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Juan José Téllez

Escritor y periodista. Ha publicado numerosos libros de poemas, relatos y ensayos. Nacido en 1958, ha trabajado en prensa, radio, televisión y periodismo digital. Escribe desde abajo.

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La 'isla' de Gibraltar: ni un solo muerto por coronavirus en el Peñón

Con sus 30.000 habitantes prácticamente recluidos en sus casas del Peñón, Gibraltar no ha registrado ninguna muerte por la COVID-19, mientras que al otro lado de la Verja, en el Campo de Gibraltar, se han contabilizado al menos 33, con diez casos activos aproximadamente. En la vertiente española de tan controvertido paso fronterizo, este lunes se iniciaba la Fase 2, pero en Gibraltar ya se han levantado, de puertas para adentro, las restricciones de movimientos aunque se sigue limitando las reuniones a un máximo de doce personas.

El éxito de la gestión gibraltareña sobre el coronavirus quizá obedezca fundamentalmente al aislamiento, con restricciones fronterizas terrestres, aéreas y navales, que ha mantenido a su población en una suerte de burbuja. A su favor también ha jugado la densidad de su población, similar a la de algunas poblaciones de la provincia gaditana donde tampoco se han producido defunciones. Pero también puede que el secreto consista en los tests que se han realizado en el Peñón y que alcanzan ya a un 20% de sus habitantes.

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Otra bandera es posible

Banderas nacionales muy ponibles, ideales para manifestaciones de la gente de bien a la que no disuelve la policía. Banderas rojigualdas para lucir en la mascarilla fashion, que hasta en la profilaxis siempre hubo clases. Banderas de usar y tirar como guantes de latex por parte de esa legión de hispanos dícense de pura cepa que creen tener la escritura de propiedad de esta nación; y quizá la tengan.

Debo ser de los pocos españoles a los que les gusta España. Pero no me agrada su bandera. Y no porque el franquismo le pusiera un pollo en medio al mismo pabellón que, a grandes rasgos, simbolizó antes a la monarquía y a la I República, con su castillo y león correspondiente. No me entusiasma ese símbolo porque, hoy por hoy, sigue sin identificarnos a todos como tribu, más allá de intereses contrapuestos y de ideologías adversas. Yo no es que quiera ser compatriota de cualquier votante de Vox: es que lo soy.

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El bañador de Julio Anguita

Le llamaban "El Califa" porque, cuando despuntó como primer alcalde democrático de Córdoba, guardaba la apariencia de gran visir de las películas, aunque el nombre de Sandokán, que también le habría cuadrado, pasó a ostentarlo luego un controvertido paisano suyo, un promotor con ínfulas políticas.

Cuando decidió saltar a la palestra estatal, el PCE de Santiago Carrillo –expulsado en 1985- hacía aguas y Gerardo Iglesias tampoco pudo capear el temporal que arrastró al partido mejor organizado durante la dictadura franquista hasta la irrelevancia electoral. Y entonces llegó el comandante Anguita y mandó parar, aunque fuere momentáneamente, la sangría de votos de la recién nacida Izquierda Unida: en las encuestas, siempre aparecía como el responsable público más valorado y las urnas fueron paulatinamente reconociendo su progresivo liderazgo, hasta que la esgrima interna y su estado de salud le apartaron de la primera línea. Desde los rojos muy rojos que le veneraban, a los fachas no aparentemente fachas que le tenían calado, todos celebraban su coherencia, su oratoria pedagógica e incluso el marchamo aquel suyo de hijo de militar, que serenaba a los espíritus más conservadores.

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El coronavirus de la pobreza

Mascarillas de retales y jindama de serie. Bajos sin luz y pisos de antigua protección social: el coronavirus no ha acabado con las clases sociales pero ha hermanado a los sin nada con quienes empezaron a ser degradados por la crisis financiera, los currantes que ya no tenían suficiente con un empleo, los que se las ventilaban como podían para llegar a fin de mes o al fin del día. No faltan comerciantes que han chapado sus tiendas mientras se han disparado las ventas on line tras los cerrojos echados.

Ese es el rostro de muchos de los damnificados: mucho sueldo justito más que justo, arrojados a la precariedad de quienes ni siquiera tienen todavía una renta mínima y no han podido raspar la prestación de autónomos, los préstamos ICO o las medidas que, al menos, intenta poner en marcha el Gobierno. Las rentas mínimas de inserción, en aquellas comunidades que existen, siguen confinadas en una larga espera burocrática que a veces supera los quince meses. Hemos pasado de la turismofobia a que los rentistas de Airbnb recojan fresas en Huelva. Los más jóvenes –quizá recién licenciados en carreras de campanillas-- vuelven la mirada a Francia para la recogida del ajo, que empieza en junio.

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Los obispos contra el milagro de los panes y los peces

Los obispos, ya se sabe, viven como obispos. Así, visto lo visto, la Conferencia Episcopal Española está de acuerdo con la limosna, pero no con la justicia. A los obispos españoles no les parece mal –sería el colmo—que se establezca un ingreso “indispensable” para las familias en riesgo de exclusión, pero siempre que sea transitorio. A los prelados les incomoda la idea de que el Gobierno español auspicie una renta mínima estable y duradera, no vaya a ser que los pobres dejen de pedir en la puerta de los templos.

El problema estriba en que no sólo es el Gobierno español quien habla de ello. El Papa Francisco se dirigió recientemente a las comunidades cristianas, respaldando la idea de que “este puede ser el momento de considerar una renta básica universal”. Así que el secretario y portavoz de la Conferencia, Luis Argüello, parecía que estaba leyendo un comunicado de la FAES más que una encíclica del Papa, cuando argumentaba que la renta “no es deseable a largo plazo”. Ya que “es muy importante que las personas puedan ejercer sus capacidades con un puesto de trabajo. La necesidad perentoria de una renta mínima en este momento no debería ser una coartada para una especie de subsidio permanente que retirase del horizonte de las personas el pensar el poder tener un trabajo, desarrollar sus capacidades y en la relación con otras personas”.

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José María Calleja, la violencia de la idea

Era tan vasco que no era vasco. Y como era vasco, era más español que nadie. Tenía cuerpo de frontón y alma de bañista de año nuevo en Donosti. Una de las muletillas favoritas de José María Calleja (León, 16 de mayo de 1955-Madrid, 21 de abril de 2020) era: “Para habernos matado”. Y a él, que le hizo frente a la dictadura franquista y al terror de ETA, lo acaba de matar un virus sin bandera clara y tan extraño como el tiempo que le tocó vivir.

Ese ha sido su último servicio periodístico: el de ponerle un nuevo rostro y nombre al terrible cementerio que la COVID-19 abre en las entrañas del planeta. Las cifras suelen edulcorar la vida y la muerte: lo saben todos aquellos que contabilizaban a los inmigrantes muertos en el mar, sin conocer su identidad, su semblante, ni la historia personal que llevaban entre los restos de su naufragio íntimo y colectivo. Calleja, que dedicó un libro a aquellos espaldas mojadas, le ha puesto un santo y seña más a los caídos en la pandemia, ante los ojos corales de quienes le conocieron, admiraron o vituperaron.

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Andrés Vázquez de Sola, humorista: "El peor virus es el fascismo letárgico que despierta"

La dictadura le forzó al exilio, el franquismo le encarceló en la cárcel ceutí de El Hacho y la democracia le sentó en el banquillo de los acusados por unas caricaturas sobre el ingreso español en la OTAN. Se llama Andrés Vázquez de Sola (San Roque, 1927), tiene 93 años de edad y desde que comenzó el confinamiento distribuye a través de las redes sociales varias caricaturas diarias en torno a la pandemia y sus consecuencias políticas o sociales.

Desde la monarquía al Gobierno, pasando por la oposición, los bulistas, las decisiones más polémicas de esta crisis y las costumbres cotidianas forman parte de ese imaginario cotidiano según el cuál a Jesucristo le daban el alta el domingo de resurrección o los trabajadores iban al curro, al día siguiente, con un féretro bajo el brazo. Militante histórico del Partido Comunista de España, no le ha temblado el pulso a la hora de apoyar al actual Gobierno, pero tampoco a la hora de criticar al ministro de Cultura por las desafortunadas declaraciones, posteriormente corregidas, en las que aplazaba sine die las ayudas a los artistas, cómicos y demás fauna. 

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Con todos nuestros muertos

Nos seguimos echando los muertos a la cara como un órdago al mus, como un escupitajo en los antiguos bares de serrín por el suelo, como un río de sangre que nunca desemboca. España compuso La Vida no Vale Nada mucho antes que Pablo Milanés. Pasen y vean: la plaza de Toros de Badajoz contra Paracuellos del Jarama, el Jarabo o El Arropiero como influencers; madrugábamos en Casas Viejas y cenábamos barbarie fascista en Guernica o en la desbandá de la carretera de Almería.

Bajo el hipnótico Toro de Manuel Prieto, las cunetas siguen llegas de cadáveres de una España que murió de la otra media que no le gusta ni siquiera hablar de desenterrarlos. De ahí, quizás, que reciclemos a los caídos por España y por el COVID-19 como perdigones contra el Gobierno, como en las viejas barracas del pimpampum con la soberanía popular como un formidable muñeco de viruta, cuya voluntad siempre la doblegó el Santo Oficio o -hace casi dos siglos ya-, los caballeros de la mente cuadrada, los Cien Mil Hijos de San Luis y de su puñetera madre.

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Shekinah, el taxista y la casera: una estadounidense se queda atrapada en España en plena pandemia a punto de dar a luz

Una veinteañera estadounidense espera dar a luz en Algeciras, en torno al próximo 19 de abril, mientras intenta salir adelante acompañada por sus tres hijos –de dos a nueve años de edad–. Su marido, también norteamericano, no puede salir de Casablanca para reunirse con el resto de su familia.

En plenas restricciones como consecuencia del coronavirus, una inesperada red de solidaridad, en la que participan desde un taxista a un gestor, un alcalde y los trinitarios, han logrado encontrarle techo y buscarle ropa, pero nadie sabe qué ocurrirá con ella cuando dé a luz: "Necesitará cuidados, que le curen los puntos y que atiendan a sus niños chicos", resume Ágata González, que le arrendó un apartamento, después de peregrinar por hoteles que iban cerrando paulatinamente a medida que avanzaba el confinamiento.

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Titiriteros, campesinos y bufones

Soy un titiritero, nieto de agricultores, de los que vareaban aceitunas con nueve años o cuidaban de un huerto a orillas de cualquier río del olvido. Quiero decir, que no eran campesinos de título y prosapia, de apellidos extraños y residencia en la Corte. Que era gente de grama, aprisco y labrantío, de manos como raíces enterradas en un cerro de la sierra de Libar. Jimera se llama el pueblo de mi familia. Cualquier nombre sirve para el rústico que llevo en la sangre, pero para alguien que escribe impone provenir de un sitio llamado Quimera.

Los mamarrachos de Vox pretenden enfrentar a los titiriteros con el sector agropecuario, mediante un tuit malandro en la cuenta del partido de Santiago Abascal, que por cierto y sin acritud, tiene más porte de señorito que de los santos inocentes jornaleros: "A lo mejor ahora los españoles se dan cuenta de que España puede vivir sin sus titiriteros pero no sin sus agricultores y ganaderos. Hoy, como siempre, gracias a todos los españoles del campo por vuestro trabajo". Y sobre el mensaje de este partido político de extrema derecha, rostros de algunos de sus odiados favoritos, como Javier Bardem o Pedro Almodóvar.

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