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Juan José Téllez

Escritor y periodista. Ha publicado numerosos libros de poemas, relatos y ensayos. Nacido en 1958, ha trabajado en prensa, radio, televisión y periodismo digital. Escribe desde abajo.

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Torquemada según San Juan

Desde que el Tribunal Constitucional, al bendecir la LOMCE, se ha convertido en una franquicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Torquemada es un trendingtopic. La inquisición, en los tiempos que corren, va por dentro y cualquier Gobierno, como el actual, se siente con el derecho de recortar libertades con el mismo denuedo que recorta presupuestos: no olvidemos que las reformas laborales y la proclamación del dogma de la sagrada contención del déficit vinieron acompañadas en 2015 por la Ley de Seguridad Ciudadana –Ley Mordaza para sus enemigos—que consagra los cacheos preventivos, crea una lista negra de infractores, permite que cualquiera pueda pasar seis horas en un calabozo por el simple hecho de no identificarse ante la policía, consagra el valor probatorio de las declaraciones de los agentes de la autoridad, entre otros barruntos totalitarios.

Los apóstoles del Santo Oficio florecen en los tiempos actuales y así no extraña que dos concejales de la localidad granadina de Pinos Puente reclamen que la diputación y los ayuntamientos retiren de su programación la obra "Autorretrato de un joven capitalista español" protagonizada por Alberto San Juan. Y no tanto por el contenido de la función sino, a juicio de los ediles presuntamente liberales, porque el actor, "con sus incendiarias declaraciones contra víctimas del terrorismo, contra el Rey o contra la conferencia Episcopal, ha sido incluso objeto de querellas".

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Educación para la patriotería

Defensa vuelve a  izar la bandera a media asta en nuestros cuarteles por la muerte de Jesucristo. Tan laico como que el Tribunal Constitucional ampare de golpe y porrazo a la educación segregada del Opus Dei o que la educación concertada de este país aconfesional se base en la infraestructura, la propiedad y los claustros de los colegios religiosos.

Cuando despertamos del sueño de la transición el dinosaurio del nacional-catolicismo seguía ahí. Agazapado como un inquisidor en horas bajas pero que no renunciara a su condición de cruzado contra infieles y ateos. Como el polvo que escondemos debajo de la alfombra, como la asignatura pendiente de la que no estamos dispuestos a examinarnos, como el expediente incómodo e irresoluble que encerramos en un cajón cuya llave hemos arrojado al río de la historia.

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Antígona y los lobos

Mientras aullaban los lobos, Patricia Ramírez permanecía en su sitio. En el dolor, en el de la dignidad, con la cabeza alta y el corazón por los suelos. La madre del niño Gabriel acallaba el ruido de los tuiters, silenciaba tertulianos de brocha gorda y a partidos políticos que pretenden decretar en caliente con sangre fría.

Estaba ella por encima del crimen, como un ocho de marzo de luto ante la muerte de su hijo. Mientras los alaridos linchaban la rabia de la noche, ella pedía que escucháramos “Girasoles”, de Rozalén, esa canción que dice que el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos , que le canta a los valientes, a quienes son capaces de sentirse en la piel de los demás, los que no participan de la injusticia ni miran a otro lado. Mientras los fariseos reclamaban la pena de muerte, la que dio luz a la víctima de este suceso que nos encoge el alma y nos revuelve las tripas, en las primeras horas de su duelo, se alineaba con esos buenistas que creen que la ley debe ser justa y no vengativa.

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28-F, elegía por la bailaora de WhatsApp

En tiempos de chunda chunda y aguilucho, de esteladas en tocata y fuga, a Andalucía, nos han cambiado a Matilde Coral por Isadora Duncan y no nos hemos dado ni cuenta. Mientras que la comunidad valenciana lucha con justicia por incorporar la paella a la dieta de los emojis, la vivaracha bailaora andaluza de WhatsApp ha sido sustituida por una suerte de danzarina a punto de perpetrar una versión de Salomé o de West Side Story.

Una de las principales señas de identidad de Andalucía desaparece de la noche a la mañana como si fueran lágrimas en la lluvia, como si nunca hubiéramos visto arder naves en las puertas de la autonomía, como un probable anticipo de lo que sería una reorganización del mapa español en donde volviésemos a la España invertebrada e invertebrable de Ortega y Gasset, en donde viajáramos en el tiempo otra vez hacia el monopoly de la restauración que situaba en la Villa y Corte, en Cataluña y en el País Vasco los ejes fundamentales del reparto de la tarta estatal.

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Estrecho de Gibraltar, territorio sin ley

Una  veintena de encapuchados asaltan el hospital de la La Línea de la Concepción, agreden a dos agentes y se llevan a un narco que estaba siendo sometido a cuidados médicos. Ocurre unos días después de que Sito Miñanco, el célebre narco en tercer grado desde hace un par de años, sea detenido en Algeciras, al frente de una nueva organización que vendría a probar la llamada, desde antiguo, galleguización del Estrecho de Gibraltar que, en este caso, se extendería a confidentes dentro de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Todo ello ocurre junto a las chimeneas de una de las grandes áreas industriales de España y al bies de un formidable recinto portuario que ofrece miles de empleos pero que no ha logrado erradicar la moral de frontera que fija en la economía sumergida del contrabando la salud manifiesta de un mercado negro que, en el sur de la Península Ibérica, se remonta al menos a comienzos del siglo XIX, aunque se transformó dramáticamente cuando ese área dejó de ser el zoco costero para el trapicheo del tabaco rubio y se convirtió en el escenario favorito para el truco o trato de los traficantes de hachís y, sucesivamente, la cocaína, la heroína y lo que saliera.

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Querido Paco

La ternura no suele ser común en la cosa pública. Quizá por ello, el hecho de que Mariano Rajoy llamara querido Paco al ex president valenciano Francisco Camps, nos lleva de cabeza a los tiempos en que todavía escribíamos cartas, y no estaban marcadas; a cuando las gaviotas no eran charranes, sino una alegre pandilla y no un cómplice a título lucrativo del mangazo.

La Traviatta sonaba esta semana en la Audiencia Nacional: “Tócale otra vez, Rick”, parecía decirle el Sam de la Fiscalía a Ricardo Costa, que fue mucho en el PP levantino y ahora declama monólogos en el club de la tragedia, con aún ese aire suyo de atildado dependiente de grandes almacenes.  En estos días, desde el banquillo de los acusados, él entonaba la Cantata de la trincalina, una obra coral con el Bigotes como tenor, mientras se apurgaran las viejas fotos del "Hola" cuando pasaba por la alfombra roja de la boda del siglo en El Escorial.

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Usted tiene cara de culpable

Envidio, qué quieren que les diga, esos países en donde los ministros dimiten porque alguien descubre que copiaron en un examen cuando eran galopines. O porque, en las calles clandestinas de Bangkok, falsificaron un título de perito mercantil. O porque, simplemente, un día mintieron en la letra pequeña de sus discursos.

En la eterna Sansueña de Luis Cernuda, en cambio, cada vez que vamos con quejas al maestro armero, este se encoje de hombros y nos escupe la culpa de lo que sea con su arrogante dedo acusador. Usted puede ser el culpable, nos están diciendo a diario: culpables de la crisis, por vivir por encima de nuestras posibilidades; culpables por creernos las patrañas de los programas electorales e inocentes ellos aunque pongan el engaño de su parte; culpables de no acostumbrarnos al sueldo raquítico que mengua a medida de cada reforma laboral, a la ley de la mordaza, o a que la Banca nos desahucie y no podamos en cambio desahuciarla a ella, como un cuarto poder, real e impune, que se le escapó a Montesquieu en su célebre división de funciones.

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Feliz posverdad a los electores de buena voluntad

La prueba innegable de que los discursos políticos constituyen una suerte de ficción es que a Winston Churchill le dieron por ellos el Premio Nobel de Literatura. La reina y yo. El Gobierno y yo. Navidad y fin de año constituyen fechas propicias para que la cosa pública se convierta en un belén aunque el caganet y los huevos de Pascua hayan suscrito este año una declaración unilateral de independencia.

Habla el rey o los presidentes con el mismo entusiasmo que en el hilo musical suena una sintonía de Fausto Papetti o de Richard Clayderman. Parecen desear feliz posverdad a los electores de buena voluntad. Sin duda la inclusión de ese palabro en el diccionario de la lengua española quizá sea una de las noticias más felices del annohorribilis al que despedimos: "Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales", define la Real Academia, que pone un ejemplo a renglón seguido: "Los demagogos son maestros de la posverdad".

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El cambalache de los Eres

El banquillo de los acusados, en la audiencia provincial de Sevilla, espera que Enrique Santos Discépolo saque lápiz y papel para escribir la letra de “Cambalache” frente a la impresionante hilera de imputados en la pieza política de los Ere fraudulentos: “Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor/ Ignorante sabio o chorro/ generoso o estafador”. La justicia es igual para todos, dicen, aunque llegue tarde. Y el imaginario colectivo, también: todos son culpables, mientras no se demuestre lo contrario. El informe Caritas –esa prueba del algodón que examina los rostros para intuir las procesiones que van por dentro—desvela sin embargo que los maquiavelos sonríen como si la cosa no fuera con ellos y quienes creen en el honor pintan como si les estuvieran paseando por las calles de España portando el sambenito del Santo Oficio.

Quien no llora, no mama. Quien no roba, es un gil. Eso sentencia el tango. Los alegatos de las acusaciones y de las defensas se entrecruzan como en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches. Si ahora sabemos que existe la posverdad, también hay una pre-verdad en este caso, la que en el trazo grueso con que las noticias se convierten en chascarrillos puede llegar a equiparar a un mangante que haya metido de rondón a su clientela en cualquier regulación de empleo o los técnicos que redactaron un decreto que luego apareció publicado en el BOJA, con todos los parabienes del Parlamento de Andalucía o del Consejo de Gobierno de la Junta.

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Adopta a un andaluz

Los andaluces son pequeños, peludos, suaves, tan blandos por fuera que se diría todo de algodón. Ténganlo en cuenta para sus deseos navideños: adopten a un andaluz, como se adopta a un tamagochi, a un bonsái, a uno de esos niños de Asia que, como los de Andalucía según Ana Mato, estudian en el suelo, aunque uno se pregunta todavía si tanto le preocupaba por qué no les envió a los payasos que sobraban de sus fiestas de la Gürtel.

No cuidan sus símbolos: su padre de la patria, un simple notario, lleva ocho décadas desparecido en las fosas comunes y en los últimos cuarenta años han sido incapaces de descubrir quién mató a su mártir. Probablemente un merdellón de Málaga al que le dio por manifestarse un 4 de diciembre de 1977, sin saber que la transición democrática española fue ejemplar, modélica, pacífica, sin daños colaterales. 

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