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La dictadura brasileña se convierte en un impresionante thriller setentero con ganas de Oscar en ‘El agente secreto’

Wagner Moura en una imagen icónica de 'El agente secreto'

Javier Zurro

20 de febrero de 2026 22:26 h

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Kleber Mendonça Filho se sintió en un momento de su vida como si fuera un agente secreto. Con el gobierno de Bolsonaro los artistas se convirtieron en enemigos de Brasil. La extrema derecha les atacaba y se les señalaba en las redes sociales. Un día tuvo que viajar a Francia para un ciclo en el que era el invitado de honor. El embajador brasileño en Francia no le tenía permitido entrar, y era parte de aquellos que habían convertido a los cineastas en enemigos. El embajador ni siquiera fue invitado al acto al que si fue Mendonça Filho, que cuando apareció con su traje se sintió como un agente de su país. “Pero un agente corrupto para ellos”, recuerda entre risas mientras cuenta la anécdota.

Esa anécdota fue uno de los puntos de partida de El agente secreto, su nueva película con la que opta a cuatro premios Oscar, incluidos el de Mejor película, Mejor película internacional y Mejor actor para Wagner Moura, conocido por su papel de Pablo Escobar en Narcos y que aquí borda el de un profesor universitario que huye a Recife para esconderse por su pasado activista y reencontrarse con su hijo mientras un asesino a sueldo le busca para asesinarle. El filme, que ganó el premio al Mejor director y al Mejor actor el pasado Cannes es un impresionante thriller setentero. Una obra que juega con los géneros, que coquetea incluso con el terror fantástico, y que se convierte en un filme sobre la memoria y, sobre todo, lo que ocurre cuando la memoria no se rescata. Cuando el olvido convierte la Memoria en sitios vacíos y los muertos siguen sin tener nombre.

Una muestra, además, del poder del cine brasileño, que el año pasado ganó el Oscar con otro filme sobre la dictadura, Aún estoy aquí, y que confirma que el apoyo público de Lula, tras los recortes de Bolsonaro, han inyectado un éxito global al cine del país. También a las ganas de mirar al pasado. Un tiempo que para Kleber Mendonça Filho estaba “lo suficientemente lejano para hacer una película de época, pero lo suficientemente cerca para darle un toque personal”.

Sus recuerdos de la dictadura son los de un niño en los años 70 y están “borrosos” en su memoria. “Son una niebla, pero es una niebla con olores y una atmósfera, y eso es también por el cine, porque yo era un pequeño cinéfilo muy joven. Luego estaba mi situación familiar en el 77. Mi madre tuvo una crisis de salud fuerte, y eso me hace recordar esa época en particular, cuando mi tío nos llevaba a mi hermano y a mí al cine muchas veces para que saliéramos de casa. Solo años después entendí lo que pasó. Así que tengo un recuerdo muy fuerte de esa época. Lo que significa que la película no es una reconstrucción de un incidente histórico, sino más bien una reconstrucción de una sensación de tiempo”, dice el cineasta.

También una sensación del recuerdo suyo como un niño viviendo la dictadura. Por eso su acercamiento se aleja de otras películas que “entran en la violencia de la dictadura y hay escenas de tortura, o ves un grupo de jóvenes robando un banco para financiar la resistencia”. Él “no quería hacer nada de eso”, pero la sensación de un país putrefacto, violento y corrupto se nota en una excelente primera escena donde un policía llega a una gasolinera con una camisa manchada de sangre y le da casi igual que haya un cadáver en el suelo.

De la dictadura recuerda estar jugando en casa y ver “a los adultos hablando en susurros”. “Luego volvían a hablar normal, era un instinto humano, porque no había micrófonos en mi casa, pero ellos bajaban la voz”, rememora y se refiere también a cómo en las escuelas, aunque no fueran colegios militares, les obligaban a “marchar todos los viernes como soldados en el patio de la escuela”. “Era ridículo. ¿Por qué harías eso a los niños? Para mí, eso es casi suficiente para querer escribir una película sobre ello”, asegura.

Esta película no es una reconstrucción de un incidente histórico, sino más bien una reconstrucción de una sensación de tiempo

Kleber Mendonça Filho Cineasta

El agente secreto también habla de las salas de cine como lugares de refugio. En los cines es donde se reúnen, donde escapan de las miradas, y también donde la fantasía de un niño empieza a crecer. Unos cines que ya había mostrado Filho en Retratos fantasmas, su excelente documental sobre los cambios urbanísticos en Recife y cómo cada vez hay menos salas de cine en su localidad natal.

Quizás por esa influencia del cine, esta es una película, muy película. Sabe que es cine, y sabe que es género. Por eso recurre a una estrella mundial para ello. “Me gusta mucho la idea de hacer una película para el cine. Y creo que el papel de la estrella es históricamente importante en el desarrollo del cine. Y abracé esto por primera vez en Aquarius cuando entendí que iba a trabajar con Sonia Braga. Fuera de cámara ella era una hermosa señora mayor, pero cuando mirabas por el visor, ella era algo más. Ese carisma. Hay algo en su rostro que simplemente resalta. Y estoy fascinado por eso. Y esto pasa desde la era del cine mudo”, analiza.

Kleber Mendonça Filho en el rodaje de 'El agente secreto'

Por eso cree que es “un gran privilegio tener una estrella de cine” en sus películas. También porque quería que su protagonista fuera “la idea popular del héroe clásico”. Eso sí, le impuso una norma moral mientras escribía: “No quería que él apuntara con armas a la gente en la película. Ese fue el único obstáculo que me impuse”. El resto lo pone un Wagner Moura al que describe como “tan atractivo como interesante”.

Que el personaje de Wagner Moura no empuñe un arma no significa que no haya violencia. La hay. Y es seca y destroza los cuerpos. Mendonça Filho confiesa que pensó “mucho en Cronenberg” porque cree que “la violencia en el cine debe ser muy desagradable”. “En las películas todo suele parecer simple. Pero una bala es violenta y genera mucho daño a un cuerpo humano, y quería reflejar eso en la película, la cualidad orgánica de violencia y del cuerpo humano es algo que creo que debía estar presente en la película. Y debería ser parte de cualquier narrativa que respete nuestra condición humana de ser pedazos de materia orgánica andantes”, opina. Por ello su película desprende una sensación de país que se cae a trozos, que huele a podrido mientras su protagonista se refugia en esa casa de exiliados. 

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