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Juan José Téllez

Escritor y periodista. Ha publicado numerosos libros de poemas, relatos y ensayos. Nacido en 1958, ha trabajado en prensa, radio, televisión y periodismo digital. Escribe desde abajo.

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La mujer posteriormente llamada Pepa Flores

Pepa Flores no es una persona, sino una metáfora. Al menos para los que echamos los dientes en las proyecciones toleradas de los cines de barrio –olor a zotal y orines, palomitas y humanidad-, entre “Un rayo de luz” y “Cabriola”.  Por entonces decían que ella se llamaba Marisol y su sonrisa era la de la tecnocracia porque simbolizaba el alivio de luto de la posguerra, el technicolor que estaba a punto de vencer al blanco y negro del No-Do.

Para el imaginario ibérico, aquella actriz minúscula y pizpireta que había descubierto Carlos Goyanes en los coros y danzas de Málaga, era el equivalente a un Seat 600 en el país del gasógeno, el símbolo de una infancia que desconocía la existencia de los niños robados o los de Moscú, los de la nana de la cebolla que coreaban Mambrú se fue a la guerra, aunque no volvió por Pascua ni por Navidad.

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El procés de La Línea

Chungo asunto que La Línea de la Concepción (Cádiz, Andalucía, por ahora) vaya a conmemorar sus 150 años de pequeña gran historia con el inicio de un proceso administrativo que le convierta en ciudad autónoma. Este procés meridional no obedece al mantra de "España nos roba" sino al de "aquí nunca hubo nada y sigue sin haberlo".

Sergio del Molino incluyó a esta localidad andaluza entre sus "Lugares fuera de sitio" bajo la advertencia de que en las fronteras de nuestro país es donde más y mejor se hacen visibles los problemas de cada territorio. Hay ciudades de la España vaciada que están vacías de población o vacías de esperanza. En su exiguo término municipal, se junta el hambre con las ganas de comer.

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Antídotos contra la guerra civil

España se rompía, se deconstruía o se enquistaba durante el debate de investidura en el Congreso de los Diputados. Esta nación de naciones ardía en llamas como el antiquísimo mapa de "Bonanza", más en el ardor guerrero de los discursos jacobinos que bajo el frío de temporada que barría los restos de los fuegos artificiales de Navidad. Alguien esperaba un tricornio, un todos al suelo, pero tan sólo hubo exabruptos con inmunidad parlamentaria: algo hemos ganado.

En las plataformas digitales, en el ciberespacio, en las ondas hertzianas de la radio y en los grupos de whatsapps, la noticia sin embargo era la conjura judeomasónica, las hordas marxistas, los separatistas, los terroristas en un país en donde supuestamente ya no quedan grupos terroristas. En la calle, en cambio, bendita calle, el aperreo conducía directamente a las rebajas, a la basura de alegres colorines de papel de envolver, pero también hacia el aviso de desahucio que acaba de recibir la vecina del cuarto izquierda, la última prestación del paro que araña el albañil que tuvo que dejar de serlo cuando las hipotecas dejaron de ser de pisos para ser de avaricia.

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El año del malismo

Muera Bambi y viva el Joker. Probablemente la marca de agua de 2019 vaya a ser la caída en desgracia del mal llamado buenismo y el regreso triunfal de la mala hostia, esa retranca íbera de colmillo retorcido, mala leche de buscón y felonía, chulería de matasietes, que tan señeros momentos chusqueros de quijada de asno ha deparado en la historia patria.

Acaba de dejarnos un grande semiolvidado, Patxi Andión, que en plena transición proclamaba que la España del chiste había que acabarla. No malinterpreten: se refería al estereotipo de una falsa sonrisa que marcaba superficialmente nuestra idiosincrasia, como una máscara de carnaval que escondía ese otro rostro de capitulaciones, pragmáticas, absolutismo y santos oficios, sobrevivir a todo precio, persecución y lo que hoy algunos se empeñan en llamar resiliencia, ya saben, aquellas coplas heroicas frente a las cartillas de racionamiento.

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¿Quién teme a la izquierda feroz?

Cuando el fantasma de la revolución recorría el mundo, no todos precisamente le llamaban camarada. Las grandes familias, que diría Rafael Alberti de un momento a otro, se aprestaban a contener la vindicación de las clases populares: la tierra para quien la trabaja, ya saben, la propiedad de los medios de producción, las plusvalías obreras. Mucho antes, tampoco fue distinto: en enero, se cumplirán dos siglos del levantamiento de Riego en Las Cabezas de San Juan, que proclamó el trienio liberal por el que lograron que el absolutista Fernando VII tragara la Constitución de 1812, que él había abolido tras el manifiesto de Los Persas y el retorno al oscurantismo despótico contra el que se rebeló La Pepa.

No quiero meter mal rollito, pero menciono ambos extremos ante el inminente pacto de investidura que en el frontispicio de los locos años 20 del siglo XXI, aparece como un aquelarre de brujas de la dictadura progre frente a las tradiciones patrias del imaginario ultraconservador. Por más que el clima público se encuentre vivamente enrarecido, intente ningunearse una repetida victoria legítima e incluso altos militares tras el burladero de su escaño se atrevan a definir al presidente en funciones como un peligro para la seguridad nacional. Por mucho menos, en otro tiempo ya estaríamos posando otra vez para Goya y su célebre pintura negra de La Riña, la España a garrotazos que determinó guerras, exilios y gobiernos autoritarios. Ahora, como tenemos que pagar los plazos del plasma y de la play station, confiemos en que la clase media frente los excesos de otro tiempo y todo este nuevo ruido de sables no pase de las cantinas y del monólogo de los taxistas.

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Andalucía bajo el 155

La nueva Junta de Andalucía busca su propio 28 de febrero. Cuando están a punto de cumplirse cuarenta años de aquel histórico referéndum con que el pueblo andaluz le echó un pulso a la estrambótica consulta autonómica de la UCD, Partido Popular y Ciudadanos ansían reescribir la historia, poner en valor a la exigua derecha andalucista –que haberla, húbola—y establecer un parangón con aquella epopeya verdiblanca pero poniéndole ahora su mijita de exageración.

Esta semana, el excelente equipo de agitación y propaganda del Palacio de San Telmo nos regalaba una insólita reconversión de archivadores cerrados con llave y combinación en cajas fuertes de tomo y lomo. Pero la guinda consistió, días más tarde de aprobar los presupuestos, en un alegato casi heroico del presidente Juan Manuel Moreno Bonilla, que aseguraba que una carta del Ministerio de Hacienda suponía la intervención de la autonomía, tal como si nos aplicaran el 155 catalán pero por la vía contable. Sin Valle Inclán ni Rafael Azcona, sorprendían en esa apoteosis varias circunstancias paradójicas.

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Los izquierdos humanos

Hay efemérides cívicas que nos remiten al Día Mundial del Fracaso: ocurre con los Derechos Humanos, cada 10 de diciembre, un eterno día de la marmota, bajo la sintonía de un siniestro beguin the beguine que reedita y amplia los datos siniestros del año anterior. No resulta extraño que hace tiempo, Mario Benedetti nos preguntara si no sería hora de que iniciáramos “una amplia campaña internacional por los izquierdos humanos”. Según se mire, si se tiene además en cuenta el hecho cierto de que regímenes que se dicen de izquierdas vulneran estos derechos con una eficacia propia de sus adversarios políticos.

Como un poster del Ché en un cuarto de progre viejuno, como un meme que se viraliza pero no sirve para nada, como una palabra a la que le despojaran de significado y significante, los Derechos Humanos aparecen tan sólo como una marca más del marketing democrático, como un mcguffin hitchcockiano que sólo sirve de distracción. A estas alturas de la historia, setenta y un años después de que la Asamblea General de Naciones Unidas proclamara, a 10 de Diciembre de 2018, la Declaración Universal de estos Derechos, alienta un claro estremecimiento, el de que siguen siendo papel mojado, a pesar de avances cosméticos y de esforzadas construcciones jurídicas: que las vulneraciones de esas garantías avanzan geométricamente frente a la humilde aritmética de las pequeñas grandes conquistas en esa misma materia.

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Andalucía sin andalucismo

La autonomía andaluza descansa sobre un relato épico, que no hunde sus raíces en las walkirias ni en Braveheart, en la conquista de Albania o en las pompas vanas ancestrales. Andalucía atesora mítica y mística sobradas para disputarle a cualquier otra nación, nacionalidad o comunidad de propietarios el territorio de las leyendas: de Orce a Gadir, la Bética como factoría de bailarinas, influencers y emperadores romanos. Entre vándalos que nos dieron nombre y banderas blanquiverdes sobre las almenas del alcázar andalusí de Sevilla, puerta de América o un conglomerado que incluía a cantaores proscritos, aristócratas latifundistas, poetas del escalofrío, navegantes ilustrados y liberales audaces. No obstante, no se trata de saber quién es el que la tiene más grande: la historia.

Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda. La actual configuración política de Andalucía no descansa sobre esa urdimbre sino sobre la de un nacionalismo surgido en defensa propia, a comienzos del siglo XX y con Blas Infante como futuro padre de la patria. Esa querencia resucitó en los años 60 y cristalizó un 4 de diciembre de 1977 en las grandes manifestaciones surgidas aparentemente de la nada: no era así desde finales del franquismo, mucho después de que Carlos Cano descubriera por primera vez una bandera andaluza en las calles de Barcelona y gente como Ortiz de Lanzagorta, Isidoro Moreno, Antonio Burgos, Antonio Ramos Espejo o José Aumente nos mostraran, cada uno a su bola, que había una Andalucía que no era la del tópico sino la de la memoria invisibilizada.

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Vox y Podemos: atado y bien atado

Nos hemos acostumbrado a aceptar al pulpo de Vox como animal de compañía en diversas instituciones democráticas. Así que los artífices de la opinión pública y la opinión publicada asisten sin pestañear al cinturón sanitario del Ciudadanos de Albert Rivera contra el PSOE de Pedro Sánchez, pero nadie parece seguir los pasos de los conservadores y liberales europeos al trazar una frontera clara, una invencible línea Maginot, entre la derecha democrática y el fascismo: al contrario de lo que ocurrió en estos raros días españoles, la retirada de la placa que rendía tributo en Madrid a los represaliados por la dictadura, con nombres y apellidos, sería constitutivo de un delito de alta traición en la Francia de Charles De Gaulle, que no era maoísta precisamente, o en la Alemania de Angela Merkel, a punto de jubilarse.

Pasan cosas bizarras en la España que se trasmutó de la dictadura a la reforma y de la reforma a la democracia sin pestañear en un cerrar y cerrar los ojos al pasado porque quizá pensábamos por error, los del llamado régimen del 78, que era prioritario abrirlos desmesuradamente al futuro.

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El cambalache de los ERE

En la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se entremezclaban las necesidades empresariales con la paz social que ansiaban los responsables públicos. En aquel tiempo donde todo parecía impune, los trabajadores se preguntaban por qué les prejubilaban tan generosamente cuando sus empleadores habían alardeado de beneficios copiosos el año antes. O se preguntaban unos a otros si les sonaba algún que otro Fulanito de Tal que habían colado de rondón en la lista de beneficiarios, sin que nadie le hubiera visto nunca en el tajo. He ahí el telón de fondo de los ERE, aunque sea imposible resumir la sentencia de más de mil quinientos folios que este martes corría por las redes sociales con mayor empuje que si fuera el último vídeoclip de Rosalía.

El tsunami del veredicto de los ERE arrambla con trayectorias políticas intachables y con bellacos de toma la coca y corre al mismo tiempo. En un tiempo de brochazos, no caben las pinceladas finas. Unos y otros –como en el sueño de una justicia igualitaria—han compartido el banquillo de los acusados y ahora se reparten a pachas penas de cárcel o de inhabilitación durante largos años, en una sentencia que podrá ser recurrida ante el Supremo pero que sigue al pie de la letra la hoja de ruta trazada por la controvertida instrucción de la jueza Mercedes Alaya –que el tribunal ha refrendado ahora en gran medida-- y las peticiones formuladas por el Ministerio público.

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