Cuba, catástrofe humanitaria
Ninguna razón puede justificar el crimen colectivo que los actuales gobernantes de Estados Unidos están cometiendo contra el pueblo de Cuba. No contra su Gobierno o su partido único y sus dirigentes. No contra su ejército. Lo hace, directamente, contra la inmensa mayoría de sus hombres y mujeres, contra sus personas mayores, contra sus niños y niñas, contra las embarazadas y los recién nacidos. Intentando (y logrando), con las medidas adoptadas por el presidente Donald Trump, que carezcan de combustible, de alimentación básica, de medicamentos y de transporte, en una brutal vuelta de tuerca del bloqueo financiero, económico y comercial que la isla caribeña viene padeciendo desde hace más de sesenta años. Es difícil medir el inmenso daño que ha causado a su economía y a sus habitantes ser asediados por tierra, mar y aire durante más de medio siglo por la nación más poderosa militar y económicamente del planeta.
Por desgracia, no se trata de un comportamiento novedoso. Ocurrió recientemente en Gaza, donde en dos años, entre 2023 y 2025, con la complicidad de la comunidad internacional y especialmente de Estados Unidos, Israel produjo un auténtico genocidio, asesinando a más de 70.000 civiles, en gran parte menores de edad, y destruyendo la mayoría de las infraestructuras -viviendas, hospitales, instituciones educativas, redes de abastecimiento de agua o electricidad- que hacen posible la vida cotidiana. Tras el alto el fuego, las muertes siguen produciéndose entre la población palestina de Gaza. Mientras en Cisjordania, Israel procede de facto a la ilegal anexión del territorio palestino ocupado desde 1967.
Hambre y enfermedad, armas letales
Ahora, en 2026, es Cuba la atacada. Con la decisión del presidente Trump de castigar con la imposición de aranceles a quienes vendan petróleo a la isla. Lo que constituye una enorme agresión imperialista de graves consecuencias para Cuba y su gente. Se trata de producirles el mayor sufrimiento posible. Sin límites. Sin moral. Sin el menor respeto a la legalidad internacional. En este caso, eso sí, procurando un exterminio más lento. Con las letales bombas del hambre y de la imposibilidad de hacer frente a las enfermedades. Contando para ello con la deshumanización del planeta y con la ausencia de instituciones y reglas internacionales, favoreciendo la imposición de la fuerza por los poderosos no sujetos a ley alguna.
La situación en Cuba viene siendo muy dura desde hace varias décadas. A comienzos de los años noventa del pasado siglo sufrió las consecuencias de la caída del bloque soviético, con quien mantenía buena parte de sus relaciones comerciales en favorables condiciones. Lo que supuso un verdadero hundimiento económico que llevó a la aplicación del denominado “período especial en tiempos de paz”, con durísimas restricciones que la situaron al borde del colapso y que causaron un enorme daño en las condiciones de vida de la población.
Desde entonces millones de personas han abandonado la isla en busca de mejores perspectivas vitales, especialmente jóvenes, dejando una población cada vez más envejecida. Antes eran bien recibidos en el exterior y tenían muchas dificultades en su país para que les dejaran marcharse. Sin embargo, hoy tienen más facilidades administrativas para irse, pero inmensos problemas para que los reciban, por el endurecimiento de las políticas migratorias en los países receptores, especialmente Estados Unidos.
Tras un periodo de cierta recuperación económica, especialmente con la mejora de las relaciones con Estados Unidos en la etapa presidencial de Obama y la aportación de petróleo por parte de la Venezuela de Hugo Chávez, así como por las facilidades para la llegada de remesas procedentes de los cubanos del exterior, la llegada de Trump a la Casa Blanca en su primer mandato y la pandemia de la Covid 19 y sus efectos devastadores sobre el turismo, hicieron que la crisis se agudizara más aún; y los apagones y las carencias materiales de todo tipo forman parte de la realidad que padecen cotidianamente los cubanos y cubanas.
Bloqueo económico que daña a la población
Sin duda, el bloqueo económico al que los ha sometido sin descanso el gran imperio del norte ha sido determinante en las graves dificultades que padece Cuba prácticamente desde el triunfo a comienzos de 1959 de la revolución encabezada por Fidel Castro. Una revolución que impulsó un profundo cambio político y social que supuso, en su primera etapa, un enorme avance sanitario, cultural y educativo, alcanzando datos muy superiores en diversos parámetros educativos y de salud a los de los países de su entorno. Y convirtiéndose en referente, especialmente en América Latina.
Pero buena parte de los problemas que les afectan también tienen que ver con las dinámicas y las decisiones internas. Entre otras razones, por haber optado, dogmáticamente, por implantar un modelo económico tan hiper estatalizado como ineficiente. Una cosa es disponer de una educación y una sanidad potentes, o que pública sea la producción de energía y otra, bien distinta, es estatalizar las peluqueras, a los zapateros y, por supuesto, a todas las pequeñas empresas de los distintos sectores, como bares y restaurantes, así como a los productores agrícolas. El resultado no fue en modo alguno positivo. “Debemos sentirnos responsables de todo lo que funciona mal en Cuba”, dijo en enero el presidente Miguel Díaz Canel, abriendo puertas a una autocrítica que no ha abundado en la dirigencia cubana.
Lo que sucede ahora añade mucho más drama. Como afirma acertadamente el escritor y cineasta David Trueba, “el bloqueo al envío de medicinas, alimentos y servicios de primera necesidad es una acción de guerra que los cubanos no se merecen”, al margen de la opinión que legítimamente podamos mantener sobre su gobierno, su sistema político y las carencias democráticas y de libertades.
Esa acción de guerra contra Cuba de la que habla Trueba es impulsada, por cierto, por quien está restringiendo la democracia, despreciando la separación de poderes o atacando a la libertad de expresión en Estados Unidos; quien detiene a niños de cinco años en su brutal cruzada antiinmigración; quien pone en duda los resultados electorales si estos no le favorecen; quien elimina las agencias de cooperación internacional y suprime las políticas contra la Crisis Climática; quien se cree legitimado para apropiarse, por las buenas o por las malas, de los recursos de otros estados, sea en Venezuela o en Groenlandia; el que protege, en el caso Epstein, a las mafias que violan menores; quien va dando pasos que se dirigen a la implantación de una dictadura de los tecnócratas supermillonarios.
Nos encontramos ante la puesta en práctica de una verdadera política de exterminio de una superpotencia contra la población de un pequeño país con el que Canarias mantiene profundos vínculos históricos y afectivos. Es imprescindible redoblar la solidaridad, así como el envío de ayuda humanitaria por parte de los gobiernos canario, estatal y europeo; y, sobre todo, exigir el fin del inmoral, ilegal e injusto bloqueo, el respeto a la soberanía de Cuba y que, desde esta, se aborden cambios políticos y económicos que permitan mejorar las condiciones de vida de los cubanos y cubanas.
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