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Las brujas de Bucha: las ucranianas que derriban drones rusos para vengarse de la ocupación

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Gabriela Sánchez / Jairo Vargas

20 de febrero de 2026 22:26 h

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Nombrar el asesinato de su hermana aún se le atraviesa en la garganta, pero es la razón que la empujó a sustituir la toga por el uniforme militar que ahora viste. Es el motivo que la empujó a abandonar el juzgado de Shevchenko (Kiev), tras 25 años en la judicatura, por jornadas de 24 horas en busca de drones que derribar. Las tropas rusas la mataron durante los días de la ocupación de Bucha, símbolo de las atrocidades cometidas durante los primeros días de la invasión de Ucrania. Y la jueza, con 52 años, decidió cambiar la justicia por la venganza.

Sanskia pasó a formar parte activa de “Las Brujas de Bucha”, una unidad de defensa aérea voluntaria compuesta por mujeres ucranianas que protegen los cielos de Kiev de drones rusos, especialmente los tipo Shahed, utilizando ametralladoras antiaéreas. “Me duele recordar cómo mataron a mi hermana. Y, por eso, tengo una cuenta que no está cerrada. Ahora la quiero cerrar aquí”, dice para explicar su decisión de abandonar la judicatura para asumir más responsabilidad en este grupo

Pasadas las 8 de la mañana, Sanskia y sus compañeras empiezan una guardia más en una de las casas donde el grupo de voluntarias están preparadas para actuar en caso de que un dron sobrevuele su área de responsabilidad en la ciudad ucraniana de Bucha (en la región de Kiev). Hace casi cuatro años, blindados rusos recorrían estas mismas calles durante el primer mes de la invasión de Ucrania, mientras Sanskia pasaba las horas encerrada en casa para evitar cualquier contacto con los soldados ocupantes hasta lograr escapar de la localidad. Ahora rastrea esas mismas carreteras pero con la mirada pegada a la ametralladora antearea, en busca drones.

Sanskia (nombre militar) quiere vengar el asesinato de su hermana durante la ocupación rusa.

La mujer, de 52 años, desprende la autoridad característica de su oficio. Sus órdenes son obedecidas por sus compañeras con rapidez. Su seguridad parece inquebrantable, hasta que nombra a su hermana. La exjueza refiere no detenerse en el recuerdo solo lo nombra, traga y devuelve a la tripa las imágenes más dolorosas de los días de la ocupación rusa en Bucha.

Tras la liberación de Bucha, cuando aparecieron decenas de cuerpos por las calles, patios y fosas comunes de la localidad ucraniana, decenas de mujeres vítimas de la ocupación se ofrecieron voluntarias para reconstruir su ciudad. Recorrían sus bosques en busca de minas, participaban en formaciones militares y en la búsqueda de posibles soldados rusos infiltrados. Se hicieron llamar las Brujas de Bucha.

Sanskia aún no estaba allí, pero siguió de cerca la evolución del grupo de mujeres del que ansiaba formar parte. Ahora es comandante en una de sus unidades. “Al principio los voluntarios eran sobre todo hombres, pero cuando empezó la movilización ellos se fueron a las Fuerzas Armadas y las mujeres nos quedamos aquí”, explica la exjueza.

Aunque intentó compaginar durante un tiempo las guardias en el tribunal con el trabajo en la unidad, era imposible responder a casos urgentes —especialmente los que solo puede asumir una jueza con amplia experiencia como ella era— mientras estaba de servicio operativo. “No podía estar aquí en la unidad y, al mismo tiempo, ir a ver un caso cuando me llamaban. Era incompatible”, añade la voluntaria. Cuando reunió los años necesarios para jubilarse anticipadamente, decidió hacerlo: “Podría haber seguido trabajando, pero entendí que aquí tengo más oportunidades de proteger nuestros cielos”, añade. “Tan pronto como tuve la oportunidad de renunciar, lo hice y vine aquí”.

Con el paso del tiempo, la labor del grupo se fue adaptando al desarrollo del conflicto. Detalla que al inicio patrullaban la ciudad en busca de soldados rusos rezagados o grupos infiltrados y participaban en tareas de desminado y seguridad para proteger a los civiles. Más tarde, cuando comenzaron a sobrevolar drones, el grupo se especializó en su detección y derribo: “Al principio usábamos ametralladoras antiguas, Maxims soviéticas, y funcionaban. Luego empezaron a volar más alto y tuvimos que aprender y cambiar de armas”.

Según relata, abandonó la ciudad el 9 de marzo, antes de que existiera un corredor humanitario efectivo, después de pasar horas esperando unos autobuses de evacuación que, dice, “nunca aparecieron” y sin ninguna escolta que garantizara la salida. Recuerda que cientos de personas aguardaron desde primera hora de la mañana hasta la tarde y que, ante la ausencia de ayuda, acabaron organizándose por su cuenta. “La columna estaba limpia, sin escolta, sin nada. ¿Cómo salimos? Todavía no lo sé”, explica, insistiendo en que fue “pura suerte” y en la desorientación de los soldados rusos en los controles lo que permitió que muchos lograran huir. Describe escenas de confusión generalizada tras la caída de proyectiles en la zona y controles donde revisaban documentos y teléfonos, con civiles retenidos y algunos enviados a Rusia como prisioneros, de los que, asegura, “todavía hay gente allí que no puede ser liberada”.

Al volver a Bucha tras la liberación, asegura que lo que encontró fue “difícil de describir” y que ya durante la huida había visto “coches baleados con personas dentro” que no habían podido ser enterradas. Explica que las calles estaban destrozadas, con vehículos aplastados y casas dañadas, y que ni siquiera pudo llegar directamente a su vivienda porque las carreteras estaban intransitables. Relata que tuvieron que rodear zonas destruidas y que en el camino vieron un coche aplastado por un tanque con una persona aún dentro: “Fue horrible”.

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