas, vientos y la implicación de su hermano y músico de jazz, Miguel Malla. Una colección de once temas de los que la mitad - La señal, Santo, santo, El último hombre en la Tierra, Me dejó marchar, Lo hago por ti- han sido elevados a clásicos por su público dentro de los homenajeados en el directo Irrepetible con No puedo vivir sin ti, Guárdalo, Berlín o La carta... También Todo el mundo arde, de las composiciones más roqueras, que remite al aldabonazo del Adiós, papá, hoy menos reivindicado, que lanzó a Los Ronaldos y sigue en la memoria de sus coetáneos.  

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8M: Huelga contra el sistema, no cosmética

La desigualdad hombre-mujer es tan clamorosa y ancestral, son tantas y tan básicas las necesidades de equiparación (salario, tiempo, derechos) entre géneros que esperanza cómo toma cuerpo, este 2018, el 8 de marzo con la huelga del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Me aferro al calificativo porque no es un Día de la Mujer en que damos gracias a Dios por habernos creado así como Marta Sánchez se lo da por hacerla española, sino la jornada para reivindicar que, junto a la vida privada, individual y/o familiar, tenemos una dimensión colectiva, social, laboral en la que sufrimos una discriminación con la que hay que acabar.

La desvergüenza de pagarnos menos por el mismo trabajo (en España entre un 14 y 30% de diferencia), el menosprecio del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy diciendo: “No nos metamos en eso”, los escalofriantes datos de maltrato con sus peores consecuencias, violaciones y feminicidios, las campañas actualmente virales en que las víctimas de acosos y abusos, superando pavores, denuncian... nos traen a las vísperas del 8 de marzo más prometedor en décadas.

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El cuento y la jugada

Los pasajeros del ferry Sorolla de Melilla a Almería ven muertos en el mar. La radio informa el domingo en su matinal. La locutora acaba diciendo que Marruecos se encarga. Entonces, tranquilidad. El lunes aún hay prensa que publica que son 16 muertos cuando ya se sabe que son 21 cadáveres de una patera en que venían 47 migrantes. Faltan 26 que no van a buscar. Sabemos las cifras por Helena Maleno, la periodista y activista pro Derechos Humanos de Caminando Fronteras acosada por la justicia del reino teocrático de Marruecos, sin que la protejan las instituciones de la monarquía parlamentaria española.

La tragedia migratoria no es lejana. Nadie podría defender eso cuando tantos muertos flotan, tan de continuo, en nuestras costas; cuando la marea regurgita al congoleño niño Samuel de 6 años en la arena de Barbate. Pero a la mayoría le parece un brumoso mal sueño. Que no se puede evitar. Viene y va, viene y va.

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