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Santi Fernández Patón

Santi Fernández Patón es miembro del nodo malagueño de la Fundación de los Comunes, laboratorio de pensamiento crítico desde los movimientos sociales. Ha publicado, entre otras, las novelas Grietas (Premio Lengua de Trapo) y Todo queda en casa (Premio Auguste Dupin).

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En mi barrio nos reímos de La Desbandá

Vivo en un barrio de Málaga donde todas las calles, sí, todas, llevan el nombre de militares que participaron en el golpe de Estado franquista. Hace poco cambié de calle, y ésta simplemente recuerda a un triste alférez, no como en la anterior, Capitán Huelin, ni más ni menos el caporal, junto al teniente Segalerva, del alzamiento en Málaga. El caso de mi barrio, Haza Cuevas, no es ni mucho menos único en la ciudad. Aún tenemos una barriada que sigue llamándose Veinticinco años de Paz y medallas de la ciudad a otros prebostes del Régimen.

Todo ello se explica por el rechazo frontal del alcalde de Málaga, el popular Francisco de la Torre, a cumplir la la Ley de Memoria Histórica. Desde 2015, cuando el Pleno municipal creó una Comisión de la memoria histórica, no le ha faltado imaginación para volverla inoperativa. No en vano, De la Torre fue ya presidente de la Diputación malagueña en el año 1971, mientras que su padre llegó a capitán en el ejército sublevado. De más está decir que también tiene calle en Málaga, precisamente la avenida que delimita mi barrio: Ingeniero de la Torre Acosta.

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Los emigrantes imposibles de Álex Chico

En la raya entre Francia y Bélgica que marca el río Lys se encuentra, del lado francés, la pequeña localidad de Bousbecque, hoy con menos de 5.000 habitantes. Frente a las instalaciones de una antigua fábrica aún se ven las ruinas de una casa, pese a que ardió hace cuarenta, cincuenta años, y la parcela fue comprada por alguien. Esa casa fue la efímera propiedad de un emigrado español, procedente de un pueblo del interior granadino. Era el único emigrante de un nutrido grupo de españoles, italianos, polacos, rumanos, marroquíes que en los años sesenta, empleados en esa fábrica, dio el paso de hacerse con una propiedad en el pueblo. Se la quemaron. Le quemaron la casa.

Nuestros abuelos eran los bárbaros, y los bárbaros solo tenían derecho a mancharse las manos en la fábrica, apiñarse en algunas viviendas y mandar los francos a la familia ausente, pero nunca a asentarse, o siquiera a intentarlo. Luego, la crisis del petróleo y el auge de los movimientos xenófobos provocó la estampida de muchos de esos migrantes. Regresaron, en numerosos casos, a su país, o no. Porque no volvieron a sus pueblos del interior granadino, de Extremadura, de Murcia, de esta vertiente sur en la que unos pocos se enseñoreaban a costa de la miseria de otros muchos. No, volvían a España, pero de algún modo seguían siendo emigrantes en un amplio sentido: Barcelona, o Bilbao, el mismo país, pero otro idioma, otros recelos, otras nostalgias, pero no tan diferentes. Su única patria era el trabajo, como recientemente señalaba James D. Fernández, catedrático de Nueva York, a propósito de una exposición que estos días se verá en Madrid sobre la emigración española a Estados Unidos.

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Meghan, Harry y nuestra felicidad

El corresponsal en Reino Unido de Televisión Española aseguraba el pasado lunes que, a 20 días del Brexit, en el país sólo se hablaba de la renuncia de los duques de Sussex a sus obligaciones como parte de la realeza. Yo lo entiendo. Que dos de las personas con mayores privilegios de todo el planeta renuncien a parte de ellos simplemente porque antepongan su felicidad me parece una noticia tan conmovedora como inaudita. A fin de cuentas, el príncipe Harry ya vio cómo su madre moría trágicamente en un persecución de la prensa sensacionalista y, además, ni siquiera es el heredero de la corona, que recaerá en su hermano mayor (todo el mundo da por supuesto que el príncipe Carlos renunciará a ella si alguna vez la reina Isabel II decide morir, lo que aún no está nada claro).

Los duques de Sussex pierden de este modo parte de su sueldo, aunque no la escolta ni los títulos nobiliarios, y vivirán buena parte del año en Canadá. De momento, Harry ya le ha buscado algunos apaños a Meghan Markle con Disney, más que nada para ir tirando, como quedó reflejado en una indiscreta grabación. No es para menos: según aclararon en el mismo informativo de Televisión Española, Harry sólo heredó tras la muerte de Lady Di unos 7 millones de libras, amén de varias propiedades.

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Año Galdós

Se cumplen esta semana cien años de la muerte de Benito Pérez Galdós, el mayor de nuestros escritores, junto a Cervantes. En la madrugada del 3 al 4 de enero de 1920 Galdós emitió el último grito de su agonía. Se incorporó del lecho y se llevó las manos a la garganta, como si se ahogara. Después expiró sobre la almohada. La leyenda añadiría que en esos momentos postreros pidió el auxilio del doctor Centeno, ese niño de su creación que aparece ya en Marianela, otro de sus personajes más entrañables. Tan sólo unos meses antes, ciego y devastado por la arterioesclerosis, Galdós había recorrido con sus dedos temblorosos el monumento sedente, obra de Victorio Macho, que en su honor se inauguró en El Retiro.

Hoy cuesta entender que unas 30.000 personas visitaran su capilla ardiente, que al paso del cortejo fúnebre la multitud se congregara en la Puerta del Sol; que una muchedumbre, compuesta en buena medida por madrileños y madrileñas que no sabía leer, siguieran el cortejo a pie hasta el cementerio de La Almudena en lo más riguroso del frío invierno mesetario. Los balcones se llenaron de crespones negros, la actriz Margarita Xirgu arrojó flores y lágrimas desde su ventana en el Hotel París y las juventudes socialistas pugnaron por hacerse con el control de la carroza fúnebre. A Galdós, republicano convencido, el rey Alfonso XIII quiso atribuirle honores de capitán general con mando en plaza, y hubo peticiones de que se le enterrara en la Plaza Mayor.

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No hay educación igualitaria sin las intérpretes de lengua de signos

La Junta de Andalucía sigue sin entender que cuidar a los profesionales de la educación es cuidar a nuestro alumnado, a nuestra infancia y, por consiguiente, nuestro futuro como sociedad. Alrededor de 1.300 profesionales, en su práctica totalidad mujeres, ven ahora peligrar sus puestos. Son el Personal Técnico de Integración Social (PTIS) y las Intérpretes de Lengua de Signos Española (ILSE) de los centros de enseñanza pública andaluces. Lo que debería haber sido una buena noticia, la convocatoria de una Bolsa Única Común, se ha convertido en un ataque más a las precarias condiciones laborales de estas trabajadoras.

Desde hace años estos colectivos vienen reclamando que se les incorpore por fin como personal laboral de la Junta. Esto se debe a que, de manera incomprensible, la Junta tiene subcontratado un servicio esencial, como es la educación de alumnado con necesidades especiales. Se trata de una situación especialmente grave, cuando la Ley 11/2011, aprobada por unanimidad en el Parlamento de Andalucía, establece que “La Administración educativa dispondrá de los recursos humanos, materiales y tecnológicos necesarios para facilitar en aquellos centros de enseñanza reglada que se determinen […] el aprendizaje de la Lengua de Signos Española y de la lengua oral al alumnado sordo, con discapacidad auditiva y con sordoceguera”.

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Yo también defiendo la vivienda

Casi tres millones y medio de viviendas se encuentran en España sin ningún tipo de uso, al tiempo que se producen 162 lanzamientos diarios, según datos recientes del Consejo del Poder Judicial. Por primera vez, esos datos han confirmado que la mayoría de los desahucios corresponden a viviendas en régimen de alquiler, una tendencia novedosa en un país como el nuestro. Tengamos en cuenta que tan sólo en el período 2008-2012, el más crudo de la crisis, 244.278 familias fueron desalojadas de sus viviendas por impago de créditos hipotecarios, una cifra sobrecogedora que se explica por el modelo hipotecario español, originado durante el franquismo y apenas modificado. Por resumir, convierte la vivienda en un bien sujeto a las leyes del mercado y no en un derecho social: una particularidad patria, excepcional en el contexto europeo (que analizan al detalle R. Rodrígez Alonso y M. Espinoza Pino en De la especulación al derecho a la vivienda).

Esos apabullantes números explican también por qué si en 2006 se concedieron 1.342.171 hipotecas, en la actualidad ronden las 250.000. No obstante, la consideración de la vivienda como bien de mercado continúa intacta. Simplemente el nicho de negocio ha pasado de las hipotecas a los alquileres. De hecho, en España solo el 3,3% de los alquileres son sociales o de renta inferior al mercado. Frente a este giro, del mismo modo que surgió la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, ya son varias las ciudades que cuentan con su Sindicato de Inquilinos, entre ellas Málaga, desde donde escribo, uno de los municipios más afectados: las plazas en apartamentos vacacionales ya superan a las de los hoteles, las SOCIMI comienzan a campar a sus anchas y la expulsión de vecinos del centro es trágica, desde el momento en que el efecto dominó ha multiplicado los precios de los escasísimos alquileres en toda la ciudad. Mientras tanto, la izquierda oficialista sólo plantea construir nuevos pisos, en lugar de recuperar los abandonados y los de la Sareb. No está de más recordar que la Sareb se creo para que entidades financieras quebradas se deshicieran de sus activos inmobiliarios mediante la venta masiva a fondos buitre y que las pérdidas las asumiera el Estado.

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Municipalismo y asalto institucional, una visión descreída: "¿Quién puede vivir en una perpetua campaña electoral?"

¿En qué punto de una campaña electoral llegas a creer que tu relación de pareja corre peligro? O peor aún, ¿en qué punto te convences de que por el momento eso puede esperar? Este no es un ensayo sobre el ciclo político que arrancó en la primavera de 2011 y finalizó de forma abrupta justo ocho años después, ni siquiera pretendo profundizar sobre sus orígenes (el 15M), desarrollo (Podemos, el municipalismo) y hundimiento (el regreso del bipartidismo). Esta es la vivencia personal de alguien que participó en primera línea de todo ello, o ni siquiera: es un intento de respuesta a las múltiples preguntas que me asaltaron durante una campaña electoral, la de Málaga Ahora en las elecciones municipales de mayo de 2019. Ni yo ni muchas de las personas que diseñamos e intervenimos activamente en esa campaña habíamos creído nunca en la vía institucional como arma política, y me temo que ahora menos. Este es el relato de un descreído, de alguien que siempre vio en los parlamentos y plenos un teatro en el que sólo triunfaban los mediocres porque, sospechaba, no tenían competencia. Hoy sé, sin género de dudas, que tanto a izquierda y a derecha esa es una verdad casi siempre irrefutable.

La percepción generalizada de los políticos profesionales como gente escasamente dotada no es un mero cliché. Ya lo decía aquella vieja canción que Sabina cantaba con Rosendo: “El más capullo de mi clase (¡qué elemento!) llegó hasta el Parlamento. […] ha engordado desde el día en que un ujier le llamó su señoría”. Y es que toda persona lo suficientemente brillante que por algún motivo —a veces incluso legítimo— acaba metida de lleno en el torbellino institucional, antes o después abandona. No tarda en entender que su tiempo y energía no pueden estar al servicio de una profesión —de eso se trata, al fin y al cabo— que consiste, fundamentalmente, en figurar y poco más.

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El abrazo del oso

La debacle de las candidaturas ciudadanas en las elecciones municipales del pasado mayo puede ser entendida como un cierre de ciclo, el que empezó con la toma de las plazas en mayo de 2011, continuó con la irrupción de Podemos y el municipalismo y termina cuando las elecciones del 10N han rearmado a los dos partidos de siempre. De hecho, la previsible investidura de Pedro Sánchez y el gobierno de coalición con Unidas Podemos parece el primer acto de esta nueva etapa.

El 15M no fue solo una impugnación al Régimen del 78, no fue solo el “No nos representan”, el “No queremos estar en manos de políticos y banqueros”. No fue solo el estallido alegre de miles de cuerpos cambiando para siempre su manera de estar con los otros. Tuvo también su vertiente conservadora, toda esa juventud, la más titulada de nuestra historia, educada en el mito de la socialdemocracia igualitarista y del pleno empleo, al menos entre los sectores del club de la clase media, que nadie consigue definir, pero al que por lo visto se ingresaba con el carnet de una licenciatura universitaria. En suma, soterradamente, y de manera legítima, una generación exigía el lugar que le habían prometido, pero que ahora le taponaban: puestos de trabajo para los que se había formado, tribunas mediáticas, estrados en la cultura y, por descontado, en la política. En el fondo, se estaba señalando una particularidad de nuestro país, que décadas después de la Transición no había habido un recambio de élites.

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Nuevo vocabulario para una nueva era política

"Hemos de vivir en un mundo sustentado sobre unas cuantas palabras, y si las destruimos, tendremos que sustituirlas por otras" (Antonio Machado: Juan de Mairena).

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Arde Cristina Morales

Desde su debut literario, del que en otras páginas ya hablé de manera elogiosa (como posteriormente del resto de su obra), Cristina Morales se ha destacado como una novelista iconoclasta, rompedora en toda la extensión de esa palabra, tan a menudo empleada como una mera etiqueta comercial. Es una autora que no solo tiene algo que decir, sino que sabe cómo hacerlo y que a pasos de gigante ha ido escalando hasta la cima de la excelencia. No se me ocurre nadie en nuestro panorama con su capacidad para combinar una literatura, digamos punk, y una factura de indudable calidad, que es el caso de su novela Lectura fácil. Hace gala, además, de una sorprendente versatilidad, no solo temática, sino incluso estilística, como demostró en sus Malas palabras, novela sobre Santa Teresa, que felizmente va a recuperar Anagrama. Por si no queda claro, mi admiración como escritora hacia ella es más que evidente.

Que una novela tan políticamente incorrecta como Lectura fácil, rechazada en un inicio por Seix Barral tras la negativa de su autora a retocar o eliminar varios pasajes, obtuviera el Premio Herralde de la editorial Anagrama y, en estos días, el Nacional de Literatura, supone, sobre todo en el último caso (pues lo otorga el Ministerio de Cultura y Deporte) una llamativa y preciosa sorpresa. Y claro, la polémica no se ha hecho esperar.

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